Con dos frases, Juan Diego Botto firma uno de los mensajes más sonados del día.

 

 

No le ha hecho falta más.

 

 

 

 

El anuncio de la captura de Nicolás Maduro por parte del ejército de Estados Unidos ha provocado una reacción en cadena que va mucho más allá del ámbito político y diplomático.

 

En cuestión de horas, la noticia ha sacudido a gobiernos, analistas, medios internacionales y también al mundo de la cultura.

 

Entre las voces que se han alzado con más fuerza destaca la del actor Juan Diego Botto, una de las figuras más respetadas del cine español, que ha puesto palabras a una inquietud que recorre hoy a buena parte de la opinión pública: qué tipo de mundo se está construyendo cuando la fuerza se impone a las normas.

 

 

Botto, siete veces nominado a los Premios Goya y habitual en debates públicos vinculados a los derechos humanos, ha compartido un mensaje que se ha convertido rápidamente en uno de los más difundidos del día.

 

Lejos de la consigna fácil o del eslogan político, su reflexión apunta al corazón del problema.

 

“Si creemos en un mundo basado en reglas debemos creer que éstas son iguales para todos.

 

Si simplemente creemos en la ley del más fuerte no debemos sorprendernos cuando nos toque a nosotros ser las víctimas del más fuerte”, ha escrito.

 

Una frase breve, pero cargada de sentido histórico, que conecta con temores profundos sobre el rumbo del orden internacional.

 

 

El contexto no es menor. Según el anuncio realizado por Donald Trump, Estados Unidos habría llevado a cabo una operación militar de gran escala en territorio venezolano, que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro y su traslado fuera del país.

 

 

Una versión que Washington presenta como un “arresto”, pero que desde múltiples sectores políticos, académicos y culturales se está calificando de otra manera: secuestro, agresión militar o violación flagrante del derecho internacional.

 

La elección de las palabras no es casual, porque en ellas se juega la legitimidad del relato.

 

 

Las declaraciones de Juan Diego Botto no han surgido en el vacío. Se alinean con las de otros representantes políticos españoles que, desde posiciones ideológicas diversas, han expresado su rechazo frontal a la intervención estadounidense.

 

 

Joan Baldoví, portavoz de Compromís en las Cortes Valencianas, ha sido claro al respecto.

 

 

Para quienes defienden un mundo regido por normas comunes, lo ocurrido en Venezuela no puede aceptarse como un acto legítimo.

 

“Esta agresión de Trump es una violación flagrante del derecho internacional”, ha afirmado, antes de añadir una exigencia que resuena con fuerza en el debate: que se respete la vida, la soberanía y los derechos y libertades del pueblo venezolano.

 

 

Ese énfasis en el pueblo no es casual. Una de las constantes en las reacciones críticas es la preocupación por que, una vez más, las decisiones tomadas en despachos lejanos se traduzcan en sufrimiento para la población civil.

 

 

Bombardeos, incursiones militares, cambios de régimen forzados: la historia reciente ofrece demasiados ejemplos de cómo estas estrategias acaban dejando países fracturados, economías devastadas y generaciones enteras marcadas por la violencia.

 

 

En ese mismo tono, pero con una carga de ironía aún más punzante, se ha pronunciado el actor Carlos Bardem.

 

Su mensaje ha circulado con rapidez en redes sociales por la contundencia con la que desnuda las contradicciones del discurso oficial.

 

Bardem ha recordado que Donald Trump fue reconocido recientemente con un galardón de la FIFA relacionado con la paz, y ha señalado el contraste entre ese reconocimiento simbólico y la realidad de los hechos.

 

 

“El premio de la paz de la FIFA, jaleado por la Premio Nobel de la Paz, bombardea, secuestra y prepara el saqueo de otro país”, ha escrito, en una frase que resume el estupor de muchos observadores.

 

 

Pero Bardem va más allá del sarcasmo. Advierte de un cambio de era que, a su juicio, debería preocupar seriamente a Europa y al conjunto de la comunidad internacional.

 

 

“Cualquier ficción de derecho internacional acaba aquí. Vuelve el imperialismo del siglo XIX.

 

Lo que sigue está en los libros de historia”, afirma. La referencia no es gratuita: apunta a un modelo de relaciones internacionales basado en la fuerza bruta, en las esferas de influencia y en la imposición de la voluntad de las grandes potencias sobre los Estados más débiles.

 

 

Esa idea es compartida por analistas especializados en geopolítica. Eduardo Saldaña, codirector de El Orden Mundial en el Siglo XXI y graduado en Relaciones Internacionales, ha explicado que lo que está ocurriendo encaja en una lógica mucho más amplia que el caso venezolano.

 

 

Según su análisis, el mundo se estaría alejando del ideal multilateral surgido tras la Segunda Guerra Mundial para acercarse peligrosamente a un escenario propio del siglo XIX, donde las potencias se reparten áreas de influencia sin demasiadas contemplaciones.

 

 

Saldaña insiste en que Venezuela no es un episodio aislado, sino un primer paso dentro de una estrategia mayor.

 

 

En su opinión, el objetivo último de Estados Unidos no se limitaría a Caracas, sino que tendría a Cuba como pieza central en el tablero.

 

La operación contra Maduro serviría para enviar un mensaje claro a toda la región: Washington está dispuesto a intervenir directamente en su hemisferio para redefinir equilibrios políticos que considera desfavorables.

 

 

Otro de los puntos clave que subraya el analista es la intención de sentar a Maduro en un banquillo judicial y forzar la instauración de un gobierno de transición en Venezuela, con la vista puesta en un relevo político alineado con los intereses estadounidenses.

 

En ese escenario, nombres como el de María Corina Machado aparecen recurrentemente en los análisis, no tanto como una figura concreta, sino como símbolo de un cambio de poder promovido desde el exterior.

 

 

 

 

Este tipo de movimientos, advierte Saldaña, no se producen en el vacío.

 

El refuerzo de la idea de esferas de influencia por parte de Estados Unidos puede tener un efecto dominó a escala global.

 

Si Washington actúa así en América Latina, ¿qué impedirá que otras potencias hagan lo mismo en sus áreas de interés? China con Taiwán, Rusia en su entorno inmediato o Irán en Oriente Medio son ejemplos que surgen de inmediato en cualquier conversación sobre las consecuencias de legitimar este tipo de intervenciones.

 

 

En este contexto, las palabras de Juan Diego Botto adquieren una dimensión que va más allá de la coyuntura venezolana. Cuando el actor habla de un mundo basado en reglas o en la ley del más fuerte, está señalando una disyuntiva que afecta directamente a Europa.

 

 

Durante décadas, la Unión Europea ha defendido un orden internacional sustentado en el derecho, la diplomacia y las instituciones multilaterales. Sin embargo, su capacidad para influir en crisis como esta parece cada vez más limitada.

 

 

La reacción de figuras públicas del ámbito cultural no es anecdótica. Tradicionalmente, actores, escritores y artistas han desempeñado un papel relevante a la hora de trasladar debates complejos a un lenguaje accesible para el gran público.

 

 

En este caso, sus mensajes están funcionando como catalizadores de una conversación social más amplia sobre soberanía, legalidad internacional y el uso de la fuerza como herramienta política.

 

 

También hay un elemento emocional que no puede ignorarse. Venezuela lleva años siendo escenario de una profunda crisis económica, social y humanitaria.

 

 

Millones de personas han abandonado el país, otras tantas sobreviven en condiciones extremadamente precarias.

 

Para muchos venezolanos, dentro y fuera del país, la noticia de la captura de Maduro despierta sentimientos encontrados: esperanza de cambio, miedo al caos, alivio, rabia o incertidumbre.

 

Las voces críticas recuerdan que ninguna de esas emociones justifica, por sí sola, una intervención militar extranjera.

 

 

La insistencia de Baldoví en respetar la vida y los derechos del pueblo venezolano conecta con esa preocupación.

 

Porque más allá de los nombres propios y de los cálculos geopolíticos, hay una realidad humana que corre el riesgo de quedar sepultada bajo los grandes titulares.

 

Cada bombardeo, cada incursión, cada sanción tiene consecuencias concretas en la vida cotidiana de millones de personas.

 

 

Desde el punto de vista del derecho internacional, el debate es igual de espinoso.

 

 

La captura de un jefe de Estado en ejercicio por parte de una potencia extranjera, sin el aval explícito de organismos internacionales como la ONU, plantea preguntas incómodas sobre precedentes y límites.

 

Si se acepta este caso como legítimo, ¿qué impide que mañana se repita en otro país con un gobierno incómodo para una gran potencia?

 

 

Por eso, cuando Carlos Bardem habla de que “cualquier ficción de derecho internacional acaba aquí”, no está haciendo una exageración teatral.

 

Está señalando el riesgo de que las normas que durante décadas han servido, al menos en teoría, para contener los abusos de poder, queden reducidas a papel mojado.

 

 

Y cuando Eduardo Saldaña advierte de un regreso a las lógicas del siglo XIX, está poniendo sobre la mesa un escenario que muchos creían superado.

 

 

La reacción de Juan Diego Botto sintetiza, en última instancia, ese malestar difuso.

 

No se trata de defender a un líder concreto ni de ignorar las graves denuncias que pesan sobre el régimen venezolano.

 

Se trata de algo más profundo: decidir si el mundo acepta que las reglas solo se apliquen a los débiles, mientras los fuertes actúan sin consecuencias.

 

En las próximas semanas, la narrativa oficial intentará consolidarse.

 

Habrá ruedas de prensa, filtraciones interesadas, informes y contrainformes.

 

Pero las palabras lanzadas hoy por actores, políticos y analistas ya han dejado una huella.

 

Han recordado que la historia no empieza de cero, que hay precedentes dolorosos y que, como decía Botto, creer en la ley del más fuerte implica aceptar que, tarde o temprano, todos podemos convertirnos en víctimas de esa misma lógica.

 

 

El debate está abierto. Y no es solo sobre Venezuela, Trump o Maduro. Es sobre el tipo de mundo en el que queremos vivir y sobre si estamos dispuestos a renunciar a las reglas cuando dejan de convenirnos.

 

Esa es la pregunta incómoda que, entre bombardeos, comunicados oficiales y mensajes en redes sociales, ha quedado flotando en el aire.