Pedro Ruiz señala la razón del éxito de ‘Torrente Presidente’ y hace una comparación que casi nadie se atrevería.
Pedro Ruiz se pronuncia alto y claro sobre ‘Torrente, Presidente’ y dice cuál es el gran éxito de la cinta de Santiago Segura tras dejar claro que no es fan de la saga.

Hay un tipo de éxito que no se anuncia con fuegos artificiales, sino con algo más difícil de fabricar: colas. Gente que entra a una sala sin haber visto un tráiler machacado mil veces, sin entrevistas repetidas en todos los platós, sin la gira de “promo” que convierte cada estreno en una obligación social. Solo curiosidad. Y risa. Mucha risa. Eso es lo que está pasando con Torrente, Presidente, la sexta entrega de la saga de Santiago Segura que, contra el pronóstico eterno de “ya se habrá agotado”, sigue arrasando en cines.
Lo raro, lo verdaderamente raro, es que este fenómeno esté creciendo con una especie de niebla alrededor. Porque, según se ha contado, Segura impidió promociones y “premiers”, así que nadie pudo ver la película antes del estreno. Traducido a la vida real: no hubo avalancha de opiniones “precalentadas”, ni titulares preparados para el día uno, ni el típico carrusel de “yo ya la vi”. La conversación llegó tarde… y por eso llegó más fuerte. La gente salió de la sala y empezó a contarlo cuando todavía tenía la risa pegada a la garganta.
Y en ese momento, cuando las reacciones empiezan a brotar sin filtro, aparece un nombre que no encaja con el cliché de fan entusiasta: Pedro Ruiz.
Pedro Ruiz no es el comentarista de turno que se sube a la ola porque sí. Es un cinéfilo confeso, de los que van al cine varias veces por semana siempre que el teatro se lo permite. Y precisamente por eso su reacción tiene esa cualidad que internet premia y la audiencia reconoce al vuelo: no suena a consigna, suena a experiencia. La vio. La escuchó con una sala llena. Notó el pulso del público. Y luego lo dijo alto y claro en su cuenta de Instagram, sin ponerse la camiseta de la saga y sin fingir entusiasmo impostado.
La frase con la que arranca su comentario es casi un pequeño manifiesto que parece escrito para recordarnos algo obvio que olvidamos cada vez que tratamos el cine como un examen: “Uno va al cine también para divertirse”. Solo con eso ya te coloca en un lugar incómodo para la conversación habitual, que a veces se vuelve elitista sin darse cuenta. Porque hay días en los que no quieres salir de la sala “transformado”. Quieres salir… ligero. Y si alguien consigue eso en masa, con cientos de personas riéndose a la vez, hay una verdad ahí que conviene mirar sin prejuicio.
Pedro Ruiz entra entonces en un terreno delicado: reconoce que no es fan de Torrente. Lo dice sin drama, como quien se quita una piedra del zapato antes de caminar. Y justo después, en vez de rematar con un “no es lo mío” y pasar página, hace lo que muy poca gente hace cuando algo no es su estilo: concede mérito. “Reconozco que es un producto muy pensado y muy trabajado”.
Esa combinación —no soy fan, pero hay oficio— es dinamita para lo viral, porque desactiva el argumento fácil. No estás ante un seguidor defendiendo lo suyo. Estás ante alguien que, por gusto personal, podría haberse bajado del tema, pero decide quedarse y explicar por qué funciona. Y cuando alguien explica el éxito sin necesidad de adorarlo, el público escucha más. Porque suena a diagnóstico, no a propaganda.
A partir de ahí, Pedro Ruiz describe lo que, según él, se ve y se siente en una película como Torrente, Presidente. Y su lectura es brutalmente clara: la película “conoce el fondo de la miseria humana y se ríe de ella y con ella”. Esa frase no es un halago al uso. Es una definición incómoda. Te está diciendo: el material de Torrente no es la virtud, no es la épica, no es la belleza aspiracional. Es lo contrario. Es ese sótano moral que preferimos negar en público y que, sin embargo, reconocemos cuando la ficción lo exagera y lo convierte en caricatura.
Y aquí aparece la palabra que mucha gente usa para despreciar y que, en boca de Pedro Ruiz, se vuelve casi una categoría estética: “bizarra”. Él insiste en que la película “no promete otra cosa que una dimensión bizarra de los asuntos”. Esto es importante, porque toca el núcleo del contrato entre la película y su público. No te vende profundidad. No te vende una lección. No te vende prestigio. Te vende una experiencia desacomplejada, exagerada, grotesca, deliberadamente pasada de rosca. Y, según él, la cumple: “Hay un trabajo grande que cumple con lo prometido”.
Esta es la parte que mucha gente no quiere conceder cuando una película popular se convierte en fenómeno: el trabajo. Se habla de “fórmula”, de “comercial”, de “fácil”. Pero “fácil” no llena salas durante años. “Fácil” no mantiene una saga viva cuando el espectador ya ha visto de todo. La permanencia, incluso en el exceso, requiere precisión. Requiere ritmo. Requiere saber dónde colocar el golpe de efecto, cuándo apretar, cuándo soltar. Requiere conocimiento del público, y también del propio material humano con el que se juega.
Pedro Ruiz lo dice con otra frase que se queda pegada por lo directa que es: “Santiago Segura conoce el oscuro del alma humana y los resortes para liberarla un rato”. Ahí está la clave emocional del asunto: liberar. Un rato. No cambiarte la vida. No convertirte en mejor persona. Liberarte. Como quien abre una válvula y deja salir presión.
Esa idea explica por qué el fenómeno Torrente resiste a la lógica de “yo no lo entiendo”. A veces no hay que “entender” para que funcione. A veces basta con aceptar que hay públicos distintos, necesidades distintas, días distintos. Y que una sala riéndose a carcajadas —según cuenta Pedro Ruiz— no está necesariamente celebrando la miseria humana; puede estar, simplemente, expulsando cansancio.
Porque hay un elemento que en las reseñas de sofá se pierde: el cuerpo. En una sala, la risa es contagiosa. La risa es colectiva. La risa tiene temperatura. Y Pedro Ruiz lo subraya con una observación que, sin estadísticas ni discursos, vale como prueba social: “El público se reía mucho y había mucha gente”. No hace falta adornarlo. Es la escena completa. Si una película logra eso, ya ha ganado la batalla que a la mayoría se le olvida: la de ser vivida, no solo comentada.
Y entonces, como si quisiera dejarlo atado con una cinta, Pedro Ruiz hace algo muy suyo: le escribe un verso. En realidad, una cuarteta que resume el espíritu del diagnóstico con una mezcla de ironía y pragmatismo: hay trabajo, te divierte si no esperas nada hondo, su éxito no es suerte, es negocio redondo. Dicho sin solemnidad, pero con intención.
Esa frase final es especialmente interesante porque toca otra verdad que muchos prefieren esquivar: que el éxito sostenido, cuando no depende de campañas clásicas ni de premios, suele tener algo de ingeniería emocional y de negocio bien construido. No es un insulto. Es una descripción. Y en el caso de una saga que llega a una sexta película “arrasa”, como se recoge, esa maquinaria se nota todavía más.
Ahora bien, lo que convierte el comentario de Pedro Ruiz en algo que la gente comparte casi con gusto culpable no es solo la defensa del oficio. Es la comparación. Esa comparación que, por lo inesperada, se clava en la conversación como un eslogan que no parece eslogan.
Para él, Torrente “es una falla”.
Y con eso, de repente, todo se vuelve muy fácil de imaginar.
Porque una falla no es una tesis doctoral ni una gala de premios. Es un evento popular, ruidoso, masivo, cargado de sátira, de muñecos caricaturescos, de exageración, de calle, de olor a pólvora y de ritos que no necesitan aprobación del “buen gusto” para existir. En una falla se queman monigotes. Se queman excesos. Se queman caricaturas. Y, aun así —o precisamente por eso— gustan mucho.
Pedro Ruiz remata su comparación con una frase que parece sencilla pero esconde una postura cultural muy clara: “Las fallas gustan mucho y existen”. Es decir: te gusten o no, forman parte del paisaje emocional de mucha gente. Puedes discutirlas, puedes criticarlas, puedes ignorarlas, pero no puedes fingir que no significan nada.
Al poner Torrente en ese lugar, Pedro Ruiz hace dos cosas a la vez. Primero, acepta que la saga tiene un componente de “monigote”, de caricatura quemable, de exceso deliberado. Segundo, la defiende como fenómeno cultural legítimo por su conexión popular. No porque sea intocable, sino porque tiene función. Y cuando algo tiene función —aunque a ti no te guste— merece ser explicado, no solo despreciado.
Esa comparación es la que “casi nadie se atrevería” a hacer por una razón obvia: porque te obliga a salir del juicio moral simplón. Si dices “esto es una falla”, estás diciendo “esto es popular, esto es satírico, esto es ritual, esto tiene público, esto se sostiene por tradición de consumo y por necesidad emocional”. Y entonces ya no basta con el comentario rápido de “qué horror”. Te obliga a responder algo más difícil: por qué tanta gente elige eso para divertirse.
En el ecosistema actual, donde cada consumo cultural parece exigir un posicionamiento, Pedro Ruiz plantea una idea más humana: la diversión también es un motivo válido. No el único, no el superior, pero sí válido. Y lo hace sin ponerse por encima del espectador, sin convertirlo en “pueblo ignorante” ni en “masa manipulada”. Lo observa. Lo cuenta. Lo reconoce.
Además, hay un detalle contextual que hace que todo esto tenga aún más eco: el misterio inicial del estreno.
Si realmente no hubo promoción y nadie pudo ver la película hasta el día del estreno, el “boca a boca” se vuelve la campaña. Y el “boca a boca” funciona mejor cuando nace de reacciones inesperadas, especialmente de personas que no estaban predispuestas a aplaudir. Que alguien como Pedro Ruiz —que se declara no fan— salga a reconocer trabajo, intención y eficacia, empuja la curiosidad del que estaba dudando. Porque no parece una recomendación pagada. Parece un “oye, esto es lo que hay, y está bien hecho para lo que pretende”.
Eso es muy importante si hablamos de valor práctico (del de verdad, del que te ayuda a decidir): Pedro Ruiz no te dice “es una obra maestra”. Te dice “si buscas divertirte y no esperas profundidad, esto cumple”. Y esa claridad, en un mar de opiniones exageradas, vale muchísimo.
A partir de aquí, la conversación se divide como siempre. Habrá quien use el comentario para confirmar que Torrente es “la España cutre” elevándose a fenómeno. Habrá quien lo use para reivindicar que el humor debe poder ser feo, incómodo y grotesco. Habrá quien discuta si la risa “con la miseria humana” es crítica o complicidad. Y habrá quien, sencillamente, se limite a una verdad muy cotidiana: “yo me reí y punto”.
Pero lo interesante no es quién gana esa discusión. Lo interesante es que, gracias a una observación y una comparación, se ha puesto sobre la mesa una pregunta que el cine comercial odia que le hagan y el cine prestigioso finge no necesitar: qué busca el público cuando paga una entrada.
A veces busca belleza. A veces busca identidad. A veces busca llorar. A veces busca sentirse listo. Y a veces busca algo menos confesable: soltarse, reírse de lo feo, permitirse el mal gusto como descanso, como liberación temporal, como un permiso que no te das en otros ámbitos de la vida. No significa que sea lo mejor del mundo. Significa que existe. Como las fallas.
Y hay otra capa más que convierte esto en una pieza perfecta para circular: la mezcla de respeto y distancia. Pedro Ruiz no se convierte en soldado de la saga. No dice “soy fan”. No se sube al altar. Simplemente reconoce el diseño, el trabajo, el contrato de diversión y la respuesta del público. Y esa postura es rarísima en redes, donde todo el mundo parece obligado a amar u odiar.
Por eso su comentario se viraliza: porque suena a adulto hablando de cultura sin histeria.
Si algo puede sacarse de todo esto —y aquí va la parte útil, la que te sirve aunque no vayas al cine mañana— es una manera más honesta de consumir y comentar cultura. No necesitas que todo lo que veas sea “profundo”. Pero sí puedes exigir que sea coherente con lo que promete. Y si una película promete diversión bizarra y la entrega con oficio, es razonable reconocerlo, incluso aunque no sea tu estilo.
Y si eres de los que aún no han ido a ver Torrente, Presidente y estás atrapado en el “me da pereza” o “me da curiosidad”, el comentario de Pedro Ruiz ofrece un criterio sencillo para decidir sin culpa: entra si vas a divertirte y a aceptar el juego; no entres si vas buscando algo hondo. No es una sentencia sobre el valor del cine. Es una brújula de expectativas.
Mientras tanto, el fenómeno sigue su curso: salas llenas, risas, conversación tardía pero potente, y un director que, al parecer, ha logrado algo casi contracultural hoy: que el estreno no dependa de gritar más fuerte que los demás, sino de hacer que la gente salga y diga “ve a verla” —o “no es para mí, pero entiendo por qué funciona”.
Y quizá ese sea el verdadero secreto del éxito de Torrente, Presidente: no convencer a todo el mundo. Convencer con claridad a quien ya buscaba exactamente eso. Como una falla. Te fascina o te satura. Te quedas o te vas. Pero, te guste o no… está ardiendo, y todo el mundo mira.
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