Ramón Espinar aplaude y defiende la posición de Sánchez frente al ataque de Trump a Venezuela: “Una vez más”.

 

 

 

El ex senador de Podemos celebra la postura del jefe el Ejecutivo y reivindica el Gobierno de coalición progresista.

 

 

 

La reacción de Ramón Espinar al tuit de Pedro Sánchez.

 

 

La reacción no se hizo esperar. En medio del terremoto político y mediático provocado por el ataque de Estados Unidos en Venezuela y la posterior detención de Nicolás Maduro, una de las voces que más recorrido ha tenido en las últimas horas ha sido la de Ramón Espinar.

 

 

Exsenador de Podemos, exdiputado en la Asamblea de Madrid y colaborador habitual en espacios de debate televisivo como Directo al Grano o En boca de todos, Espinar ha vuelto a situarse en el centro de la conversación pública al valorar el mensaje difundido por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tras la comparecencia de Donald Trump.

 

 

El contexto no es menor. En la madrugada del sábado, el presidente estadounidense anunciaba una operación militar a gran escala en Venezuela que culminaba, según su propio relato, con la captura del presidente Nicolás Maduro.

 

Una intervención que, desde el primer minuto, abrió un debate global sobre soberanía, derecho internacional y el uso de la fuerza como herramienta política en pleno siglo XXI.

 

Mientras algunos líderes internacionales optaban por el silencio o por mensajes ambiguos, el presidente español decidió fijar posición de forma clara y pública.

 

En su tuit, Pedro Sánchez quiso marcar una línea nítida, sin equidistancias confusas.

 

Recordó que España no reconoció el régimen de Maduro tras los controvertidos procesos electorales y las reiteradas denuncias de vulneración de derechos humanos.

 

Pero, al mismo tiempo, dejó claro que el Ejecutivo español tampoco reconocerá una intervención militar que viola el derecho internacional y empuja a la región a un escenario de incertidumbre y belicismo.

 

No era un matiz menor. Era una declaración política con destinatarios claros, dentro y fuera del país.

 

El mensaje del presidente español situaba el foco en dos pilares que han definido tradicionalmente la política exterior española: la defensa del multilateralismo y el respeto a la legalidad internacional.

 

Sánchez apelaba directamente a la Carta de las Naciones Unidas y reclamaba a todos los actores implicados que pensaran en la población civil, que evitaran la escalada militar y que apostaran por una transición justa y dialogada.

 

En un contexto dominado por la retórica de fuerza, el presidente optaba por el lenguaje de la diplomacia.

 

Esa posición no surgía de la nada. Horas antes, tanto Sumar como Podemos habían pedido públicamente al jefe del Ejecutivo que se mostrase crítico con la actuación de Estados Unidos.

 

La coalición de izquierdas reclamaba una respuesta clara que evitara repetir errores del pasado y que no avalara, ni siquiera de forma implícita, una intervención armada sin el respaldo de los organismos internacionales.

 

El tuit de Sánchez llegaba después de un primer llamamiento a la desescalada y la responsabilidad, pero esta vez el tono era más directo y más político.

 

 

 

La repercusión fue inmediata. En pocas horas, el mensaje superó los 85.000 “me gusta” y acumuló más de 12.000 respuestas, convirtiéndose en uno de los temas más comentados del fin de semana en la política española.

 

Entre apoyos, críticas y debates cruzados, una respuesta destacó especialmente por su capacidad de síntesis y su carga simbólica: la de Ramón Espinar.

 

 

“España, una vez más, haciéndolo bien en un contexto internacional imposible. Tenemos el mejor Gobierno de Europa”.

 

Con esa frase, breve pero cargada de intención, el exsenador de Podemos resumía su valoración de la postura adoptada por el Ejecutivo.

 

No era solo un elogio coyuntural. Era una defensa de una forma de entender la política internacional en un momento de máxima tensión global. Su comentario no tardó en viralizarse, acumulando miles de interacciones y generando un intenso debate en redes sociales.

 

 

La reacción de Espinar no puede entenderse únicamente como un gesto de apoyo personal a Pedro Sánchez.

 

Tiene que leerse también como una crítica implícita a otras potencias europeas que, ante la intervención estadounidense, optaron por el silencio o por declaraciones ambiguas.

 

Para una parte de la izquierda española, la claridad del mensaje del presidente contrastaba con la tibieza de otros líderes comunitarios, incapaces de confrontar a Washington incluso cuando se cuestionan principios básicos del orden internacional.

 

Pero Espinar no fue el único. El tuit de Sánchez se convirtió en un punto de encuentro para diferentes voces del espacio progresista.

 

Irene Montero, eurodiputada de Podemos, lanzó un mensaje aún más contundente al afirmar que Estados Unidos es un peligro y que, si no se le pone freno, arrasará con todo.

 

Sus palabras reflejaban una visión crítica de la política exterior estadounidense, especialmente bajo el liderazgo de Donald Trump, a quien sectores de la izquierda ven como un factor de desestabilización global.

 

 

En la misma línea se expresó Ione Belarra, secretaria general de Podemos y diputada en el Congreso, quien acusó a Estados Unidos de actuar como si el mundo le perteneciera y pudiera decidir el destino de los pueblos a su antojo.

 

Sus declaraciones conectaban con un sentimiento extendido en amplios sectores de la opinión pública: la desconfianza hacia las intervenciones militares unilaterales y el rechazo a una lógica de poder basada exclusivamente en la fuerza.

 

 

 

Desde otro espacio político, pero también desde la izquierda, Gabriel Rufián, diputado de ERC, lanzó una advertencia con memoria histórica. Pidió al Gobierno español que no hiciera “el ridículo como con Guaidó”, en referencia al reconocimiento del líder opositor venezolano como presidente legítimo en 2019, una estrategia que terminó diluyéndose sin lograr una transición política efectiva en Venezuela.

 

El mensaje de Rufián apuntaba a la necesidad de aprender de los errores del pasado y evitar gestos simbólicos sin consecuencias reales.

 

 

Lo que subyace a todas estas reacciones es un debate profundo sobre el papel de España en el mundo.

 

¿Debe alinearse automáticamente con Estados Unidos por razones estratégicas y de alianza histórica? ¿O debe mantener una voz propia, incluso cuando eso implique incomodar a sus socios tradicionales? La respuesta de Pedro Sánchez, celebrada por Espinar y otros dirigentes de la izquierda, apuesta claramente por la segunda opción.

 

 

En un contexto internacional marcado por guerras abiertas, tensiones geopolíticas y una creciente desconfianza hacia las instituciones multilaterales, la defensa del derecho internacional adquiere un valor que va más allá del caso venezolano.

 

No se trata solo de Maduro, ni siquiera de Venezuela. Se trata de las reglas del juego. De si los Estados más poderosos pueden actuar al margen de las normas sin consecuencias, o si todavía existe un marco común que limite el uso de la fuerza.

 

 

La posición española también tiene una lectura interna. En un país políticamente polarizado, donde la política exterior suele ser utilizada como arma arrojadiza, el mensaje de Sánchez busca consolidar un relato de responsabilidad y coherencia.

 

Frente a quienes celebran la caída de Maduro sin matices, el Gobierno insiste en que el fin no justifica los medios. Frente a quienes callan por miedo a las represalias diplomáticas, opta por hablar claro.

 

 

El apoyo de figuras como Ramón Espinar refuerza esa narrativa. Su trayectoria, ligada a Podemos pero también a una izquierda crítica con los dogmatismos, le otorga credibilidad entre sectores que valoran la coherencia ideológica.

 

Al elogiar al Gobierno, Espinar no solo valida una decisión concreta, sino que reivindica una forma de hacer política internacional basada en principios, incluso cuando el contexto es adverso.

 

 

El debate, sin embargo, está lejos de cerrarse. Las consecuencias de la intervención estadounidense en Venezuela todavía son inciertas.

 

El futuro político del país, la reacción de la comunidad internacional y el impacto sobre la población civil siguen siendo interrogantes abiertos.

 

En ese escenario, la postura de España será observada con atención, tanto dentro como fuera de sus fronteras.

 

 

Lo ocurrido en las últimas horas demuestra que la política exterior ya no es un asunto reservado a despachos diplomáticos.

 

Se debate en redes sociales, en platós de televisión y en conversaciones cotidianas. Y en ese espacio público hiperconectado, mensajes como el de Pedro Sánchez o reacciones como la de Ramón Espinar tienen un impacto real en la construcción del relato.

 

 

Más allá de afinidades partidistas, el fondo de la cuestión interpela a cualquier ciudadano preocupado por el rumbo del mundo.

 

 

¿Qué tipo de orden internacional queremos? ¿Uno basado en la ley y el diálogo, o uno regido por la ley del más fuerte? La respuesta no es sencilla, pero episodios como este obligan a posicionarse.

 

 

En ese sentido, la reacción de Espinar funciona como un espejo de una parte significativa de la sociedad española: crítica con las dictaduras, pero también profundamente recelosa de las intervenciones militares unilaterales.

 

 

Una sociedad que no quiere elegir entre el silencio cómplice y el aplauso acrítico, sino que reclama coherencia, memoria y responsabilidad.

 

 

El mensaje de Sánchez, y el respaldo que ha recibido desde la izquierda, no resolverán la crisis venezolana.

 

 

Pero sí envían una señal. Una señal de que todavía hay gobiernos dispuestos a defender el derecho internacional incluso cuando hacerlo no es lo más cómodo.

 

En un mundo cada vez más incierto, esa señal, para muchos, sigue teniendo un enorme valor.