RUFIÁN HUMILLA A FEIJÓO EN EL CONGRESO: LA FRASE QUE DEJA AL PP SIN RESPUESTA .
Hay momentos en política que no nacen grandes, pero se vuelven grandes en el mismo instante en que suceden.
No porque modifiquen una ley ni porque cambien el resultado de una votación concreta, sino porque rompen algo mucho más profundo: un relato que llevaba años funcionando sin oposición real.
Eso fue exactamente lo que ocurrió en el Congreso cuando Gabriel Rufián respondió a Alberto Núñez Feijóo con una frase breve, directa y nada complaciente: “Los que votaron a Chapote son ustedes”.
No era una frase pensada para gustar, ni para buscar aplausos fáciles. Era una frase pensada para recordar.
Y en política, recordar puede ser un acto profundamente incómodo. La derecha reaccionó de inmediato intentando presentar esas palabras como un exabrupto, una provocación innecesaria, una falta de respeto intolerable.
Sin embargo, la reacción desmesurada del Partido Popular y de su ecosistema mediático fue, en realidad, la mejor prueba de que el golpe había dado en el centro de la diana.
Porque cuando alguien simplemente provoca, la derecha suele reírse, minimizar o mirar hacia otro lado.
Cuando alguien dice una verdad incómoda, entonces llega la indignación, el escándalo y el linchamiento mediático. Y esta vez estábamos claramente ante lo segundo.
Para entender por qué esa frase tuvo tanto impacto, hay que comprender algo esencial del funcionamiento político del Partido Popular.
El PP no discute política en sentido material; discute moral. O, mejor dicho, finge discutir moral para no discutir política.
Desde hace años, su estrategia no pasa por ofrecer soluciones a los problemas reales de la mayoría social, sino por construir un relato en el que ellos representan el bien absoluto y todo lo demás es sospechoso.
En ese relato, ETA cumple una función clave, no como realidad histórica —porque ETA ya no existe—, sino como símbolo permanente del mal.
Ese símbolo sirve para invalidar cualquier pacto, cualquier avance democrático, cualquier intento de normalización política.
No importa el contexto, no importan los años transcurridos, no importa que la violencia haya terminado.
ETA es el comodín que lo contamina todo. Alberto Núñez Feijóo llegó al Congreso con esa carta en la mano, convencido de que, una vez más, nadie se atrevería a cuestionarla. Durante demasiado tiempo, nadie lo hizo.
La izquierda, por miedo o por una prudencia mal entendida, aceptó ese marco.
Entró en la trampa, se justificó, bajó la cabeza y, cada vez que lo hacía, el PP reforzaba su posición.
Pero esta vez ocurrió algo distinto. Rufián no entró en el marco, no pidió perdón, no matizó, no se disculpó por existir.
Hizo algo que en la política española sigue siendo casi revolucionario: recordó hechos incómodos sin rodeos.
Y esos hechos son simples, aunque molesten. Fue el Partido Popular quien, cuando gobernaba España, negoció con ETA.
Fue el PP quien autorizó contactos. Fue el PP quien permitió acercamientos de presos.
Fue el PP quien asumió, como todos los gobiernos antes y después, que el final del conflicto armado solo podía llegar mediante decisiones políticas complejas.
Esto no es una opinión, es historia reciente ampliamente documentada por medios de comunicación y reconocida por protagonistas de distintas etapas.
La derecha intenta borrar esa parte del relato porque desmonta su discurso actual. Porque si negociar fue legítimo entonces, no puede ser ilegítimo ahora.
Y si fue ilegítimo, entonces el PP debería dar explicaciones por haberlo hecho. Pero no quiere hacer ninguna de las dos cosas. Ese es el núcleo de la hipocresía.
Cuando Rufián lanza esa frase, no está diciendo que el PP apoye el terrorismo. Esa lectura es una caricatura interesada.
Lo que está diciendo es algo mucho más devastador: que el PP no tiene autoridad moral para usar el terrorismo como arma política porque hizo exactamente aquello que ahora demoniza. Y esa verdad rompe el hechizo.
Durante años, el Partido Popular ha construido su identidad sobre una supuesta superioridad moral.
Ellos no pactan, ellos no ceden, ellos no negocian, ellos no se manchan. Pero la realidad es mucho más compleja, y Rufián la pone sobre la mesa sin florituras.
Por eso el silencio posterior pesa tanto. Porque Feijóo no puede responder. No puede decir “eso es mentira”, porque no lo es.
No puede decir “hicimos bien”, porque entonces legitimaría lo que hoy critica. Y no puede decir “hicimos mal”, porque eso implicaría reconocer que su partido engañó a sus votantes durante años.
Así que opta por lo único que le queda: mirar hacia otro lado. Ese momento es clave porque revela algo profundo.
Feijóo no es un líder con proyecto propio, sino un gestor atrapado en un relato heredado.
Un relato construido por la cúpula histórica del PP, por Aznar, por los grandes medios conservadores.
Y cuando alguien rompe ese relato, Feijóo se queda sin herramientas.
Aquí el debate deja de ser anecdótico y se vuelve estructural.
Lo que Rufián pone en cuestión no es solo una acusación concreta, sino el uso sistemático del miedo como herramienta política.
La derecha no habla de ETA porque le importe la memoria de las víctimas. Habla de ETA porque le permite no hablar de salarios, de alquileres imposibles, de listas de espera, de privatizaciones, de desigualdad.
ETA es la cortina de humo perfecta. Cada vez que la derecha la invoca, desplaza el debate a un terreno emocional donde se siente cómoda, donde no necesita datos ni propuestas, donde basta con señalar y acusar.
Durante mucho tiempo eso funcionó porque nadie se atrevía a decir lo evidente: que ese discurso es profundamente hipócrita.
Rufián lo dice y, al decirlo, devuelve algo fundamental a la política: la memoria completa.
No una memoria selectiva, no una memoria manipulada, sino una memoria que incluye también las decisiones incómodas del Partido Popular. Porque la memoria democrática no puede ser un menú a la carta.
Este punto es crucial para entender por qué este momento marca un antes y un después.
No porque cambie de inmediato el equilibrio parlamentario, sino porque rompe el complejo de la izquierda.
Demuestra que no hay que aceptar marcos morales impuestos, que no hay que pedir permiso para recordar, que no hay que callar para parecer responsable. La responsabilidad política no es silencio; es verdad.
La verdad es que el fin de la violencia en España fue el resultado de decisiones políticas difíciles tomadas por gobiernos de distinto signo.
Fingir ahora que solo unos fueron puros y otros traidores es una mentira que ya no se sostiene.
Por eso la reacción fue tan virulenta. Porque cuando se rompe una mentira estructural, quienes vivían de ella entran en pánico.
La reacción de Alberto Núñez Feijóo terminó de confirmar algo que muchos intuían desde hace tiempo: el supuesto líder moderado del PP es una construcción artificial.
Una etiqueta diseñada para vender normalidad donde solo hay vacío político. Durante meses fue presentado como el antídoto frente al extremismo, como el político serio y sensato que venía a devolver la política a la centralidad.
Pero esa imagen tenía una condición: que nadie le hiciera preguntas incómodas y que nadie le recordara el pasado real de su partido.
Cuando Rufián devuelve la acusación sobre ETA, esa máscara se cae. Feijóo no responde como un estadista, responde como alguien desarmado.
No niega los hechos porque no puede. Opta por indignarse, por victimizarse, por desviar el foco hacia las formas para no hablar del fondo. Es una estrategia vieja, pero revela debilidad.
Este episodio deja claro que el problema del PP no es Rufián. El problema del PP es su propia historia.
Una historia que quiere usar cuando le conviene y borrar cuando le incomoda. Pero la historia no desaparece porque se ignore.
Y cuando alguien se atreve a traerla al presente, el relato entero empieza a resquebrajarse.
La disputa de fondo no es una frase ni un cruce de reproches. Es una batalla por la memoria y, por tanto, por el poder.
En España, la memoria no es solo un ejercicio histórico; es una herramienta política.
Quien controla el relato del pasado tiene una enorme ventaja para condicionar el presente. La derecha lo ha sabido siempre. Por eso nunca ha librado una batalla honesta por la memoria, sino una guerra selectiva.
ETA es el ejemplo más claro. Para el PP, no es un fenómeno histórico con principio y final, sino un símbolo congelado, eternamente útil.
No importa que hayan pasado más de diez años desde el fin de la violencia armada. No importa que exista un consenso social amplio sobre la necesidad de pasar página sin olvidar. ETA sigue siendo el espantajo perfecto.
¿Por qué? Porque permite evitar cualquier debate incómodo sobre el presente.
Cada vez que se habla de desigualdad, se grita terrorismo. Cada vez que se habla de derechos sociales, se insinúa traición. Es una estrategia profundamente cínica que instrumentaliza el dolor de las víctimas como munición electoral.
Cuando Rufián recuerda que el PP también negoció, no ataca a las víctimas. Ataca ese uso obsceno de su sufrimiento.
Está diciendo algo esencial: la paz fue una decisión política compartida, no una victoria moral exclusiva de nadie. Y eso desmonta el discurso conservador.
Este episodio no es una anécdota. Es una grieta en una estrategia que llevaba décadas funcionando.
Una grieta que demuestra que el relato no es intocable, que la memoria no es propiedad privada, que el miedo no tiene por qué paralizar.
Para la izquierda, la lección es clara: no se trata de competir en provocación, sino de disputar el sentido común con memoria, rigor y valentía.
A veces, recordar sin miedo es el acto político más subversivo que existe. Porque quien recuerda sin miedo ya no se deja gobernar por el miedo. Y en ese punto, la derecha pierde su mayor ventaja.
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