Rufián define con una palabra lo que está ocurriendo en Venezuela y es de lo más difundido del día.

 

 

“La película será esta y es mentira”.

 

 

 

 

La sacudida política y mediática provocada por el anuncio de Donald Trump sobre la captura de Nicolás Maduro ha empezado a generar ondas expansivas que van mucho más allá de Venezuela y Estados Unidos.

 

En España, una de las reacciones más contundentes ha sido la de Gabriel Rufián, portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) en el Congreso de los Diputados, que no ha dudado en calificar lo ocurrido como un “secuestro” y no como un arresto legítimo.

 

Sus palabras, duras y cargadas de memoria histórica, han abierto un debate incómodo sobre la credibilidad de los relatos oficiales, el papel de las potencias militares y la respuesta que debería dar el Gobierno español ante una operación de este calibre.

 

 

Todo estalla a primera hora del sábado, cuando Donald Trump utiliza su red social Truth Social para lanzar un mensaje que cambia el tablero internacional.

 

Según el presidente estadounidense, el Ejército de Estados Unidos ha capturado a Nicolás Maduro en el marco de un “ataque a gran escala” ejecutado junto a agencias de la ley norteamericanas.

 

 

En el mismo mensaje, Trump asegura que tanto Maduro como su esposa han sido “trasladados fuera del país”, sin especificar inicialmente el lugar ni las condiciones exactas de la operación.

 

 

La noticia, que llega tras meses de escalada de tensión entre Washington y Caracas, provoca una reacción inmediata en gobiernos, medios de comunicación y líderes políticos de todo el mundo.

 

 

Pero pocas respuestas han sido tan directas y tan cargadas de significado político como la de Gabriel Rufián.

 

El diputado independentista no entra en matices diplomáticos ni espera confirmaciones adicionales: para él, lo sucedido no puede llamarse arresto bajo ningún concepto.

 

 

“Detener al presidente de ese país no es un arresto, es un secuestro”, afirma Rufián, desmontando de raíz el marco narrativo que, a su juicio, tratará de imponerse en los próximos días.

 

Y no se queda ahí. Advierte de que ahora “te mentirán con Venezuela”, igual que —según su visión— se mintió en otros episodios clave de la historia reciente, tanto en España como a nivel internacional.

 

 

La enumeración que hace no es casual ni ligera. Irak, la crisis financiera, las preferentes, el rescate bancario, el Prestige, el Yak-42, el Metro de Valencia, el accidente del Alvia en Galicia, las 7.291 personas fallecidas en residencias de Madrid durante la pandemia, la DANA, los incendios forestales y Gaza.

 

 

Una lista larga, incómoda y diseñada para activar la memoria colectiva del engaño, del relato oficial que se impone mientras las consecuencias reales las paga la ciudadanía.

 

 

El mensaje de Rufián tiene un objetivo claro: sembrar desconfianza hacia la versión que pueda construir Estados Unidos y alertar a la opinión pública española de que, según él, la historia ya se ha repetido demasiadas veces.

 

 

No es solo una crítica a Trump, sino a todo un sistema de legitimación de intervenciones militares que, en su opinión, se disfraza de legalidad o de defensa de valores universales.

 

 

En ese sentido, el portavoz de ERC va aún más lejos y señala directamente al presidente estadounidense como “el principal peligro para el mundo”, incluyendo en esa advertencia a “sus secuaces”.

 

 

La expresión no es diplomática, pero sí coherente con la línea política que Rufián ha mantenido durante años frente al intervencionismo militar y las políticas exteriores basadas en la fuerza.

 

 

Además, lanza un aviso directo al Gobierno español. Le pide que condene lo ocurrido con claridad y que no “haga el ridículo como con Guaidó”, en referencia al reconocimiento que el Ejecutivo español hizo en su día del líder opositor venezolano como presidente encargado, una maniobra que terminó diluyéndose sin efectos reales y con un alto coste simbólico.

 

 

 

El núcleo del argumento de Rufián se apoya en una distinción que considera fundamental: “bombardear otro país no es una guerra, es una agresión”.

 

 

Con esta frase, desmonta cualquier intento de justificar la operación como un conflicto armado convencional o como una acción legal bajo algún marco internacional.

 

 

Para él, se trata de una violación directa de la soberanía de un Estado, independientemente del juicio que merezca el régimen de Maduro.

 

 

Mientras tanto, desde Estados Unidos, Donald Trump celebra lo ocurrido. En declaraciones posteriores al New York Times, califica la intervención como “una operación brillante” y anuncia que ofrecerá más detalles en una rueda de prensa desde su residencia en Palm Beach, Florida.

 

 

El tono triunfalista del presidente contrasta con la gravedad de las consecuencias geopolíticas que se avecinan y con la preocupación creciente en buena parte de la comunidad internacional.

 

 

 

Para entender la dimensión de lo ocurrido, es necesario retroceder unas horas. Antes del anuncio de la captura, Venezuela había vivido una madrugada marcada por explosiones y ataques aéreos.

 

 

Estados Unidos lanzó una serie de bombardeos sobre Caracas y los estados de Aragua y La Guaira, zonas estratégicas en las inmediaciones de la capital.

 

 

El Gobierno venezolano reaccionó de inmediato, denunciando lo que calificó como una “gravísima agresión militar contra territorio y población venezolanos”.

 

 

Las informaciones que han ido emergiendo con el paso de las horas dibujan un escenario de alta intensidad.

 

 

El ministro de Defensa de Colombia, Vladimir Padrino, confirmó al menos un ataque ejecutado con helicópteros de combate contra el complejo militar de Fuerte Tiuna, uno de los principales bastiones militares del país.

 

 

Medios locales venezolanos han hablado también de bombardeos contra el cuartel de La Carlota, el aeropuerto de Higuerote, la antena de señales de El Volcán y el Puerto de La Guaira.

 

 

Hasta el momento, no se ha confirmado oficialmente la existencia de víctimas mortales, pero la falta de información clara y la confusión reinante hacen difícil verificar el alcance real de los daños.

 

 

En redes sociales, las imágenes de incendios, columnas de humo y edificios afectados se han multiplicado, alimentando el miedo entre la población civil y la incertidumbre sobre lo que vendrá después.

 

 

 

 

Las implicaciones prácticas de estos acontecimientos son enormes.

 

La captura —o secuestro, según Rufián— de Maduro y los ataques aéreos estadounidenses han desbordado una tensión diplomática que llevaba meses acumulándose.

 

Washington había intensificado su presión sobre Caracas con el despliegue de buques de combate en sus costas, la incautación de petroleros venezolanos y amenazas cada vez menos veladas de una intervención directa, bajo el argumento de la lucha contra el narcotráfico.

 

 

Ahora, esa amenaza se ha materializado. Y con ello se abre una etapa de consecuencias imprevisibles, tanto para Venezuela como para la región y el equilibrio internacional. ¿Cómo reaccionarán las Fuerzas Armadas venezolanas? ¿Qué papel jugarán países aliados como Rusia, China o Irán? ¿Qué impacto tendrá esto en los mercados energéticos y en la estabilidad política de América Latina?

 

 

 

Desde España, la intervención de Gabriel Rufián introduce otra capa al debate: la de la responsabilidad política y mediática.

 

 

Su advertencia sobre las mentiras del pasado no es solo una crítica a Estados Unidos, sino también a los medios y a los gobiernos que, en su opinión, reproducen sin cuestionar los marcos narrativos impuestos por las grandes potencias.

 

 

El mensaje conecta con una parte de la sociedad española cansada de explicaciones simplistas y de intervenciones “humanitarias” que acaban dejando países devastados.

 

 

También incomoda a quienes consideran que la caída del régimen de Maduro, sea como sea, es un mal menor o incluso una buena noticia.

 

 

Rufián no entra a defender al presidente venezolano ni a justificar su gestión. Su discurso no va de Maduro, sino del método.

 

 

De la idea de que ningún cambio político impuesto a base de bombardeos y capturas extraterritoriales puede considerarse legítimo, y de que llamar “arresto” a lo que ocurre es una manipulación del lenguaje.

 

 

En los próximos días, el Gobierno español tendrá que posicionarse. Y no será una decisión sencilla.

 

 

Cualquier palabra será analizada al detalle, tanto dentro como fuera del país. Condenar la operación puede tensar relaciones con Estados Unidos; avalarla puede generar un fuerte rechazo interno y alimentar el relato de subordinación.

 

 

Mientras tanto, la advertencia de Rufián ya ha cumplido su función: introducir duda, memoria y desconfianza en un momento en el que el ruido informativo amenaza con ahogar el análisis crítico.

 

 

En un escenario dominado por titulares explosivos y declaraciones grandilocuentes, su mensaje invita —o provoca— a mirar más allá de la versión oficial y a preguntarse quién gana realmente con esta historia.

 

 

Porque, como sugiere el portavoz de ERC, la película que viene puede parecer conocida. Y precisamente por eso, insiste, conviene no creerla sin cuestionarla.