¡El GRAN WYOMING LO DICE TODO! Trump, Ayuso y la VERDAD que nadie se atreve a contar.

 

 

 

 

 

 

El regreso de El Gran Wyoming no ha sido discreto ni pretende serlo. Ha vuelto como solo él sabe hacerlo: sin medias tintas, sin pedir permiso y con una batería de palabras que no buscan caer bien, sino sacudir conciencias.

 

 

Su reaparición mediática ha funcionado como un despertador incómodo en un momento político marcado por el ruido, la confusión y una peligrosa normalización de discursos extremos.

 

Desde Donald Trump hasta Isabel Díaz Ayuso, pasando por Javier Milei y la situación en Venezuela, nadie sale indemne de un análisis que mezcla ironía, indignación y una crudeza que incomoda precisamente porque apunta donde duele.

 

 

Wyoming no regresa para entretener, aunque haga reír. Regresa para advertir. Su discurso conecta con una parte de la sociedad que siente que algo se está rompiendo y que los límites éticos se diluyen entre titulares virales, fotos recortadas y silencios estratégicos.

 

El contexto no es menor: una política internacional cada vez más agresiva, una Europa desdibujada, líderes que glorifican la fuerza y una narrativa de la “libertad” utilizada como coartada para justificar casi cualquier cosa.

 

 

Uno de los episodios que mejor simboliza este clima es el encuentro entre Isabel Díaz Ayuso y Javier Milei en Argentina.

 

Una reunión presentada como privada, casi casual, pero cargada de simbolismo político. Sin agenda oficial, sin transparencia, pero con fotos cuidadosamente seleccionadas.

 

Imágenes donde la presidenta madrileña aparece sonriente junto al presidente argentino, compartiendo mesa, afinidades ideológicas y un mismo enemigo común: Pedro Sánchez.

 

No es un detalle menor que la comunicación de Ayuso decidiera difundir una imagen recortada, eliminando del encuadre la famosa motosierra que Milei utiliza como símbolo de su proyecto político.

 

Un gesto pequeño, aparentemente inocente, pero profundamente revelador.

 

 

La motosierra no es un objeto cualquiera. Representa una forma de hacer política basada en el recorte brutal, en la demolición del Estado, en el desprecio por lo público.

 

Milei la ha convertido en emblema de su discurso, la ha regalado a figuras como Elon Musk y la exhibe como promesa de limpieza.

 

Que desaparezca de la foto difundida por el entorno de Ayuso no es casualidad: es comunicación política pura.

 

Mostrar cercanía sin asumir del todo las implicaciones del símbolo. Apropiarse del mensaje de “libertad” sin cargar con su letra pequeña.

 

 

Según la prensa argentina, en ese encuentro se habló de Venezuela. No sorprende. Tanto Milei como Ayuso han celebrado públicamente la intervención de Estados Unidos y la caída de Nicolás Maduro, utilizando un lenguaje épico que habla de liberación y de un futuro mejor.

 

Pero aquí es donde Wyoming clava el bisturí. Para él, esa exaltación de la libertad es una broma de pésimo gusto cuando proviene de líderes que aplauden acciones unilaterales, bombardeos sin mandato internacional y detenciones extraterritoriales.

 

No se trata de defender a Maduro, al que considera irrelevante en el tablero global, sino de señalar quién es hoy el verdadero peligro.

 

 

En su análisis, Donald Trump aparece como el epicentro del problema.

 

No como un político excéntrico, sino como una amenaza real para el orden internacional, los derechos humanos y la democracia.

 

Wyoming recuerda episodios que muchos prefieren olvidar: el intento de anular unas elecciones en Estados Unidos, su relación con figuras implicadas en delitos gravísimos, su discurso abiertamente machista y su desprecio por la vida humana.

 

Cuando Trump habla de inmigrantes, de venezolanos o de enemigos políticos, lo hace con un lenguaje deshumanizador que prepara el terreno para la violencia.

 

 

El silencio internacional ante determinadas acciones es, para Wyoming, uno de los aspectos más preocupantes.

 

Bombardear un país con el que no se está formalmente en guerra, secuestrar a su presidente y actuar al margen de Naciones Unidas debería generar una reacción contundente.

 

Sin embargo, lo que se observa es pasividad, dudas calculadas y un desconcierto que raya en la complicidad.

 

Incluso líderes de la oposición en España se limitan a expresar “dudas sobre la legalidad” de hechos que, de producirse en otro contexto, serían calificados sin ambages como golpes de Estado.

 

 

Europa, en este escenario, aparece desorientada. La Unión Europea definió en su momento a Trump como una amenaza para la estabilidad global, pero hoy parece incapaz de articular una respuesta firme.

 

Mientras tanto, líderes regionales como Ayuso se alinean sin complejos con figuras como Milei, compartiendo discursos y enemigos, aunque eso suponga tensar las costuras de la diplomacia y del propio consenso interno de su partido.

 

No es casual que Alberto Núñez Feijóo haya marcado distancias con el presidente argentino, reivindicando una moderación que choca con los gestos de la presidenta madrileña.

 

 

Wyoming va más allá y pone el foco en la hipocresía selectiva. Hay quienes se indignan con razón ante las dictaduras latinoamericanas, pero guardan silencio o incluso aplauden regímenes aliados que vulneran sistemáticamente los derechos humanos.

 

 

Arabia Saudí, con ejecuciones masivas y el asesinato de periodistas, sigue siendo un socio preferente.

 

Las dictaduras del Cono Sur son relativizadas cuando encajan en un determinado relato ideológico.

 

La libertad, denuncia, se ha convertido en una palabra vacía, moldeable según convenga.

 

 

La liberación reciente de presos políticos en Venezuela, entre ellos varios españoles, es una buena noticia.

 

En eso hay consenso. Pero incluso ahí aparece la fractura. Wyoming subraya que el rechazo a los regímenes autoritarios debería ser coherente y transversal, no una herramienta arrojadiza que se usa solo contra el adversario.

 

Recordar los crímenes de Pinochet, las dictaduras argentinas o las violaciones de derechos en Nicaragua no resta gravedad a lo que ocurre en Venezuela; al contrario, refuerza la necesidad de una posición ética clara y sin excepciones.

 

 

En paralelo, el papel de los medios de comunicación queda en entredicho. La división mediática refleja y amplifica la polarización social.

 

 

Hay silencios clamorosos ante determinados escándalos y una cobertura obsesiva de otros. La corrupción se denuncia o se minimiza según el color político del implicado.

 

Wyoming no elude señalar casos concretos, desde el entorno del PSOE hasta las actuaciones del Ministerio de Hacienda en etapas pasadas. El problema no es la crítica, sino su aplicación selectiva.

 

 

El mensaje de fondo es incómodo, pero necesario: estamos normalizando lo inaceptable.

 

Aplaudimos a líderes que desprecian a las mujeres, justificamos la violencia si viene del “bando correcto” y convertimos la política en un espectáculo donde importa más la foto que las consecuencias.

 

La motosierra en la mesa presidencial no es solo un objeto: es una advertencia. Representa una forma de entender el poder que no duda en arrasar con derechos, instituciones y personas.

 

 

Wyoming insiste en que no se trata de izquierdas o derechas, sino de principios básicos.

 

El derecho internacional existe por una razón. Las Naciones Unidas, la OTAN, los mecanismos multilaterales no son un adorno.

 

Si se ignoran sistemáticamente, el mundo entra en una lógica de fuerza donde nadie está a salvo. España, Europa, cualquiera puede convertirse en objetivo cuando el matón de turno decide que le conviene.

 

 

La reflexión final no deja lugar a la comodidad. Si seguimos premiando la influencia sin escrúpulos, la corrupción disfrazada de valentía y los atajos presentados como soluciones mágicas, perderemos algo más que estabilidad política.

 

Perderemos la brújula ética. Y recuperarla no será fácil. La integridad no es un lujo ni una pose moral: es una urgencia democrática.

 

Ignorar las señales, relativizar los abusos o mirar hacia otro lado no nos hará más libres, solo más vulnerables.