Feijóo CALLA LA BOCA a Rufián!😱TODOS en SHOCK al FRENAR EN SECO su CHULERÍA AL SACARLE ADAMUZ😱¡MUDO!.
La escena se desarrolló en uno de los espacios donde, en teoría, la palabra debería servir para aclarar, asumir responsabilidades y ofrecer respuestas a quienes aún buscan explicaciones.
Sin embargo, lo que ocurrió aquel lunes 2 de febrero en el Congreso de los Diputados fue, para muchos, justo lo contrario: una sucesión de evasivas, reproches cruzados, interrupciones y frases que resonaron como un eco incómodo en la memoria de las víctimas de la DANA que asoló la Comunitat Valenciana en octubre de 2024.
Más de 230 personas perdieron la vida. Ese dato, que pesa como una losa, estuvo presente en cada intervención, aunque a menudo parecía diluirse entre el ruido político.
Alberto Núñez Feijóo comparecía ante la comisión de investigación con un objetivo claro sobre el papel: dar explicaciones.
Pero desde los primeros minutos quedó patente que su estrategia pasaba por marcar distancias, señalar a otros y deslizar el foco lejos de cualquier responsabilidad propia o de su partido. En ese intento, recurrió a argumentos que no tardaron en generar polémica.
Menciones reiteradas a ETA, comparaciones con otros accidentes como el de Adamuz, y una insistencia constante en que la gestión dependía exclusivamente del entonces presidente valenciano, Carlos Mazón. Todo valía para construir un relato en el que el líder del Partido Popular quedara al margen.
Las palabras, sin embargo, no flotan en el vacío. Tienen consecuencias. Y en este caso, provocaron una reacción inmediata dentro y fuera del hemiciclo.
Uno de los momentos más tensos se produjo durante el intercambio con Gabriel Rufián, portavoz de ERC, en un cruce verbal que rozó el esperpento parlamentario.
Acusaciones de demagogia, reproches sobre mensajes de teléfono, referencias a agendas suspendidas o no suspendidas, y una sensación generalizada de que el debate se estaba convirtiendo en un espectáculo incómodo para quienes esperaban algo más que una batalla dialéctica.
Mientras tanto, la presidencia de la comisión trataba de reconducir el tono, llamando al orden una y otra vez. No era una tarea sencilla.
Cada intervención parecía añadir una capa más de tensión. Feijóo defendía que había actuado correctamente, que se había puesto en contacto cuando correspondía, que no tenía competencias directas.
Sus interlocutores, por el contrario, insistían en señalar contradicciones, versiones cambiantes y una actitud que, a su juicio, evidenciaba una falta de empatía hacia las víctimas.
Fuera del Congreso, la indignación no tardó en trasladarse a las redes sociales. Familias afectadas por la tragedia de la DANA expresaron su dolor al sentirse, una vez más, utilizadas como argumento político sin que nadie asumiera responsabilidades claras.
Pero no solo ellas alzaron la voz. Periodistas, analistas y rostros conocidos del panorama mediático reaccionaron con dureza. Entre todas esas voces destacó una por encima del resto por la contundencia de sus palabras: Karmele Marchante.
La periodista, que recientemente había regresado a la televisión tras una década alejada del foco mediático, no se mordió la lengua.
Desde su perfil en X, lanzó un mensaje que rápidamente se viralizó. Acusó a Feijóo de mentir en su comparecencia y extendió su crítica al Partido Popular en su conjunto, al que describió como un “agujero negro lleno de telarañas”, una frase que no tardó en circular por miles de pantallas.
Para Marchante, lo ocurrido en la comisión no fue un desliz aislado, sino un síntoma de una forma de hacer política que, según ella, se repite una y otra vez.
Sus palabras encontraron eco entre muchos usuarios que ya venían expresando su cansancio ante la falta de autocrítica en la clase política.
También generaron rechazo en otros sectores, que consideraron excesivo el tono de la periodista. Pero, como suele ocurrir en estos casos, el debate ya estaba servido.
Y no se limitaba únicamente a la figura de Feijóo o al PP, sino a una cuestión más profunda: cómo se gestiona la responsabilidad política en España cuando ocurre una tragedia de gran magnitud.
Marchante no es ajena a la polémica. A lo largo de su trayectoria ha dejado clara su posición ideológica, defendiendo abiertamente postulados feministas y de izquierdas.
En entrevistas recientes ha hablado sin tapujos de las divisiones internas del feminismo, de su postura abolicionista respecto a la prostitución y de su preocupación por la fragmentación de los movimientos sociales.
Todo ese bagaje se refleja también en su forma de interpretar lo ocurrido en la comisión de investigación de la DANA. Para ella, no se trata solo de un error político, sino de una falta moral.
El contraste entre la frialdad del debate parlamentario y la carga emocional de quienes han perdido a un familiar resulta difícil de ignorar.
Cada vez que un político recurre a una comparación desafortunada o desvía el foco, la herida parece abrirse de nuevo.
En ese contexto, las palabras adquieren un peso enorme. No es casualidad que muchas de las críticas se centren menos en los argumentos técnicos y más en el tono, en la sensación de distancia, en la percepción de que nadie se pone realmente en el lugar del otro.
Durante la comparecencia, Feijóo llegó a afirmar que desconocía la existencia del Cecopi en la Comunitat Valenciana y sus funciones.
Esa declaración fue recogida por varios medios y alimentó aún más la polémica.
Para algunos analistas, resultaba difícil de creer que un dirigente de su nivel no estuviera familiarizado con un órgano clave en la gestión de emergencias. Para otros, era una muestra más de improvisación en un momento que exigía precisión y claridad.
La mención constante a otros episodios, como el accidente ferroviario de Adamuz, tampoco pasó desapercibida.
Las comparaciones entre tragedias suelen generar rechazo, especialmente cuando se perciben como una forma de diluir responsabilidades.
En el intercambio con Rufián, este punto se convirtió en uno de los ejes del enfrentamiento. ¿Por qué se suspendió la agenda en un caso y no en otro? ¿Qué mensaje se transmite con esas decisiones? Las preguntas quedaron flotando en el aire, sin una respuesta que convenciera a todos.
A medida que avanzaban las horas, el relato de lo ocurrido en la comisión se iba construyendo a base de fragmentos: vídeos cortos, citas sacadas de contexto, titulares incendiarios.
En ese terreno, la viralidad juega un papel clave. Una frase contundente puede eclipsar una intervención entera. Y en esta ocasión, tanto Feijóo como sus críticos lo comprobaron en primera persona.
El episodio también ha reabierto el debate sobre el papel de las comisiones de investigación en España. Para muchos ciudadanos, estos espacios deberían servir para esclarecer hechos, depurar responsabilidades y aprender de los errores.
Sin embargo, la percepción generalizada es que a menudo se convierten en escenarios de confrontación partidista, donde la verdad queda relegada a un segundo plano. La sesión del 2 de febrero no hizo sino reforzar esa sensación en una parte importante de la opinión pública.
En paralelo, el recuerdo de la DANA sigue muy presente en las zonas afectadas. Las imágenes de calles anegadas, viviendas destruidas y familias rotas forman parte de una memoria colectiva que no se borra con facilidad.
Cada aniversario, cada comparecencia, cada declaración política reactiva ese dolor. Por eso, el tono y el contenido de las explicaciones importan tanto. No se trata solo de cumplir un trámite institucional, sino de mostrar respeto y compromiso.
La reacción de Karmele Marchante, con su dureza habitual, puso palabras a un sentimiento que muchos compartían, aunque no todos se atrevieran a expresarlo de forma tan directa.
Su mensaje fue interpretado por algunos como un grito de hartazgo, por otros como una provocación innecesaria.
Pero, en cualquier caso, logró lo que buscaba: situar el foco en una comparecencia que, de otro modo, quizá habría pasado desapercibida para parte de la ciudadanía.
Este episodio se suma a una larga lista de momentos en los que la política española parece incapaz de escapar del ruido.
La pregunta que queda en el aire es si de todo esto saldrá algo más que titulares y enfrentamientos.
Si las comisiones de investigación servirán realmente para mejorar los protocolos, clarificar competencias y evitar que una tragedia similar vuelva a repetirse. O si, por el contrario, todo quedará diluido en la próxima polémica.
Mientras tanto, las víctimas siguen esperando respuestas. No consignas, no reproches cruzados, no comparaciones.
Respuestas claras, gestos de empatía y un compromiso real con la verdad. Quizá ahí radique el verdadero desafío para quienes ocupan los escaños del Congreso: entender que, más allá de la estrategia política, hay vidas marcadas para siempre.
Lo ocurrido este 2 de febrero no es solo un capítulo más en la crónica parlamentaria. Es un reflejo de cómo la política se enfrenta —o esquiva— sus momentos más incómodos.
Y también una llamada de atención a una ciudadanía cada vez más crítica, más atenta y menos dispuesta a aceptar discursos vacíos. Porque cuando el dolor es real, las palabras importan más que nunca.
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