Rufián dice ESTO sobre el ataque de Estados Unidos a Venezuela.

La forma en que se narran las guerras, las invasiones y los golpes de Estado dice tanto de quien informa como de quien actúa.
No es una cuestión menor ni un simple matiz semántico: es el núcleo mismo de la propaganda contemporánea.
Cuando Vladimir Putin invade Ucrania, la práctica totalidad de los medios occidentales lo presentan —con razón— como un dictador que viola el derecho internacional, bombardea ciudades y somete a un país soberano por la fuerza.
La invasión es condenada, el término “agresión” se utiliza sin complejos y el relato dominante señala a Rusia como una amenaza para la estabilidad global.
Sin embargo, cuando Estados Unidos interviene militarmente en Venezuela, captura a su presidente y anuncia que controlará el país “hasta que haya una transición segura”, el marco mediático cambia de forma radical.
Ya no se habla de invasión, sino de “operación”, “restauración democrática” o “intervención necesaria”.
El lenguaje se suaviza, se blanquea la violencia y se presenta la agresión como un acto casi altruista. La diferencia no está en los hechos, sino en quién los ejecuta.
Esta doble vara de medir es precisamente lo que denuncia Gabriel Rufián en el mensaje que ha circulado con fuerza en redes sociales.
Su reflexión no se limita a Venezuela, sino que apunta a un patrón histórico de manipulación informativa y política que se repite una y otra vez.
Rufián recuerda que quienes mintieron con Irak, con las crisis económicas, con las preferentes, con el rescate bancario, con el Prestige, con el Yak-42, con el Metro de Valencia, con el Alvia de Galicia, con las residencias de mayores en Madrid, con la DANA, con los incendios o con Gaza, volverán a mentir ahora con Venezuela.
No es una acusación gratuita. Es una constatación basada en la experiencia. Cada gran crisis reciente ha venido acompañada de un relato oficial que, con el paso del tiempo, se ha demostrado falso, incompleto o deliberadamente engañoso.
Y sin embargo, cuando llega una nueva crisis, el mecanismo vuelve a activarse como si nada hubiera ocurrido antes.
Uno de los puntos más contundentes del discurso es la afirmación de que bombardear otro país no es una guerra, sino una agresión, y que detener al presidente de un país soberano no es un arresto, sino un secuestro.
Estas palabras resultan incómodas porque desmontan la narrativa jurídica y moral con la que se pretende legitimar la intervención.
Cambiar el nombre de las cosas no altera su naturaleza, pero sí condiciona la percepción pública.
Rufián reconoce sin ambages que Nicolás Maduro le cae “terriblemente mal”.
No hay en su discurso ninguna defensa del chavismo como modelo político.
Al contrario, parte de una premisa clara: el régimen venezolano ha generado sufrimiento, autoritarismo y una crisis social profunda.
Pero precisamente por eso, advierte del peligro de aceptar sin cuestionamiento que Estados Unidos actúe como juez, policía y verdugo del sistema internacional.
La pregunta clave es incómoda pero necesaria: ¿por qué Estados Unidos solo parece interesado en “democratizar” países con abundantes recursos energéticos, especialmente petróleo? La coincidencia es demasiado recurrente como para ser ignorada.
Venezuela no es solo un país con problemas políticos; es también uno de los territorios con mayores reservas de crudo del planeta.
Y ese dato, aunque muchos prefieran obviarlo, es central para entender lo que está ocurriendo.
Aquí entra en juego una reflexión más profunda, que trasciende el caso venezolano y se adentra en la crisis estructural del sistema capitalista.
Según autores como Antonio Turiel, el capitalismo se enfrenta a un problema insalvable: se basa en la idea de crecimiento infinito en un planeta con recursos finitos. Esta contradicción no es ideológica, es física.
El pico del petróleo convencional se superó hace años. Desde aproximadamente 2005, la producción global ya no crece como antes.
Cada vez es más caro, más difícil y más costoso energéticamente extraer petróleo.
Los nuevos yacimientos ofrecen menos rendimiento y requieren más inversión. El petróleo barato que sostuvo el crecimiento económico del siglo XX ya no existe.
En este contexto, los países que aún disponen de grandes reservas energéticas adquieren un valor estratégico enorme.
No se trata solo de gasolina para coches, sino de diésel, asfalto, combustibles industriales, transporte marítimo y maquinaria pesada. Productos sin los cuales la economía global simplemente no funciona.
Estados Unidos produce mucho petróleo, más que nunca en su historia, pero produce sobre todo crudo ligero.
El petróleo venezolano, en cambio, es pesado y ácido, imprescindible para determinados procesos de refinado.
El diésel, por ejemplo, escasea en todo el mundo, en parte debido a las sanciones impuestas precisamente al petróleo venezolano.
Este no es un dato ideológico: lo reconoce la propia CNN.
Cuando se introduce este factor energético en el análisis, la supuesta “misión democrática” adquiere otra dimensión.
La intervención deja de parecer un acto moral y se revela como una operación geopolítica clásica: asegurar recursos estratégicos en un escenario de creciente escasez.
Las energías renovables, por muy necesarias que sean, no pueden sustituir a corto ni medio plazo el modelo energético actual.
Son intermitentes, dependen de materiales escasos como litio, cobre o tierras raras, y no pueden sostener la industria pesada ni el transporte global tal como lo conocemos. Pretender lo contrario es ignorar los límites físicos del sistema.
Este escenario de recursos menguantes explica también la agresividad creciente de la política exterior estadounidense.
Frente al ascenso de los BRICS, la consolidación de China como potencia hegemónica y la pérdida de peso industrial, Estados Unidos se apoya cada vez más en su aparato militar y en su industria armamentística. La fuerza se convierte en su principal herramienta de control geopolítico.
No es casualidad que la lista de intervenciones estadounidenses desde la Segunda Guerra Mundial sea tan extensa: Corea, Vietnam, Laos, Irán, Guatemala, Chile, Argentina, Irak, Afganistán, Libia, Siria, Panamá, Cuba, Nicaragua, Yemen, Somalia, Palestina…
La constante es la misma: desestabilizar gobiernos no afines o presionar a aquellos que no ceden sus recursos estratégicos.
Cuba es un ejemplo paradigmático. Si el comunismo funciona tan mal como se afirma, ¿por qué mantener un bloqueo durante décadas? ¿Por qué no permitir el comercio y dejar que el sistema colapse por sí solo? La respuesta es evidente: el objetivo nunca fue la democracia, sino el control político y económico.
En este contexto, Venezuela aparece como la última pieza de un tablero en el que Estados Unidos intenta asegurar su posición en un mundo que ya no controla como antes.
La amenaza a Groenlandia, con sus enormes recursos energéticos, encaja en la misma lógica.
No es una excentricidad de Trump, sino la expresión brutal de una estrategia basada en la fuerza.
Por eso, como señala Rufián, el problema no es solo Maduro. El problema es aceptar que un país decida unilateralmente quién gobierna otro, mediante bombardeos, secuestros y ocupaciones, mientras los medios lo presentan como una operación quirúrgica por el bien común. Eso no es democracia. Eso es imperialismo.
Pensar críticamente no significa defender a dictadores ni justificar regímenes autoritarios.
Significa analizar los hechos con todos los datos sobre la mesa, incluidos aquellos que incomodan.
Significa entender que el discurso moral muchas veces oculta intereses materiales muy concretos.
La crisis energética global, el agotamiento de los recursos fósiles y la inviabilidad del crecimiento infinito están en el centro de los conflictos del presente y del futuro.
Ignorar este marco es condenarse a repetir análisis superficiales y a aceptar relatos diseñados para legitimar la violencia.
Venezuela merece decidir su futuro. No Maduro, no Trump, no Washington, no Bruselas. El pueblo venezolano.
Cualquier otra cosa, por mucho que se envuelva en palabras como “libertad” o “transición democrática”, es otra forma de dominación.
Y esa es la pregunta incómoda que debemos hacernos cada vez que escuchamos una noticia sobre Venezuela: ¿quién gana realmente con esta intervención y por qué ahora? Pensamiento crítico, memoria histórica y conciencia energética. Sin eso, volverán a mentirnos. Y lo harán con total impunidad.
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