RUFIÁN DESMONTA EL RELATO DEL PP EN EL CONGRESO Y DEJA EN RIDÍCULO SU ESPANTAPÁJAROS FAVORITO.
Cuando el miedo deja de funcionar: Rufián, el Congreso y el fin del teatro venezolano.
Hay momentos en la política española que marcan un antes y un después.
No porque sean trending topic en redes, ni porque provoquen vídeos virales llenos de zascas y risas, sino porque logran desactivar, en directo y ante millones de personas, uno de los mecanismos más antiguos y gastados del debate público: el miedo.
Eso es exactamente lo que ocurrió en el Congreso de los Diputados cuando Gabriel Rufián, portavoz de ERC, desmontó de arriba abajo la llamada “teoría venezolana”, ese recurso retórico que la derecha española lleva años utilizando para bloquear cualquier conversación seria sobre política social, derechos o redistribución.
No fue un simple cruce de frases ingeniosas. Fue un golpe de realidad.
Un espejo incómodo en el que muchos se vieron reflejados y que, desde entonces, ha cambiado la forma en que escuchamos ciertos discursos.
Porque cuando el miedo deja de funcionar, la política tiene que enfrentarse a sus propios vacíos.
Para entender la importancia de lo que ocurrió, hay que empezar por el principio.
Desde hace más de una década, el Partido Popular y otros sectores de la derecha han recurrido a Venezuela como símbolo del desastre, el caos, la ruina y la falta de libertades.
Cada vez que alguien propone subir el salario mínimo, mejorar la sanidad pública o regular el mercado de la vivienda, aparece el fantasma de Venezuela.
No como país real, con sus problemas y su historia, sino como una caricatura, un espantajo que sirve para asustar y evitar el debate.
Los titulares lo confirman: “Vamos camino de Venezuela”, “El comunismo nos llevará al chavismo”, “España será la próxima Venezuela”.
Es un recurso tan repetido que, como todo en política, ha acabado perdiendo fuerza. Porque el miedo necesita renovarse constantemente para seguir funcionando.
Si no hay amenaza nueva, la gente deja de creer en ella.
La intervención de Gabriel Rufián fue quirúrgica. No cayó en la trampa de defender modelos ajenos ni de justificar caricaturas.
Simplemente expuso el mecanismo: el discurso del PP no es un argumento, es una puesta en escena, un teatro repetido hasta el agotamiento que solo funciona si la audiencia acepta suspender el pensamiento crítico.
Rufián lo dijo claro, delante de quienes llevan años repitiendo el mismo libreto: “Esto no es un debate serio, es una representación.
Y cuando una representación se nombra como tal, deja de ser creíble”.
El Congreso dejó de ser ese escenario de confrontación ideológica clásica para convertirse en un espejo incómodo, donde la derecha pudo verse reflejada como una fuerza sin relato propio, necesitada de importar fantasmas para justificar su inmovilismo.
La risa que se produjo no fue burla superficial. Fue la reacción natural ante la evidencia de un argumento vacío.
Fue liberadora, porque demostró que el miedo ya no funciona como antes.
Que la ciudadanía está cansada de escuchar las mismas advertencias apocalípticas sin que nunca se materialicen.
Durante años, la derecha española ha conseguido condicionar el debate público mediante comparaciones extremas y amenazas difusas.
Pero ese recurso se ha desgastado y, cuando se desgasta, queda en evidencia su carácter artificioso.
Rufián supo leer ese cansancio social y traducirlo en discurso parlamentario.
No habló solo para la cámara, habló para una ciudadanía que lleva años escuchando las mismas advertencias mientras la realidad cotidiana seguía siendo otra muy distinta: precariedad laboral, vivienda imposible, servicios públicos tensionados y salarios estancados.
La teoría venezolana ha servido durante años para cohesionar a la derecha, para movilizar a su base y para generar titulares fáciles.
Pero también ha tenido un coste: ha infantilizado el debate, ha reducido la política a una elección entre catástrofe y salvación.
Y cuando la realidad no acompaña a ese dramatismo, la credibilidad se erosiona.
Desde la izquierda, el momento tiene una importancia política enorme porque demuestra que el miedo ya no es suficiente para bloquear el debate.
La intervención de Rufián devolvió la conversación al terreno material: ¿qué hacemos con la vivienda, con la sanidad, con los salarios o con la desigualdad? Al llamar “puro teatro” a la teoría venezolana, no insultaba, describía una técnica.
La técnica de exagerar, simplificar y dramatizar para evitar rendir cuentas. Una técnica que funciona mientras nadie la señala, pero que pierde poder en cuanto se nombra.
El PP quedó descolocado porque ese señalamiento rompió la dinámica habitual.
Están acostumbrados a que se les discuta el contenido del espantajo, no su existencia. Rufián se negó a hacerlo. Dijo: “Esto no es un debate serio, es una representación. Y cuando una representación se nombra como tal, deja de ser creíble”.
La reacción en el hemiciclo fue significativa, no solo por los gestos visibles, sino por el silencio posterior.
Frente a un argumento desmontado en su raíz no hay réplica fácil. ¿Cómo se defiende un espantajo cuando alguien explica que es un espantajo? ¿Cómo se sostiene una amenaza permanente cuando se demuestra que nunca se cumple?
Desde la izquierda, este momento conecta con una crítica más amplia a la política del miedo.
El miedo es una herramienta poderosa, pero también frágil. Necesita enemigos nuevos, escenarios más extremos, palabras más grandes.
Y llega un punto en el que la inflación del miedo lo vuelve inverosímil.
Eso es lo que ocurrió en el Congreso. Rufián no inventó nada nuevo, simplemente dijo en voz alta lo que mucha gente piensa desde hace tiempo: que el PP no está haciendo oposición política, sino animación dramática, que no discute políticas, sino que interpreta un papel y que ese papel ya no conmueve, solo cansa.
Este primer bloque del análisis es clave para entender por qué la intervención tuvo tanto impacto.
No fue un zaska aislado, fue una desactivación discursiva.
Y cuando se desactiva un discurso que ha sido central durante años, el vacío que queda es enorme porque obliga a quien lo utilizaba a buscar otra cosa. Y ahora mismo la derecha no parece tenerla.
La teoría venezolana ha servido durante años para cohesionar a la derecha, para movilizar a su base y para generar titulares fáciles, pero también ha tenido un coste.
Ha infantilizado el debate, ha reducido la política a una elección entre catástrofe y salvación. Y cuando la realidad no acompaña a ese dramatismo, la credibilidad se erosiona.
Desde una perspectiva de izquierdas, la intervención de Rufián marca un punto de inflexión porque demuestra que ese marco puede ser roto sin necesidad de complejos ni tecnicismos.
Basta con nombrarlo, basta con explicar cómo funciona, basta con decir: “Esto es teatro”. Y cuando se dice, la risa no es frívola, es liberadora.
Este episodio también revela algo importante sobre el propio Rufián como figura política.
Más allá de estilos y afinidades, entiende algo esencial de la comunicación política contemporánea: no basta con tener razón.
Hay que romper el marco del adversario. Y eso fue exactamente lo que hizo.
Este no fue un discurso pensado para convencer a la derecha, fue un discurso pensado para despertar a la audiencia, para sacarla del automatismo del miedo y devolverla al terreno del pensamiento crítico.
El humor en este caso no fue frívolo, fue político. Sirvió para desactivar el miedo, para mostrar que el rey estaba desnudo.
Cuando el miedo se ridiculiza, deja de cumplir su función disciplinadora. Por eso la derecha reacciona tan mal al humor político, porque le quita solemnidad al espantajo.
La pregunta que queda flotando tras esta intervención no es si el PP volverá a hablar de Venezuela. Lo hará. La pregunta es si alguien volverá a tomárselo en serio.
Y esa duda, una vez instalada, es devastadora para cualquier estrategia basada en la exageración permanente.
La intervención de Rufián no es el final de nada, es una grieta. Una grieta en un relato que parecía inamovible.
Y las grietas, cuando se amplían, pueden derrumbar muros enteros.
Cuando un marco discursivo se rompe en el parlamento, no lo hace solo para una sesión concreta, lo hace para todo lo que viene después.
La intervención de Gabriel Rufián desmontando la llamada teoría venezolana del Partido Popular no fue un episodio aislado ni un golpe de ingenio puntual.
Fue un punto de inflexión que empieza a tener consecuencias políticas reales, medibles y acumulativas, especialmente a medio plazo.
En política, los relatos no caen de golpe, se desgastan hasta que dejan de sostener a quienes dependen de ellos.
El primer efecto claro es la pérdida de autoridad del discurso del miedo, no porque deje de usarse, sino porque deja de ser tomado en serio. Y en política, que algo se use pero no se crea es peor que no usarlo.
El PP puede seguir invocando Venezuela, el comunismo o cualquier otro espantajo externo, pero cada vez que lo haga se enfrentará a una audiencia que recuerda este momento parlamentario, una audiencia que ya ha visto el truco y que, por tanto, escucha con escepticismo.
Desde la izquierda, este cambio es fundamental porque afecta directamente al comportamiento electoral.
El miedo puede movilizar, pero solo mientras es creíble. Cuando se convierte en rutina, deja de movilizar y empieza a desmovilizar.
Genera hastío, rechazo e incluso burla. Y el hastío es letal para una estrategia que necesita tensión constante para funcionar.
A medio plazo, esto coloca al PP ante una disyuntiva incómoda: o renueva su discurso o acepta un desgaste progresivo.
Renovar el discurso implicaría abandonar la comodidad del espantajo y entrar en el terreno de las propuestas concretas.
Implicaría explicar qué harían con la vivienda, con la sanidad, con la educación, con los salarios. Implicaría asumir contradicciones y tomar posiciones claras
. Y eso es algo que la derecha ha evitado durante años, precisamente porque genera divisiones internas y obliga a elegir.
Este momento también interpela a la izquierda porque romper un marco no basta. Hay que llenar el espacio que queda.
Hay que hablar de vivienda, de salarios, de servicios públicos, de derechos. Hay que ofrecer horizonte y hacerlo con la misma claridad con la que se desmontan los espantajos.
La intervención de Rufián no cierra un ciclo por sí sola, pero marca un antes y un después.
Marca el momento en que un recurso discursivo central pierde su aura. Y cuando eso ocurre, la política cambia de fase.
El miedo ya no ordena el debate como antes. El espantajo ya no asusta igual.
Y cuando el miedo pierde fuerza, la política vuelve a enfrentarse a su verdadera tarea: mejorar la vida de la gente.
Ese es el terreno donde se decidirá lo que viene. Y en ese terreno, el teatro no basta.
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