VENEZUELA DELATA AL FIN A ZAPATERO! GRACIAS A TRUMP LIBERA PRESOS Y ASUSTA A SÁNCHEZ MÁS QUE NUNCA.

 

 

 

 

 

Durante años, el relato oficial sobre Venezuela ha oscilado entre el silencio incómodo y la retórica diplomática.

 

Sin embargo, en las últimas semanas algo se ha roto definitivamente. Las palabras que antes se susurraban ahora se dicen en voz alta, y los hechos, más allá de opiniones o ideologías, empiezan a dibujar un escenario difícil de ignorar.

 

Lo que está ocurriendo no es una anécdota ni una simple coyuntura política: es el reflejo de un sistema que se resquebraja, de alianzas que se revelan más pragmáticas que ideológicas y de una tragedia humana que durante demasiado tiempo fue relegada a un segundo plano.

 

 

Resulta difícil no detenerse en una escena que, hasta hace poco, habría parecido impensable.

 

Diosdado Cabello, uno de los hombres fuertes del chavismo y figura clave del régimen de Nicolás Maduro, reconoce sin ambages que Venezuela venderá petróleo a Estados Unidos.

 

 

No lo hace con rodeos ni con el lenguaje críptico habitual de la diplomacia bolivariana, sino con una naturalidad que sorprende incluso a los observadores más veteranos.

 

Durante años, el discurso oficial construyó a Washington como el enemigo absoluto, responsable de todos los males del país.

 

Hoy, ese mismo enemigo se convierte en socio comercial necesario.

 

 

Este giro no puede entenderse sin el contexto internacional. Estados Unidos, bajo el liderazgo de Donald Trump, ha demostrado una vez más que su política exterior se rige por resultados concretos más que por gestos simbólicos.

 

 

La presión, directa o indirecta, ha dado frutos visibles. Entre ellos, uno especialmente sensible: la liberación de presos políticos que llevaban años encerrados en cárceles venezolanas, muchos de ellos en condiciones denunciadas reiteradamente por organizaciones de derechos humanos.

 

 

Para quienes siguen de cerca la situación venezolana, estas liberaciones generan sentimientos encontrados.

 

Por un lado, alivio y esperanza para las familias que han vivido durante años con la angustia de no saber si sus seres queridos saldrían con vida de esas prisiones.

 

Por otro, una amarga constatación: lo que no se logró mediante discursos sobre democracia o derechos humanos, se ha conseguido a través de la negociación directa y el interés económico.

 

 

Durante mucho tiempo, algunas figuras internacionales se atribuyeron el papel de mediadores indispensables.

 

Se habló de gestiones discretas, de diálogos en la sombra, de esfuerzos altruistas orientados a aliviar el sufrimiento del pueblo venezolano. Sin embargo, los hechos recientes obligan a replantear ese relato.

 

La liberación de presos que parecía exclusiva de una mediación casi mística, ahora se produce en un contexto muy distinto, donde el poder de negociación estadounidense ha sido determinante.

 

 

Pero este no es el único elemento que sacude el tablero. La confirmación por parte de autoridades suizas de que Nicolás Maduro disponía de alrededor de 113 toneladas de oro venezolano, valoradas en unos 6.000 millones de euros, ha tenido un efecto devastador en la credibilidad del régimen.

 

 

. No se trata solo de una cifra astronómica, sino del símbolo que representa: un país sumido en la pobreza extrema mientras su cúpula acumula riquezas en el extranjero.

 

 

La revelación conecta con otra historia que llevaba tiempo circulando en forma de rumores y que ahora adquiere una dimensión inquietante.

 

 

Según declaraciones y documentos atribuidos a antiguos responsables de la inteligencia venezolana, existen intereses muy concretos en minas de oro y diamantes situadas en zonas estratégicas del país, como la cuenca del río Icabarú.

 

No hablamos de propiedades anecdóticas ni de inversiones menores, sino de un negocio multimillonario en uno de los territorios más ricos en recursos naturales de América Latina.

 

 

Este contexto arroja una nueva luz sobre ciertas prisas, ciertos silencios y ciertas evasivas.

 

Cuando se pregunta directamente por vínculos con el régimen de Maduro, las respuestas se diluyen, se esquivan o simplemente no llegan.

 

El contraste entre el discurso público de compromiso con la democracia y la realidad de los intereses económicos resulta, para muchos venezolanos, sencillamente insoportable.

 

 

La indignación no se limita al ámbito político. Voces influyentes de la diáspora venezolana han decidido dar un paso al frente.

 

Artistas, figuras públicas y ciudadanos anónimos comparten un sentimiento común: la sensación de haber sido ignorados durante años por quienes ahora exigen coherencia y derechos humanos desde cómodos platós de televisión o despachos oficiales.

 

 

Las palabras de conocidos venezolanos, como el cantante José Luis Rodríguez “El Puma” o la ex Miss Universo Bárbara Palacios, han resonado con fuerza.

 

 

No hablan desde la teoría ni desde el análisis académico, sino desde la experiencia personal y colectiva de un país que lleva más de dos décadas sumido en el miedo, la represión y la miseria.

 

Sus mensajes no buscan aplausos fáciles; son un grito de cansancio y, al mismo tiempo, de esperanza.

 

 

Resulta especialmente doloroso escuchar a quienes recuerdan cómo durante años pidieron apoyo internacional sin obtener respuestas claras.

 

 

Ahora, cuando el tablero geopolítico se mueve por intereses estratégicos, muchos sienten que sus tragedias se utilizan como moneda de cambio.

 

Aun así, la liberación de presos es celebrada, porque detrás de cada nombre hay una familia rota que, al menos por un momento, puede volver a respirar.

 

 

Entre esos nombres están también ciudadanos españoles y venezolanos con doble nacionalidad que llevan años encarcelados en prisiones venezolanas.

 

Sus historias rara vez ocupan titulares, pero son un recordatorio constante de la dimensión humana del conflicto.

 

Acusaciones de terrorismo, conspiración o intento de magnicidio se repiten sin que las familias tengan acceso a expedientes claros, abogados independientes o juicios justos.

 

 

Los testimonios de sus familiares estremecen. Hablan de desapariciones forzadas, de incomunicación prolongada, de celdas diminutas, de pérdida extrema de peso y de una estrategia sistemática para quebrar psicológicamente a los detenidos.

 

Madres que pasan años sin escuchar la voz de sus hijos, hermanos que golpean puertas institucionales sin obtener respuesta, parejas que se convierten en el único vínculo con el exterior.

 

 

La sensación de abandono es una constante en estos relatos. Muchos familiares aseguran que desde España no se ha hecho lo suficiente, que las gestiones diplomáticas han sido tibias o inexistentes.

 

 

La comparación con otras liberaciones recientes resulta inevitable y dolorosa. ¿Por qué algunos presos sí y otros no? ¿Qué criterios se aplican cuando hay vidas humanas en juego?

 

 

Mientras tanto, el discurso político en España sigue hablando de coherencia internacional y credibilidad democrática.

 

Para quienes observan la situación desde fuera, estas palabras suenan huecas.

 

La distancia entre lo que se dice y lo que se hace alimenta una desconfianza que no deja de crecer, especialmente entre la comunidad venezolana residente en Europa.

 

 

No se trata solo de señalar culpables, sino de asumir responsabilidades. La situación de Venezuela exige algo más que declaraciones solemnes o gestos simbólicos.

 

 

Exige una postura clara, coherente y, sobre todo, humana. Cada día que pasa sin una acción decidida es un día más de sufrimiento para quienes siguen encerrados, para quienes viven con miedo y para quienes han tenido que abandonar su país para sobrevivir.

 

 

La paradoja es evidente. Un régimen que se presenta como antiimperialista termina cediendo ante la presión del país al que demonizó durante años.

 

Al mismo tiempo, gobiernos que se llenan la boca hablando de derechos humanos quedan en evidencia por su inacción. En medio de este juego de poder, las víctimas siguen esperando.

 

 

Este momento debería servir como punto de inflexión. No solo porque demuestra que la presión internacional puede funcionar, sino porque expone las contradicciones de un sistema que ha utilizado la ideología como coartada para el saqueo y la represión.

 

También porque obliga a los actores internacionales a mirarse al espejo y preguntarse si han estado a la altura de los valores que dicen defender.

 

Para los venezolanos, dentro y fuera del país, el futuro sigue siendo incierto. Pero también es cierto que, por primera vez en mucho tiempo, se perciben grietas en un muro que parecía inexpugnable.

 

Cada preso liberado, cada verdad que sale a la luz, cada silencio que se rompe, es un paso más hacia la justicia.

 

 

La pregunta ya no es si Venezuela merece apoyo internacional, sino qué tipo de apoyo está dispuesta a ofrecer la comunidad global.

 

Uno basado en intereses coyunturales o uno comprometido de verdad con la libertad, la dignidad y los derechos humanos.

 

La respuesta a esa pregunta marcará no solo el destino de un país, sino la credibilidad moral de quienes dicen defender la democracia en el mundo.