Susanna Griso deja a todos en shock al destapar la fijación de Nicolás Maduro con ‘Espejo Público’: “Se mofaba”.
Susanna Griso ha destapado algunas de las quejas que recibió del propio Nicolás Maduro por su cobertura informativa de Venezuela en ‘Espejo Público’.

La semana informativa comenzó marcada por una sacudida internacional de primer orden: la detención de Nicolás Maduro tras el ataque militar de Estados Unidos a Venezuela, una operación ordenada por Donald Trump que ha alterado de forma abrupta el tablero político global.
Sin embargo, en medio del análisis geopolítico, las cifras, los movimientos diplomáticos y las hipótesis sobre lo que vendrá después, Susanna Griso sorprendió a la audiencia de Espejo Público al apartarse momentáneamente del guion previsto para revelar un detalle inesperado, casi íntimo, que conecta directamente al ahora detenido expresidente venezolano con la televisión española… y con ella misma.
Lo que parecía una mañana más de análisis político acabó convirtiéndose en un relato que mezcla poder, obsesión mediática y el peso real que tienen las palabras pronunciadas en un plató de televisión.
Porque, según confesó la presentadora de Antena 3, Nicolás Maduro no solo seguía con atención la actualidad internacional, sino que era un espectador habitual de Espejo Público, hasta el punto de reaccionar personalmente a los comentarios que ella hacía sobre la situación en Venezuela.
El programa arrancó centrado en lo esencial: qué pasos dará ahora Estados Unidos tras capturar a Maduro en Caracas y trasladarlo a Nueva York para ser juzgado por diversos delitos relacionados con narcoterrorismo.
En la mesa política se debatían escenarios posibles, consecuencias económicas, reacciones internacionales y el impacto que esta detención puede tener dentro de un país exhausto tras años de crisis. El tono era serio, analítico, propio de un momento histórico.
Fue entonces cuando Susanna Griso decidió salirse de la escaleta durante unos minutos.
No para suavizar el clima, sino para aportar una perspectiva distinta, humana y, a la vez, inquietante.
Con naturalidad, pero sin restarle importancia, confesó que ella misma había estado durante años en el punto de mira del líder chavista por lo que se decía en su programa.
“Maduro nos veía habitualmente”, afirmó ante sus compañeros, dejando claro que no se trataba de una suposición ni de un comentario aislado.
Según explicó, el expresidente venezolano le hacía llegar mensajes de forma indirecta, a través de terceras personas, mostrando su malestar por determinadas informaciones o comentarios emitidos en Espejo Público.
No eran comunicados oficiales ni protestas diplomáticas, sino reacciones personales.
Griso relató cómo esas quejas le llegaban de manera recurrente. “Me decían: ‘A Maduro no le ha gustado lo que has dicho hoy en el programa’”, explicó, recordando la extrañeza que le producía saber que un jefe de Estado seguía con tanto detalle un matinal español.
En su relato hubo ironía, pero también una reflexión implícita sobre el poder de los medios y la incomodidad que generan cuando cumplen su función.
La periodista fue más allá y describió la actitud de Maduro hacia ella. Según contó, no solo mostraba enfado, sino que en ocasiones se reía y se mofaba de sus intervenciones.
Un comportamiento que, lejos de parecer anecdótico, revela hasta qué punto el mandatario venezolano se sentía interpelado por lo que se decía desde un plató de televisión al otro lado del Atlántico.
“Yo pensaba: ‘Pero este hombre, ¿qué hace siempre viéndonos?’”, comentó Griso con cierta sorna, provocando la reacción de sus colaboradores.
La escena, más allá de lo anecdótico, puso sobre la mesa una realidad incómoda: los líderes autoritarios suelen vigilar de cerca a los medios que no controlan, especialmente cuando estos cuestionan su relato oficial.
Este vínculo tenso entre Nicolás Maduro y Espejo Público no es nuevo.
La propia presentadora recordó que en 2017 los roces fueron especialmente evidentes.
En plena oleada de protestas en Venezuela, el mandatario llegó a acusar públicamente al programa de Antena 3 de estar “obsesionado” con su gobierno y con la situación del país.
Un ataque directo que confirmaba, de facto, que el espacio estaba en su radar.
Aquel año fue especialmente duro para Venezuela. Entre abril y agosto de 2017, el país vivió una de las etapas más violentas de su historia reciente, con manifestaciones masivas contra el gobierno y una respuesta policial y militar que dejó más de 160 muertos, según organismos internacionales y fuentes oficiales.
Las imágenes dieron la vuelta al mundo y Espejo Público fue uno de los programas que abordó el tema con especial insistencia.
Susanna Griso recordó cómo respondió entonces a las acusaciones de Maduro.
No lo hizo desde el ataque personal, sino desde la denuncia de los hechos. “Siento decirle, señor Maduro, que la historia no le absolverá”, afirmó en antena en aquel momento, señalando directamente la responsabilidad del gobierno venezolano en las muertes causadas durante la represión de las protestas.
Esa frase, pronunciada en directo, no era solo una respuesta mediática. Era una advertencia ética.
Una forma de recordarle a un presidente que, por mucho poder que acumule, sus actos quedan registrados y serán juzgados por la historia.
Hoy, con Maduro detenido y a la espera de comparecer ante un tribunal estadounidense, esas palabras adquieren un peso casi profético.
El testimonio de Griso también sirve para entender cómo funcionan los regímenes autoritarios frente a la crítica internacional.
La obsesión por controlar el relato no se limita a los medios nacionales. Se extiende a cualquier voz que pueda influir en la opinión pública, aunque esté a miles de kilómetros.
Que un presidente dedique tiempo a seguir un programa matinal extranjero dice mucho más de su inseguridad que de la relevancia del espacio.
En el plató, sus colaboradores no tardaron en subrayar esa idea. Que Maduro se sintiera incómodo con lo que se decía en Espejo Público era, en cierto modo, la prueba de que el programa estaba tocando nervio.
Que las informaciones y los análisis no eran inocuos, sino que tenían capacidad de incomodar al poder.
La revelación de Susanna Griso también conecta con un debate más amplio: el papel del periodismo en contextos de represión.
Informar sobre violaciones de derechos humanos, denunciar abusos y dar voz a las víctimas no es un ejercicio neutral.
Tiene consecuencias. A veces, esas consecuencias llegan en forma de presiones, ataques verbales o intentos de desacreditación.
En este caso, la presentadora dejó claro que nunca se sintió intimidada, pero sí sorprendida por el seguimiento constante.
La distancia geográfica no fue un escudo. Las palabras viajaban, llegaban a Caracas y generaban reacción en el propio Palacio de Miraflores.
La detención de Nicolás Maduro ha reabierto viejas heridas y ha activado recuerdos que parecían archivados.
Para Susanna Griso, uno de ellos es precisamente ese pulso silencioso que mantuvo durante años con el líder venezolano desde la pantalla.
Un pulso en el que nunca hubo diálogo directo, pero sí un intercambio constante de mensajes indirectos.
El momento en que la periodista compartió esta experiencia no fue casual. Llegó justo cuando el mundo intenta comprender cómo un dirigente que parecía intocable ha acabado esposado y a disposición de la justicia estadounidense.
Y en ese contexto, recordar su obsesión con la crítica mediática ayuda a dibujar un retrato más completo de su figura.
No se trata solo de un político acusado de graves delitos, sino de un hombre pendiente de su imagen, de cómo se le percibía fuera de sus fronteras, y profundamente molesto cuando esa imagen no coincidía con el relato que quería imponer.
La intervención de Susanna Griso no cambió el curso del debate geopolítico, pero sí añadió una capa de humanidad y de verdad periodística.
Recordó que detrás de las grandes decisiones políticas hay egos, miedos y obsesiones.
Y que, a veces, un comentario en un programa de televisión puede convertirse en una espina clavada para quienes ejercen el poder sin aceptar la crítica.
Mientras el futuro de Venezuela se debate en tribunales, despachos y calles, este episodio sirve como recordatorio del valor de informar con rigor y sin miedo.
Porque, como la propia Griso dejó claro hace años, la historia observa, toma nota… y, tarde o temprano, pasa factura.
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