ROSANA LAVIADA da un TERRORÍFICO AVISO sobre SÁNCHEZ y su FUTURO.

 

 

 

 

 

 

Hay conversaciones que, sin necesidad de grandes titulares ni estridencias, retratan con una precisión quirúrgica el momento político que vive un país.

 

No hacen falta consignas ni frases grandilocuentes. Basta con una reflexión sostenida, una comparación incómoda y una mirada larga al futuro para entender por qué una parte creciente de la sociedad percibe que algo se ha roto en la relación entre el poder y la ciudadanía.

 

 

La pregunta de fondo es sencilla, aunque profundamente inquietante: ¿puede Pedro Sánchez mantenerse en el poder hasta el final de la legislatura, incluso perdiendo las próximas elecciones? Para muchos analistas, la respuesta no solo es afirmativa, sino que revela una forma muy concreta de entender la política, el liderazgo y la supervivencia dentro de los partidos.

 

 

Si Sánchez decide aferrarse al cargo hasta agosto de 2027, estaría hablando de casi 900 días más al frente del Gobierno.

 

Dos años y medio que, en el contexto actual, parecen una eternidad.

 

 

Sin embargo, quienes conocen bien los engranajes internos del Partido Socialista y la lógica del poder en España no lo ven como una hipótesis descabellada, sino como un escenario perfectamente plausible.

 

 

La clave no está únicamente en ganar o perder elecciones, sino en controlar el partido.

 

En la España política, perder unas elecciones no siempre significa perder el liderazgo.

 

Y eso es algo que Sánchez ha demostrado con hechos a lo largo de su trayectoria.

 

Ha sobrevivido a derrotas, a crisis internas, a intentos de defenestración y a escenarios que habrían acabado con la carrera política de cualquier otro dirigente.

 

El escaño, la posición institucional y el control orgánico del partido funcionan como un auténtico refugio.

 

Un blindaje. Una protección que no depende necesariamente del resultado en las urnas, sino de la capacidad de mantener cohesionada —o neutralizada— a la estructura interna.

 

Porque la pregunta que pocos se atreven a formular en voz alta es esta: ¿quién se rebelaría contra el líder al día siguiente de perder unas elecciones si ese líder sigue teniendo el control de los resortes clave?

 

La política, al final, también es aritmética de poder. Y en los partidos, como se decía antiguamente, el problema no surge cuando hay muchos cargos para pocos militantes, sino cuando hay muchos militantes para pocos cargos.

 

Cuando se pierde el Gobierno, no solo se pierden ministerios o consejerías. Se pierden puestos, asesores, direcciones generales, empresas públicas, diputaciones, organismos y toda una red de influencias que sostiene la vida interna de los partidos.

 

Ahí es donde se entiende una de las grandes paradojas del momento actual: el Partido Popular ganó las elecciones generales, pero no gobierna.

 

Una victoria que, en la práctica, se convierte en una frustración política. Frente a eso, una derrota puede resultar menos traumática si el líder sale fortalecido y mantiene el control interno.

 

La política española ha demostrado, más de una vez, que no siempre gana quien obtiene más votos, sino quien sabe moverse mejor en los despachos.

 

En este contexto, la figura de Sánchez aparece descrita por algunos analistas como la de un político implacable, capaz de resistir cualquier embate.

 

Un dirigente al que se atribuye una habilidad casi caníbal para devorar a sus adversarios internos antes de que estos puedan organizarse.

 

No se trata de una cuestión moral, sino de eficacia política. Y esa eficacia, guste o no, ha sido una constante en su carrera.

 

La otra cara de la moneda es la oposición. Un centro-derecha que, según esta visión crítica, llega tarde, reacciona mal y no anticipa los movimientos del adversario.

 

Partido Popular y Vox aparecen retratados como fuerzas incapaces de marcar la agenda, siempre un paso por detrás, atrapadas en debates secundarios mientras el Gobierno maniobra con ventaja.

 

Un ejemplo claro de esta dinámica se ha visto recientemente con la polémica en torno al salario mínimo interprofesional.

 

Un asunto que, en teoría, debería beneficiar a millones de trabajadores, pero que se ha convertido en un espectáculo político dentro del propio Gobierno.

 

Ministras de distintos partidos, sentadas en el mismo Consejo de Ministros, escenificando desacuerdos públicos, reproches cruzados y una confusión que desconcierta a la ciudadanía.

 

 

Durante días, la sensación fue la de un conflicto espontáneo, casi improvisado. Declaraciones contradictorias, ruedas de prensa tensas, gestos incómodos.

 

Pero con el paso de las horas y la aparición de nuevos datos, muchos han empezado a interpretar el episodio como un paripé cuidadosamente calculado.

 

Una escenificación destinada a repartir papeles: una ministra marcando perfil social, otra asumiendo el desgaste técnico y el presidente observando desde una posición de árbitro benevolente.

 

La actitud de Sánchez durante la sesión de control fue especialmente reveladora para quienes saben leer el lenguaje no verbal en política.

 

Amabilidad con Yolanda Díaz, frialdad con María Jesús Montero. Un mensaje implícito dirigido tanto al Gobierno como al partido: aquí mando yo. Nadie va a caer por esto. Nadie va a pagar el precio político. Y, sobre todo, el desgaste se reparte de forma quirúrgica.

 

Desde el punto de vista estratégico, la jugada tiene lógica. Subir salarios siempre vende bien.

 

Dar, regalar, anunciar mejoras económicas suele tener un efecto positivo inmediato. Pero el problema surge cuando el mensaje final que recibe el ciudadano es contradictorio.

 

Porque si a casi dos millones de personas se les dice que su salario sube 50 euros, pero al mismo tiempo se abre el debate sobre si esos 50 euros van a estar sujetos a retenciones fiscales, la sensación de alivio se convierte rápidamente en frustración.

 

Por eso muchos dan por hecho que el Gobierno acabará rectificando. Que no habrá retención del IRPF para los perceptores del salario mínimo.

 

No porque sea lo más justo desde el punto de vista técnico, sino porque políticamente sería insostenible explicar que una subida tan modesta se vea parcialmente neutralizada por impuestos. El coste electoral sería demasiado alto.

 

Sin embargo, el debate de fondo va mucho más allá del salario mínimo. Y ahí es donde aparece una de las críticas más profundas y preocupantes.

 

¿Cómo es posible que un país esté centrando su discusión política en un salario que apenas permite llegar a fin de mes, en lugar de hablar de creación de riqueza, innovación, productividad, empresas, tecnología y futuro?

 

Ese es el verdadero síntoma de un problema estructural. Cuando una sociedad normaliza la precariedad hasta el punto de celebrarla como un logro, algo no funciona.

 

Cuando el horizonte vital de toda una generación se reduce a sobrevivir con lo justo, el riesgo no es solo económico, sino cultural y social.

 

Hay una generación entera que ha crecido en el conformismo. Educada para aceptar que vivir peor que sus padres es lo normal.

 

Que no acceder a una vivienda es lo habitual. Que encadenar contratos precarios es parte del sistema.

 

Y lo más inquietante es que, en muchos casos, esa generación empieza a asumirlo sin rebelión, sin expectativas, sin horizonte.

 

Para quienes tienen hijos, la preocupación se multiplica. Ya no se trata solo de proteger la propia situación, sino de garantizar que lo que viene detrás tenga alguna oportunidad real.

 

Un futuro prometedor no se construye con parches ni con debates superficiales. Se construye con políticas a largo plazo, con incentivos a la innovación, con un tejido empresarial fuerte y con un sistema educativo alineado con las necesidades del siglo XXI.

 

Sin embargo, la sensación dominante es que España va en dirección contraria. Que se está lastrando a toda una generación, empujándola hacia una precariedad estructural que se normaliza desde el discurso político.

 

Un discurso que habla de derechos, pero que rara vez habla de responsabilidades, de productividad o de competitividad.

 

El problema no es solo económico. Es moral. Es cultural. Es social. Porque cuando se instala la idea de que aspirar a más es casi un acto egoísta, el país entra en una dinámica peligrosa.

 

La del estancamiento. La de la resignación. La de una sociedad que se acostumbra a vivir peor mientras se le dice que es por su bien.

 

En este escenario, Pedro Sánchez aparece como un político extraordinariamente hábil para moverse en aguas turbulentas.

 

Capaz de resistir, de maniobrar, de dividir a sus adversarios y de mantenerse en pie incluso cuando todo parece en su contra. Pero esa habilidad, por sí sola, no resuelve los problemas de fondo.

 

La pregunta que queda flotando en el ambiente es inquietante: ¿hasta cuándo puede sostenerse este modelo? ¿Cuánto tiempo puede un país vivir instalado en el corto plazo, en la gestión del conflicto, en el relato y no en la realidad? ¿Cuánto tarda una generación en darse cuenta de que le han robado el futuro mientras se entretenía con debates secundarios?

 

 

La política española vive un momento decisivo. No tanto por quién gane o pierda las próximas elecciones, sino por el rumbo que se está marcando a largo plazo. Y ese rumbo, hoy por hoy, genera más inquietud que esperanza.

 

 

La verdadera batalla no está en el Congreso ni en los platós de televisión. Está en el día a día de millones de personas que intentan construir un proyecto de vida en un contexto cada vez más incierto.

 

Ignorar esa realidad, maquillarla o convertirla en propaganda es el mayor error que puede cometer cualquier Gobierno.

 

Porque al final, el poder puede resistir, los líderes pueden aferrarse al sillón y las estrategias pueden funcionar durante un tiempo.

 

Pero cuando una sociedad entera empieza a sentir que el futuro se le escapa de las manos, ninguna maniobra política es suficiente para contener ese descontento.

 

Y ese, más allá de nombres y siglas, es el verdadero desafío que tiene España por delante.