ZARAGOZA 1809 – EL STALINGRADO Español contra Napoleón.

A veces la historia no se entiende desde los mapas ni desde los tratados, sino desde el ruido, el miedo y el olor.
El sitio de Zaragoza no fue solo un episodio militar de la Guerra de la Independencia española: fue una experiencia límite, una fractura humana que transformó para siempre la idea de resistencia urbana en Europa.
Quien intente resumirlo como una simple derrota española frente al Imperio napoleónico no ha comprendido lo esencial. Zaragoza no cayó como caen las ciudades vencidas; se consumió a sí misma hasta el límite de lo posible.
En el invierno de 1808, Zaragoza era una ciudad viva, culta y profundamente religiosa, conocida como la Florencia española por su riqueza artística, sus conventos, sus iglesias y su vida comercial.
No estaba diseñada para soportar un asedio moderno, y mucho menos para resistir al ejército más poderoso del mundo.
Sin embargo, se había convertido en un símbolo político y moral. Tras la derrota francesa en Bailén y el fracaso del primer asedio, Napoleón decidió que Zaragoza debía ser borrada del mapa para escarmentar al resto de España.
La decisión fue personal. El emperador cruzó los Pirineos decidido a aplastar la insurrección española y encargó al mariscal Jean Lannes, uno de sus generales más duros y experimentados, la misión de tomar la ciudad “a cualquier precio”.
Ese precio acabaría siendo tan alto que incluso los vencedores lo recordarían con horror.
Al frente de la defensa se encontraba José de Palafox, un general joven, carismático y sin experiencia previa en grandes asedios, pero con una capacidad extraordinaria para movilizar a la población.
Palafox logró lo que parecía imposible: convertir a Zaragoza en una comunidad armada.
Soldados regulares, campesinos, artesanos, curas, mujeres y ancianos se integraron en una defensa improvisada, caótica, pero sostenida por una voluntad férrea.
No luchaban solo por una bandera, sino por sus casas, sus calles y sus familias.
Un factor clave fue la ayuda británica. Gran Bretaña, enemiga directa de Napoleón, envió armas, fusiles modernos, pólvora y uniformes.
Aquellos envíos transformaron a miles de civiles en combatientes capaces de enfrentarse, al menos a corta distancia, a la infantería francesa. Ingenieros como el coronel San Genís reforzaron conventos y edificios civiles, convirtiéndolos en bastiones improvisados. Zaragoza se preparaba para lo inevitable.
El 21 de diciembre de 1808, el ejército francés llegó con una fuerza aplastante: unos 35.000 infantes, 2.000 jinetes y una artillería capaz de pulverizar murallas. Desde posiciones estratégicas como el monte Torrero, los cañones comenzaron a bombardear la ciudad sin descanso.
Las paredes temblaban, los conventos ardían y los barrios se convertían en montañas de escombros.
Los franceses esperaban que, tras romper las defensas exteriores, la ciudad se rindiera.
Era lo habitual en la guerra del siglo XIX. Pero Zaragoza no siguió el guion. Cuando las tropas imperiales cruzaron las murallas, descubrieron que la guerra no había terminado: había cambiado de forma.
Cada casa se convirtió en una fortaleza. Cada calle, en un campo de batalla independiente.
Los franceses avanzaban metros al día, pagando cada paso con sangre.
Los zapadores abrían brechas de edificio en edificio para evitar las calles, mientras los defensores perforaban paredes y suelos para lanzar ataques sorpresa.
Se combatía en escaleras, sótanos y habitaciones a oscuras. A cuchillo. A quemarropa. Sin líneas claras ni retaguardia segura.
La participación civil fue total. Mujeres transportaban munición y atendían heridos bajo el fuego enemigo.
Niños corrían entre ruinas llevando pólvora. Ancianos bloqueaban puertas con muebles.
No había separación entre combatientes y población. Zaragoza entera era el frente.
Los testimonios franceses son reveladores. Oficiales veteranos, curtidos en campañas por toda Europa, describieron el asedio como una pesadilla.
El propio mariscal Lannes escribió a Napoleón con palabras que rompían el tono triunfal habitual: hablaba de una guerra que daba asco, de una victoria que producía pena.
Reconocía que se veían obligados a matar a hombres y mujeres con una furia que desafiaba toda lógica militar.
La destrucción fue sistemática. El convento de Santa Engracia voló por los aires. La universidad fue saqueada.
Los archivos ardieron. Pero el golpe definitivo no lo dio la artillería, sino la enfermedad.
A medida que el asedio se prolongaba, las condiciones higiénicas colapsaron. Los cadáveres se acumulaban en las calles. No había fuerzas para enterrarlos. El tifus apareció y se propagó con una velocidad devastadora.
La enfermedad mataba a cientos de personas al día. Soldados que habían sobrevivido a los bombardeos caían delirando en cuestión de horas.
El propio general Palafox enfermó gravemente y quedó incapacitado para dirigir la defensa. Zaragoza dejó de ser una ciudad y se convirtió en un cementerio habitado.
El olor a muerte era tan intenso que llegaba hasta las líneas francesas, provocando náuseas incluso entre los sitiadores.
El 21 de febrero de 1809, la Junta de Defensa firmó la capitulación. No fue una rendición moral, sino física.
Ya no quedaba nadie capaz de sostener un fusil. Cuando los franceses entraron en el centro, no hubo desfiles ni celebraciones.
Los soldados avanzaban en silencio, tapándose la nariz, observando con respeto y espanto a los supervivientes: figuras esqueléticas saliendo de entre las ruinas.
El balance humano fue devastador. De una población que rondaba los 55.000 habitantes antes de los sitios, apenas sobrevivieron unos 12.000.
Murieron alrededor de 54.000 personas, contando refugiados. El ejército francés perdió cerca de 10.000 hombres, una cifra inaceptable para Napoleón en una operación que debía ser rápida y ejemplar.
La represión posterior fue dura. Líderes religiosos y civiles fueron ejecutados. Pero el objetivo estratégico de Napoleón fracasó.
En lugar de desmoralizar a España, Zaragoza se convirtió en un mito. Su resistencia inspiró a otros pueblos, alimentó la guerrilla y contribuyó a desgastar al Imperio en una guerra que acabaría siendo una de las causas de su caída.
Hoy, más de dos siglos después, las cicatrices siguen visibles. En la puerta del Carmen aún se aprecian impactos de bala.
No son simples marcas en la piedra; son recordatorios de un momento en que una ciudad entera decidió que rendirse no era una opción.
El sitio de Zaragoza no fue solo una batalla perdida o ganada. Fue una lección brutal sobre los límites de la fuerza y el poder de la voluntad colectiva.
Entender Zaragoza es entender que la historia no siempre la escriben los vencedores con orgullo. A veces la escriben con vergüenza.
Y otras, como en este caso, la escriben quienes resistieron hasta el final, dejando una huella tan profunda que ni el tiempo ni los imperios han podido borrarla.
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