Lorena Gómez conmueve con una carta a su madre fallecida: “Hay una parte de mí que ya no existe”.

 

 

La cantante le ha dedicado unas emotivas palabras a su progenitora, que falleció en 2020 a causa de un cáncer.

 

 

 

Lorena Gómez.

 

 

Hay momentos en la vida que no se anuncian, que llegan sin previo aviso y lo cambian todo para siempre. Instantes en los que la felicidad y el dolor se dan la mano de una forma tan brutal que cuesta incluso ponerles nombre.

 

Para Lorena Gómez, el año 2020 no fue solo un año difícil: fue una frontera emocional. Un antes y un después marcado por el nacimiento de su hijo y, casi al mismo tiempo, por la pérdida más devastadora que se puede experimentar: la de una madre.

 

La cantante, ganadora de Operación Triunfo 2006, ha decidido ahora, cinco años después, abrir una herida que nunca terminó de cerrarse.

 

Lo ha hecho con palabras desnudas, sin artificios, sin filtros. Una carta leída en voz alta y compartida en redes sociales que ha tocado algo muy profundo en miles de personas.

 

Porque no habla solo de ella. Habla de cualquiera que haya tenido que aprender a vivir con un vacío que no se llena.

 

 

 

La cantante le ha dedicado unas conmovedoras palabras a su madre, fallecida en 2020.

 

El vídeo, acompañado de imágenes íntimas de su infancia y de los años compartidos con su madre, no es un homenaje al uso. Es una conversación pendiente. Un diálogo imposible que Lorena convierte en palabras para no ahogarse en el silencio.

 

 

“Después de perderte, mamá, ya no volví a ser la misma”. Así comienza una carta que no busca consuelo fácil.

 

Desde la primera frase deja claro que la pérdida no se supera, se aprende a cargar con ella. “Una parte de mí se fue contigo, algo que solo tú conocías”.

 

Esa frase resume una verdad incómoda: nadie nos conoce como una madre. Cuando se va, se lleva también una versión de nosotros que ya no vuelve.

 

Lorena pone palabras a ese hueco invisible que deja la ausencia. Habla de un silencio interior, de un vacío que nadie más puede llenar, por mucho amor que haya alrededor.

 

Y lo hace sin dramatismos impostados, desde un lugar honesto, casi susurrado, que conecta directamente con quien escucha.

 

A lo largo de la carta, la cantante confiesa algo que muchos sienten pero pocos se atreven a decir en voz alta: que el duelo no es lineal.

 

Que hay días en los que parece que todo está en calma y otros en los que la ausencia pesa como el primer día.

 

“A veces me escucho hablando como tú, cuidando como tú, siendo como tú… y sonrío”. En esa frase hay dolor, pero también orgullo.

 

La certeza de que una madre no desaparece del todo, porque sigue viviendo en los gestos, en la forma de amar, en la manera de proteger a los demás.

 

 

 

El contexto en el que Lorena perdió a su madre hace que su historia sea todavía más impactante.

 

Su progenitora falleció a causa de un cáncer apenas unos días después de que la cantante diera a luz a su hijo, René.

 

Vida y muerte cruzándose sin dar tiempo a respirar. Mientras una nueva etapa comenzaba, otra se cerraba de la forma más cruel posible.

 

Convertirse en madre al mismo tiempo que se pierde a la propia es una experiencia que descoloca cualquier equilibrio emocional.

 

Lorena lo deja entrever cuando le habla a su madre desde ese nuevo rol. Le cuenta que sigue adelante, que no está tan feliz ni tan segura como antes, pero que sigue en pie. No hay heroísmo en sus palabras. Hay cansancio, pero también determinación.

 

 

“Sigo luchando por mis sueños, que también eran los tuyos”, le dice. En esa frase se entiende mucho de su manera de vivir el duelo: como una responsabilidad heredada.

 

Como la necesidad de no rendirse porque alguien que ya no está creyó en ella antes que nadie.

 

La cantante también se detiene en algo fundamental: el sostén emocional. Reconoce que no camina sola.

 

Habla de la gente que la cuida, que la quiere de verdad, de esos apoyos silenciosos que no siempre hacen ruido, pero sostienen cuando todo tiembla.

 

Entre ellos, sus hermanas, a las que define como sus pilares. Mujeres que han tenido que recomponerse juntas, aprender a ser familia sin la figura que lo cohesionaba todo.

 

Y, por encima de todo, aparece su hijo. René. El nieto que su madre apenas pudo conocer, pero que se ha convertido en el motor de Lorena.

 

“Me da las fuerzas que necesito para seguir adelante”, confiesa. En esa frase se entiende cómo el amor puede transformarse: del dolor más profundo nace también una razón para no caer.

 

Lorena no se olvida de su padre. Habla de él con una ternura especial, asegurando que lo siguen cuidando “como tú lo harías, con amor y con mucha paciencia”.

 

Es una forma de decir que la ausencia también reorganiza los roles, que obliga a crecer de golpe, a asumir responsabilidades emocionales para las que nadie te prepara.

 

Uno de los fragmentos más honestos de la carta llega cuando la cantante admite que hay una parte de ella que ya no existe.

 

No intenta maquillar la pérdida ni convertirla en una lección edulcorada. “No te voy a mentir”, dice. Esa parte murió con su madre.

Pero, al mismo tiempo, reconoce que otra parte ha aprendido a sobrevivir, a querer más fuerte, a agradecer incluso desde la herida.

 

La Lorena que habla ahora no es la misma joven que ganó Operación Triunfo ni la mujer que se convirtió en madre en 2020.

 

Es alguien reconstruido a base de ausencias. “Si pudieras verme ahora, encontrarías a una mujer distinta, pero hecha en gran parte de ti”.

 

Es una frase que resume el legado silencioso de las madres: no solo nos dan la vida, nos enseñan a vivirla incluso cuando ya no están.

 

La carta culmina con una reflexión que ha emocionado a miles de seguidores. “Aunque ya no estés, todo lo que hoy soy lleva tu nombre”.

 

No es una metáfora grandilocuente. Es una declaración de identidad. La afirmación de que el amor no desaparece con la muerte, solo cambia de forma.

 

La reacción en redes sociales no se hizo esperar. Miles de mensajes de personas que se han sentido reflejadas, que han vivido pérdidas similares, que han encontrado en las palabras de Lorena un espejo donde mirarse sin sentirse solas.

 

Porque cuando alguien con visibilidad se atreve a hablar del duelo sin disfraces, abre una puerta para muchos otros.

 

Más allá de la emoción, este testimonio tiene un valor profundo en un momento en el que la tristeza suele esconderse.

 

Lorena no habla desde la victimización ni desde la superación forzada. Habla desde la aceptación imperfecta.

Desde la idea de que se puede seguir adelante sin estar completamente bien, sin haberlo sanado todo.

 

Su carta no busca likes, aunque los tenga. Busca algo mucho más importante: decir en voz alta que el dolor existe, que acompaña, que transforma. Y que no pasa nada por reconocerlo.

 

En un mundo que empuja constantemente a mostrar solo la parte luminosa, gestos como este recuerdan que la vulnerabilidad también es una forma de fortaleza. Que hablar de una madre perdida no es quedarse anclado en el pasado, sino honrarlo.

 

La historia de Lorena Gómez no es solo la de una artista conocida. Es la de una hija, una madre, una mujer que ha aprendido a vivir con una ausencia que no se llena, pero se integra. Y al compartirlo, ha regalado a muchos la posibilidad de sentirse comprendidos.

 

Quizá por eso su carta no se olvida fácilmente. Porque no intenta cerrar una herida. La muestra tal como es. Y en esa honestidad, hay algo profundamente sanador.