Luis Pliego, director de la revista Lecturas, sobre María del Monte: “Me parece que es un bofetón a Isabel Pantoja porque este niño no tiene abuela”

María del Monte e Isa Pantoja disfrutaron de un día muy especial en Sevilla. Un reencuentro que pone de manifiesto cuál es su verdadera relación.

En Sevilla, en Semana Santa, hay escenas que pasan desapercibidas entre incienso, saetas y balcones a reventar. Y luego están las otras: las que, sin decir nada, lo dicen todo.

 

Esta vez no fue una exclusiva “de escándalo” ni un grito a cámara. Fue algo más silencioso —y por eso mismo más potente—: María del Monte pendiente de un niño, en un balcón codiciado, mientras a su lado Isa Pantoja recuperaba una normalidad que, para ella, lleva tiempo siendo un lujo.

 

Lo que hace que estas imágenes hayan explotado no es solo la ternura. Es el contexto. Es el pasado. Y es la frase que terminó de ponerle pólvora al debate, dicha en televisión por Luis Pliego, director de Lecturas: “Me parece que es un bofetón a Isabel Pantoja porque este niño no tiene abuela.” Cuando alguien suelta eso en un plató, no está comentando una foto. Está señalando una ausencia.

 

Y una ausencia, en una familia famosa, suena más fuerte que cualquier titular.

 

Las imágenes, publicadas este miércoles por Lecturas, sitúan el reencuentro en un punto muy concreto: Miércoles Santo, balcón del Hotel Querencia, uno de los lugares más solicitados de la ciudad para ver las procesiones.

 

Allí, según la crónica, María del Monte estuvo muy pendiente del pequeño Alberto, el hijo mayor de Isa. No es un detalle menor. En el lenguaje universal de las familias, estar pendiente de un niño —de su abrigo, su cansancio, su paciencia, sus tiempos— no es postureo: es un rol.

 

Y ese rol es precisamente el que el artículo subraya con una expresión que ha hecho saltar chispas: “María del Monte ejerce de abuela.”

 

En España, “ejercer” en estos casos no significa figurar. Significa estar. Y la palabra “abuela”, en una historia donde se habla de distancias y fracturas, no se lee como una etiqueta bonita; se lee como una sustitución emocional. Como un hueco ocupado. Como una puerta que alguien decide abrir cuando otras se han quedado cerradas.

 

El momento llega, además, con un trasfondo que le da todavía más sentido a la escena. Isa Pantoja ha contado —según recoge Lecturas— que María del Monte es “la única persona” con la que mantiene “algún tipo de lazo familiar”.

 

Esa frase, por sí sola, ya es un retrato. No hace falta añadir música dramática: si una hija, en público, afirma que su lazo familiar se reduce a una figura que no es su madre biológica sino su madrina, la lectura se hace sola.

 

Pero hay más. Según esa misma información, María se interesó por Isa tras el nacimiento de su hijo y también después de un bache de salud por una apendicitis. En otras palabras: no hablamos de un “hola, qué tal” ocasional. Hablamos de apoyo en momentos sensibles. De esos que se recuerdan porque llegan cuando no estás para sonreír.

María del Monte

Y aquí entra la parte que convierte una foto bonita en una noticia con colmillo: el pasado entre ellas.

 

El texto recuerda que han pasado más de dos décadas desde la última vez que se las vio juntas de manera cercana, y que Isa era una niña cuando se rompió la relación entre María del Monte e Isabel Pantoja, arrastrando también la separación con su ahijada.

 

Dos décadas no son un enfado tonto. Dos décadas son una vida. Dos décadas son: adolescencia, decisiones, heridas, relatos familiares que se consolidan y silencios que se vuelven costumbre.

 

Por eso estas imágenes no se leen como un reencuentro casual. Se leen como una corrección del destino. O, como mínimo, como un intento de recuperar el tiempo perdido.

 

En el plató de “El Programa de AR”, Luis Pliego fue más allá del titular emocional y aportó un matiz que cambia el enfoque: según explicó, María del Monte e Isa Pantoja han estado hablando por teléfono, y el vínculo sería más cercano de lo que han dejado ver. Dicho de otra forma: esto no sería una foto aislada de Semana Santa para la revista. Sería la punta de un hilo que llevan tiempo cosiendo fuera de foco.

 

Pliego también detalló que María estuvo muy pendiente de Isa tras su operación y que, con el tiempo, “ha pasado a mayores”. Y añadió un dato logístico con sabor a intimidad: fue María quien invitó personalmente a Isa a pasar la Semana Santa, y Isa aceptó “sin dudarlo”. El balcón, puntualizó, sería el que alquila María con su mujer, y ambas la invitaron.

María del Monte

En una ciudad como Sevilla, Semana Santa no es “un plan”. Es una declaración. Es tradición, familia, pertenencia, calor humano y también exposición: todo el mundo mira. Elegir ese escenario para un reencuentro no es casual. Es casi simbólico: si vas a volver a acercarte a alguien después de veinte años, hacerlo en un lugar público pero emocionalmente cargado es como decir “esto va en serio”.

 

Y entonces aparece la gran pregunta que el público se hace —aunque no siempre lo diga con educación—: ¿por qué ahora?

 

No hay una única respuesta, pero el propio relato ofrece pistas. La primera: el cuidado. Cuando alguien se interesa por ti tras un parto, tras una operación, tras un problema de salud, se reactivan la confianza y el sentido de tribu.

 

La segunda: el hijo. Los niños, muchas veces, funcionan como puente. No porque “arreglen” nada, sino porque hacen que la vida vuelva a lo esencial: horarios, cansancio, ternura, necesidades básicas. La tercera: el tiempo. Veinte años después, el orgullo pesa menos… o se vuelve más absurdo.

 

Y la cuarta, la más delicada: la soledad familiar.

 

Que Isa declare que su único lazo familiar es María del Monte no solo dibuja un vínculo. Dibuja un vacío alrededor. Y ese vacío es el que convierte la frase de Pliego en un “bofetón” mediático: sugiere que el niño “no tiene abuela” en el sentido afectivo, visible, presente. No es un diagnóstico legal. Es una lectura emocional. Y en televisión, lo emocional suele ganar a lo jurídico por goleada.

 

Ahora bien: ¿es justo reducirlo todo a un golpe contra Isabel Pantoja?

 

Ahí está el truco del asunto. Porque una imagen puede ser dos cosas al mismo tiempo. Puede ser un gesto de amor hacia Isa y el niño… y, a la vez, una escena que deja mal parada a otra persona por contraste. No hace falta que haya mala intención para que exista impacto. A veces el “bofetón” no lo da quien aparece en la foto; lo da la realidad comparada.

 

En cualquier caso, el debate ha quedado servido: ¿estamos ante una reconciliación de verdad o ante un capítulo bonito dentro de un drama que no se resuelve?

 

Las palabras de María del Monte en televisión, citadas en la propia pieza, apuntan a lo primero. En un encuentro de hace unos años dijo algo que hoy suena casi profético: “A ella también la veo como mi familia… Isa es alguien a quien yo quiero muchísimo y si es feliz, yo soy feliz.” Esa frase tiene dos claves. La primera: María no habla como una “amiga de la familia”; habla como familia. La segunda: el foco está en la felicidad de Isa, no en el relato público.

 

Y ahí es donde esta historia engancha tanto: porque no va de un salseo rápido, va de una pregunta universal.

 

¿Quién te sostiene cuando tu apellido pesa más que tu vida?

 

Isa Pantoja ha vivido durante años bajo el foco de una familia convertida en fenómeno. Cada decisión se comenta. Cada distancia se interpreta. Cada gesto se convierte en bando. Y, en ese contexto, que una figura adulta y reconocible —María del Monte— se muestre presente con su hijo, en un escenario tan simbólico como Sevilla en Semana Santa, funciona casi como un mensaje: “No estás sola”.

 

A veces la reconciliación más importante no es la que el público exige (madre e hija). Es la que la persona necesita (alguien que sea hogar, aunque no sea “lo esperado”).

 

Por eso el titular “ejerce de abuela” ha tocado un nervio colectivo. Porque la palabra “abuela” no es solo una relación de sangre. Es una función emocional: cuidar, acompañar, poner límites suaves, dar seguridad. Y cuando esa función la ejerce alguien que no es quien se supone que debería ejercerla, el contraste duele. Incluso a quienes no son fans de nadie.

 

El elemento Sevilla también tiene su propia narrativa dentro de esta historia. El balcón, el Miércoles Santo, la tradición compartida… Todo eso crea un marco de “familia elegida” que contrasta con la familia biológica fracturada. Y no es casual que el relato se apoye en imágenes tiernas: la ternura, en pleno 2026, sigue siendo una de las armas más virales. No porque sea cursi, sino porque es rara en medio de tanto conflicto.

 

Además, la historia cae en un momento en el que el universo Pantoja vuelve a estar en plena conversación mediática. En paralelo se habla de distancias, reconciliaciones, tensiones cruzadas. Y, cuando el entorno está caliente, una escena así se convierte en chispa.

 

Pero lo que sostiene el interés del público no es solo “quién queda mal”. Es lo que se intuye detrás: llamadas, invitaciones, cuidados después de una operación, una relación que se reconstruye sin ruedas de prensa. Como si por fin hubiera algo que ocurre de verdad mientras los demás solo opinan.

 

Y, para Isa, el gesto puede ser más grande de lo que parece: aceptar una invitación, exponerse en un balcón tan visible, dejarse ver con alguien con quien estuvo separada veinte años… Eso no se hace si no hay confianza. O si no hay necesidad emocional de recuperar un lugar seguro.

 

En el fondo, esta historia tiene un final abierto, pero no es un final “de revista”. Es un final de vida real: la posibilidad de que, después de dos décadas, alguien vuelva a ocupar un sitio que nunca debió quedar vacío.

 

Porque quizá lo más llamativo no sea que María del Monte “ejerza de abuela”. Lo verdaderamente llamativo es que, en 2026, en una familia donde sobra fama y faltan abrazos, haya alguien dispuesto a ejercer de lo que haga falta para que un niño esté bien y su madre respire un poco.

 

Eso, para muchos, no es un titular.

 

Es un acto de familia. Aunque a algunos les parezca un bofetón.