Rufián necesita solo una imagen para retratar a Feijóo tras recoger cable con su apoyo a Trump.
El portavoz de ERC ha respondido al mensaje que el líder del PP lanzó en plena crisis internacional entre Estados Unidos e Irán.

En política, hay días en los que no hace falta un editorial, ni un hilo kilométrico, ni una rueda de prensa con cara de “esto es gravísimo”. A veces basta un gesto mínimo para que todo el mundo entienda lo que está pasando.
Y este miércoles, en plena resaca de tensión internacional por el pulso entre Estados Unidos e Irán, Gabriel Rufián encontró la manera más eficaz (y más cruelmente simple) de retratar a Alberto Núñez Feijóo: una sola imagen.
Ni una frase. Ni un “te lo dije”. Ni un “qué vergüenza”. Solo una foto: una mano con un cable enrollado, el símbolo perfecto —en el idioma político español— de la “recogida de cable”. Esa maniobra clásica de cuando alguien se asoma al abismo, mira abajo, y decide dar dos pasos hacia atrás intentando que parezca que estaba ahí por voluntad propia.
La escena no ocurre en el vacío. Llega en un momento en el que cada declaración pública tiene un peso especial: el mundo estaba pendiente de las amenazas de Donald Trump a Irán por el bloqueo del estrecho de Ormuz, un punto estratégico que, cuando se menciona en clave de crisis, hace que suban de golpe la ansiedad diplomática y el precio de las preocupaciones globales. En ese clima, Feijóo publicó un mensaje en X (antes Twitter) que pretendía sonar institucional, moderado, de estadista en tiempos delicados.
El martes, alrededor de las 20:30, con la incertidumbre todavía viva sobre cuál sería el siguiente movimiento de Washington, Feijóo lanzó un dardo al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con un texto que se resumía en una idea: en momentos delicados “sensatez”, no “brutalidad”; y remataba con una frase de trazo grueso, muy de “Occidente”: “Occidente no es esto”. El tipo de mensaje que busca colocarte en el bando de los adultos responsables sin mancharte demasiado las manos.
Solo que el problema —según la lectura que se ha hecho en redes y que recoge elplural.com (08/04/2026)— es que esa apelación a la sensatez llegó después de que el propio Feijóo hubiera defendido, en otras ocasiones y con otras palabras, alineamientos que parecían más próximos a esa retórica de “bloques” que ahora criticaba. Por eso su publicación se llenó rápidamente de respuestas señalando hipocresía, contradicciones y similitudes con mensajes que Sánchez ya había expresado al inicio del conflicto.
Y entonces entró Rufián.
El portavoz de ERC, que conoce el valor de un golpe rápido en redes como quien conoce el camino a casa con los ojos cerrados, citó el tuit de Feijóo y subió la foto del cable enrollado.
Es un recurso casi infantil por lo evidente, pero precisamente por eso funciona: no exige contexto, no necesita subtítulos y no deja demasiado espacio para matices. En un timeline donde la gente decide en dos segundos si te cree o si te desliza hacia el olvido, esa economía del golpe es oro.
La interpretación era inmediata: Feijóo habría “recogido cable” en su posición, ajustándola después de comprobar que el escenario amenazado por Trump no se materializaba como se había insinuado. Es decir, que el gesto de prudencia podía leerse menos como convicción y más como corrección a posteriori para no quedarse pillado en una foto incómoda de alineamientos.
La propia pieza de elplural.com subraya el efecto viral del movimiento: en pocas horas, la publicación de Rufián acumulaba decenas de miles de “me gusta” y miles de visualizaciones (las métricas varían con el tiempo, pero el punto es el mismo: el mensaje corrió).
Y eso, en 2026, no es un detalle accesorio. Es el termómetro de la conversación pública: lo que se comparte no siempre es lo más profundo, pero casi siempre es lo que mejor captura una sensación colectiva.
Aquí hay una clave que explica por qué este tipo de “zascas” triunfan: la gente no discute la geopolítica; discute la coherencia. El ciudadano medio no necesita dominar el mapa del estrecho de Ormuz para oler una rectificación a destiempo.
Puede no saber el alcance real de cada amenaza, pero sí entiende el lenguaje universal del “ahora digo una cosa, ahora digo otra”. Y cuando un líder de la oposición intenta situarse como referente moral de “Occidente” en mitad de una crisis, el listón se le pone todavía más alto.
El trasfondo internacional, además, venía cargado de dramatismo. Según lo publicado, Trump habría llegado a asegurar que “borraría a Irán del mapa” como ultimátum por el bloqueo del estrecho.
Son palabras extremas, con una carga retórica que, incluso cuando no se traduce en acción inmediata, eleva la tensión global y obliga a gobiernos y oposiciones a medir cada coma. Pero la realidad política de Trump —y aquí es donde entra la ironía que explotan tanto humoristas como comentaristas— es que su estrategia comunicativa muchas veces mezcla amenaza máxima con margen de maniobra posterior.
De hecho, el giro que desinfló el globo fue que Trump anunció una pausa de dos semanas, un “alto” temporal, presentándolo como una etapa hacia un acuerdo. La idea de “dos semanas” se convirtió en el nuevo marco: no era la ofensiva inmediata que se temía, sino una suspensión del golpe con promesa de negociación.
Ese cambio de escenario es el que, según la crónica, habría dejado a Feijóo en una posición delicada: su mensaje del martes se había publicado cuando todavía parecía plausible un desenlace peor, y el miércoles, con la amenaza no cumplida en los términos insinuados, su intervención podía leerse como oportunismo o como corrección sobre la marcha.
Y ahí es donde la foto del cable se vuelve letal.
Porque no acusa con datos. Acusa con una sensación: la de que alguien se subió al tren de la indignación y luego se bajó en la estación siguiente fingiendo que solo estaba mirando el paisaje. Rufián no intenta demostrar un argumento; intenta fijar una etiqueta. Y las etiquetas son peligrosas porque, una vez pegadas, cuesta mucho despegarlas.
También hay un segundo nivel en todo esto, menos obvio pero igual importante: la batalla por la “centralidad”. Feijóo intenta ocupar el espacio del líder moderado, el que pide sensatez y pone límites a la “brutalidad”. Rufián, al ridiculizarlo con una imagen, intenta impedirle esa corona. En el fondo, no se trata solo de Trump o Irán: se trata de quién puede hablar en nombre de la sensatez sin que le recuerden sus contradicciones.
Lo más interesante es cómo cambia el tipo de munición política. Antes, una réplica era un discurso; luego fue un tuit con frase ingeniosa; ahora puede ser directamente una imagen sin texto. Es una evolución lógica: cuanto más ruido, más valor tiene lo instantáneo. La imagen del cable enrollado funciona como un “meme” sin ser exactamente un meme, y por eso puede circular entre gente que ni siquiera sigue el debate de cerca.
Mientras tanto, el contenido original de Feijóo tenía una intención clara: situarse por encima del barro interno y marcar perfil en medio de una crisis internacional, apuntando a Sánchez. Pero el ecosistema de redes convierte cualquier intento de solemnidad en una invitación a la auditoría pública: “¿Esto lo dices siempre o lo dices hoy?” “¿Lo dirías si el desenlace fuera otro?” “¿Eres coherente cuando cambia el viento?”
Y en el caso de Feijóo, la conversación se le volvió en contra por dos motivos que se retroalimentan. Primero, porque su mensaje recordaba al tipo de apelación moral que su adversario ya había usado, lo que le restaba originalidad y le exponía a la acusación de ir a rebufo. Segundo, porque el desenlace “aplazado” de Trump daba pie a que cualquier postura excesivamente segura del martes pareciera precipitada el miércoles.
Rufián aprovechó exactamente esa ventana: el momento justo en el que el relato cambia de “esto puede estallar” a “se aplaza”. En política, quien domina el timing domina media conversación. Y el portavoz de ERC jugó a lo suyo: rapidez, síntesis y un golpe que no requiere explicaciones.
¿Significa esto que Feijóo “apoyaba a Trump” y luego se desdijo? Eso es parte del debate y depende del historial que cada cual le atribuya y de cómo se interpreten sus mensajes previos. Pero lo que sí es innegable, al menos en el plano comunicativo, es que la percepción de rectificación quedó instalada con una facilidad insultante. Y en 2026, la percepción es el primer borrador de la realidad.
Al final, lo que deja este episodio no es solo una anécdota de redes. Es una radiografía de la política moderna: una crisis internacional real, un líder que intenta posicionarse, un adversario que responde con un símbolo visual y una audiencia que decide quién “gana” no por la profundidad del análisis, sino por quién clava mejor el mensaje en el menor tiempo posible.
Rufián no necesitó argumentar.
Solo necesitó recordar —con una mano y un cable— que, en política, rectificar está permitido… pero rectificar tarde y con pose se paga caro.
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