Susanna Griso deja en shock a todos tras destapar el episodio de acoso que sufrió en sus inicios en Antena 3
Susanna Griso se ha sincerado en ‘Espejo Público’ sobre el desagradable episodio de acoso que vivió durante su etapa en ‘Antena 3 Informativos’

Hay confesiones que no llegan con música dramática ni con una pausa medida para la audiencia. Llegan de golpe, en medio del ruido del directo, cuando nadie está “preparado” para que la persona que conduce el programa —la que suele ordenar el caos— decida, por un instante, soltar el timón y decir: “A mí también me pasó”.
Y eso fue lo que descolocó a tantos espectadores cuando Susanna Griso, al hilo de un caso de acoso telefónico tratado en Espejo Público, dejó caer una frase que cambió el clima del plató: que ella lo vivió “aquí”, en la redacción de Informativos, en sus inicios en Antena 3. No era un titular hueco. No era una anécdota con moraleja prefabricada. Era la sensación de que, detrás de la presentadora conocida por su compostura, había una memoria incómoda que llevaba tiempo esperando el momento exacto para salir.
Porque hay algo especialmente perturbador en el acoso telefónico: no necesita presencia física para invadirte. Entra por un sonido, se instala en la rutina, y convierte un objeto cotidiano —el teléfono— en un recordatorio de que alguien puede asomarse a tu vida cuando quiera. Sin permiso. Sin rostro. Sin consecuencias inmediatas.
En el programa se abordó el testimonio de una víctima que, tras más de un año recibiendo llamadas de naturaleza sexual, decidió denunciar. La conversación que se difundió incluía palabras de hartazgo y miedo; el tipo de frases que una persona solo pronuncia cuando ya ha intentado todo lo demás y se da cuenta de que “ignorar” no funciona.
La víctima hablaba con anonimato. Madre de dos hijos, dijo vivir con miedo desde que comenzaron esas agresiones telefónicas y explicó que había interpuesto denuncias mientras las autoridades trataban de localizar al agresor. Lo que se escuchó no era “televisión de sucesos”. Era una escena reconocible para demasiadas mujeres: el desgaste progresivo, la sensación de no tener una salida sencilla, y la impotencia de que lo íntimo se vuelva público sin que nadie te haya pedido permiso.
Y justo ahí, cuando el plató estaba en ese silencio raro —ese en el que incluso los colaboradores parecen medir la respiración—, Susanna Griso no se quedó en el papel de entrevistadora. Se movió al lugar que casi nunca se ve en una presentadora veterana: el lugar de quien asiente porque sabe.
“Yo lo sufrí aquí, en la redacción de Informativos. Me llamaban continuamente”, vino a explicar. Añadió un detalle que no buscaba morbo, pero sí dibujaba una realidad inquietante: que era “un chaval muy joven”. Y con esa mezcla de sobriedad y rabia contenida, fue ampliando lo que, para mucha gente, es la parte más desconcertante del acoso: no hace falta un gran villano para causar un daño profundo. A veces basta alguien insistente, cobarde, con tiempo, con acceso a tu número… y con la certeza de que la carga de “solucionarlo” caerá sobre ti. (Este episodio fue recogido por la prensa en relación con lo emitido en Espejo Público).
En su relato, Griso explicó que, en su caso, las llamadas no fueron “tanto a nivel sexual” como las que se estaban escuchando en ese reportaje. Pero el patrón era el mismo: interrupción, hostigamiento, invasión. Dijo que el tipo llamaba durante el programa en directo, que se dedicaba a llamar a compañeros e insultar, que había conseguido el teléfono de todo el equipo y que, al terminar la emisión, continuaba en casa. El acoso no se quedaba en un rato del trabajo; se pegaba al día entero. Y eso, para quien lo vive, no es un detalle: es el corazón del problema. Porque el acoso sostenido no te golpea una vez; te va quitando espacio.
Lo más potente no fue el “qué pasó” —que ya era grave—, sino el “qué se hace” con eso. Griso verbalizó algo que muchas víctimas sienten y que pocas veces se dice con claridad en televisión generalista: que, una vez más, las mujeres acaban siendo el “eslabón más débil”, y que con demasiada frecuencia se le pide a la víctima que mire hacia otro lado. No se hablaba solo de su experiencia, sino de un sistema de respuestas sociales que, en el fondo, suena a lo mismo: “Adáptate tú”.
Y entonces llegó la frase que, por su simpleza, duele como un golpe frío: que lo que te indican es que “lo mejor” es cambiar de teléfono. Cambiar de número. Cambiar tu rutina. Cambiar tu vida. Como cuando a un niño que sufre bullying le dicen que cambie de colegio. Como cuando alguien te acosa en redes y te dicen que no lo leas. La solución propuesta no corta la mano que golpea; te pide que amortigües el golpe.
La presentadora lo remató con otra idea difícil de escuchar precisamente porque suena real: “Se protege más al anónimo que a la víctima”. En una frase, dejó al descubierto el desequilibrio: el agresor sin cara, el agresor escondido, suele tener más margen para moverse que la persona que da la cara, trabaja, firma con su nombre y tiene que volver al día siguiente a su sitio.
Que esto haya generado titulares no es casualidad. Susanna Griso no es una voz cualquiera. Es una de las caras más reconocibles de la televisión española, con una trayectoria que la coloca en el centro de la conversación mediática desde hace años. Cuando alguien así cuenta un episodio de acoso en sus inicios en Antena 3, el mensaje no se queda en “me pasó”: se convierte en “si me pasó a mí, con visibilidad, con un equipo alrededor, en una redacción… imagina lo que le pasa a quien no tiene altavoz”.
Y aquí aparece una verdad que incomoda: muchas veces el acoso no se sostiene porque sea “imposible de perseguir”, sino porque se normaliza como “molesto” en vez de “violento”. Se minimiza. Se difumina. Se reencuadra como “una broma”, “un pesado”, “un loco”, “un chaval”, “alguien que se aburre”. Se le baja el volumen moral para que el mundo no tenga que mover un dedo. Hasta que un día, como en el caso que trataba el programa, la víctima dice basta y denuncia. Y entonces la sociedad se sorprende… aunque el patrón lleve años funcionando delante de nuestras narices.
Lo que hizo Griso —y por eso su intervención se volvió tan comentada— fue lo contrario de minimizar: conectó el relato con el mecanismo. No se quedó en “qué desagradable”, sino en “qué injusto” y “qué repetido”. Y al hacerlo, puso el foco donde suele doler: en las soluciones perezosas que cargan el problema sobre la espalda equivocada.
Es importante subrayar esto: su historia, tal como se ha publicado, no busca alimentar una caza de brujas ni aporta una identidad concreta del acosador. No es un “señalamiento” con nombre y apellidos. Es un espejo. Una evidencia de que estas dinámicas existen también en entornos profesionales, incluso en redacciones de informativos, incluso en equipos grandes. Y esa es una de las razones por las que la audiencia se queda clavada: porque si pasa ahí, puede pasar en cualquier parte.
Además, la intervención de Griso no aparece en un vacío mediático. En los últimos tiempos, su nombre ha estado vinculado a debates sobre el tono televisivo, la responsabilidad editorial y cómo se gestionan las situaciones sensibles en directo.
Por ejemplo, recientemente se recogió en prensa un momento en el que se desmarcó de mofas en Espejo Público hacia una excolaboradora, marcando distancia con claridad. Ese tipo de gestos dibujan un contexto: Griso parece especialmente atenta a la línea que separa la discusión del escarnio.
Y tampoco es la primera vez que se publican testimonios relacionados con comportamientos machistas o situaciones incómodas en su carrera. Medios como ABC han recogido declaraciones suyas sobre conductas machistas que le resultaron violentas.
Y también existen coberturas anteriores sobre episodios de acoso telefónico hacia ella, donde se describe cómo un admirador la llamaba de forma insistente, afectando a su trabajo. Todo eso hace que lo que contó ahora no se perciba como una “ocurrencia del día”, sino como una pieza más de una realidad que ha ido asomando con los años.
Lo verdaderamente viral, cuando una historia así explota, no es el dato. Es el reconocimiento. La sensación de “yo también he vivido algo parecido” o “conozco a alguien que…”. En España, como en muchos países, el acoso telefónico parece “viejo” porque no depende de redes sociales ni de apps sofisticadas.
Pero precisamente por eso es letal: porque se cuela por canales de toda la vida y se apoya en la idea de que, si no hay un golpe visible, no hay delito emocional. Y sí lo hay: el miedo sostenido es una forma de violencia.
Otra clave de por qué esta confesión engancha es que toca un nervio social muy actual: el debate sobre cómo se protege a la víctima sin exigirle que desaparezca. Porque “cambia de número” no es protección; es desplazamiento. Y “no lo leas” no es defensa; es silencio. Y “no le hagas caso” no es solución; es aislamiento.
Cuando Griso compara estas respuestas con el bullying escolar, está haciendo algo más que una analogía: está señalando un patrón institucional de comodidad. Es más fácil mover a quien sufre que perseguir a quien daña. Es más rápido. Cuesta menos. Genera menos conflicto. Y por eso se repite.
Pero la televisión, cuando funciona como servicio público emocional (aunque sea una cadena privada), puede romper esa comodidad. Puede nombrar el problema. Puede decir: “Esto no es normal”. Puede empujar a que se hable en casa, en el trabajo, en una redacción, en un colegio, en un grupo de amigas. Y esa conversación, por simple que parezca, es una forma de acción.
Aquí está la parte con valor práctico que mucha gente busca después del impacto: si un caso de acoso telefónico se alarga, la recomendación habitual de expertos (en términos generales) pasa por documentar, guardar registros, denunciar, y buscar asesoramiento legal o policial según corresponda. Y, sobre todo, no asumir que “esto se me pasará si aguanto”. La persistencia es el arma del acosador; la evidencia es el freno que más le incomoda.
Por eso la confesión de Griso no solo conmueve; empuja. Empuja a que quien está viviendo algo así deje de tratarlo como una vergüenza privada. Empuja a que una redacción —o cualquier empresa— entienda que no se trata de “un problema personal”, sino de seguridad laboral. Empuja a que el entorno deje de ofrecer soluciones que suenan a “apártate tú”.
Y hay algo más, quizá lo más humano de todo: la forma en que Griso lo contó también sugiere lo que muchas víctimas sienten y casi nunca explican bien porque cuesta ponerlo en palabras. El acoso no te hace miedo todo el tiempo. Te hace alerta. Te hace anticiparte. Te cambia el cuerpo. Te cambia la manera de mirar el móvil. Te pone un “filtro” encima de la vida diaria. No hace falta que sea sexual para ser invasivo. Basta con que sea insistente, imprevisible y repetido.
Al final, lo que deja esta historia es una idea que conviene escribir en grande, aunque no haga falta gritarla: el acoso se alimenta del silencio y de la resignación social. Y cada vez que una figura pública lo cuenta sin adornarlo, sin convertirlo en espectáculo y sin culparse, ese alimento se reduce un poco.
Esto no va de Susanna Griso como celebridad. Va de lo que su testimonio activa en miles de personas que han recibido llamadas obscenas, mensajes insistentes, amenazas veladas, insultos repetidos, o cualquier forma de hostigamiento que “no se ve” pero se siente como una mano en la nuca.
Si algo tiene sentido extraer de todo esto —sin moralinas y sin postureo— es una invitación clara: que cuando alguien te diga “me pasa esto”, la respuesta no sea “cambia tú”, sino “vamos a parar esto”. Que el peso deje de caer siempre en la misma espalda.
Y si eres tú quien lo está viviendo, que no te convenzan de que “es una tontería”. Las tonterías no te cambian la respiración. Las tonterías no te hacen mirar el teléfono con miedo. Las tonterías no te obligan a rediseñar tu vida para esquivar a un anónimo.
La conversación pública se mueve por titulares, sí. Pero el cambio real empieza cuando una persona, al apagar la tele, decide que ya no va a normalizarlo. Que va a guardarlo, contarlo, pedir ayuda, denunciarlo si corresponde, acompañar a alguien, o simplemente dejar de repetir el consejo más inútil del mundo: “haz como si no existiera”.
Porque existe. Y cuando alguien como Susanna Griso lo nombra en voz alta, lo que está diciendo, sin necesidad de dramatizar, es esto: no estás sola. Y no deberías tener que moverte tú para que el otro deje de acosar.
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