Gabriel Rufián rompe el silencio en la comisión de la DANA y deja una escena que incomoda a todos
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La comparecencia de las víctimas de la DANA en el Congreso ha dejado imágenes difíciles de olvidar.
No por el ruido político habitual, ni por el cruce de reproches entre partidos, sino por un momento concreto que rompió el guion previsto.
Gabriel Rufián, portavoz de ERC, decidió apartarse del protocolo y dirigir un mensaje directo, incómodo y profundamente humano que resonó en una sala acostumbrada a los discursos medidos.
Durante su intervención en la comisión de investigación, Rufián dejó a un lado los papeles y los tiempos marcados.
No miró a las pantallas, ni buscó el apoyo de su bancada. Miró de frente a las personas que habían acudido a contar su experiencia y les pidió algo que rara vez se escucha en un espacio institucional: atención real.
Cuando el protocolo se queda corto y la emoción ocupa el centro
La escena se desarrolló ante los testimonios de familiares afectados por la DANA. Personas que acudieron a explicar lo ocurrido, no desde cifras ni informes técnicos, sino desde vivencias personales.
En ese contexto, Rufián decidió intervenir con un tono que descolocó a muchos.
Sin elevar la voz ni recurrir a gestos grandilocuentes, el diputado apeló a la responsabilidad moral de quienes ocupaban los escaños. Les pidió que dejaran a un lado distracciones y actitudes defensivas, y que prestaran atención a quienes hablaban desde la experiencia directa.
El mensaje no buscaba el aplauso fácil, sino provocar una reflexión incómoda.
Una comisión marcada por testimonios que se repiten
A lo largo de la jornada, varios comparecientes coincidieron en un punto esencial: lo sucedido no fue algo imprevisible ni imposible de anticipar. Esa idea se repitió una y otra vez en la comisión, generando un clima de tensión contenida.
Cada nuevo testimonio añadía una capa más de incomodidad al debate.
Rufián subrayó ese patrón sin necesidad de dramatizarlo.
Señaló que no se trataba de hechos aislados ni de circunstancias extraordinarias, sino de situaciones que, según los comparecientes, podrían haberse gestionado de otra manera.
Su intervención puso el foco en esa repetición, que para muchos resulta más elocuente que cualquier acusación directa.
El gesto que incomodó más que cualquier discurso político
Lo que más llamó la atención no fue una frase concreta, sino el conjunto del gesto.
En un Parlamento acostumbrado a los tiempos tasados y a los mensajes preparados, la intervención de Rufián rompió el ritmo habitual.
No hubo reproches explícitos ni nombres subrayados con insistencia, pero sí una apelación clara a la responsabilidad colectiva.
El diputado insistió en que escuchar no es un trámite, sino una obligación.
Y que la falta de reacciones visibles ante los testimonios también comunica un mensaje, incluso cuando se intenta mantener un perfil bajo.
Silencios, miradas y una sala contenida
Durante varios momentos, la sala permaneció en silencio. No hubo aplausos ni gestos de apoyo evidentes desde algunos grupos, algo que no pasó desapercibido.
Rufián lo interpretó como parte de una estrategia de contención, una manera de evitar validar con gestos lo que se estaba escuchando.
Ese silencio, lejos de suavizar el ambiente, lo hizo más denso. La ausencia de reacción se convirtió en un elemento más del debate, alimentando la sensación de distancia entre las instituciones y las personas que acudían a relatar su experiencia.
Más allá de los partidos: una llamada a la decencia pública
Uno de los aspectos más destacados de la intervención fue su intento de ir más allá del enfrentamiento partidista.
Rufián evitó convertir su mensaje en un ataque directo entre bloques y habló de valores compartidos: respeto, atención y humanidad.
Reivindicó que la política no puede limitarse a la gestión técnica o al cálculo estratégico, especialmente cuando se trata de escuchar a quienes han vivido situaciones extremas. En su discurso, la decencia no se presentaba como una bandera ideológica, sino como un mínimo exigible en cualquier institución democrática.
La repetición de una escena conocida en otras comisiones
El portavoz de ERC recordó que no era la primera vez que se vivía una situación similar en una comisión parlamentaria.
Según explicó, en otras ocasiones también se había intentado diluir la responsabilidad bajo debates formales o tecnicismos, dejando en segundo plano a las personas afectadas.
Esa referencia conectó la sesión de la DANA con una sensación más amplia: la de que las comisiones de investigación, a menudo, terminan alejándose del objetivo para el que fueron creadas.
Escuchar, comprender y asumir errores se convierte, en muchos casos, en una batalla política más.
El peso de las palabras cuando no hay aplausos
Rufián cerró su intervención insistiendo en la importancia de mantener la determinación mostrada por los comparecientes.
Les pidió que no se escondieran ni se dejaran intimidar por posibles descalificaciones futuras, algo que, según recordó, ha ocurrido en otros contextos.
Su mensaje no fue triunfalista ni concluyente. No ofreció soluciones inmediatas ni promesas grandilocuentes. Se limitó a subrayar que la verdad, cuando se expone con claridad, suele resultar incómoda, pero necesaria.
Una sesión que deja preguntas abiertas
La comisión de la DANA no terminó con respuestas definitivas ni con consensos claros.
Sin embargo, la intervención de Gabriel Rufián dejó una huella evidente.
Más allá del contenido concreto, lo que quedó fue la sensación de que, por unos minutos, el debate parlamentario se acercó a la realidad de quienes acudían a ser escuchados.
En un entorno donde el lenguaje suele estar medido y filtrado, ese gesto de ruptura con el protocolo recordó que la política también se construye desde el silencio, la mirada directa y la capacidad de escuchar sin prisas.
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