Irene Montero: "Tras la regularización de inmigrantes, vamos a por la nacionalidad y a que puedan votar" | Elecciones Aragon 2026

Esta es la crónica de una jornada que ha hecho temblar los cimientos de la política española. El 10 de febrero de 2026 quedará marcado como el día en que el mapa de poder cambió de manos y las sonrisas en la Moncloa se transformaron en un silencio sepulcral.

La comparecencia de Pedro Sánchez tras el descalabro electoral en Aragón no ha sido la de un presidente triunfante, sino la de un líder que, por primera vez, muestra grietas profundas en su armadura de invulnerabilidad.

Sánchez ha aparecido ante los medios con un rostro visiblemente desencajado, con ojeras marcadas y una voz que, lejos de su habitual firmeza, denotaba el cansancio de quien sabe que ha perdido el pulso de la calle.

El resultado en Aragón ha sido un terremoto de escala máxima: el bloque de centroderecha ha arrasado, dejando al socialismo en una posición residual en un territorio que históricamente ha sido el termómetro de la nación.

La derrota no ha sido solo numérica, sino moral, ya que los ciudadanos han enviado un mensaje rotundo contra la política de alianzas que el presidente ha mantenido hasta el último minuto.

Mientras tanto, en el otro lado del espectro, el avance de Vox ha sido calificado por los analistas como “imparable”, consolidándose como la fuerza llave que dictará el destino de las instituciones aragonesas.

La formación de Abascal ha celebrado los resultados con una euforia que contrasta con la atmósfera lúgubre de la sede del PSOE, donde los rostros de los ministros presentes reflejaban una derrota que nadie se atrevió a pronosticar con tal magnitud.

En medio de este caos, la figura de Irene Montero ha emergido para lanzar un dardo envenenado hacia sus antiguos socios, acusando al “sanchismo” de haber abandonado las esencias de la izquierda por el puro pragmatismo del poder.

Montero, que observa la caída del Ejecutivo desde su posición actual, ha sentenciado que el castigo en las urnas es la consecuencia directa de una política que ya no conecta con las necesidades reales de las familias españolas.

Sánchez, en su intervención, ha intentado hablar de “resiliencia” y de “seguir trabajando por el progreso”, pero sus palabras sonaban huecas frente a la realidad inapelable de unos datos que tiñen de azul y verde el mapa de Aragón.

La presión sobre el presidente es máxima, ya que no solo debe lidiar con el auge de la derecha, sino con el fuego amigo de una izquierda radical que ve en este fracaso la oportunidad para ajustar cuentas pendientes.

Los barones socialistas, que hasta ayer guardaban un silencio cómplice, han empezado a filtrar su malestar, sugiriendo que el modelo actual está agotado y que se necesita un giro de 180 grados antes de que el incendio se extienda al resto de España.

El mensaje de Vox ha sido claro: “Aragón es solo el principio de la reconquista de la sensatez”, una frase que resuena como una amenaza directa para la continuidad de la legislatura en Madrid.

Irene Montero ha aprovechado el momento de debilidad de Sánchez para reivindicarse, asegurando que el vacío dejado por el PSOE será llenado por un feminismo combativo que no se vende a las estructuras del Estado.

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La comparecencia de Sánchez ha terminado sin preguntas, en un gesto que muchos han interpretado como una huida hacia adelante para evitar enfrentarse a la realidad de un liderazgo que se desmorona por momentos.

Mejor te cuento que el aire que se respira en la capital es de fin de ciclo, con una Moncloa que parece un búnker asediado por los resultados electorales y por la sombra de una crisis interna sin precedentes.

Los analistas políticos coinciden en que este 10 de febrero ha nacido una nueva etapa en España, donde la polarización ha alcanzado su punto álgido y donde el presidente ya no puede ocultar su derrota tras eslóganes vacíos.

La imagen de un Sánchez “destrozado” es la metáfora de un Gobierno que se ha quedado sin relato y sin el apoyo de los territorios que antes le garantizaban la estabilidad.

Mientras Aragón celebra su nuevo rumbo, el resto del país observa con expectación un tablero político donde las piezas de Vox y la sombra de Montero amenazan con dar el jaque mate definitivo a la actual coalición.

La batalla por el relato ha terminado en las urnas, y el veredicto de los ciudadanos ha sido una condena firme a una forma de gobernar que ha ignorado el clamor de la calle durante demasiado tiempo.

La resaca emocional tras la debacle en Aragón ha dejado a la Moncloa sumida en un estado de parálisis táctica, mientras el resto de actores políticos afilan sus cuchillos para el asalto final.

El desmoronamiento de Pedro Sánchez en su comparecencia no fue un acto de debilidad pasajera, sino la confesión visual de un hombre que se ha quedado sin cartas que jugar frente a un país que ya no compra sus promesas.

Mejor te cuento que los pasillos del palacio presidencial se han convertido en un hervidero de reproches, donde los asesores de imagen intentan, sin éxito, ocultar que el proyecto personalista del líder socialista ha tocado fondo.

El avance de Vox en el territorio aragonés ha sido tan contundente que ha forzado a la derecha tradicional a endurecer su discurso para no ser devorada por la marea verde que exige una ruptura total con el sistema de concesiones actual.

Irene Montero, desde su posición de observadora externa pero profundamente implicada en el tejido de la izquierda radical, ha sabido leer la sangre en el agua y ha lanzado una ofensiva para recuperar el voto joven desencantado con el PSOE.

Para Montero, el castigo a Sánchez es la prueba de que el progresismo de salón ha fracasado y que solo un retorno a la confrontación directa contra las élites puede salvar lo que queda de la coalición de gobierno.

Por su parte, los líderes de Vox han interpretado su victoria en Aragón como el inicio de una “primavera nacional” que busca desmantelar la estructura de poder que Sánchez ha construido a base de pactos con sectores que el electorado hoy rechaza.

La tensión es tan alta que se rumorea que varios ministros del núcleo duro del presidente han puesto sus cargos a disposición, temiendo que el hundimiento en Aragón sea el preludio de una catástrofe mayor en las próximas citas electorales.

Sánchez se enfrenta ahora al dilema de su vida política: intentar una huida hacia adelante con un adelanto electoral que le permita salvar los muebles o resistir en un búnker mientras el incendio devora cada una de sus delegaciones territoriales.

Mejor te cuento que el entorno de Irene Montero ya está preparando una hoja de ruta para una nueva plataforma política que aglutine el descontento de aquellos que se sienten traicionados por las “mentiras” de un Sánchez que ya no convence ni a los suyos.

La comparecencia “destrozada” del presidente ha sido la comidilla de todas las cancillerías europeas, donde se empieza a ver a España como un factor de inestabilidad debido a la fragilidad extrema de su Ejecutivo tras el 10 de febrero.

Vox ha sabido capitalizar el hartazgo de la España rural y trabajadora, presentándose como la única alternativa real frente a lo que ellos llaman “la dictadura del pensamiento único” que Sánchez ha intentado imponer desde Madrid.

El silencio de los barones socialistas más críticos, como Page o Lambán, es más elocuente que cualquier discurso; es el silencio de quienes esperan a que el líder caiga por su propio peso para iniciar la reconstrucción sobre las cenizas del sanchismo.

Irene Montero no ha tenido piedad al señalar que “la soberbia se paga en las urnas”, un dardo que apunta directamente a la gestión personalista de un presidente que se creyó invulnerable ante el juicio de la historia.

La atmósfera en la capital es de una tensa espera, con los mercados financieros observando con recelo cómo la gobernabilidad de la cuarta economía del euro pende de un hilo que se estira peligrosamente cada día.

Mejor te cuento que lo vivido en Aragón ha demostrado que el votante español ya no se conforma con el miedo a la derecha, sino que exige una gestión eficaz y una identidad nacional que muchos sienten que se ha diluido en los últimos años.

Sánchez ha intentado en las últimas horas contactar con sus socios de investidura para cerrar filas, pero se ha encontrado con la frialdad de quienes ya están negociando su propio futuro en un escenario post-Sánchez.

La figura del presidente, antes magnética y dominante, se proyecta hoy como la de un náufrago que intenta achicar agua en una barca que hace aguas por los cuatro costados, mientras Vox y Montero vigilan desde la orilla.

La batalla por España ha entrado en una dimensión desconocida, donde los viejos manuales de política ya no sirven y donde la emoción y el castigo electoral han pasado a ser los únicos motores de la realidad nacional.

El 10 de febrero de 2026 será recordado como el principio del fin para una forma de entender el poder, dejando paso a una incertidumbre que solo las urnas podrán despejar definitivamente cuando se convoque al país al plebiscito final.

El búnker de la Moncloa ha dejado de ser un centro de estrategia para convertirse en una sala de crisis permanente donde las luces no se apagan en toda la madrugada.

Pedro Sánchez, en sus círculos más íntimos, ya no habla de “resiliencia”, sino de “supervivencia”, consciente de que el 10 de febrero ha marcado un punto de no retorno en la percepción pública de su figura.

Mejor te cuento que la humillación sufrida en Aragón no es un dato estadístico, es el síntoma de un divorcio emocional entre el presidente y la España que madruga, esa que ha decidido que el verde de Vox y el azul del PP son los colores de la nueva esperanza.

La tensión ha llegado a tal punto que se han filtrado gritos en las reuniones de gabinete, con ministros reprochándose mutuamente haber ignorado las señales de alarma que llegaban desde las provincias mientras ellos se centraban en la cosmética de Madrid.

Irene Montero, con la astucia de quien ha sido purgada y ahora regresa para reclamar su sitio, ha iniciado una ronda de contactos con los sindicatos más combativos para organizar una gran movilización que termine de desestabilizar el suelo que pisa Sánchez.

Para Montero, el presidente es hoy un “cadáver político” que aún camina, y su objetivo es asegurarse de que el espacio a la izquierda del PSOE no se hunda con él, sino que resurja con una fuerza renovada y sin concesiones al sistema.

Mientras tanto, la euforia en la sede de Vox es contenida pero estratégica; saben que su victoria en Aragón les otorga una autoridad moral que ahora piensan proyectar hacia el Congreso de los Diputados, exigiendo un adelanto electoral inmediato.

Irene Montero y Vox se rifan otro 15-M | Opinión | EL PAÍS

“España ha despertado en el Ebro y no volverá a dormirse hasta que recuperemos las instituciones”, es el lema que corre por los grupos de mensajería de la formación de Abascal, calando hondo en una ciudadanía cansada de los juegos de salón.

Los barones del PSOE, esos que todavía tienen que defender sus territorios, han empezado a desmarcarse públicamente de las políticas de la Moncloa, en lo que muchos califican como un “sálvese quien pueda” antes de que la ola de Aragón llegue a sus costas.

Mejor te cuento que el presidente se siente traicionado por su propio equipo de comunicación, que no supo prever que la rabia de los agricultores y de la clase media aragonesa se transformaría en un castigo electoral de proporciones bíblicas.

La comparecencia de Sánchez, en la que se le vio con los ojos vidriosos y las manos temblorosas, ha sido analizada por expertos en lenguaje no verbal como el final de una era: el hombre de la “suerte infinita” parece haberse quedado sin el favor de los astros.

La presión internacional también aprieta; desde Bruselas se observa con recelo cómo el gobierno de la cuarta potencia del euro se desintegra, temiendo que la inestabilidad política española contagie a los mercados de deuda y dispare la prima de riesgo.

Irene Montero está jugando su partida más ambiciosa, presentándose como la única voz capaz de frenar el avance de lo que ella llama “la reacción”, pero haciéndolo a costa de un Sánchez al que ya no considera un aliado, sino un estorbo.

La España de las dos mitades ha vuelto con más fuerza que nunca, pero esta vez con una derecha que no pide perdón por sus ideas y una izquierda que se devora a sí misma en una guerra de culpas y resentimientos.

Sánchez sabe que cada hora que pasa sin tomar una decisión drástica, como una remodelación profunda del gobierno o la convocatoria de un referéndum sobre su gestión, el control del país se le escapa de las manos como arena entre los dedos.

Mejor te cuento que el 10 de febrero de 2026 será recordado en los libros de historia como el día en que el “sanchismo” perdió su capacidad de hipnosis sobre el electorado, dejando al descubierto las costuras de un sistema agotado.

La batalla por el poder ha pasado de los despachos a las calles, y el resultado de Aragón es el primer grito de una rebelión que amenaza con llevarse por delante todo lo que se construyó sobre la base de la polarización y el olvido.

El país contiene el aliento mientras espera el próximo movimiento de un presidente que ya no tiene donde esconderse, acosado por una derecha triunfante y una ex-socia que no parará hasta verlo fuera de la Moncloa.

Es el juego de tronos a la española, donde la lealtad ha desaparecido y donde el único objetivo es no quedar atrapado bajo los escombros de un edificio que ha empezado a derrumbarse desde los cimientos de Zaragoza hasta el centro de Madrid.