“¡Se pasan todos los límites! El cuñado del rey provoca caos y acusa al gobierno de mafioso” 1.

 

 

En la calle Ferraz de Madrid, convertida desde hace años en un escenario recurrente de protestas contra el Gobierno, volvió a vivirse una escena que desborda la política convencional y se adentra en un territorio más cercano al espectáculo, la provocación y la radicalización discursiva.

 

 

Esta vez, el foco no estuvo tanto en el número —escaso— de manifestantes, sino en uno de los protagonistas que acaparó toda la atención mediática y en redes sociales: Álvaro de Marichalar, exmarido de la infanta Elena y cuñado del rey Felipe VI.

 

 

Su aparición no fue casual ni improvisada. Marichalar lleva desde 2020 frecuentando concentraciones frente a la sede del PSOE, protagonizando intervenciones que mezclan consignas políticas, acusaciones sin pruebas, referencias religiosas, ataques personales y una retórica extrema que conecta con sectores muy concretos de la oposición más radical.

 

 

Su presencia, lejos de fortalecer una alternativa política coherente, vuelve a poner de manifiesto la profunda descomposición de ciertos espacios de protesta y la deriva hacia un discurso cada vez más desconectado de la realidad institucional.

 

 

Lo ocurrido en Ferraz no puede entenderse como un episodio aislado. Forma parte de una secuencia repetida en la que un grupo reducido de personas, incapaces de articular una oposición organizada y reconocible, convierte la protesta política en un ritual caótico.

 

 

Gritos, rezos colectivos, consignas incendiarias y acusaciones de conspiraciones globales se suceden sin orden ni estrategia clara.

 

El resultado es una escena que provoca más perplejidad que adhesión social.

 

 

Marichalar, megáfono en mano, volvió a recurrir a un lema que repite desde hace años: “disolución de la mafia socialista”.

 

Una consigna que coreó junto a los presentes, insistiendo en una narrativa que describe al Gobierno, al PSOE e incluso a instituciones del Estado como parte de una supuesta organización criminal internacional.

 

En sus palabras, Venezuela, el narcotráfico, el petróleo y el oro aparecen entrelazados en un relato conspirativo que no encuentra respaldo en ninguna investigación judicial ni en fuentes contrastadas.

 

 

Este tipo de discurso no es nuevo, pero sí cada vez más explícito. La frontera entre crítica política y deslegitimación absoluta del sistema democrático se difumina peligrosamente.

 

Cuando se acusa sin pruebas al presidente del Gobierno de ser parte de una “banda criminal”, o se sugiere que el rey está “secuestrado” por una supuesta mafia política, se cruza una línea que ya no pertenece al debate democrático, sino a la desinformación y al extremismo.

 

 

Uno de los elementos más llamativos del acto fue la instrumentalización de la religión. Marichalar llamó a rezar en público, invocando la identidad cristiana de “la mayoría de los españoles” como justificación para convertir una protesta política en una liturgia colectiva.

 

 

El rezo del Padre Nuestro y otras oraciones se presentaron como un acto de “democracia”, en una confusión deliberada entre fe, identidad nacional y legitimidad política.

 

 

Este uso de símbolos religiosos en un contexto de confrontación política no es inocente.

 

Forma parte de una estrategia que busca reforzar la idea de un “nosotros” moralmente superior frente a un “ellos” demonizado.

 

Es un mecanismo conocido en procesos de radicalización: se simplifica la realidad, se divide el mundo en buenos y malos, y se elimina cualquier matiz o análisis complejo.

 

La escena se volvió aún más surrealista cuando se lanzaron insultos personales, expresiones claramente ofensivas y referencias a supuestas tramas de prostitución, narcotráfico y masonería, todo ello sin ninguna base verificable.

 

La protesta, lejos de centrarse en propuestas, demandas concretas o críticas articuladas, se convirtió en un monólogo exaltado que incluso algunos de los presentes intentaron reconducir sin éxito.

 

 

Desde el punto de vista político, el episodio tiene una lectura clara: este tipo de actos no debilitan al Gobierno, sino que refuerzan su posición.

 

La imagen de una oposición fragmentada, incapaz de marcar una agenda coherente y asociada a discursos extremos, beneficia directamente a Pedro Sánchez.

 

No es una cuestión de simpatía ideológica, sino de percepción pública. La ciudadanía observa y compara.

 

 

Mientras el Gobierno enfrenta críticas reales por la gestión económica, la política exterior o los pactos parlamentarios, estas protestas no aportan argumentos ni alternativas.

 

Al contrario, desvían el foco hacia un ruido que desacredita cualquier oposición legítima y razonable. Cuando la protesta se convierte en caricatura, pierde capacidad de influencia.

 

 

La presencia de Marichalar añade además un componente simbólico. Su vinculación pasada con la Casa Real y su reconocimiento reciente por parte de la Fundación Francisco Franco como “caballero de honor” refuerzan una imagen ideológica muy concreta.

 

No se trata solo de un ciudadano más protestando, sino de una figura que representa una nostalgia explícita del franquismo y una oposición frontal al consenso democrático surgido tras la Transición.

 

 

Sus declaraciones desde Panamá, donde afirma llevar años sin regresar a España, revelan también una desconexión notable con la realidad social del país.

 

Mientras millones de ciudadanos viven preocupados por el coste de la vida, el empleo o el acceso a la vivienda, el discurso que se escucha en Ferraz gira en torno a conspiraciones globales, traiciones históricas y enemigos abstractos.

 

 

Este contraste es clave para entender por qué estas protestas no crecen, no se amplían y no generan un movimiento social relevante.

 

La política eficaz necesita conectar con problemas reales y ofrecer soluciones. El grito vacío, repetido hasta el agotamiento, solo sirve para reforzar burbujas ideológicas ya convencidas.

 

 

Otro elemento preocupante es el ataque sistemático a los medios de comunicación, a los que se acusa de estar “al servicio del comunismo” o de formar parte de una maquinaria de manipulación.

 

Este tipo de discurso erosiona uno de los pilares básicos de cualquier democracia: la información plural y la crítica periodística.

 

Deslegitimar a la prensa es una estrategia habitual en contextos autoritarios, no en sistemas democráticos sanos.

 

 

Paradójicamente, quienes dicen defender la Constitución y el Estado de derecho recurren a un lenguaje que normaliza la violencia simbólica, la deshumanización del adversario y la desconfianza absoluta en las instituciones.

 

Se reivindica a la Guardia Civil y a la UCO, pero al mismo tiempo se cuestiona el propio sistema cuando no produce los resultados deseados.

 

 

Desde una perspectiva social, lo sucedido en Ferraz plantea una pregunta incómoda: ¿qué tipo de oposición se está construyendo? La política no puede sostenerse solo en el rechazo visceral al adversario.

 

Necesita proyecto, liderazgo, credibilidad y una mínima coherencia interna. Nada de eso se vio en esta concentración.

 

 

El uso constante de Venezuela como ejemplo de amenaza, sin análisis riguroso ni contexto, forma parte de una narrativa simplista que busca infundir miedo.

 

Se ignoran las diferencias estructurales, institucionales y económicas entre ambos países y se reduce todo a una advertencia apocalíptica.

 

Este recurso, lejos de convencer, termina banalizando tragedias reales y desinformando a la opinión pública.

 

 

La escena final, con aplausos, música y un ambiente casi festivo tras una retahíla de acusaciones graves, resume el problema de fondo.

 

La protesta se transforma en performance. El mensaje se diluye en el ruido. Y la política pierde sentido como herramienta de transformación social.

 

Desde el punto de vista del impacto real, la conclusión es clara. Mientras la oposición institucional debate en el Parlamento, negocia en Bruselas o prepara alternativas programáticas, estas protestas quedan relegadas a un fenómeno marginal amplificado por redes sociales.

 

Su capacidad de condicionar decisiones políticas es prácticamente nula.

 

 

Sin embargo, ignorarlas por completo tampoco es la solución. Son un síntoma de un malestar que existe, aunque se exprese de forma desordenada y extrema.

 

Canalizar ese descontento hacia propuestas democráticas, racionales y constructivas es uno de los grandes retos del sistema político español.

 

 

Ferraz seguirá siendo un escenario de protesta. La pregunta es si algún día volverá a ser también un espacio de debate político serio.

 

Mientras tanto, episodios como el protagonizado por Álvaro de Marichalar sirven como recordatorio de hasta qué punto la política puede degradarse cuando se sustituye el argumento por el grito y la razón por la conspiración.

 

 

Lo ocurrido no es solo una anécdota llamativa para titulares virales. Es una señal de alarma sobre la calidad del discurso público y sobre la necesidad de defender una oposición firme, sí, pero también responsable.

 

Porque cuando la política se convierte en circo, quienes pagan el precio no son los gobiernos de turno, sino la propia democracia.