Así ha sido la campaña de acoso ultra, alimentada por Desokupa o Ndongo, que ha provocado la retirada de Héctor de Miguel.

 

 

Las redes se plagaron de insultos y amenazas al locutor tras una parodia de Nacho Abad en ‘Hora Veintipico’.

 

 

 

Dani Desokupa y Ndongo.

 

Hay decisiones que no se anuncian con estruendo, sino con cansancio. No llegan tras una gran explosión, sino después de muchas grietas pequeñas que, poco a poco, terminan por quebrarlo todo.

 

La retirada de Héctor de Miguel, Quequé para millones de oyentes, no es solo la historia de un humorista que decide parar.

 

Es el retrato incómodo de un clima social cada vez más irrespirable, de una frontera difusa entre la crítica, el acoso y la intimidación, y de una pregunta que flota en el aire desde hace tiempo: ¿hasta dónde se puede llegar cuando alguien hace humor y no gusta a quienes gritan más fuerte?

 

Durante días, su nombre ha circulado con una velocidad inusual por redes sociales, tertulias y grupos de mensajería.

 

No por un nuevo espectáculo, ni por una broma especialmente celebrada, sino por algo mucho más oscuro: una campaña de hostigamiento sostenido tras una parodia emitida en Hora Veintipico, el programa de la Cadena SER.

 

Una sátira dirigida a Nacho Abad y, por extensión, a una forma concreta de hacer televisión, basada en el sensacionalismo, la prisa por señalar culpables y la exhibición de imágenes de dolor sin contexto ni pausa.

 

La chispa fue esa parodia. El incendio vino después.

 

Héctor de Miguel llevaba años jugando con los límites del humor político y mediático. No era nuevo en la crítica ni en la ironía incómoda. Pero esta vez algo fue distinto.

 

Quizá porque el contexto era especialmente delicado: un accidente ferroviario con decenas de víctimas.

 

Quizá porque la polarización ha alcanzado un punto en el que cualquier matiz se convierte en munición. O quizá porque, sencillamente, había ganas de ir a por él.

 

En su comunicado, breve y directo, no hay pose de héroe ni voluntad de épica. Hay agotamiento. “Ha llegado el momento de parar”, escribe. El cuerpo lo pedía, la mente lo disimulaba.

 

Y lo ocurrido en las últimas horas precipitó una decisión que llevaba tiempo rondándole.

 

No habla desde la soberbia ni desde el desafío, sino desde una honestidad incómoda: no quiere ser mártir, no tiene madera de héroe. Solo quiere vivir sin miedo.

 

Esa frase, casi escondida entre líneas, es la que más ruido hace cuando se relee con calma.

 

Porque el miedo no llegó solo en forma de insultos anónimos, que ya se han normalizado peligrosamente en el ecosistema digital.

 

Llegó con nombres y apellidos. Con rostros conocidos. Con mensajes explícitos animando a “acercarse” a sus espectáculos.

 

Con la amenaza velada —y a veces no tan velada— de convertir cada actuación en un campo de batalla.

 

La parodia, conviene recordarlo, no se burlaba de las víctimas. Se burlaba del circo. De la carrera por el titular, de la pregunta tramposa, del enfoque que convierte una tragedia en espectáculo.

 

“Quien diga que les faltamos al respeto a las víctimas simplemente miente”, escribió De Miguel, asumiendo incluso unas disculpas para quien se hubiera sentido ofendido. Un gesto poco habitual en tiempos de trincheras.

 

 

No sirvió de nada.

 

La reacción fue inmediata. Cuentas anónimas, pero también perfiles con gran altavoz mediático, comenzaron a señalarle. A etiquetarle. A construir un relato en el que la sátira se transformaba, interesadamente, en burla a los muertos. En ese relato, no había espacio para la explicación ni para el contexto. Solo para el castigo.

 

 

Uno de los episodios más inquietantes llegó cuando se animó públicamente a acudir a uno de los shows de Hora Veintipico en Móstoles.

 

No como espectadores. No como críticos. Sino como advertencia. El mensaje era claro: sabemos dónde actúas, sabemos cuándo, y podemos aparecer.

 

Que alguien acudiera finalmente al espectáculo para increpar, grabar y provocar a quienes asistían terminó de confirmar lo que muchos temían: el acoso había salido de la pantalla del móvil para instalarse en la vida real.

 

Ya no era una tormenta digital que se apaga al cerrar la aplicación. Era una presión constante, imprevisible, imposible de controlar.

 

 

A partir de ahí, el efecto dominó fue imparable. Más mensajes. Más insultos. Más amenazas envueltas en un lenguaje pseudo moralista sobre el karma, las consecuencias y el “recoger lo sembrado”.

 

Una violencia verbal que se disfraza de justicia poética, pero que no deja de ser intimidación.

 

En paralelo, otras voces mediáticas se sumaron al reproche, subrayando el “mal gusto” de la parodia, elevando el tono y alimentando una idea peligrosa: que hacer humor crítico sobre determinados temas o determinados personajes te convierte automáticamente en alguien que merece ser señalado.

 

 

El problema no es la crítica. La crítica es legítima, necesaria y saludable. El problema es cuando la crítica se convierte en señalamiento, y el señalamiento en acoso.

 

Cuando se normaliza que alguien tenga que dejar de trabajar porque no puede garantizar su seguridad ni su tranquilidad mental.

 

 

La retirada de Héctor de Miguel no ocurre en el vacío. Llega en un contexto en el que otros profesionales de la comunicación han denunciado seguimientos, hostigamiento en la calle y campañas coordinadas para desgastarles.

 

Un contexto en el que la frontera entre el debate público y la cacería personal se ha difuminado peligrosamente.

 

En programas como Mañaneros 360, Javier Ruiz puso palabras a lo que muchos estaban pensando pero pocos se atrevían a decir en voz alta.

 

Habló de persecución. De una estrategia que va “nombre a nombre, persona a persona” hasta que alguien se rompe. Y cuando alguien se rompe, se pasa al siguiente.

 

No es una exageración retórica. Es una descripción fría de una dinámica que se repite.

 

 

El propio De Miguel lo deja claro en su comunicado: para un humorista, anunciar dónde actúa es parte del trabajo.

 

Cuando eso se convierte en un riesgo, cuando la promoción se transforma en una invitación al hostigamiento, algo se ha roto en el sistema.

 

Y lo más preocupante es que no se trata solo de él.

 

Su retirada lanza una pregunta incómoda a toda la profesión: ¿cuántos están aguantando en silencio? ¿Cuántos han aprendido a autocensurarse para evitar problemas? ¿Cuántos han renunciado a ciertos temas, a ciertos enfoques, no por falta de ideas, sino por miedo a las consecuencias?

 

 

El humor, históricamente, ha sido una herramienta para señalar al poder, para incomodar, para abrir grietas en los discursos dominantes.

 

Cuando el humor empieza a ser castigado con campañas de intimidación, el problema ya no es el chiste. Es la salud democrática.

 

No se trata de estar de acuerdo con Quequé. Ni siquiera de reírle las gracias. Se trata de algo mucho más básico: del derecho a expresarse sin que eso implique poner en riesgo tu integridad o tu sustento.

 

En su texto, Héctor de Miguel no pide aplausos ni solidaridad grandilocuente. Pide parar. Respirar. Protegerse.

 

Y eso, en sí mismo, es una derrota colectiva. Porque cada retirada forzada, cada silencio impuesto, empobrece un poco más el espacio público.

 

Lo ocurrido debería servir, al menos, para abrir una reflexión honesta. Sobre el papel de las redes sociales como amplificadores de odio.

 

Sobre la responsabilidad de quienes, con nombre y apellido, incitan a la confrontación. Sobre la facilidad con la que se cruza la línea entre la discrepancia y la persecución.

 

Y también sobre el público. Sobre nosotros. Sobre qué consumimos, qué compartimos, a qué damos visibilidad.

 

Porque ninguna campaña de acoso se sostiene sin una audiencia que la alimente, aunque sea con un clic aparentemente inocente.

 

La historia de Héctor de Miguel no termina aquí. Su voz, su trayectoria y su talento no desaparecen por una retirada.

 

Pero la herida que deja este episodio tardará en cerrarse. Y la pregunta seguirá ahí, incómoda, insistente, esperando respuesta.

 

¿Estamos dispuestos a normalizar que el miedo gane terreno al humor, a la crítica y a la libertad de expresión? ¿O todavía estamos a tiempo de decir basta, antes de que el silencio se convierta en la norma?

 

La respuesta no depende solo de él. Depende de todos.