Sarah Santaolalla tira de hemeroteca para retratar el relato de Feijóo con Mazón y la DANA.

 

 

 

 

La analista política ha hecho alusión a las declaraciones que ha esgrimido el líder del PP sobre sus conversaciones con el entonces president de la Generalitat el día de la DANA de Valencia.

 

 

 

 

 

La periodista Sarah Santaolalla y el presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo.

 

 

“Si miento, echadme del partido”. La frase, pronunciada con solemnidad por Alberto Núñez Feijóo en plena campaña electoral de julio de 2023, ha regresado con fuerza desde la hemeroteca para instalarse en el centro del debate político nacional.

 

 

No como una anécdota del pasado, sino como un bumerán que vuelve cargado de significado tras conocerse el contenido de los mensajes que el líder del Partido Popular intercambió con el entonces president de la Generalitat Valenciana, Carlos Mazón, durante el día de la DANA que arrasó Valencia y dejó 230 víctimas mortales.

 

 

En política, las palabras pesan. Y cuando esas palabras se formulan como un compromiso público, casi como un juramento ante los ciudadanos, su valor se multiplica. “Jamás voy a engañar a los españoles”, dijo entonces Feijóo, acompañado por Isabel Díaz Ayuso y con el tono de quien quiere presentarse como la antítesis de la mentira y la manipulación.

 

 

Hoy, esa promesa vuelve a escena no por iniciativa de sus adversarios, sino por los propios documentos que el PP ha entregado a la jueza que investiga la gestión de la catástrofe.

 

 

Las reacciones no se han hecho esperar. Una de las más virales ha sido la de Sarah Santaolalla, colaboradora de RTVE, que resumió en pocas palabras lo que muchos analistas llevan días señalando.

 

“Los WhatsApp que Feijóo ha entregado a la juez de la DANA demuestran que Feijóo y el PP han mentido durante todo el año”, escribió en la red social X.

 

 

Y lanzó una pregunta directa, incómoda y difícil de esquivar: “¿Va a dimitir el señor Feijóo?”. No es una cuestión menor.

 

Es la consecuencia lógica de aquella frase que hoy le persigue.

 

 

El contexto no puede obviarse. El líder del PP ha sido citado a declarar como testigo en el juzgado de Catarroja el próximo 9 de enero, una comparecencia que ha solicitado realizar de manera telemática, pese a no tener compromisos en su agenda ese día.

 

 

Pero más allá de la forma, el fondo de la cuestión reside en los mensajes intercambiados el 29 de octubre de 2024, el día en que la DANA golpeó con una violencia sin precedentes a varias comarcas valencianas.

 

 

Durante meses, Feijóo y la dirección del PP han sostenido un relato muy concreto: que Carlos Mazón estuvo informando al líder nacional “en tiempo real” de la evolución de la emergencia y que, por tanto, la responsabilidad de la gestión recaía en otros niveles de la administración.

 

 

Ese argumento se utilizó en entrevistas, ruedas de prensa y debates parlamentarios. Sin embargo, los documentos judiciales han ido desmontando pieza a pieza esa versión.

 

 

Un primer listado de llamadas, entregado en su momento por el propio Mazón, ya puso en entredicho esa idea de seguimiento constante desde el inicio de la tragedia.

 

 

Según ese registro, la primera llamada entre Mazón y Feijóo se produjo a las 21:27 horas, más de una hora después de que se activara el sistema de alerta masiva ES-Alert y cuando buena parte de la catástrofe ya se había consolidado.

 

 

Hubo otra llamada a las 21:31, pero nada antes. Difícilmente puede calificarse eso como información “en tiempo real” desde el inicio de la emergencia.

 

 

Ahora, los mensajes de WhatsApp aportados por Feijóo a la magistrada añaden nuevos matices y, sobre todo, nuevas contradicciones.

 

 

Según ese intercambio, fue el propio Feijóo quien inició el contacto a las 19:59 horas tras conocer, “por los medios de comunicación”, la gravedad de la situación.

 

 

Ese detalle es clave: no fue informado de primera mano por Mazón, sino que reaccionó a lo que ya estaba viendo en la prensa.

 

En ese primer mensaje, el líder del PP se puso a disposición del president valenciano para lo que “pudiese necesitar”.

 

 

La respuesta de Mazón llegó a las 20:08 horas con un escueto “Gracias Presi”. Poco después añadió: “Luego te cuento. Se está jodiendo cada minuto”.

 

 

A las 20:15 horas, apenas cuatro minutos después del envío del ES-Alert a la población, Mazón volvió a escribir: “Noche larga por delante”.

 

 

Es decir, incluso en esos primeros intercambios, no hay información detallada, ni datos precisos, ni una comunicación estructurada sobre la magnitud de la tragedia.

 

Hay improvisación, angustia y un reconocimiento implícito de que la situación se estaba desbordando.

 

 

A medida que avanza la noche, los mensajes se vuelven más explícitos. A las 21:44 horas, Mazón explica que le ha llamado para pedirle el contacto del expresidente de Telefónica, José María Álvarez-Pallete, en un intento desesperado por mejorar las comunicaciones.

 

 

Feijóo responde que no puede atender la llamada porque está en un acto institucional, pero le facilita el número.

 

 

Un minuto después, a las 21:45, Mazón agradece el gesto y lanza una de las frases más reveladoras de toda la conversación: “Estamos desbordados, no sabemos lo que está pasando realmente, pero nos llegan decenas de desaparecidos y no puedo confirmarlos”.

 

 

Más tarde llegarían mensajes todavía más duros. “Un puto desastre va a ser esto presi”, escribe Mazón cerca de las once y media de la noche, cuando ya empiezan a aparecer los primeros muertos.

 

 

Ese reconocimiento explícito de la gravedad contrasta con el discurso político posterior, mucho más orientado a diluir responsabilidades y a proyectar una imagen de control que, según los propios mensajes, no existía.

 

 

 

 

 

Todo esto plantea una pregunta incómoda pero inevitable: si estos eran los mensajes reales, ¿por qué durante meses se insistió en que Feijóo estaba siendo informado en tiempo real desde el inicio? ¿Por qué se construyó un relato que no se corresponde con los hechos documentados? Y, sobre todo, ¿qué valor tiene ahora aquella promesa de “si miento, echadme del partido”?

 

 

 

La política española está acostumbrada a las contradicciones, pero no todas pesan igual. Aquí no hablamos de una exageración retórica o de un matiz interpretativo.

 

 

Hablamos de un relato sostenido durante un año entero que se tambalea a la luz de pruebas documentales. Y hablamos, además, de una tragedia con 230 víctimas mortales y cientos de familias marcadas de por vida.

 

 

La dimensión ética del asunto es ineludible. No se trata solo de si Feijóo mintió o no en términos estrictamente políticos, sino de cómo se ha gestionado la verdad en un contexto de dolor extremo.

 

 

Utilizar una versión que no se ajusta a los hechos para protegerse políticamente tiene un coste, y ese coste lo pagan, en primer lugar, las víctimas y sus familias, que ven cómo su sufrimiento se convierte en un elemento más del debate partidista.

 

 

La pregunta que lanza Sarah Santaolalla no es retórica. Es la consecuencia lógica de un compromiso público.

 

 

Si un líder político afirma que debe ser expulsado de su partido si miente, y si ahora existen indicios sólidos de que el relato sostenido no era cierto, la coherencia exige una respuesta. El silencio, en este contexto, también comunica.

 

 

Feijóo tiene varias opciones. Puede minimizar el impacto, hablar de malentendidos o refugiarse en tecnicismos sobre qué significa exactamente “informar en tiempo real”.

 

 

Puede también optar por una estrategia defensiva, confiando en que el paso del tiempo diluya la polémica.

 

O puede asumir el peso de sus propias palabras y afrontar las consecuencias políticas de un compromiso que él mismo formuló.

 

 

Lo que está en juego no es solo su liderazgo dentro del Partido Popular, sino algo más profundo: la credibilidad de la política como espacio de responsabilidad y verdad.

 

 

Porque cuando un dirigente promete no mentir “jamás” y esa promesa se quiebra, no se erosiona solo su imagen personal, sino la confianza de una ciudadanía cada vez más cansada de discursos que no se sostienen frente a los hechos.

 

 

La DANA ya dejó demasiadas heridas abiertas. Los mensajes, ahora, han abierto otra: la de la coherencia política.

 

Y esa herida no se cerrará con silencios ni con declaraciones ambiguas. Se cerrará, o no, con decisiones claras.

 

La hemeroteca ya ha hecho su trabajo. Ahora le toca al protagonista decidir si sus palabras eran un compromiso real o solo una frase más para la campaña.