TRUMP RESPONDE A LA IZQUIERDA ESPAÑOLA.

 

 

 

 

Amanecer de enero. La Navidad se ha ido casi sin avisar y deja tras de sí una sensación extraña, como de resaca política y mediática.

 

El 7 de enero no es un día cualquiera: es el primer día real del año, cuando se apagan las luces, se baja la persiana —a veces con el sol dándote de lleno en la cara— y empiezas a entender qué regalos ha traído de verdad el nuevo curso.

 

Algunos no son precisamente agradables. Otros, directamente, huelen a veneno.

 

 

España vuelve a la rutina mientras Venezuela sigue siendo el epicentro de una tormenta internacional que ya no se puede explicar con consignas fáciles.

 

El caso Maduro ha dejado de ser una simple noticia exterior para convertirse en un espejo incómodo donde se reflejan intereses cruzados, silencios calculados y movimientos que solo se entienden cuando se mira más allá del titular rápido.

 

Y lo inquietante no es lo que se dice, sino lo tranquilo que parece estar el dictador cuando, en teoría, debería estar acorralado.

 

 

Hay algo que chirría. Maduro no transmite miedo, ni urgencia, ni la ansiedad propia de alguien que ve cómo su mundo se desmorona.

 

Y no estamos hablando de emociones superficiales, sino de un patrón psicológico básico: incluso los líderes más fríos sienten presión cuando su libertad, la de su pareja y la de su círculo íntimo están en juego. Sin embargo, él parece cómodo.

 

Demasiado. Esa calma no suele ser casual. Suele ser el resultado de saber algo que el resto todavía no ha terminado de asumir.

 

 

En este contexto, empiezan a encajar piezas que hace apenas unos días parecían teorías atrevidas.

 

La posibilidad de una negociación entre Estados Unidos y el entorno chavista, con intermediarios europeos de peso, ya no suena a delirio.

 

Medios como The Objective han puesto sobre la mesa una hipótesis que incomoda a muchos: un acuerdo tácito, una puesta en escena, un intento de salida controlada que habría contado con actores inesperados, entre ellos José Luis Rodríguez Zapatero.

 

No sería la primera vez que su nombre aparece ligado al régimen venezolano, ni tampoco la primera que se le señala como figura clave en operaciones opacas envueltas en un discurso de mediación y paz.

 

 

Lo verdaderamente relevante no es si hubo o no una negociación cerrada, sino el hecho de que Maduro pareciera convencido de que no le pasará nada irreversible.

 

China, Rusia y otros actores internacionales ya han demostrado en el pasado que no están dispuestos a permitir un desenlace ejemplarizante.

 

El asilo, la excusa médica, la liberación “humanitaria” o una retirada estratégica son salidas que ya han utilizado otros dictadores antes que él.

 

La historia reciente está llena de líderes que se fueron de rositas mientras sus pueblos pagaban las consecuencias.

 

 

Mientras tanto, Donald Trump reaparece en escena con declaraciones que, gusten o no, vuelven a colocar el foco donde más duele.

 

Trump no es un filántropo ni pretende serlo. No le importa la vida personal de los venezolanos, como tampoco le importa la de ningún ciudadano extranjero.

 

Y esa sinceridad brutal es precisamente lo que descoloca a una parte de la opinión pública.

 

Trump actúa como lo que es: un político que piensa en términos de poder, estrategia e intereses nacionales. Nada más. Nada menos.

 

 

Aquí conviene hacer una pausa y decir algo que incomoda, pero es necesario. El político no está para ser tu amigo ni tu terapeuta.

 

Está para ganar, conservar el poder y garantizar los intereses de los suyos. Nos hemos acostumbrado a exigir a los líderes una empatía impostada que, en realidad, nunca ha existido.

 

Los grandes imperios no se construyeron desde la bondad, sino desde la conquista, la expansión y el cálculo frío.

 

El Imperio español, el británico, el romano… todos siguieron la misma lógica. Juzgar ese pasado con los ojos de hoy es un ejercicio cómodo, pero intelectualmente pobre.

 

 

Por eso resulta tan contradictorio el discurso de cierta izquierda española que se escandaliza ante cualquier movimiento de Estados Unidos mientras defiende políticas internas que, en la práctica, también alteran la soberanía y la cohesión social.

 

Se oponen frontalmente a la presión internacional sobre Venezuela, pero no tienen problema en transformar España a golpe de inmigración masiva, siempre que esa inmigración sea ideológicamente afín o útil para su relato político.

 

Los venezolanos que llegan con recursos, formación y espíritu empresarial molestan.

 

Los que viven en guetos, dependientes de ayudas, no. Esa doble vara de medir no es solidaridad; es ingeniería social.

 

 

El debate migratorio se ha convertido en un campo minado donde cualquiera que se atreva a matizar es automáticamente etiquetado.

 

Sin embargo, decir que no toda inmigración es positiva no te convierte en un monstruo.

 

Defender una inmigración que aporte, que trabaje, que invierta y que genere riqueza no es odio: es sentido común.

 

Lo ilógico es fomentar un sistema que atrae dependencia y conflicto, mientras se criminaliza a quienes señalan sus consecuencias.

 

Ayudar a los países de origen, proteger a las minorías perseguidas y actuar con cabeza no debería ser una postura extrema. Debería ser lo normal.

 

 

En este clima de tensión ideológica, Trump se permite el lujo de decir en voz alta lo que muchos piensan en silencio.

 

Su desprecio por la credibilidad de la prensa, su insistencia en el “common sense”, conecta con una parte de la población cansada de relatos manipulados y moralinas selectivas.

 

No es que Trump sea un modelo moral; es que, comparado con ciertos líderes, resulta menos hipócrita. Y eso, paradójicamente, le da ventaja

 

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Volviendo a España, el foco se desplaza inevitablemente hacia Pedro Sánchez y su entorno.

 

Las declaraciones, los gestos de apoyo, los silencios estratégicos… todo suma.

 

El famoso “te quiero” a Ábalos no es una anécdota sentimental, sino un síntoma de una forma de hacer política basada en la lealtad personal por encima de la responsabilidad institucional.

 

Cuando el poder se gestiona como una red de afectos y favores, el resultado suele ser devastador para la credibilidad democrática.

 

 

En paralelo, empiezan a salir informaciones que refuerzan la sensación de que muchas cosas se sabían antes de hacerse públicas.

 

Periodistas como Javier Negre han reconocido haber recibido llamadas de lobistas ofreciendo dinero a cambio de publicar determinados relatos.

 

Campañas de comunicación diseñadas para lavar la imagen de figuras controvertidas, consultoras trabajando en la sombra, medios que se prestan al juego…

 

Nada de esto es nuevo, pero sigue escandalizando porque confirma lo que muchos intuían: la información también se negocia.

 

 

La figura de Zapatero vuelve a emerger con fuerza. Para algunos, un mediador incansable; para otros, un traidor que ha sabido moverse entre negocios, diplomacia paralela y silencios muy bien pagados.

 

La idea de que ahora intente despegarse públicamente del chavismo mientras mantiene intereses económicos no resulta descabellada.

 

Es, de hecho, coherente con su trayectoria en la última década. La pregunta no es si lo hace, sino hasta cuándo podrá sostener ese equilibrio sin consecuencias legales.

 

 

Aquí aparece otro elemento inquietante: la justicia internacional no siempre actúa como se espera.

 

La Corte Penal Internacional avanza lentamente, los procesos se eternizan y, mientras tanto, los protagonistas ganan tiempo.

 

Y el tiempo, en política, es oro. Maduro lo sabe. Zapatero lo sabe. Y quienes están detrás moviendo hilos también lo saben.

 

 

En medio de todo este ruido, surge una sensación compartida por muchos creadores de contenido y analistas independientes: decir las cosas antes de que aparezcan en los grandes medios no siempre se recompensa.

 

Hay quien recibe dinero, llamadas, ofertas. Y hay quien no recibe nada. Ni un euro, ni una propuesta, ni una palmadita en la espalda.

 

Solo la satisfacción —y a veces la frustración— de haberlo visto venir. El sistema no premia la lucidez, premia la utilidad.

 

Y aun así, cada vez más gente desconfía de los relatos oficiales. Se informa por otras vías, compara versiones, escucha análisis largos y se forma su propia opinión.

 

Por eso este tipo de discursos conectan: porque no se presentan como verdades absolutas, sino como reflexiones incómodas basadas en hechos reales, publicados, contrastados, aunque interpretados desde una mirada menos complaciente.

 

 

La gran pregunta que flota en el ambiente es qué pasará a partir de ahora. ¿Veremos a Maduro salir “por motivos de salud”? ¿Habrá un acuerdo discreto que le permita retirarse con su fortuna intacta? ¿O asistiremos a una traición interna que lo deje expuesto? Cualquiera de las opciones es plausible. Lo único que parece claro es que nada será tan limpio ni tan ejemplar como algunos prometen.

 

 

Mientras tanto, España sigue atrapada en su propia decadencia política. La degradación del lenguaje, la falta de pudor, el uso constante del insulto y la manipulación emocional han sustituido al debate serio.

 

Antes se fingía un poco más. Ahora ya ni eso. Y el ciudadano, harto, empieza a desconectar o a radicalizarse. Ambas cosas son peligrosas.

 

 

Este no es un artículo para convencer a nadie de amar a Trump, ni para justificar dictaduras, ni para idealizar imperios.

 

Es una invitación a mirar la realidad sin filtros ideológicos, a aceptar que la política es un juego duro y a exigir, al menos, coherencia.

 

Porque cuando los que se autodenominan progresistas actúan como ingenieros sociales y los que critican el imperialismo aplauden invasiones demográficas internas, algo no cuadra.

 

 

El año acaba de empezar y ya deja claro que no será tranquilo. Venezuela seguirá siendo una herida abierta.

 

España, un laboratorio político cada vez más inestable. Y los ciudadanos, una vez más, tendrán que decidir si se conforman con el relato oficial o si prefieren pensar por sí mismos.

 

Porque al final, ese es el único acto verdaderamente revolucionario que queda: no dejar que te tomen por tonto.