Salomé Pradas revela que recibió la orden de no molestar a Mazón el día de la DANA.

 

 

 

 

En una entrevista para ‘Salvados’, la exconsejera de Emergencias de la Generalitat asegura que a pesar de tener las indicaciones, le telefoneó esa tarde.

 

 

 

 

 

La gestión de la DANA que asoló la Comunitat Valenciana sigue levantando olas de indignación y debate.

 

 

La tragedia no solo dejó tras de sí una estela de destrucción y 229 víctimas mortales, sino que, con el paso de los meses, ha sacado a la luz una serie de decisiones, silencios y contradicciones que siguen removiendo las entrañas políticas e institucionales del territorio.

 

 

Ahora, la exconsejera de Emergencias, Salomé Pradas, ha decidido romper el silencio y aportar su propia versión de los hechos, en una entrevista concedida al programa Salvados, cuyo avance ya ha generado un terremoto mediático antes incluso de su emisión.

 

 

 

Pradas, imputada en la causa judicial que instruye la jueza Nuria Ruiz Tobarra en Catarroja, ha lanzado una confesión que no deja indiferente a nadie: el día más crítico, recibió la orden expresa de no molestar al entonces presidente de la Generalitat, Carlos Mazón.

 

 

La orden, según relata, llegó de boca de José Manuel Cuenta, jefe de Gabinete de Mazón, y tenía como objetivo filtrar toda la información a través de él, evitando que el president fuera directamente informado de la evolución de la catástrofe en tiempo real.

 

 

 

“¿Cómo no iba a tener que conocer el president de la Generalitat lo que estaba pasando en una comarca de nuestro territorio?”, se pregunta Pradas, aún visiblemente afectada por el recuerdo de aquella jornada. Su respuesta, lejos de la sumisión, fue la de saltarse el protocolo y, por responsabilidad, llamar personalmente a Mazón.

 

 

“Yo soy así, a veces soy un tanto inconformista con lo que me plantean y yo directamente llamo al president”, confiesa, dejando entrever la tensión interna que se vivió en el Cecopi mientras la tragedia se desarrollaba minuto a minuto.

 

 

 

El relato de Pradas, recogido también por El País y adelantado por La Sexta, revela un escenario de desconexión institucional en uno de los momentos más críticos para la ciudadanía valenciana.

 

 

Mazón, máximo responsable político, no apareció en la sala de Emergencias hasta las 20:28, cuando la situación ya era dramática y la alerta masiva a los móviles (ES-Alert) se había retrasado de manera irreversible.

 

 

Pradas, entre lágrimas, reconoce que en ese momento solo podía pensar en las víctimas, especialmente cuando Mazón justificó su ausencia asegurando que no oyó el teléfono porque lo tenía guardado en la mochila.

 

 

“Pensé inmediatamente en las víctimas, porque fue el peor momento de la tarde. Yo quería informarle sobre todo por la presa de Forata y por la decisión de enviar ES-Alert”, relata.

 

 

La exconsejera insiste en que su objetivo no era pedir opinión ni valoración al president, sino simplemente informarle de la gravedad de la situación y de la inminencia de decisiones críticas.

 

 

“Nada paró el ES-Alert por parte del señor Mazón, porque yo ni pude informarle en el momento en el que se estaba debatiendo ni en el momento en el que ya se había decidido porque no me cogía el teléfono”, lamenta, apuntando a una cadena de fallos en la comunicación institucional que pudo tener consecuencias fatales.

 

 

La polémica sobre el envío tardío de la alerta masiva a los móviles de la población valenciana es uno de los puntos más controvertidos de la gestión de la DANA.

 

 

Pradas señala directamente a Jorge Suárez, subdirector de Emergencias, como la persona que, a las 19:00, planteó en el Cecopi la necesidad de activar el ES-Alert. A partir de ahí, se abrió un debate interno sobre la idoneidad de la medida.

 

 

“Suárez lo tenía claro, yo también y creo que la gran mayoría teníamos claro que se tenía que lanzar.

 

 

Entonces es cuando el jefe de operativo, el señor Basset, dice que cree que puede ser contraproducente mandar en ese momento un ES-Alert”, explica Pradas, abriendo un nuevo frente sobre la toma de decisiones en situaciones de crisis.

 

 

 

El drama de la DANA no solo es el de la naturaleza desbocada, sino también el de los engranajes institucionales que, en el momento más crítico, parecen haberse oxidado.

 

 

La cifra de víctimas, que se disparó antes incluso de que la alerta llegara a los teléfonos, es el dato más elocuente de un sistema que no supo reaccionar con la rapidez y contundencia necesarias.

 

 

Cuando se envió la alerta, ya habían fallecido 155 personas y otras 37 estaban atrapadas en condiciones insalvables.

 

 

 

La confesión de Pradas, que no duda en calificar su actitud de “inconformista”, pone el foco en la necesidad de que los responsables políticos estén presentes y sean informados en tiempo real durante las emergencias.

 

 

Su reflexión posterior es demoledora: “Sí que he concluido que hubiera sido necesario que el señor Mazón, como máximo representante institucional de la Generalitat, hubiera estado allí con nosotros”.

 

 

Una conclusión que, lejos de ser una simple autocrítica, es una acusación directa a la gestión de la crisis y a la ausencia del president en el momento más delicado.

 

 

La entrevista, que se emitirá íntegra en Salvados, promete arrojar nueva luz sobre una tragedia que ha dejado cicatrices profundas en la Comunitat Valenciana y que sigue generando preguntas incómodas sobre la responsabilidad política y la eficacia de los protocolos de emergencia.

 

 

El avance publicado en redes sociales ya ha generado un intenso debate entre quienes consideran que Pradas intenta exculparse y quienes ven en sus palabras la prueba de que hubo una desconexión institucional inadmisible.

 

 

El caso de la DANA y la gestión de la alerta masiva no es solo un asunto de procedimientos, sino una cuestión de confianza ciudadana en las instituciones.

 

 

 

¿Por qué se priorizó el silencio sobre la acción? ¿Por qué el president no estuvo al frente desde el primer minuto? ¿Qué falló realmente en la cadena de mando y comunicación? Las respuestas, lejos de aliviar el dolor de las víctimas, abren un debate necesario sobre la transparencia, la responsabilidad y la capacidad de reacción de quienes tienen en sus manos la seguridad de toda una comunidad.

 

 

 

En definitiva, la confesión de Salomé Pradas es mucho más que un simple testimonio: es el reflejo de una crisis institucional que, a la sombra de la tragedia, sigue esperando respuestas y asumiendo las consecuencias de decisiones que, en los momentos cruciales, pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

 

 

 

La sociedad valenciana, y la española en su conjunto, reclama ahora algo más que explicaciones: exige garantías de que nunca más una orden de silencio o una llamada perdida puedan costar tantas vidas.