Iker Jiménez contesta a Pedro Sánchez después de ser mencionado en la tribuna del Congreso: “Si quiere debate, aquí está mi invitación”.
El presentador invitó a Sánchez a “zanjar” el debate desde plató y ante los espectadores: “Un presidente y un humilde periodista preguntándonos cosas”.

Iker Jiménez en ‘Horizonte’.
Hay días en los que el Congreso de los Diputados parece seguir el guion habitual: cifras, reproches cruzados, aplausos de bancada y titulares previsibles. Y hay otros en los que, de repente, el foco gira hacia un nombre inesperado. Este miércoles ocurrió algo poco común: en medio de un debate parlamentario sobre desinformación y estrategia política, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, pronunció el nombre de un presentador de televisión en plena sesión. Ese nombre fue Iker Jiménez.
El instante no tardó en convertirse en viral. La intervención del jefe del Ejecutivo estaba centrada en lo que considera una estrategia de oposición basada en la generación de bulos y la difusión de mensajes que, a su juicio, buscan dividir a la sociedad.
Sánchez hablaba del “patrón habitual de la desinformación, de generar odio y bulos y de tratar de dividir a la sociedad” cuando puso ejemplos concretos.
El presidente se refirió al accidente de Adamuz y acusó al Partido Popular de haber replicado en las primeras horas “los mismos bulos que hizo la ultraderecha durante esas horas tan aciagas”.
Añadió que ese comportamiento se reproduce “sin ningún tipo de escrúpulo”. En ese contexto, mencionó por su nombre a varios dirigentes populares —Ester Muñoz, Ana Vázquez, Miguel Tellado, Elías Bendodo, Rafael Hernando y Cayetana Álvarez de Toledo— para afirmar que “dan lecciones de democracia pero en realidad operan con el mismo registro que Iker Jiménez”.
La frase que terminó de encender la conversación pública fue aún más directa: “Es muy triste porque incluso Iker Jiménez tiene audiencia y hay gente que está dispuesta a creer cualquier cosa”.
No era una mención lateral. Era una señalización explícita desde la tribuna más alta del poder legislativo. Y como suele suceder en la era digital, el eco fue inmediato.
Horas después, la respuesta llegó desde el plató de Horizonte, el programa que Iker Jiménez presenta en Cuatro. El comunicador recogió la referencia con una mezcla de solemnidad y desafío medido.
“Lo primero, el respeto absoluto a la institución que representa don Pedro Sánchez, nuestro presidente. Presidente no de un partido político, sino de todos los españoles, piensen lo que piensen”, comenzó.
El tono fue significativo. Jiménez no optó por la confrontación frontal ni por el ataque personal. Escogió el terreno del debate público.
“Le tengo tanto respeto que yo le invito aquí al programa Horizonte”, afirmó, mirando directamente a cámara.
La invitación no fue una frase lanzada al aire. Fue reiterada a lo largo de su intervención. El presentador insistió en que su espacio está abierto a cualquier periodista o responsable político que quiera acudir.
“No hay textos, no hay guiones, yo no estoy leyendo nada nunca”, subrayó, defendiendo la naturaleza del formato.
El intercambio puso sobre la mesa un asunto de fondo que lleva años latente: el papel de los medios y los comunicadores en la era de la desinformación.
España, como otros países europeos, ha vivido en los últimos años episodios de propagación masiva de contenidos falsos o no verificados en redes sociales, especialmente en momentos de crisis o conmoción social.
El propio Gobierno ha impulsado estrategias para combatir campañas de desinformación, en línea con directrices europeas orientadas a proteger procesos democráticos y evitar la manipulación informativa.
La oposición, por su parte, ha cuestionado en diversas ocasiones el enfoque del Ejecutivo, alertando sobre posibles riesgos para la libertad de expresión o el pluralismo informativo. El debate es complejo y no admite simplificaciones.
En ese contexto, la mención de Sánchez a Iker Jiménez no puede leerse como un comentario aislado. Se inscribe en una confrontación más amplia sobre el relato público, la influencia mediática y la credibilidad.
Iker Jiménez no es un periodista político tradicional. Su trayectoria comenzó en el ámbito del misterio y la divulgación de fenómenos inexplicables, pero con el paso del tiempo amplió su radio de acción hacia la actualidad y el análisis social.
Horizonte combina investigación, debate y opinión con un estilo narrativo propio, alejado del formato convencional de tertulia política.
Precisamente por eso, su audiencia es heterogénea y, en ocasiones, crítica con el discurso institucional. Ese factor lo convierte en una figura relevante en el ecosistema mediático.
En su respuesta, Jiménez dejó claro que considera que su programa puede resultar incómodo para el poder. “Comprendo que a veces es un programa molesto”, afirmó.
Y añadió que estaría dispuesto a detallar, frente al presidente, cualquier acusación concreta sobre bulos o desinformación.
“Podría estar aquí y podríamos detallar todo eso de los bulos y la desinformación. Igual se iba a sorprender”, dijo, insinuando que el análisis puede ser más complejo de lo que se proyecta desde la política.
También abordó la cuestión de la audiencia, mencionada por Sánchez en el Congreso. Desde que Horizonte se emite a diario, explicó, el programa ha ampliado su alcance.
Reconoció que compiten en una franja complicada y que otros profesionales registran mayores cifras, pero reivindicó que su apuesta es la libertad y la investigación.
El choque entre presidente y presentador no se limita a una anécdota mediática. Representa un cruce de legitimidades. Por un lado, la legitimidad institucional del jefe del Ejecutivo, que defiende la necesidad de combatir la desinformación.
Por otro, la legitimidad mediática de un comunicador que reivindica su independencia y su derecho a cuestionar.
La tensión entre ambos ámbitos no es nueva. En democracias consolidadas, el debate sobre los límites entre crítica legítima, opinión controvertida y difusión de información no verificada es constante. La diferencia ahora es la velocidad con la que se amplifican las declaraciones.
En cuestión de minutos, los fragmentos del discurso de Sánchez circularon en redes sociales. Poco después, la respuesta de Jiménez generó miles de comentarios y compartidos. El intercambio trascendió el hemiciclo y el plató para instalarse en la conversación digital.
Más allá de simpatías o discrepancias, el episodio plantea preguntas relevantes. ¿Dónde está la frontera entre combatir la desinformación y señalar públicamente a comunicadores concretos? ¿Puede una referencia desde la tribuna del Congreso influir en la percepción pública de un profesional de los medios? ¿Y qué responsabilidad tienen los comunicadores en el impacto de los mensajes que difunden?
Jiménez, en la recta final de su intervención, insistió en que no buscaba “ningún tipo de tormenta”. Reconoció incluso que participar en ese debate resulta fascinante para un periodista.
Pero reiteró su invitación: un cara a cara en el plató, sin preguntas pactadas, “como las que se hace cualquier ciudadano de la calle”.
Esa propuesta resume el momento actual: la política y los medios se disputan el espacio de credibilidad ante una audiencia cada vez más fragmentada.
El desenlace es incierto. No está claro si el presidente aceptará la invitación ni si el intercambio se prolongará en nuevas declaraciones. Lo que sí es evidente es que el episodio ha puesto en primer plano la batalla por el relato.
En un país donde la polarización condiciona buena parte del debate público, cada palabra pesa más de lo que parece.
La mención de un presentador en el Congreso no es un gesto trivial. Y la respuesta en horario de máxima audiencia tampoco lo es.
Este cruce entre Pedro Sánchez e Iker Jiménez no es solo una polémica puntual. Es un síntoma del tiempo que vivimos: un tiempo en el que la política se libra tanto en los escaños como en los platós, tanto en los discursos oficiales como en los clips virales.
La cuestión de fondo sigue abierta. La desinformación es un desafío real en las democracias contemporáneas.
La libertad de expresión también es un pilar irrenunciable. Encontrar el equilibrio entre ambas dimensiones es uno de los grandes retos de nuestro tiempo.
Mientras tanto, la invitación permanece sobre la mesa. Y millones de espectadores observan.
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