¡QUÉ C3RD0!💥SÁNCHEZ llama DEGENERADOS a VOX y ABASCAL le SACA los CORREOS de BEGOÑA.

 

 

La escena se produjo en el hemiciclo del Congreso con una tensión que se podía cortar en el aire.

 

No fue una sesión más, ni un intercambio retórico habitual. Fue uno de esos momentos que quedan grabados en la memoria política porque condensan, en pocas horas, el estado real de una legislatura marcada por la polarización, la desconfianza y la sensación de que algo profundo se está rompiendo en el debate público español.

 

Las palabras que se cruzaron, los gestos, los silencios y los aplausos dibujaron un retrato crudo del momento político que vive el país.

 

 

Desde la tribuna, el líder de Vox, Santiago Abascal, lanzó un discurso sin concesiones, cargado de acusaciones graves contra el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y contra el conjunto del Ejecutivo.

 

 

No fue un alegato improvisado. Fue una intervención pensada para impactar, para marcar territorio ideológico y para reforzar un relato que Vox lleva tiempo construyendo: el de un Gobierno corrupto, sometido a intereses externos, alejado de los españoles y dispuesto a todo con tal de mantenerse en el poder.

 

 

La respuesta previa desde los escaños de la izquierda y del grupo socialista tampoco fue suave.

 

Se habló de “oligarquías degeneradas”, de “delirios”, de compañeros de viaje incómodos para el Partido Popular, y se recordó a Abascal y a Vox lo que, según sus adversarios, la sociedad española evitó el 23 de julio al no permitir que la extrema derecha entrara en el Gobierno.

 

Ese choque verbal no fue solo una disputa entre partidos; fue una radiografía de dos visiones irreconciliables de España, del Estado y del futuro.

 

 

Abascal arrancó su intervención con una acusación directa: Pedro Sánchez, dijo, se siente acorralado por la corrupción.

 

No solo por la que se investiga ahora, sino por la que, según Vox, se ha producido a la vista de todos en el Congreso a cambio de “favores criminales”.

 

El líder de Vox fue más allá y habló de un presidente que se acerca cada día más al banquillo, insinuando una deriva judicial que, a su juicio, es inevitable.

 

Ese tono no fue casual: buscaba situar al jefe del Ejecutivo no como un adversario político, sino como un dirigente moralmente incapacitado para gobernar.

 

 

En ese contexto, Abascal mezcló distintos casos y polémicas que han ocupado titulares en los últimos años: contratos durante la pandemia, comisiones, investigaciones judiciales abiertas, nombres propios que se repiten en el debate público y que forman parte del desgaste del Gobierno.

 

 

El objetivo era claro: construir la imagen de un sistema corrupto, de una red de intereses que, según Vox, se enriqueció mientras los ciudadanos sufrían en uno de los momentos más duros de la historia reciente.

 

 

La pandemia volvió a ser un eje central del discurso. Abascal apeló a la memoria colectiva de aquellos meses de miedo, confinamiento y pérdida, para contraponerla a la idea de que “algunos se llevaron millones como buitres”.

 

 

Es una estrategia retórica potente: conectar el dolor social con la indignación moral.

 

No se trata solo de denunciar irregularidades, sino de presentar esas supuestas irregularidades como una traición ética a quienes lo pasaron peor.

 

 

Pero el discurso no se quedó en la corrupción. La inmigración ocupó un espacio central y, como es habitual en Vox, fue presentada como una de las principales amenazas para la sociedad española.

 

Abascal acusó al Gobierno y al resto de la Cámara —salvo a su grupo— de promover una regularización masiva que, a su juicio, lanza un mensaje peligroso al mundo: que en España se puede entrar sin respetar la ley.

 

Vinculó esa política migratoria con el aumento de la inseguridad, de los delitos sexuales y de la presión sobre los servicios públicos.

 

 

En este punto, el líder de Vox recurrió a informes oficiales para reforzar su discurso, citando al Departamento de Seguridad Nacional y su advertencia sobre la inmigración como una de las principales amenazas.

 

 

Esa referencia no es casual: busca dotar de un barniz institucional a un mensaje que suele ser acusado de alarmista.

 

Abascal insistió en que su partido ha intentado debatir estas cuestiones en el Congreso y que siempre se ha encontrado con el rechazo del resto de fuerzas políticas.

 

 

El relato sobre inmigración se completó con una dimensión internacional y de seguridad.

 

Abascal habló de mafias, de muertes en el Mediterráneo, de amenazas yihadistas y de eventos deportivos bajo alerta.

 

El mensaje subyacente es claro: la política migratoria del Gobierno no solo sería un error administrativo o social, sino un riesgo directo para la seguridad nacional.

 

Es un argumento que conecta con una parte del electorado que vive con preocupación los cambios sociales y los episodios de violencia que ocupan los informativos.

 

 

La intervención dio un giro aún más duro cuando Abascal comparó al Gobierno de Sánchez con regímenes autoritarios.

 

Mencionó a Venezuela, habló de encarcelar a la oposición, de dinamitar símbolos y de provocar conflictos territoriales.

 

Para algunos, estas comparaciones son exageradas; para otros, forman parte de una estrategia de advertencia: presentar al Ejecutivo como una amenaza para la democracia liberal y la convivencia.

 

 

Otro de los puntos clave fue la política exterior y, en particular, la relación con Marruecos y el cambio de posición de España respecto al Sáhara Occidental.

 

Abascal acusó al presidente de estar sometido a dictados externos y de no defender los intereses nacionales.

 

Señaló el silencio de los socios de investidura ante ese giro diplomático como una prueba de que Sánchez no decide libremente, sino que obedece a poderes que no se sientan en el Congreso.

 

 

Esta parte del discurso tocó una fibra sensible. El Sáhara ha sido históricamente una cuestión transversal en la política española, capaz de generar consensos amplios y también fuertes decepciones.

 

Al recordar que fuerzas tradicionalmente solidarias con el pueblo saharaui no han roto con el Gobierno por este asunto, Abascal buscó evidenciar contradicciones y alimentar la idea de un Ejecutivo sostenido a cualquier precio.

 

 

Mientras tanto, en los escaños, las reacciones eran visibles. Murmullos, gestos de desaprobación, aplausos cerrados desde la bancada de Vox.

 

 

El Congreso se convertía, una vez más, en un escenario de confrontación total, donde el diálogo parece cada vez más lejano y donde cada intervención está pensada tanto para los presentes como para los millones de ciudadanos que seguirán el debate a través de los medios y las redes sociales.

 

 

El cierre del discurso fue casi apocalíptico. Abascal advirtió de que “lo peor está por llegar”, de que los mayores daños aún no se han producido.

 

 

Habló de la destrucción de la separación de poderes, de la igualdad ante la ley, de la seguridad de las mujeres.

 

No fue un final conciliador, sino una llamada a la alerta permanente, a la movilización política y social frente a un Gobierno al que considera ilegítimo en lo moral.

 

 

Más allá de la valoración que merezcan sus palabras, lo ocurrido en el Congreso refleja una realidad incontestable: la política española vive uno de sus momentos más crispados desde la Transición.

 

Los discursos ya no buscan convencer al adversario, sino consolidar a los propios, movilizar emociones fuertes y fijar marcos mentales muy definidos.

 

En ese contexto, cada sesión parlamentaria se convierte en un episodio más de una batalla cultural y política de largo recorrido.

 

 

Este clima tiene consecuencias. La desafección ciudadana crece, la confianza en las instituciones se resiente y el debate público se empobrece cuando se reduce a acusaciones cruzadas sin espacios para el acuerdo.

 

 

Al mismo tiempo, también revela que hay una parte significativa de la sociedad que se siente representada por este tono duro, que percibe que alguien dice en voz alta lo que otros callan.

 

 

La pregunta que queda en el aire es hacia dónde conduce todo esto. Si la escalada verbal seguirá aumentando o si, en algún momento, se abrirá paso una política más centrada en soluciones concretas y menos en el enfrentamiento constante.

 

 

Lo que es seguro es que intervenciones como la de Santiago Abascal no son un hecho aislado, sino un síntoma de una época en la que la política se juega tanto en el Parlamento como en el terreno emocional y simbólico.

 

 

Para los ciudadanos, la responsabilidad también existe. Informarse, contrastar, no dejarse arrastrar únicamente por el impacto del titular o del discurso más encendido.

 

Exigir a los representantes explicaciones, propuestas claras y respeto institucional.

 

Porque más allá de siglas y líderes, lo que está en juego es la calidad democrática y la convivencia en una sociedad plural que necesita algo más que gritos para avanzar.