Sarah Santaolalla desmonta el sinsentido de las últimas críticas de Feijóo a Sánchez: “Completamente fuera de juego”.
El líder del PP criticó que Sánchez acudiera a la cumbre europea en París y no a la Pascua Militar.

Sarah Santaolalla en ‘Malas lenguas’.
El viaje de Pedro Sánchez a París no fue un gesto protocolario ni una foto más en la agenda internacional del presidente del Gobierno.
Llegó en un momento de máxima tensión geopolítica, con Ucrania en el centro de todas las miradas, Estados Unidos ejecutando bombardeos, Europa intentando no perder peso estratégico y el fantasma de una nueva redefinición del orden mundial planeando sobre cada mesa de negociación.
En ese contexto, la ausencia del presidente en la Pascua Militar desató una nueva tormenta política en España, más reveladora por las reacciones que provocó que por el hecho en sí.
Mientras en París se reunían más de 35 países para coordinar posiciones sobre el futuro de Ucrania y cerrar filas frente a las últimas maniobras de Donald Trump —incluida su amenaza de anexionar Groenlandia—, Alberto Núñez Feijóo optó por llevar el debate a otro terreno.
Desde su perfil en X, el líder del Partido Popular acusó a Sánchez de desatender al Ejército y de protagonizar un “nuevo desplante” a las Fuerzas Armadas por no acudir a la tradicional Pascua Militar junto al jefe del Estado.
El mensaje no fue casual ni improvisado. Feijóo apeló a símbolos, a la idea de dignidad institucional y al respeto a los militares, buscando conectar con una parte del electorado sensible a estos gestos.
“España merece una persona al frente del Gobierno a la altura de los profesionales que defienden la seguridad de todos los ciudadanos”, escribió, cerrando el mensaje con una promesa implícita de alternativa política.
Sin embargo, el contexto internacional hizo que ese discurso se volviera contra él con rapidez.
La respuesta más contundente llegó desde el ámbito mediático. Sarah Santaolalla no se limitó a rebatir el argumento, sino que lo desarmó pieza a pieza añadiendo el escenario real en el que se producía la decisión de Sánchez.
Estados Unidos bombardeando, Europa amenazada, un presidente secuestrado, una guerra en Ucrania sin salida clara y una cumbre decisiva en marcha.
Frente a ese panorama, cuestionar la presencia del presidente español en una reunión de alto nivel con otros líderes europeos sonó, para muchos, a desconexión absoluta con la realidad internacional.
Santaolalla no apeló a consignas ni a ideología, sino a lógica política. Su respuesta resumió en pocas líneas lo que muchos analistas subrayaron después: en un mundo en crisis, la política exterior deja de ser un complemento y se convierte en una obligación central del jefe del Ejecutivo.
La viralización de su mensaje no fue fruto del azar, sino del hartazgo creciente ante debates que parecen ignorar el contexto global.
A esa crítica se sumó Óscar Puente, ministro de Transportes, con un tono mucho más duro y personal.
Su valoración sobre Feijóo fue demoledora y, al mismo tiempo, reveladora del clima político actual.
Puente no discutió solo una decisión concreta, sino el perfil del líder de la oposición, al que calificó como el peor jefe de la oposición que ha tenido el país.
Sus palabras, amplificadas en redes, reflejan una escalada de tensión en la que ya no se discuten únicamente ideas, sino la capacidad misma para ejercer una oposición responsable.
Más allá del intercambio de reproches, el episodio puso de manifiesto una fractura más profunda: la dificultad de una parte del PP para adaptarse a un escenario internacional que ya no responde a los esquemas tradicionales.
Mientras Sánchez priorizaba la cumbre de París, Feijóo optaba por un marco interno, simbólico, que para muchos resultó insuficiente ante la magnitud de los desafíos globales.
La polémica no quedó ahí. La crisis en Venezuela, reavivada por la intervención estadounidense y el papel de Donald Trump, terminó de tensar el debate político español y, de forma inesperada, abrió grietas dentro del propio Partido Popular.
Esta vez, la crítica no llegó desde la izquierda ni desde el Gobierno, sino desde una voz autorizada del propio espacio conservador: José Manuel García-Margallo.
El exministro de Asuntos Exteriores, con una trayectoria marcada por la diplomacia y el conocimiento del derecho internacional, intervino en Mañaneros 360 de TVE con un análisis que descolocó a muchos.
Lejos de respaldar sin matices la estrategia de Estados Unidos en Venezuela, Margallo habló de una quiebra definitiva del orden internacional, de la ruptura de las normas surgidas tras la Segunda Guerra Mundial y de un escenario mucho más peligroso de lo que algunos quieren admitir.
Sus palabras no fueron retóricas. Al mencionar San Francisco y el sistema de normas internacionales, Margallo situó el debate en un plano estructural, alertando de que las reglas que han sostenido décadas de relaciones internacionales están siendo erosionadas una a una.
Para él, este proceso no comenzó con Trump, sino en 2014, con la invasión rusa de Ucrania. Sin embargo, la intervención en Venezuela sería, en su análisis, el último clavo del ataúd.
Este diagnóstico choca frontalmente con el discurso oficial del PP, que ha tendido a justificar o respaldar las decisiones de Washington en nombre de la democracia y la estabilidad.
Margallo, en cambio, introdujo un matiz incómodo: la ilegalidad o ilegitimidad de un régimen no justifica cualquier tipo de intervención, especialmente cuando esta se produce al margen de las normas internacionales.
El exministro fue aún más lejos al analizar lo ocurrido dentro de Venezuela. Definió al país como un Estado cuyos dirigentes carecen de legitimidad de origen y de ejercicio, un concepto jurídico preciso que apunta tanto al acceso al poder como a la forma de ejercerlo.
Sin embargo, su reflexión más polémica llegó al afirmar que lo sucedido no había sido un verdadero cambio político, sino una sucesión en la presidencia que dejaba intacto el aparato del Gobierno y el aparato represivo.
Esa afirmación desmonta uno de los pilares del relato que ha acompañado la intervención estadounidense.
Según Margallo, este tipo de transición solo es posible con la colaboración de sectores del propio régimen venezolano y con una preparación previa por parte de Estados Unidos.
Una operación quirúrgica, diseñada para cambiar caras sin alterar estructuras, y orientada más a intereses estratégicos que a una democratización real.
La crítica más directa llegó cuando se refirió a la oposición venezolana y, en particular, a María Corina Machado.
Margallo expresó su sorpresa por el hecho de que Trump descartara desde el primer momento a la líder opositora, algo que, según él, debería hacer reflexionar a quienes han presentado la intervención como una apuesta clara por la oposición democrática.
Sus palabras resonaron con fuerza porque cuestionaban directamente la narrativa que Feijóo y la dirección del PP han defendido en público.
Este choque interno evidencia una contradicción difícil de ocultar. Mientras el liderazgo del PP adopta una posición alineada con Washington, una figura histórica del partido advierte de los riesgos legales, políticos y morales de ese alineamiento.
No se trata solo de una diferencia de matiz, sino de una divergencia profunda sobre cómo interpretar el papel de España y Europa en un mundo cada vez más inestable.
Volviendo al origen de la polémica, el viaje de Sánchez a París adquiere otra dimensión a la luz de estas discrepancias.
La cumbre no era únicamente sobre Ucrania, sino sobre el lugar de Europa en un tablero global donde Estados Unidos actúa cada vez con menos complejos y Rusia desafía abiertamente las normas internacionales.
En ese contexto, la presencia del presidente español no solo era pertinente, sino necesaria.
La crítica de Feijóo, centrada en la Pascua Militar, quedó desdibujada frente a un debate mucho más amplio: ¿debe España priorizar los gestos simbólicos internos o asumir un papel activo en la redefinición del orden internacional? La reacción de Santaolalla, Puente y, de forma más sofisticada, de García-Margallo, apunta a una respuesta clara.
Este episodio deja una enseñanza política evidente. En tiempos de crisis global, el liderazgo se mide por la capacidad de leer el contexto y actuar en consecuencia.
La oposición, por su parte, se enfrenta al reto de ofrecer una alternativa creíble que no se limite a reproches formales, sino que aporte una visión coherente del papel de España en el mundo.
La polémica no desaparecerá en unos días. Ucrania seguirá siendo un foco de tensión, Venezuela continuará generando divisiones y la figura de Trump seguirá condicionando la política internacional.
En ese escenario, cada decisión, cada ausencia y cada tuit adquieren un peso mayor del habitual.
La pregunta que queda en el aire no es solo si Sánchez debía estar en París o en la Pascua Militar, sino si la política española está preparada para debatir en serio sobre política exterior sin reducirlo todo a desgaste interno.
Porque mientras unos discuten símbolos, otros deciden el futuro de regiones enteras.
Y en un mundo donde el orden internacional se resquebraja, mirar hacia otro lado no es una opción. Ni para el Gobierno ni para la oposición.
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