El Duro Discurso de RUFIÁN contra FEIJÓO: “El partido MÁS CORRUPTO nos va a salvar de la CORRUPCIÓN”.

 

 

 

 

 

 

La escena no era solemne, ni siquiera estaba completa. El hemiciclo aparecía a medio gas, con escaños vacíos, murmullos dispersos y ese ambiente extraño que se produce cuando la política se cruza con la hora del desayuno.

 

 

Precisamente desde ahí arrancó una de las intervenciones más duras, extensas y políticamente calculadas que se han escuchado en los últimos tiempos. No fue un discurso para rellenar actas.

 

Fue una descarga directa contra el Partido Popular, Vox y también una advertencia incómoda al PSOE.

 

Un alegato que mezcló ironía, memoria, acusaciones concretas y una estrategia clara: romper el marco del debate sobre corrupción y devolverlo a quien, según el orador, más debería rendir cuentas.

 

 

Desde el primer minuto, el tono dejó claro que no iba a haber concesiones.

 

 

La ausencia del líder de la oposición y de Santiago Abascal fue utilizada como munición política, no solo como anécdota.

 

 

La imagen de un Parlamento a medio llenar sirvió para construir una idea poderosa: quienes más hablan de salvar España no estaban presentes cuando tocaba dar explicaciones.

 

Y esa ausencia se convirtió en símbolo de algo más profundo: una derecha que exige responsabilidades, pero evita asumirlas.

 

 

El repaso inicial a los últimos dos años no fue casual. Trump, Milei, Corina Machado, premios mediáticos, gestos impostados, contradicciones biográficas.

 

 

Todo apareció como parte de un mismo relato: el triunfo de un clima político donde lo estridente sustituye a lo coherente y donde personajes que ayer eran marginales hoy ocupan el centro del escenario.

 

 

La mención a Abascal y su relación con el servicio militar no buscaba tanto el dato como el contraste: heroicidades impostadas frente a trayectorias reales.

 

Pero el golpe central llegó cuando el foco se desplazó hacia Alberto Núñez Feijóo.

 

La imagen del líder de un partido con decenas de causas judiciales abiertas presentándose como salvador contra la corrupción fue descrita como una paradoja histórica.

 

 

No una exageración retórica, sino una inversión completa de los papeles. Y ahí apareció la pregunta que atravesó todo el discurso como un hilo conductor: si la situación es tan grave, si hay mayoría suficiente, si todo está “tan a huevo”, ¿por qué no presentan una moción de censura?

 

 

La pregunta se repitió varias veces, no por insistencia vacía, sino para subrayar una contradicción estratégica.

 

Porque una derecha convencida de su fuerza no duda. Actúa. Y si no lo hace, quizá es porque sabe que el relato no se sostiene cuando se traduce en números reales dentro del Congreso.

 

Esa duda, lanzada en voz alta, incomodó más que cualquier acusación directa.

 

 

Cuando el discurso entró de lleno en el terreno de la corrupción, lo hizo con una maniobra precisa: aceptar el marco del adversario… para desmontarlo desde dentro.

 

Se citó el caso Begoña Gómez, uno de los argumentos recurrentes de la derecha mediática.

 

Pero lejos de evitarlo, se diseccionó. Se explicó con detalle qué se estaba considerando malversación: el envío de un correo electrónico por parte de una asesora.

 

Ese ejemplo sirvió para evidenciar un problema mayor: si ese es el listón, entonces millones de funcionarios serían potenciales delincuentes cada día.

 

 

La pregunta lanzada al PP y Vox fue directa, casi jurídica: ¿consideran de verdad que eso es malversación? El silencio posterior fue utilizado como respuesta implícita.

 

Y desde ahí, el discurso giró con precisión quirúrgica hacia un caso mucho más incómodo para la derecha: los gastos personales de Mariano Rajoy cargados a los presupuestos públicos.

 

Si lo primero es malversación, ¿cómo se llama lo segundo? La comparación no era retórica, era estructural.

 

 

A partir de ese momento, el discurso entró en una fase de acumulación.

 

Caso tras caso, ejemplo tras ejemplo, se fue construyendo una narrativa donde la corrupción dejaba de ser un concepto abstracto para convertirse en una práctica sistemática con nombres, fechas y consecuencias.

 

El caso del fiscal general del Estado fue presentado como una inversión obscena de prioridades: quien comete fraude durante la pandemia queda en segundo plano, mientras quien supuestamente filtra información ya conocida es llevado al banquillo.

 

 

La mención al juez Hurtado y al eterno misterio de “M. Rajoy” añadió una capa de ironía amarga.

 

Quince años después, aún no se sabe quién es. Pero se juzga con contundencia a otros actores del sistema.

 

La sensación transmitida fue clara: una justicia selectiva, orientada, que castiga a unos y protege a otros.

 

No como teoría conspirativa, sino como percepción social cada vez más extendida.

 

Uno de los momentos más delicados llegó al mencionar las palabras del empresario González Amador, pareja de Isabel Díaz Ayuso, pronunciadas en sede judicial. “O me voy de España o me suicido”.

 

 

La frase, citada literalmente, no fue utilizada para el morbo, sino para plantear una pregunta incómoda: ¿no existe aquí un riesgo evidente de fuga? Y a partir de ahí, la propuesta fue tan simple como demoledora: pagar impuestos, no usar empresas pantalla, no falsear facturas. La legalidad como antídoto contra el drama.

 

 

El discurso dio entonces un giro hacia un concepto más amplio y menos tratado: la corrupción moral.

 

Los retrasos en los cribados oncológicos en Madrid y Andalucía fueron descritos no como fallos técnicos, sino como decisiones políticas con consecuencias humanas irreversibles.

 

Personas diagnosticadas después de morir. Falsos negativos. Años de espera. La frase fue contundente: el cáncer no se combate con lazos en la solapa, sino con sanidad pública fuerte.

 

 

La referencia a la DANA y a la gestión política posterior elevó aún más el tono.

 

Se habló de responsabilidades, de muertos, de aplausos previos y abandonos posteriores.

 

No se atacó solo al gestor concreto, sino al sistema de protección política que lo sostuvo mientras fue rentable y lo soltó cuando los datos electorales cambiaron.

 

Esa idea —proteger hasta que perjudica— fue señalada como otra forma de corrupción.

 

 

El listado final de casos judiciales asociados al Partido Popular no fue leído como una enumeración fría, sino como un recordatorio de algo estructural.

 

 

Gürtel, Púnica, Lezo, Kitchen, residencias, DANA, contratos, comisiones. No como pasado cerrado, sino como procesos que seguirán juzgándose hasta 2030.

 

La pregunta implícita era demoledora: ¿con qué autoridad moral se da lecciones desde ese historial?

 

 

Pero el discurso no se quedó ahí. También hubo un giro crítico hacia el PSOE. Se acusó a los socialistas de haberse puesto de perfil cuando otros eran perseguidos.

 

De no haber entendido que el ataque no iba solo contra el independentismo, sino contra cualquier espacio incómodo para el poder económico y mediático.

 

“Los siguientes sois vosotros”, se les advirtió entonces. Y ahora, según el orador, esa advertencia se está cumpliendo.

 

 

A partir de ahí, el mensaje se volvió propositivo. Si se quiere frenar a la extrema derecha, no basta con discursos morales.

 

Hay que hablar de vivienda, de desigualdad, de precariedad. Una y otra vez, la palabra vivienda apareció como eje central.

 

No como consigna, sino como realidad material que decide votos.

 

El ejemplo internacional fue claro: un joven socialista musulmán ganando una gran alcaldía hablando de vivienda, transporte y comida. No de banderas ni de guerras culturales.

 

 

La reflexión final sobre la izquierda fue quizá la más incómoda para los aliados.

 

Se habló de dos izquierdas: la pura pero inútil y la impura pero eficaz. Y se lanzó una petición clara: menos pureza y más cabeza.

 

Menos gestos simbólicos y más leyes que cambien la vida real. Menos miedo a hablar de seguridad, migración y convivencia, y más valentía para hacerlo sin comprar el marco de la derecha.

 

 

Porque no hablar de un problema, se dijo, no es estrategia. Es abandono.

 

Y abandonar a los barrios populares es regalarles el terreno a quienes ofrecen respuestas simples a problemas complejos.

 

El cierre fue una mezcla de ironía y advertencia. Sobre la legislatura, sobre Junts, sobre los pactos ocultos, sobre lo que algún día se sabrá.

 

No como amenaza, sino como certeza política. Porque en Madrid, se afirmó, muchos saben ya qué se ofrece y a cambio de qué.

 

No fue un discurso cómodo. No fue breve. No fue conciliador.

 

Pero tuvo un objetivo claro: sacudir el tablero, obligar a mirar donde no se quiere mirar y recordar que la corrupción no es solo una palabra que se lanza al adversario, sino un sistema que se tolera, se protege y se reproduce.

 

 

Y eso, precisamente eso, es lo que más incomoda cuando se dice en voz alta.