Gonzalo Miró dicta sentencia tras las palabras de José Mota sobre la inmigración.

 

 

El humorista ha desvelado en el programa de ‘Directo al Grano’ las claves de su éxito tras obtener sus mejores cifras en ocho años.

 

 

 

Gonzalo Miró y José Mota.

 

 

José Mota no necesita presentación, pero aun así cada regreso suyo a la conversación pública funciona como un recordatorio de por qué sigue siendo una figura central del humor en España.

 

Este viernes volvió a sentarse en el plató de Directo al grano, el espacio que conducen Gonzalo Miró y Marta Flich, y lo hizo en un momento especialmente significativo: con los datos de audiencia aún calientes y con El juego del camelar convertido ya en uno de los grandes triunfadores de la Nochevieja televisiva.

 

 

No era una visita rutinaria. Mota acudía para hacer balance de un especial que no solo ha funcionado bien, sino que ha marcado un hito en su trayectoria.

 

El programa, emitido en La 1, celebraba el vigésimo quinto aniversario del humorista en la cita más simbólica del calendario televisivo.

 

Veinticinco años entrando en las casas de millones de personas en la última noche del año no es una casualidad, es una anomalía en un medio que devora modas y rostros con rapidez.

 

 

Los números hablan por sí solos, pero no lo explican todo. El juego del camelar firmó un 34,6% de cuota de pantalla, superó los 3,5 millones de espectadores de media y alcanzó más de seis millones de contactos.

 

 

Es su mejor dato desde 2018, en un contexto de fragmentación de audiencias y consumo a la carta que hace aún más meritorio cualquier liderazgo claro en televisión lineal.

 

En otras palabras: mientras muchos formatos luchan por sobrevivir, José Mota sigue conectando.

 

Durante la entrevista, Marta Flich fue directa a la pregunta que muchos se hacían: ¿cuál es la clave de este éxito sostenido? La respuesta de Mota no fue técnica ni grandilocuente, sino profundamente coherente con su forma de entender el humor.

 

“La comedia tiene ese barniz maravilloso que te permite ver la realidad desde otro punto de vista con una sonrisa, sin crispación”, explicó.

 

No hablaba solo de chistes, hablaba de actitud. De cómo el humor puede ser un espacio donde se rebaja el ruido y se invita a pensar sin gritar.

 

 

Ese enfoque quedó especialmente claro en uno de los sketches más comentados del especial, el dedicado a la inmigración.

 

Gonzalo Miró lo puso sobre la mesa sin rodeos: “En dos minutos te has cargado el discurso de la ultraderecha”.

 

La frase, contundente, resumía el impacto que tuvo una pieza breve pero cargada de intención. José Mota, fiel a su estilo, respondió sin épica ni confrontación directa.

 

“Cuando hablamos de inmigrantes te das cuenta de que efectivamente son necesarios.

 

La gente que viene a buscarse la vida y a trabajar son tan españoles como yo”. Una frase sencilla, casi obvia, pero que en el clima actual resulta profundamente política sin necesidad de ser panfletaria.

 

 

Ahí está una de las claves de su éxito: Mota no sermonea, no levanta el dedo, no convierte el humor en un mitin.

 

Presenta situaciones reconocibles, exagera lo justo y deja que el espectador saque sus propias conclusiones.

 

En un ecosistema mediático saturado de opiniones y trincheras, ese gesto tiene un valor enorme.

 

 

El debate sobre los límites de la comedia apareció inevitablemente en la conversación.

 

Es un tema recurrente en los últimos años, alimentado por polémicas, cancelaciones y una sensación difusa de autocensura.

 

José Mota fue claro y coherente con lo que lleva defendiendo décadas: no cree en los límites impuestos al humor.

 

“¿Tú pondrías puertas al campo?”, vino a decir, defendiendo que comedia y libertad van de la mano.

 

No se trata de hacer daño, sino de elegir libremente qué contar y cómo contarlo.

 

 

Esa defensa de la libertad no es abstracta. Mota la aterriza en su propia práctica profesional.

 

Explicó que a la hora de parodiar a personajes públicos pone el foco en su dimensión pública, no en lo personal.

 

No porque alguien se lo imponga, sino porque es su elección. “Hay cosas que me apetece hacer y cosas que no, pero desde la libertad”, insistió.

 

Es una matización importante en un tiempo en el que muchas discusiones se plantean en términos de prohibición o censura externa, cuando a veces el debate real está en la responsabilidad individual del creador.

 

 

Marta Flich quiso saber si alguna vez había recibido presiones directas para no tocar determinados temas o personajes.

 

La respuesta fue tan sorprendente como reveladora: no. José Mota afirmó que ha tenido la suerte de trabajar siempre en libertad, especialmente en RTVE.

 

Una afirmación que desmonta algunos tópicos y que aporta un dato relevante al debate sobre la independencia creativa en los medios públicos.

 

Gonzalo Miró fue un paso más allá y preguntó si algún político le había llamado para felicitarle por el sketch sobre inmigración.

 

La respuesta, de nuevo, mezcló humor y realidad: “Es demasiado pronto, hay que esperar a que la masa se hornee un poco”.

 

Una manera elegante de esquivar el morbo y, al mismo tiempo, recordar que el impacto real de un mensaje no siempre es inmediato.

 

Durante la charla también se recuperaron algunos fragmentos de El juego del camelar, y ahí apareció otra de las críticas más repetidas por una parte de la audiencia: la sensación de que algunos personajes se parecían demasiado entre sí.

 

Mota no esquivó la cuestión. Reconoció que el contexto actual “lo pone fácil” porque el entorno político y social es ya, en sí mismo, paródico.

 

Gonzalo Miró apuntó que no todos son iguales y que generalizar puede ser injusto.

 

La respuesta del humorista fue honesta: él coloca las piezas sobre la mesa y deja que cada espectador las interprete a su manera. No impone lecturas cerradas.

 

 

 

 

Esa forma de entender el humor conecta con algo más profundo: el respeto al público. José Mota no trata a la audiencia como un bloque homogéneo ni como un alumno al que hay que enseñar.

 

Confía en la inteligencia de quien está al otro lado de la pantalla y le ofrece herramientas, no consignas. En tiempos de polarización extrema, ese gesto es casi revolucionario.

 

 

El recorrido de Mota en las Nocheviejas televisivas ayuda a entender por qué su figura sigue siendo relevante.

 

Ha firmado 25 especiales: 17 en solitario y ocho junto a Cruz y Raya. Ha sobrevivido a cambios de época, de gobiernos, de modelos de consumo y de sensibilidad social.

 

Ha adaptado su humor sin traicionarlo, y eso no es fácil. Muchos cómicos quedan atrapados en la nostalgia o intentan forzar una modernidad artificial. Él ha encontrado un equilibrio que conecta generaciones.

 

 

Antes de despedirse del programa, José Mota dejó caer una reflexión que no pasó desapercibida.

 

Confesó que está algo cansado de “darle vueltas al chocolate de la política”.

 

No es un rechazo al compromiso ni una huida, sino una necesidad creativa.

 

Tras años explorando el terreno político desde el humor, siente que quizá ha llegado el momento de mirar hacia otros lugares, de buscar nuevas temáticas para el especial del próximo año.

 

 

Esa declaración abre un horizonte interesante. Si algo ha demostrado Mota es que sabe leer el pulso social.

 

Su cansancio no es individual, es compartido por una parte importante de la ciudadanía que siente saturación ante el ruido político constante.

 

Explorar otros territorios desde la comedia puede ser, paradójicamente, otra forma de conectar con la realidad.

 

 

Aun así, dejó claro que la comedia seguirá siendo su manera de aportar “un poco de bálsamo”.

 

La palabra no es casual. Bálsamo implica alivio, cuidado, pausa. No solución mágica ni respuesta definitiva, sino un espacio donde respirar. En una sociedad acelerada, crispada y a menudo cansada, ese papel no es menor.

 

 

El éxito de El juego del camelar no se explica solo por la nostalgia ni por la costumbre.

 

Se explica porque conecta con una necesidad real: reír sin sentirse manipulado, reflexionar sin sentirse atacado, cerrar el año con una sonrisa que no sea hueca.

 

José Mota ha entendido que el humor no tiene por qué elegir entre entretenimiento y contenido. Puede ser ambas cosas a la vez.

 

 

Su visita a Directo al grano dejó algo más que titulares o frases virales. Dejó una idea clara: el humor sigue siendo una herramienta poderosa para mirar la realidad de frente sin perder la humanidad.

 

Y mientras haya alguien capaz de usarla con inteligencia, respeto y libertad, seguirá teniendo un lugar central en nuestras pantallas y en nuestras conversaciones.