Rufián alerta del relato de la derecha tras los ataques de Trump a Venezuela: “Mintieron con Irak, la DANA y Gaza”.

 

 

 

El portavoz de ERC ha criticado duramente la operación estadounidense y ha alertado de la manipulación informativa mientras la tensión entre Washington y Caracas sigue aumentando.

 

 

 

 

Las primeras horas de la madrugada del sábado rompieron cualquier atisbo de normalidad en Venezuela y sacudieron el tablero geopolítico internacional con una violencia difícil de asimilar.

 

Fuertes explosiones en las inmediaciones de Caracas, sobrevuelos militares no identificados y un silencio institucional apenas roto por rumores dieron paso, horas después, a una confirmación que parecía sacada de una distopía: Estados Unidos había ejecutado un ataque directo sobre territorio venezolano y Nicolás Maduro había sido “trasladado en avión, junto con su esposa, fuera del país” tras una operación militar a gran escala.

 

 

La información, adelantada por CBS News citando fuentes de la Administración estadounidense y amplificada por un mensaje en Truth Social, la plataforma de Donald Trump, abría una nueva etapa de máxima incertidumbre en América Latina.

 

 

No se trató de una filtración anónima ni de una interpretación interesada. El propio Trump decidió apropiarse del relato desde el primer minuto, presentando la operación como un golpe decisivo contra el régimen chavista y como un paso más en su estrategia de presión total sobre Caracas.

 

 

El mensaje fue claro, directo y deliberadamente provocador: la intervención se había realizado “en colaboración con las fuerzas de orden estadounidenses” y el presidente venezolano ya no se encontraba en su país.

 

El efecto fue inmediato. En cuestión de minutos, las redes sociales, las cancillerías y los mercados comenzaron a reaccionar ante un escenario que, hasta hace poco, parecía improbable incluso para los analistas más alarmistas.

 

 

En Venezuela, la confusión fue absoluta. Testigos hablaban de cortes de luz, movimientos militares inusuales y un clima de tensión que recordaba a los peores momentos de crisis política de los últimos años.

 

 

La falta de información oficial alimentó el miedo y la especulación. ¿Había sido derrocado Maduro? ¿Se trataba de un golpe quirúrgico o del inicio de una intervención prolongada? ¿Quién controlaba realmente el poder en Caracas en esas horas críticas? Las respuestas no llegaban, y el vacío informativo se convirtió en un terreno fértil para el pánico.

 

 

En Washington, sin embargo, el mensaje fue triunfalista. Trump calificó la acción como “una operación brillante”, según recogió el New York Times, y anunció una comparecencia pública desde su residencia de Palm Beach, en Florida, para ofrecer más detalles.

 

 

El gesto no fue casual. Elegir Mar-a-Lago, su fortín político y simbólico, reforzaba la idea de que esta intervención no solo era una decisión de Estado, sino también un movimiento profundamente ligado a su figura y a su forma de ejercer el poder.

 

Una demostración de fuerza dirigida tanto al exterior como a su electorado interno.

 

 

La “captura” de Maduro, o su “traslado forzoso”, como ya lo calificaban algunos observadores, desbordó una tensión diplomática que llevaba meses acumulándose.

 

Trump había intensificado progresivamente la presión sobre Venezuela: despliegue naval frente a sus costas, incautación de petroleros, sanciones económicas asfixiantes y amenazas explícitas bajo el paraguas de la lucha contra el narcotráfico.

 

El ataque de esta madrugada no surgió de la nada; fue el punto culminante de una escalada cuidadosamente construida, aunque de consecuencias imprevisibles.

 

 

La reacción internacional no se hizo esperar, y una de las voces más contundentes en España fue la de Gabriel Rufián.

 

El portavoz de Esquerra Republicana en el Congreso no dudó en calificar lo ocurrido como un “secuestro”, rompiendo con cualquier intento de eufemismo.

 

En un mensaje difundido a través de su perfil oficial en X, Rufián lanzó una advertencia que iba más allá de Venezuela: “Ahora te mentirán con Venezuela quienes te mintieron con Irak, con la crisis, con las preferentes, con el rescate a la banca, con el Prestige, con el Yak-42, con el Metro de Valencia, con el Alvia de Galicia, con las 7.291 personas abandonadas en las residencias de Madrid, con la DANA, con los incendios y con Gaza”.

 

 

La enumeración no fue casual ni retórica. Rufián apeló a una memoria colectiva marcada por episodios en los que, a su juicio, el poder político y mediático construyó relatos falsos para justificar decisiones injustificables.

 

Su mensaje buscaba generar una desconfianza activa, una vacuna contra la narrativa oficial que ya empezaba a instalarse en algunos sectores: la de una intervención necesaria, limpia y liberadora.

 

Para el diputado, bombardear otro país no es una guerra legítima, sino una agresión; detener al presidente de un Estado soberano no es un arresto, sino un secuestro.

 

Y subrayó que la “película” que se intentará vender será precisamente esa, aunque sea mentira.

 

 

Más allá de la forma, el fondo del mensaje de Rufián apuntaba directamente al Gobierno español.

 

Exigió una condena clara y sin ambigüedades de los hechos y advirtió contra el riesgo de “hacer el ridículo como con Guaidó”, en referencia al reconocimiento fallido del líder opositor venezolano como presidente encargado.

 

La crítica no se limitó a Trump, a quien calificó como “el principal peligro para el mundo” junto a “sus secuaces”, sino que interpeló a las democracias europeas para que no avalen, por acción u omisión, una violación flagrante del Derecho internacional.

 

 

El debate que se abrió en España reflejó una fractura profunda. Por un lado, quienes consideran que la caída del régimen de Maduro, por cualquier medio, es un mal menor frente a años de autoritarismo, corrupción y violaciones de derechos humanos.

 

Por otro, quienes advierten de que legitimar una intervención militar unilateral sienta un precedente extremadamente peligroso, erosiona el sistema internacional y abre la puerta a un mundo regido por la ley del más fuerte.

 

En América Latina, la reacción fue aún más cargada de historia y memoria.

 

La región conoce bien las consecuencias de las intervenciones estadounidenses, muchas de ellas justificadas en su momento con argumentos de seguridad, democracia o lucha contra el comunismo.

 

El recuerdo de Panamá, Granada, República Dominicana o Chile sigue vivo en la conciencia colectiva.

 

Para muchos gobiernos y movimientos sociales, lo ocurrido en Venezuela reaviva viejos fantasmas y refuerza la sensación de que la soberanía latinoamericana sigue siendo vulnerable a los designios de Washington.

 

 

Desde el punto de vista jurídico, las preguntas se acumulan. ¿Bajo qué mandato se ha producido la operación? ¿Existe alguna resolución internacional que ampare el uso de la fuerza? ¿Se trata de una detención con base legal o de un acto de fuerza extraterritorial sin precedentes? Hasta el momento, las respuestas oficiales han sido vagas, centradas en acusaciones de narcotráfico y amenazas a la seguridad nacional de Estados Unidos, argumentos ya utilizados en otras ocasiones para justificar acciones controvertidas.

 

 

Mientras tanto, en Venezuela, la población civil vuelve a ser la gran olvidada.

 

Más allá de la figura de Maduro, el país arrastra una crisis humanitaria profunda, con millones de personas que han emigrado, servicios públicos colapsados y una economía devastada.

 

 

Cualquier escalada militar, cualquier vacío de poder, tiene un impacto directo en la vida cotidiana de quienes ya viven al límite. El miedo no es abstracto: es la posibilidad real de más violencia, más represión y más caos.

 

 

El anuncio de Trump de que ofrecerá más detalles en una rueda de prensa ha añadido un componente de suspense inquietante.

 

Cada palabra será analizada, cada gesto interpretado. No solo para entender qué ha ocurrido exactamente, sino para anticipar qué viene después.

 

¿Habrá una administración provisional tutelada por Estados Unidos? ¿Se convocarán elecciones bajo supervisión internacional? ¿O se abrirá un periodo de ocupación de facto con el pretexto de garantizar la “transición”?

 

 

La experiencia reciente invita al escepticismo. Las intervenciones militares rara vez producen los resultados prometidos, y a menudo generan efectos colaterales devastadores.

 

El caso de Irak, citado explícitamente por Rufián, es un recordatorio incómodo de cómo una operación presentada como rápida y necesaria puede derivar en años de guerra, inestabilidad y sufrimiento.

 

La diferencia es que, esta vez, el escenario es América Latina, una región que había logrado, con enormes dificultades, alejarse de ese tipo de conflictos directos.

 

Para Europa, y especialmente para España, la situación plantea un dilema estratégico y moral.

 

Callar puede interpretarse como complicidad. Condenar, como una ruptura con un aliado clave.

 

Pero la neutralidad, en un contexto así, es una ficción. Cada Gobierno tendrá que decidir si prioriza la alianza atlántica o la defensa de un orden internacional basado en normas, aunque ese orden esté profundamente erosionado.

 

 

Lo ocurrido esta madrugada marca un antes y un después. No solo para Venezuela, sino para la forma en que se entienden hoy las relaciones internacionales.

 

La captura de un jefe de Estado por una potencia extranjera, celebrada públicamente como un éxito, rompe tabúes que parecían firmes incluso en un mundo cada vez más inestable.

 

Normalizarlo supone aceptar que la fuerza vuelve a ser el principal árbitro de la política global.

 

 

En este contexto, la ciudadanía tiene un papel clave. Informarse, cuestionar los relatos oficiales, exigir transparencia y rendición de cuentas no es una opción, sino una responsabilidad democrática.

 

Como advirtió Rufián, la historia reciente está llena de mentiras que se aceptaron sin suficiente resistencia. Evitar que se repita exige memoria, espíritu crítico y una vigilancia constante del poder.

 

 

Venezuela vuelve a ser el epicentro de una tormenta que trasciende sus fronteras. Lo que está en juego no es solo el futuro de un país, sino el tipo de mundo que se está construyendo.

 

Un mundo donde la legalidad internacional es negociable, donde la soberanía se viola sin consecuencias claras y donde la narrativa del “mal necesario” vuelve a ganar terreno. Ante eso, el silencio no es neutral. Es una forma de tomar partido.