El contundente análisis de Sarah Santaolalla del ataque de Trump a Venezuela: “Pasta y negocio”.

 

 

 

La analista considera que el presidente de Estados Unidos “no tiene ninguna intención de democratizar” el país latinoamericano.

 

 

 

 

 

La ofensiva militar lanzada por Estados Unidos sobre Venezuela ha abierto una grieta profunda en el debate político y mediático internacional.

 

No solo por la magnitud del ataque y por el anuncio de la captura de Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, difundido por el propio Donald Trump, sino por el relato que Washington ha intentado imponer desde el primer minuto.

 

Un relato basado en la idea de la “liberación” y la “democratización” que, para muchos analistas, no resiste un análisis mínimamente riguroso.

 

En España, una de las voces que ha irrumpido con mayor claridad y contundencia en este debate ha sido la de la politóloga y analista Sarah Santaolalla.

 

Su intervención ha sido directa, sin rodeos y con una tesis muy definida: la operación militar estadounidense no tiene nada que ver con la defensa de la democracia ni con la protección de los derechos humanos, y mucho menos con el bienestar del pueblo venezolano.

 

Para Santaolalla, el eje real de lo ocurrido es económico y geopolítico, no moral.

 

El mensaje que difundió en redes sociales se viralizó en cuestión de horas.

 

No por una frase ingeniosa ni por una provocación vacía, sino porque apuntaba al corazón de la contradicción que muchos perciben en el discurso de la Casa Blanca.

 

“Un presidente como Trump que está destruyendo la democracia en su país no tiene ninguna intención de democratizar Venezuela”, escribió.

 

En una sola frase desmontó el marco narrativo que pretende presentar a Estados Unidos como árbitro democrático global.

 

La politóloga no se quedó ahí. Fue un paso más allá y puso nombre al interés que, a su juicio, explica la intervención.

 

“Esto va de pasta y de negocio”, afirmó sin ambigüedades. En su análisis, Estados Unidos busca asegurarse el control de los recursos energéticos venezolanos, especialmente del petróleo, a cambio de imponer por la fuerza un cambio de poder político favorable a sus intereses.

 

Una lectura que conecta con décadas de intervenciones en América Latina justificadas con discursos idealistas y ejecutadas con objetivos muy concretos.

 

Venezuela no es un país cualquiera en el tablero energético mundial. Posee una de las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, un dato que aparece de forma recurrente en informes de organismos internacionales y que ha marcado históricamente su relación con Washington.

 

 

Desde esta perspectiva, la intervención no sería una anomalía, sino la continuación de una lógica de poder que ha atravesado distintas administraciones estadounidenses, con mayor o menor crudeza en sus formas.

 

 

Las palabras de Santaolalla llegan, además, en un momento de máxima polarización.

 

En España, la derecha y la extrema derecha han celebrado el ataque como si se tratara de un acto de justicia histórica, una suerte de ajuste de cuentas contra un régimen al que consideran dictatorial.

 

El relato es sencillo y emocionalmente eficaz: cae el tirano, gana la libertad.

 

Pero ese esquema, advierten analistas como Santaolalla, ignora deliberadamente las consecuencias reales de una operación militar extranjera sobre la población civil.

 

Porque más allá de los comunicados oficiales y de los mensajes triunfalistas, la intervención ha tenido un impacto directo sobre el terreno.

 

Bombardeos en zonas estratégicas, interrupción de servicios básicos y un clima de miedo e incertidumbre que vuelve a golpear a una sociedad ya profundamente castigada por años de crisis económica, sanciones internacionales y deterioro institucional.

 

Para quienes ponen el foco en los derechos humanos, resulta imposible separar el objetivo político de los medios utilizados para alcanzarlo.

 

 

El cuestionamiento de la legitimidad moral de Donald Trump es otro de los ejes centrales del análisis de Santaolalla.

 

La politóloga recuerda que el expresidente estadounidense ha protagonizado en los últimos años una ofensiva constante contra las instituciones democráticas de su propio país.

 

Desde el cuestionamiento de los resultados electorales hasta la presión sobre el sistema judicial y los medios de comunicación, su trayectoria reciente dista mucho de encajar con la imagen de defensor global de la democracia.

 

 

Esa contradicción no es menor. Plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿puede un líder que erosiona la democracia en casa exportarla fuera? Para Santaolalla, la respuesta es evidente.

 

El discurso democratizador no sería más que una coartada, un envoltorio retórico destinado a suavizar ante la opinión pública una operación que responde a intereses estratégicos y económicos muy concretos.

 

Este enfoque conecta con una crítica clásica al intervencionismo estadounidense, pero adquiere una nueva dimensión en el contexto actual.

 

El mundo atraviesa una etapa de reconfiguración del orden internacional, con potencias emergentes, conflictos abiertos y una creciente disputa por recursos clave.

 

En ese escenario, América Latina vuelve a ocupar un lugar central en la estrategia de Washington, no como espacio de cooperación, sino como zona de influencia.

 

Santaolalla advierte de los riesgos de normalizar este tipo de operaciones.

 

No solo por lo que suponen para el país directamente afectado, sino por el precedente que establecen.

 

Si la captura de un jefe de Estado mediante una intervención militar extranjera se presenta como algo legítimo y celebrable, el marco del derecho internacional queda seriamente debilitado.

 

Y cuando las reglas dejan de aplicarse de forma general, terminan convirtiéndose en instrumentos al servicio del más fuerte.

 

La politóloga también pone el acento en el papel que se reserva a la oposición venezolana en este esquema.

 

Según su análisis, el cambio de poder no nace de un proceso interno ni de una negociación política, sino de una imposición externa.

 

Eso plantea dudas profundas sobre la soberanía real del país y sobre la viabilidad de una transición estable y legítima.

 

La historia reciente demuestra que los gobiernos instalados tras intervenciones militares suelen arrastrar una enorme falta de credibilidad social.

 

Frente al discurso simplificador, Santaolalla propone mirar el contexto con una lente más amplia. Venezuela no es solo Maduro.

 

Es una sociedad compleja, con tensiones internas, con una diáspora masiva y con una población que ha sido utilizada durante años como moneda de cambio en disputas geopolíticas.

 

Cualquier solución que ignore esa complejidad está condenada al fracaso o, como mínimo, a generar nuevas formas de dependencia.

 

 

 

 

Su intervención ha encontrado eco en sectores académicos, en movimientos sociales y en una parte de la ciudadanía que desconfía de los relatos oficiales.

 

No se trata de defender al régimen venezolano ni de negar las graves vulneraciones de derechos humanos documentadas por organismos internacionales.

 

Se trata, más bien, de rechazar la idea de que una intervención militar extranjera sea la respuesta adecuada o legítima a esos problemas.

 

 

El mensaje de Santaolalla también interpela a la opinión pública española. Invita a no dejarse arrastrar por una narrativa emocional construida a golpe de consignas y a exigir un análisis más honesto de los intereses en juego.

 

En un contexto mediático dominado por la inmediatez y la polarización, esa llamada a la reflexión adquiere un valor especial.

 

 

A medida que pasan las horas y se conocen nuevos detalles de la operación, el debate seguirá creciendo.

 

Habrá quienes insistan en el marco de la liberación y quienes, como Santaolalla, continúen señalando las sombras de una intervención que huele más a negocio que a democracia.

 

Lo que está en juego no es solo el futuro de Venezuela, sino el tipo de orden internacional que se está normalizando ante nuestros ojos.

 

La politóloga no ofrece respuestas fáciles ni soluciones mágicas. Su aportación es otra: obligar a mirar donde muchos prefieren no hacerlo.

 

A preguntarse quién gana realmente con esta intervención, quién pierde y qué modelo de relaciones internacionales se está reforzando.

 

En un mundo cada vez más inestable, esas preguntas no son retóricas. Son urgentes.

 

 

En última instancia, el análisis de Sarah Santaolalla conecta con una preocupación más amplia: la banalización del uso de la fuerza y la mercantilización del discurso democrático.

 

Cuando la democracia se utiliza como excusa para el saqueo de recursos y la imposición de gobiernos afines, deja de ser un valor universal para convertirse en una herramienta de poder.

 

Y eso, como advierten cada vez más voces críticas, tiene consecuencias que van mucho más allá de un solo país.