Responsables del Rosco de ‘Pasapalabra’ hablan claro ante las acusaciones de “tongo” tras la victoria de Rosa Rodríguez.

 

 

Los guionistas de ‘Pasapalabra’ han respondido en la Cadena SER a las acusaciones de “tongo” tras el triunfo de Rosa Rodríguez.

 

 

 

 

El silencio en el plató era tan denso que casi se podía cortar. Veinticinco letras. Veinticinco oportunidades. Una sola palabra separaba a Rosa Rodríguez de la gloria o del “casi”. Cuando pronunció “Morrall”, el tiempo pareció congelarse durante una fracción de segundo.

Después llegó el estallido. Aplausos. Abrazos. Lágrimas. Y una cifra que ya forma parte de la historia de la televisión en España: 2.716.000 euros.

 

El 5 de febrero, Rosa se convirtió en la ganadora del mayor bote jamás entregado en Pasapalabra. Un momento televisivo que millones de espectadores vivieron desde casa conteniendo la respiración.

Un triunfo que muchos celebraron como el resultado del esfuerzo, la constancia y el talento. Pero también, casi de inmediato, el inicio de una polémica en redes sociales.

 

Porque en la era digital ningún éxito masivo queda libre de sospecha.

 

En las horas posteriores a la victoria, comenzaron a circular mensajes acusando al programa de “tongo”.

Según algunos usuarios, el formato habría facilitado el camino a Rosa “por ser mujer y de origen argentino”. La acusación, repetida sin pruebas en múltiples perfiles, empezó a ganar visibilidad.

 

El eco fue lo suficientemente fuerte como para que, días después, los guionistas del concurso decidieran hablar claro.

 

Borja Pérez y Roberto Ángulo, responsables de construir uno de los elementos más icónicos del programa —“El Rosco”— visitaron el espacio radiofónico La Ventana de la Cadena SER para explicar cómo se elabora cada tanda de preguntas y desmontar las teorías conspirativas.

 

Lo primero que dejaron claro fue algo esencial: detrás de cada rosco hay un trabajo minucioso, metódico y colectivo.

 

“No queríamos que ganase Rosa o Manu. Nos da igual. Se lo lleva quien consigue las 25 palabras”, afirmó Borja con rotundidad.

 

El proceso comienza con la redacción inicial de 25 preguntas por parte de un guionista. Después llega una revisión exhaustiva.

Borja analiza el conjunto para comprobar coherencia, equilibrio y nivel de dificultad. Y no acaba ahí. Una lingüista interviene para revisar definiciones, precisión terminológica y posibles ambigüedades.

 

Nada se deja al azar.

 

Las fuentes son claras y oficiales. El equipo trabaja principalmente con el diccionario de la Real Academia Española y con el de María Moliner, considerado una referencia imprescindible en el ámbito lexicográfico. También recurren a enciclopedias para preguntas más específicas.

 

“Es como nuestra Biblia”, reconocen.

 

El objetivo central es que ambos concursantes tengan exactamente las mismas posibilidades.

 

“Lo más importante es que los roscos estén muy equilibrados entre los dos concursantes”, explicó Borja. No se trata de hacer preguntas fáciles o difíciles sin criterio. Se trata de igualar la dificultad relativa.

 

Y esa palabra —relativa— es clave.

 

Porque cualquier concurso cultural tiene un componente subjetivo. Lo que para un espectador puede parecer sencillo, para otro puede ser complejo. Por eso, el equipo intenta compensar niveles, temáticas y campos de conocimiento.

 

El caso de la pregunta final que dio el bote a Rosa es un buen ejemplo.

 

La letra era la M. La definición: el apellido de un jugador de fútbol americano que en 1968 fue elegido MVP de la NFL por la agencia Associated Press. La respuesta correcta: Morrall.

 

El autor de esa pregunta fue Roberto Ángulo, un guionista que se declara apasionado del deporte. Pero lejos de considerarla una cuestión sencilla, reconoció que era especialmente complicada.

 

“Por la M hay muchos jugadores de la NFL que han ganado ese premio. Tienes que saber no solo que empieza por la M, sino que es de ese año concreto”, explicó.

 

Es decir, no bastaba con conocer el deporte. Había que dominar el detalle histórico.

 

Rosa lo sabía.

 

Y ahí es donde entra otro elemento fundamental que muchas veces se pasa por alto: el recorrido de los concursantes.

 

Quienes han seguido el programa de forma habitual pudieron comprobar la evolución tanto de Rosa como de Manu. Día tras día, rosco tras rosco, ambos fueron afinando estrategia, ampliando conocimientos y mejorando tiempos.

 

No fue una victoria repentina ni improvisada.

 

Fue el resultado de una preparación constante.

 

“Cualquiera que haya visto el concurso ha podido ver el progreso de ambos”, subrayó Roberto en la entrevista radiofónica.

 

Sin embargo, en el ecosistema digital actual, la narrativa del mérito compite con la del favoritismo.

 

Algunos perfiles en redes insinuaron que el programa habría querido impulsar una imagen determinada al entregar el mayor bote a una mujer argentina. Sin aportar datos. Sin pruebas. Solo con sospechas.

 

Borja lo tiene claro: muchas de esas críticas provienen de personas que ni siquiera ven el programa.

 

“Solo se unen a opinar y a buscar polémica donde no la había”, señaló.

 

La viralidad tiene sus propias reglas. Una acusación llamativa se comparte más rápido que una explicación técnica. Y el éxito, especialmente cuando es tan rotundo, suele atraer teorías alternativas.

 

Pero la estructura de Pasapalabra está diseñada precisamente para evitar manipulaciones.

 

El rosco no se improvisa en directo. Se prepara con antelación, se revisa por distintos profesionales y se equilibra antes de emitirse. Además, el programa está sometido a estándares internos y externos de control.

 

La transparencia es parte del formato.

 

Quizá por eso el concurso sigue siendo uno de los más sólidos de la televisión española tras tantos años en antena.

 

¿Por qué engancha tanto?

 

Los guionistas creen tener la respuesta.

 

“Invita a jugar desde casa”, explican.

 

 

Esa sensación de poder participar mentalmente, de comprobar si uno mismo habría acertado la palabra antes que el concursante, es el motor emocional del programa. Es un juego compartido entre el plató y el salón de cada espectador.

 

Cultura, emoción y competición en equilibrio.

 

La victoria de Rosa fue un ejemplo perfecto de esa fórmula.

 

Cuando acertó la última palabra, el estallido de alegría fue colectivo. En el plató, el equipo se emocionó. En casa, miles de espectadores celebraron el desenlace.

 

“Es muy difícil que no nos emocionemos viviendo esas reacciones”, confesaron los guionistas.

 

Porque detrás de las cámaras también hay personas que sienten la tensión acumulada durante semanas.

 

El bote de 2.716.000 euros no solo es una cifra histórica. Es también la culminación de un proceso largo y exigente.

 

Rosa no ganó en un golpe de suerte. Ganó después de enfrentarse a múltiples roscos, de estudiar, de prepararse, de asumir errores y de superarlos.

 

En la entrevista, los guionistas insistieron en que no hay favoritismos. “Hacemos 25 preguntas para que las intenten acertar o no. Ya está”, resumió Borja.

 

La mecánica es simple en apariencia. Pero el trabajo previo es complejo.

 

Las letras J, Z y U son, según reconocen, “la pesadilla de los guionistas”. Hay menos palabras disponibles en el diccionario. Eso obliga a afinar más en la selección y en la definición.

 

Cada rosco es un pequeño puzle lingüístico.

 

Y ese rigor es precisamente lo que sostiene la credibilidad del formato.

 

En una televisión cada vez más dominada por realities y polémicas, Pasapalabra mantiene un espacio centrado en el conocimiento. Quizá por eso el debate sobre el supuesto “tongo” resultó especialmente llamativo.

 

Porque cuestiona la base misma del concurso.

 

Sin embargo, quienes siguen fielmente el programa saben que la tensión se construye sobre la igualdad de condiciones.

 

Rosa y Manu compitieron en paralelo. Ambos tuvieron oportunidades. Ambos rozaron el bote en distintas ocasiones.

 

La diferencia final fue una palabra.

 

“Morrall”.

 

Una palabra que exige cultura deportiva, memoria histórica y precisión.

 

En el fondo, la polémica revela algo más amplio: la dificultad de aceptar éxitos rotundos en la era de la sospecha permanente.

 

Cuando alguien gana una cifra millonaria en televisión, siempre habrá quien busque una explicación alternativa.

 

Pero a veces la respuesta es más sencilla de lo que parece: preparación, talento y un formato bien construido.

 

Pasapalabra no solo entrega premios. Entrega narrativa. Construye historias de superación, rivalidad sana y aprendizaje constante.

La de Rosa Rodríguez ya forma parte de la historia del programa.

 

Y aunque las redes amplifiquen rumores, lo cierto es que el rosco se gana letra a letra.

 

Sin atajos.

 

Sin guiones ocultos.

 

Solo con conocimiento.

 

Quizá esa sea la verdadera lección detrás de los 2.716.000 euros: en un mundo saturado de ruido, la cultura sigue teniendo premio.

 

Y el mérito, cuando es evidente, termina imponiéndose al rumor.

 

La próxima vez que el cronómetro empiece a correr y el silencio vuelva a invadir el plató, millones de espectadores volverán a jugar desde casa.

 

Porque más allá de las polémicas pasajeras, la esencia sigue intacta: 25 letras. 25 oportunidades.

 

Y la emoción de saber que, al final, todo depende de una palabra.