MADURO DELATA A SÁNCHEZ EN EE.UU!? ESCÁNDALO GORDO IZQUIERDA ESPAÑOLA CON VENEZUELA ESTALLA.
El debate sobre Venezuela volvió a sacudir la política española esta semana con una intensidad que no se veía desde hace años.
No fue solo una discusión ideológica más ni una sucesión de declaraciones previsibles.
Fue un choque frontal de relatos, emociones y memorias abiertas que colocó de nuevo a los venezolanos —dentro y fuera del país— en el centro de una conversación que muchos sienten que se ha contado demasiadas veces sin escuchar a quienes la han vivido en primera persona.
Las imágenes de concentraciones en varias ciudades españolas, los discursos cruzados en platós de televisión y la viralización de mensajes incendiarios en redes sociales han revelado algo más profundo que una disputa partidista.
Lo que está en juego no es únicamente la interpretación del pasado reciente de Venezuela, sino el derecho de los venezolanos a contar su propia historia sin que nadie, desde la comodidad del primer mundo, les dicte cómo deben sentir, pensar o reaccionar.
En los últimos días, organizaciones de izquierda radical como el Sindicato de Estudiantes o Izquierda Revolucionaria salieron a la calle para denunciar lo que consideran una agresión imperialista de Estados Unidos contra Venezuela.
En sus consignas se repiten palabras como “imperialismo”, “capitalismo” y “fascismo”, acompañadas de un mensaje que apela a la revolución socialista y al internacionalismo proletario como única salida posible.
Es un discurso conocido, coherente dentro de su marco ideológico, pero que ha chocado de frente con la reacción de buena parte de la diáspora venezolana en España.
Para muchos venezolanos exiliados, escuchar a jóvenes europeos defender al chavismo o minimizar los efectos de más de dos décadas de gobierno de Nicolás Maduro y Hugo Chávez no es solo una discrepancia política: es una herida abierta.
No hablan desde la teoría ni desde los libros. Hablan desde la experiencia de haber pasado días sin electricidad, de hacer colas interminables para conseguir alimentos básicos, de ver a familiares marcharse o morir, de abandonar un país que ya no ofrecía futuro.
Esa distancia entre el relato ideológico y la realidad vivida explica la dureza de algunas respuestas.
Venezolanos que han intervenido en medios españoles o en manifestaciones recientes denuncian lo que consideran una forma de supremacismo moral: la idea de que ciertos sectores de la izquierda europea se sienten con autoridad para explicarles qué es lo mejor para su país, incluso cuando jamás han pisado Venezuela ni sufrido sus consecuencias.
La indignación no nace del desacuerdo, sino del desprecio percibido hacia su dolor.
El contexto político español añade una capa más de tensión. La relación del Gobierno de Pedro Sánchez con el régimen venezolano ha sido objeto de polémica durante años.
Desde el episodio de la visita de Delcy Rodríguez a España en 2020, con su paso por el aeropuerto de Barajas en plena vigencia de sanciones europeas, hasta el rescate de la aerolínea Plus Ultra, vinculada a capital venezolano, cada gesto ha alimentado sospechas y reproches desde la oposición y desde sectores de la comunidad venezolana.
En este clima, cualquier noticia relacionada con Venezuela se convierte en munición política.
La mera posibilidad de que se produzcan avances judiciales internacionales contra figuras del chavismo —como las investigaciones abiertas en Estados Unidos por narcotráfico o violaciones de derechos humanos— reaviva un debate que nunca llegó a cerrarse.
Para algunos, se trata de justicia largamente esperada. Para otros, de una maniobra geopolítica del “imperialismo yankee”. Dos visiones irreconciliables que se gritan sin escucharse.
Lo que resulta especialmente doloroso para muchos venezolanos es ver su bandera utilizada en manifestaciones que defienden al régimen que, a su juicio, los expulsó de su país.
No es una cuestión simbólica menor. La bandera representa una identidad, una historia común y un hogar perdido.
Que sea enarbolada para justificar un sistema que consideran responsable de represión, pobreza y exilio masivo se vive como una ofensa personal y colectiva.
Las cifras oficiales respaldan parte de ese dolor. Organismos internacionales como Naciones Unidas y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos han documentado durante años graves violaciones de derechos humanos en Venezuela, incluyendo detenciones arbitrarias, torturas y uso excesivo de la fuerza contra manifestantes.
Millones de venezolanos han abandonado el país, protagonizando uno de los mayores éxodos de la historia reciente de América Latina.
Estos datos no pertenecen a la propaganda: están recogidos en informes contrastados y públicos.
Sin embargo, en algunos debates televisivos y discursos políticos en España, estas realidades quedan diluidas o relativizadas.
Se habla de Venezuela como un concepto abstracto, un tablero donde enfrentar a Estados Unidos y al capitalismo global, olvidando que detrás hay más de 30 millones de personas.
Para quienes han sufrido directamente la crisis, esa deshumanización resulta insoportable.
Las redes sociales han amplificado el conflicto. Insultos, descalificaciones y etiquetas virales han sustituido al análisis sereno.
El calificativo de “parásitos”, utilizado recientemente por una diputada de Podemos para referirse a venezolanos que celebraban en la Puerta del Sol la posibilidad de que Maduro rinda cuentas ante la justicia internacional, encendió aún más los ánimos.
Para muchos exiliados, esas palabras confirmaron una sensación que arrastran desde hace tiempo: no solo no se les escucha, sino que se les desprecia.
Frente a este ruido, algunas voces han tratado de introducir matices. Diplomáticos retirados, analistas internacionales y periodistas con trayectoria en América Latina han recordado que la situación venezolana es compleja, pero que no puede analizarse ignorando los hechos constatados.
Defender la soberanía de un país no debería implicar cerrar los ojos ante la represión ni justificar un régimen acusado de vulnerar sistemáticamente los derechos fundamentales.
También se ha señalado el papel de figuras como José Luis Rodríguez Zapatero, expresidente del Gobierno español, que ha actuado como mediador en Venezuela en varias ocasiones.
Mientras sus defensores destacan su apuesta por el diálogo, sus críticos le acusan de blanquear al chavismo y legitimar un sistema que no ha mostrado voluntad real de celebrar elecciones plenamente libres y transparentes.
Esta división refleja hasta qué punto Venezuela sigue siendo un espejo incómodo para la política española.
En medio de todo, los venezolanos reclaman algo sencillo y profundamente humano: que se respete su voz.
No piden unanimidad ni adhesión ideológica. Piden que no se les diga que “con Maduro estarían mejor”, que no se minimice su sufrimiento ni se utilice su tragedia como arma arrojadiza en debates ajenos.
Quieren libertad, justicia y la posibilidad real de regresar algún día a un país donde no se persiga a quien piensa distinto.
Este conflicto de relatos debería servir para una reflexión más amplia. La solidaridad internacional no puede construirse desde la arrogancia ni desde consignas vacías.
Escuchar implica incomodarse, cuestionar certezas y aceptar que la realidad no siempre encaja en nuestros marcos ideológicos.
Defender causas justas empieza por reconocer a las personas concretas que hay detrás de los discursos.
España, como país que ha acogido a cientos de miles de venezolanos, tiene una responsabilidad especial.
No se trata solo de política exterior, sino de convivencia y respeto dentro de sus propias fronteras.
Convertir el dolor de una comunidad en espectáculo o en instrumento partidista no solo es injusto, sino profundamente contraproducente.
La conversación sobre Venezuela seguirá abierta. Es inevitable y necesario. Pero si quiere ser útil, deberá abandonar el grito y acercarse más a la escucha.
Porque mientras se discute en platós y manifestaciones, hay millones de venezolanos que siguen esperando algo muy básico: que su historia no sea contada por otros como si fuera una consigna, sino reconocida como lo que es, una tragedia real que merece verdad, memoria y dignidad.
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