¡SE HA LIADO! MANU AVERGÜENZA A PASAPALABRA Y REACCIONA ASÍ TRAS EL TONGO CON ROSA EN EL BOTE FINAL.

 

 

Hubo un segundo exacto en el que el tiempo pareció detenerse. No fue solo en el plató de Pasapalabra, sino en miles de salones, bares y pantallas de móviles repartidos por toda España.

 

 

Un segundo suspendido entre la incredulidad y la esperanza, entre la celebración y la sospecha. Rosa Rodríguez acababa de pronunciar una palabra que cambiaría su vida para siempre, pero también iba a abrir una de las polémicas más intensas que se recuerdan en la historia reciente del concurso.

 

 

Porque aquella noche no solo se entregó el bote más alto jamás visto en Pasapalabra. Aquella noche se encendió un debate que todavía hoy sigue vivo.

 

La cifra, por sí sola, ya imponía respeto: 2.716.000 euros. Un premio que no solo superaba todos los récords anteriores, sino que colocaba a Rosa directamente en la leyenda televisiva.

 

Sin embargo, la magnitud del premio fue proporcional al terremoto que provocó en redes sociales. Mientras el confeti caía y el plató estallaba en aplausos, en X, Instagram y foros especializados comenzaba a gestarse una tormenta que nadie esperaba con tanta intensidad.

 

Las acusaciones de “tongo” no tardaron ni minutos en aparecer.

 

Para entender por qué, hay que volver exactamente al instante decisivo. A la letra M. A los tres segundos finales.

 

A una pregunta que, para muchos espectadores, sonó a jeroglífico imposible: el apellido del jugador de fútbol americano elegido MVP de la NFL en 1968 por la agencia Associated Press.

 

Rosa respondió “Morell”.

 

La respuesta correcta, según la ficha oficial, era Earl Morrall. Una sola letra de diferencia. Una vocal que no estaba. O que, según cómo se mire, sí estaba.

 

Ahí nació la polémica.

 

Para una parte de la audiencia, esa mínima variación era suficiente para invalidar la respuesta, sobre todo teniendo en cuenta que en otras ocasiones concursantes habían perdido por errores aparentemente menores.

 

La comparación fue inmediata. Los recuerdos de roscos fallidos por una tilde, una letra de más o una terminación incorrecta volvieron a circular como munición en un debate que rápidamente dejó de ser racional para convertirse en emocional.

 

 

Pero lo que muchos no tuvieron en cuenta es una norma básica del programa, confirmada en múltiples ocasiones por el equipo y por expertos lingüísticos: en Pasapalabra se valida la respuesta cuando la pronunciación es correcta y reconocible, aunque la grafía no sea exacta, especialmente en nombres propios extranjeros.

 

 

Y ahí entra un matiz clave que desmonta gran parte de la controversia.

 

 

El apellido Morrall, en inglés, se pronuncia fonéticamente como “Morel”. No como se escribe. Y Rosa no improvisó esa pronunciación: es filóloga inglesa, formada precisamente en fonética y pronunciación del idioma. No fue un golpe de suerte. Fue conocimiento puro.

 

 

Aun así, la polémica creció como una bola de nieve.

 

Muchos espectadores no solo cuestionaron la respuesta, sino también la propia pregunta. Consideraban extraño, incluso sospechoso, que la cuestión definitiva del bote más alto de la historia estuviera relacionada con un dato tan específico del fútbol americano de los años 60, un deporte minoritario en España y ajeno al conocimiento popular.

 

 

Para algunos, aquello era una prueba más de que el criterio había sido “demasiado flexible” tratándose de un premio millonario.

 

 

Sin embargo, quienes siguen Pasapalabra desde hace años saben que las preguntas finales no están diseñadas para el espectador medio, sino para concursantes que llevan cientos de programas, que han alcanzado un nivel de conocimiento extraordinario y que han demostrado estar preparados para afrontar cualquier temática, por minoritaria que parezca.

 

 

Y Rosa lo estaba.

 

 

Lo que casi nadie sabía en ese momento —y que después ella misma ha revelado— es que llevaba años estudiando ese tipo de datos aparentemente inútiles.

 

No por afición, sino por estrategia. Porque entendió algo fundamental: cuando llegas al último nivel del Rosco, ya no existe lo “raro”, solo lo posible.

 

Mientras la polémica crecía fuera, dentro del plató se producía otro momento que pasó casi desapercibido, pero que con el paso de las horas se convirtió en el verdadero contrapunto emocional de la historia: la reacción de Manu Pascual.

 

Lejos de la indignación, del enfado o del gesto torcido que muchos esperaban, Manu aceptó la derrota con una serenidad que desarmó incluso a los más críticos.

 

Su despedida fue elegante, sobria y profundamente humana. “Cuando compites con los mejores, puedes perder. Es la vida, y la vida sigue”, dijo ante un Roberto Leal visiblemente emocionado.

 

Esa frase, pronunciada sin rencor, sin reproches y sin alimentar la polémica, contrastó de forma brutal con el clima de sospecha que ardía en redes sociales.

 

Manu no era un concursante cualquiera. Llegó a Pasapalabra el 16 de mayo de 2024, justo después de que Óscar Díaz se llevara el bote.

 

Desde entonces, se convirtió en el concursante más longevo de la historia del formato: 437 programas. Casi dos años de enfrentamientos diarios, de tensión constante, de roscos imposibles y de una regularidad que roza lo inhumano.

 

Durante ese tiempo acumuló 161 victorias, perdió 147 duelos frente a Rosa y empató en 129 ocasiones. Nunca logró completar el Rosco, pero sí acumuló 270.600 euros gracias a los premios parciales de 10.000 euros por programa.

 

Una cifra nada desdeñable, aunque insuficiente para quien estuvo tan cerca del bote durante tanto tiempo.

 

La norma del concurso es clara e inamovible: cuando uno de los dos concursantes gana el bote, ambos abandonan el programa. Y así fue. Manu se despidió sin reproches, sin alimentar teorías, sin sumarse al ruido.

 

 

Y quizá por eso, para muchos espectadores, su actitud se convirtió en el verdadero símbolo de aquella noche.

 

Mientras algunos gritaban “fraude” desde el sofá, él demostraba que se puede perder con dignidad incluso cuando la derrota duele.

 

Que se puede aceptar un resultado aunque no sea el deseado. Que el respeto y la coherencia siguen teniendo valor, incluso en un entorno tan expuesto como la televisión.

 

Con el paso de los días, la polémica fue perdiendo fuerza, pero no desapareció del todo. Porque más allá de la respuesta concreta, lo que se estaba discutiendo era algo más profundo: la percepción de justicia, la confianza en el formato y la sensación de que, cuando hay mucho dinero en juego, cualquier detalle se magnifica.

 

 

Desde el equipo del programa se insistió en que no hubo ninguna excepción, ningún trato de favor ni ningún cambio de criterio.

 

Se aplicaron las mismas normas de siempre. Las mismas que han validado y anulado respuestas durante años. La diferencia, esta vez, fue el tamaño del premio.

 

Y también el impacto emocional.

 

Porque Rosa no solo ganó un bote. Ganó tras 307 duelos agotadores. Tras meses de convivencia televisiva con un rival durísimo.

 

Tras una preparación silenciosa que pocos conocían. Y porque, además, su perfil discreto, lejos del espectáculo, hizo que muchos no la vieran venir.

 

Hoy, con el polvo ya algo más asentado, la historia se ve con otra perspectiva.

 

Rosa celebra su victoria, aún asimilando que su vida ha cambiado para siempre. Manu inicia una nueva etapa con la tranquilidad de quien lo dio todo y se fue con la cabeza alta. Y Pasapalabra suma un capítulo más a su larga historia de momentos inolvidables, polémicos y profundamente humanos.

 

 

Quizá dentro de unos años, cuando se recuerde este bote histórico, no se hablará tanto de una letra de más o de menos.

 

Tal vez se recuerde como la noche en la que se enfrentaron dos maneras de entender la derrota y la victoria. El ruido frente al silencio. La sospecha frente a la elegancia.

 

Y entonces, como ocurre siempre con las grandes historias, el tiempo pondrá cada cosa en su lugar.