Un escándalo histórico: Así vendieron España a Estados Unidos. El desastre de 1998.

 

 

Durante más de un siglo, el llamado “Desastre del 98” ha sido presentado en la historia oficial española como una derrota inevitable, casi natural, fruto del atraso tecnológico, la decadencia política y la inferioridad militar frente a una potencia emergente como Estados Unidos.

 

 

Ese relato ha calado tan hondo que ha moldeado la autoestima colectiva del país y ha alimentado durante generaciones la idea de un fracaso histórico irremediable.

 

 

Sin embargo, una lectura más atenta de los hechos, apoyada en documentos, testimonios de la época y análisis historiográficos contemporáneos, invita a cuestionar seriamente esa versión simplificada y a plantear una pregunta incómoda: ¿fue realmente una derrota inevitable o una sucesión de decisiones políticas y militares que condujeron deliberadamente a la pérdida de los territorios de ultramar?

 

 

En 1898, España no solo perdió Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Perdió también un relato propio sobre lo ocurrido.

 

Durante décadas se repitió que la Armada española estaba formada por “barcos de madera” frente a modernos acorazados estadounidenses, que el Ejército actuó con brutalidad e incompetencia y que la separación de los territorios era un desenlace lógico tras siglos de desgaste colonial.

 

Incluso los intelectuales de la Generación del 98 asumieron, desde una perspectiva crítica y dolorida, la idea de un país condenado al fracaso.

 

Sin embargo, esa narrativa omite elementos esenciales que hoy permiten una reinterpretación mucho más compleja.

 

 

Estados Unidos llevaba décadas mostrando un interés estratégico claro por Cuba. Desde principios del siglo XIX, distintos gobiernos estadounidenses realizaron ofertas formales para comprar la isla, todas rechazadas por España.

 

 

La última, en 1897, fue especialmente significativa: 300 millones de dólares de la época, una cifra descomunal, acompañada —según diversas fuentes históricas— de incentivos personales a miembros del Gobierno español.

 

Aunque estas prácticas no pueden probarse documentalmente en todos sus extremos, sí está acreditado que existía una presión constante, política y económica, para forzar la salida de España del Caribe.

 

 

Al mismo tiempo, Washington apoyó de forma continuada a los movimientos independentistas cubanos, suministrándoles armas, financiación y respaldo diplomático. Esto no era un secreto.

 

En Madrid se sabía que el conflicto con Estados Unidos era solo cuestión de tiempo.

 

La Secretaría de Marina estadounidense elaboró planes de invasión de Cuba y Puerto Rico mucho antes de que estallara la guerra, lo que refuerza la idea de que el enfrentamiento no fue improvisado, sino largamente preparado.

 

 

Uno de los grandes mitos del 98 es la supuesta inferioridad técnica de la Armada española.

 

A finales del siglo XIX, España contaba con una ingeniería naval notablemente avanzada.

 

Nombres como Isaac Peral, Fernando Villaamil, González Hontoria o Bustamante están reconocidos por la historiografía naval internacional.

 

El submarino Peral, botado en 1888, fue un prodigio tecnológico adelantado a su tiempo, capaz de navegar en inmersión, orientarse con precisión y lanzar torpedos de forma eficaz.

 

Expertos navales extranjeros reconocieron que una sola unidad operativa habría cambiado el equilibrio de fuerzas en cualquier conflicto marítimo.

 

 

Sin embargo, el proyecto fue abandonado por el propio Gobierno español.

 

Peral denunció presiones, filtraciones de información y sabotajes administrativos.

 

Años después, algunos de los principios técnicos de su submarino aparecerían desarrollados en otras marinas europeas.

 

El hecho de que los planos acabaran siendo públicos, tras su publicación oficial, resulta hoy incomprensible desde una lógica de defensa nacional y ha sido señalado por historiadores como uno de los grandes errores estratégicos —o algo más— de la Restauración.

 

 

En el plano político, el sistema del turnismo entre liberales y conservadores favoreció una estabilidad aparente, pero también una enorme opacidad en la toma de decisiones.

 

 

Práxedes Mateo Sagasta, presidente del Gobierno durante la guerra, optó por una estrategia defensiva débil y, tras el asesinato de Cánovas del Castillo en 1897, descartó planes de refuerzo naval que podrían haber alterado el desarrollo del conflicto.

 

El cierre del Parlamento, la censura de prensa y la declaración del estado de sitio evidencian que el Gobierno temía más a la reacción interna que al enemigo exterior.

 

 

En el ámbito militar, las decisiones de algunos mandos siguen generando controversia.

 

El almirante Pascual Cervera, al frente de la escuadra del Caribe, expresó reiteradamente su pesimismo antes incluso de entrar en combate.

 

Sus movimientos, especialmente la elección de la bahía de Santiago de Cuba como refugio, han sido duramente criticados por expertos navales, que la consideran una ratonera estratégica.

 

La salida diurna y en fila de los buques, en condiciones claramente desfavorables, fue contraria a la doctrina naval de la época.

 

 

Algo similar ocurrió en Filipinas. La flota española era numéricamente superior y contaba con apoyo logístico y defensivo en el archipiélago.

 

Aun así, el almirante Patricio Montojo tomó decisiones que facilitaron la victoria estadounidense en Cavite.

 

El traslado de la escuadra a una zona sin cobertura de baterías costeras y la orden posterior de hundir buques que no habían sido destruidos en combate han sido interpretados por algunos historiadores como errores graves, y por otros como actos difíciles de explicar desde una lógica puramente militar.

 

 

Más allá de las batallas navales, la situación en tierra desmonta también el relato de una derrota inevitable.

 

En Cuba, el Ejército español contaba con unos 200.000 efectivos frente a un contingente estadounidense mucho menor.

 

Desde un punto de vista estrictamente militar, la defensa de la isla era viable durante un periodo prolongado.

 

Sin embargo, desde Madrid llegaron órdenes de capitulación que pusieron fin a cualquier resistencia organizada.

 

 

Las consecuencias del 98 fueron devastadoras. Puerto Rico quedó como territorio colonial estadounidense.

 

Filipinas sufrió una guerra posterior contra Estados Unidos que derivó en una represión brutal, hoy reconocida por la historiografía internacional como un conflicto extremadamente sangriento.

 

Millones de personas cambiaron de estatus político y jurídico de un día para otro, perdiendo derechos y, en muchos casos, su lengua y su cultura.

 

 

Durante décadas, se impuso una versión oficial que presentaba a España como un país atrasado, incapaz y condenado al declive.

 

Esa narrativa sirvió para ocultar responsabilidades políticas concretas y para justificar decisiones que, vistas con perspectiva, tuvieron un coste humano enorme.

 

Los verdaderos innovadores, militares y técnicos que defendieron la modernización del país, quedaron relegados al olvido, mientras otros personajes fueron elevados a la categoría de héroes sin un análisis crítico de su actuación.

 

 

Hoy, revisar el 98 no significa caer en teorías simplistas ni negar errores propios.

 

Significa recuperar la complejidad de los hechos, reconocer que España no era una potencia inerme y que muchas de las decisiones que condujeron a la derrota fueron políticas, no técnicas ni inevitables.

 

Significa también entender cómo la manipulación del relato histórico puede debilitar la conciencia colectiva de un país durante generaciones.

 

 

La historia no puede cambiarse, pero sí puede comprenderse mejor.

 

Y en esa comprensión está la clave para honrar a quienes actuaron con profesionalidad y lealtad, para analizar con rigor a quienes tomaron decisiones equivocadas y para transmitir a las generaciones futuras una visión más justa y completa de uno de los episodios más determinantes de la historia contemporánea de España.

 

El 98 no fue solo una derrota militar: fue una crisis de liderazgo, de transparencia y de soberanía que todavía hoy sigue proyectando su sombra.