El panorama internacional atraviesa uno de los momentos más inciertos de las últimas décadas.

Así lo refleja la entrevista concedida por Olga Caballero García, experta en asuntos públicos, relaciones institucionales y política europea, quien describe un escenario global marcado por la inestabilidad, el desequilibrio de poder y la ausencia de un orden claro.

Desde su punto de vista, el sistema internacional basado en normas, acuerdos multilaterales y derecho internacional ha perdido gran parte de su eficacia.

La experta sostiene que la política exterior de Donald Trump ha evidenciado que, en la práctica, el poder sigue imponiéndose sobre las reglas.

Según Caballero, la fuerza se ha convertido nuevamente en el principal instrumento para configurar el orden mundial.

En este contexto, Estados Unidos estaría utilizando su posición dominante para imponer sus intereses sin tener en cuenta los equilibrios tradicionales con sus aliados.

La especialista considera que Trump ha entendido mejor que otros líderes cómo funciona realmente la lógica del poder internacional.

Esa lógica, explica, no responde tanto a principios jurídicos como a la capacidad de presión económica, militar y estratégica.

La consecuencia directa de este cambio es un debilitamiento progresivo de Europa como actor relevante en la política global.

Caballero subraya que la Unión Europea ha demostrado carecer de autonomía estratégica frente a Estados Unidos.

La cuestión de Groenlandia se presenta como un ejemplo simbólico de esta fragilidad europea.

La posibilidad de que Estados Unidos ejerza una presión decisiva sobre un territorio vinculado a un país europeo revela, según la experta, la debilidad estructural del proyecto comunitario.

Europa no dispone de mecanismos eficaces para responder con firmeza a este tipo de desafíos.

Esta falta de capacidad de reacción no solo afecta a su credibilidad externa, sino también a su legitimidad interna ante los ciudadanos.

La percepción de una Europa impotente ante las grandes potencias erosiona la confianza en las instituciones comunitarias.

La OTAN, que durante décadas fue considerada un pilar de la seguridad occidental, aparece en este análisis como una estructura profundamente dependiente de Estados Unidos.

Caballero señala que la Alianza Atlántica ha quedado reducida, en la práctica, a una extensión del poder estadounidense.

Esto implica que si Washington decide actuar de forma unilateral, el resto de los socios carecen de margen real para oponerse.

La experta no prevé una intervención militar directa en el caso de Groenlandia, pero sí posibles acuerdos económicos que favorezcan los intereses de Estados Unidos.

La economía, en este nuevo escenario, se convierte en un instrumento clave de dominación estratégica.

Groenlandia, con su posición geográfica y sus recursos naturales, representa un activo de enorme valor en el futuro comercio global.

Por ello, la presión económica puede resultar más eficaz que la coerción militar directa.

Otro conflicto que ha quedado relegado en la agenda internacional es la guerra de Ucrania.

Caballero observa que la atención global se ha desplazado hacia otros focos de tensión, lo que ha reducido el protagonismo del conflicto ucraniano.

La Unión Europea, que inicialmente mostró un apoyo firme e incondicional a Ucrania, empieza ahora a replantearse su postura.

Las dificultades económicas, el impacto político interno y la falta de respaldo claro por parte de Estados Unidos han obligado a reconsiderar estrategias.

La reciente apertura al diálogo con Rusia por parte de algunos actores europeos marca un cambio significativo en el discurso oficial.

Este giro refleja el agotamiento de una estrategia basada únicamente en sanciones y apoyo financiero ilimitado.

La realidad geopolítica, según la experta, impone un enfoque más pragmático.

Estados Unidos, mientras tanto, estaría redefiniendo sus prioridades estratégicas.

La contención de China aparece como uno de los objetivos centrales de la política exterior estadounidense.

En este marco, las alianzas se vuelven flexibles y circunstanciales.

Incluso Rusia podría convertirse en un socio táctico frente al ascenso chino.

Esta lógica de bloques variables rompe con la idea de alianzas estables que caracterizó la política internacional durante décadas.

La situación en Venezuela también es interpretada como un laboratorio de nuevas formas de intervención.

Caballero sugiere que Estados Unidos está explorando modelos de cambio político que no requieren una invasión militar directa.

La colaboración con sectores internos del poder y la presión económica permiten generar transformaciones sin presencia masiva de tropas.

Este tipo de estrategias envía un mensaje claro a otros gobiernos de la región.

Quienes colaboran con Washington pueden obtener beneficios económicos y estabilidad.

Quienes se oponen se enfrentan a sanciones, aislamiento y presión internacional.

Este enfoque refuerza la imagen de Estados Unidos como un actor que actúa más como árbitro que como socio.

El sistema internacional, en consecuencia, se asemeja cada vez más a una estructura anárquica donde predomina la ley del más fuerte.

Las normas multilaterales pierden peso frente a las decisiones unilaterales.

La proliferación de conflictos híbridos, ciberataques y guerras económicas confirma esta transformación.

La situación de Irán ofrece otro ejemplo de esta complejidad.

Las protestas internas, la represión y el control de la información reflejan un conflicto que no solo es político, sino también tecnológico.

El corte de internet, utilizado por el régimen iraní, demuestra cómo la información se ha convertido en un campo de batalla.

El control de la narrativa y de los flujos comunicativos es tan importante como el control del territorio.

La globalización y las nuevas tecnologías han alterado profundamente las dinámicas tradicionales del poder.

Las guerras ya no se libran únicamente con armas, sino también con datos, algoritmos y plataformas digitales.

En este contexto, las alianzas tradicionales pierden estabilidad.

Los países ya no actúan como bloques homogéneos, sino como actores que buscan ventajas coyunturales.

La relación entre Estados Unidos y China encarna este nuevo tipo de confrontación.

Caballero considera que el choque entre ambas potencias es inevitable, aunque no necesariamente militar.

La competencia comercial, tecnológica y estratégica ya constituye una forma de enfrentamiento estructural.

China ha optado hasta ahora por una expansión basada en el comercio y la influencia económica.

Estados Unidos, por su parte, intenta frenar ese avance mediante restricciones, sanciones y redefinición de alianzas.

La presión sobre países productores de recursos estratégicos, como Venezuela, forma parte de esa estrategia de contención.

El control de rutas comerciales, como las que podrían abrirse en el Ártico, adquiere una importancia creciente.

Groenlandia vuelve a aparecer aquí como un territorio clave en el futuro equilibrio global.

Si China se viera completamente bloqueada en su expansión económica, podría verse tentada a adoptar posiciones más agresivas.

Sin embargo, Caballero cree que ambas potencias son conscientes de los riesgos de un conflicto militar directo.

La disuasión sigue funcionando como un factor de contención.

El escenario más probable es una prolongación de la guerra económica y tecnológica.

La fragmentación del mundo en esferas de influencia parece cada vez más evidente.

Estados Unidos busca consolidar su dominio en América y reforzar su presencia en Oriente Medio.

China amplía su influencia en África y Asia mediante inversiones estratégicas.

Rusia intenta mantener su peso en Europa del Este y Asia Central.

Europa, mientras tanto, aparece como un actor debilitado y dividido.

Las tensiones internas dentro de la Unión Europea dificultan la construcción de una política exterior común.

Las discrepancias entre líderes comunitarios reflejan la falta de cohesión del proyecto europeo.

La diferencia de posturas entre la Comisión Europea y el Parlamento Europeo en relación con Irán ilustra esta fractura.

Mientras algunos optan por mensajes simbólicos, otros buscan gestos más contundentes.

Esta falta de unidad transmite una imagen de fragilidad al exterior.

La pérdida de legitimidad institucional preocupa cada vez más a los analistas.

Los ciudadanos perciben la distancia entre el discurso europeo y la realidad de su capacidad de acción.

Esta brecha alimenta el desencanto y el auge de fuerzas políticas críticas con el modelo actual.

La inestabilidad global también tiene consecuencias directas en las democracias occidentales.

La polarización política, la desconfianza institucional y la crisis de valores son fenómenos cada vez más visibles.

La propia política estadounidense podría experimentar un vuelco en función de los resultados electorales futuros.

Caballero plantea incluso la posibilidad de un impeachment si se produjera un cambio significativo en el equilibrio de poder interno.

Un escenario así tendría repercusiones profundas en todo el mundo.

El denominado “efecto rebote” podría generar una nueva etapa de intervencionismo internacional.

Las administraciones posteriores podrían intentar revertir las políticas de Trump con acciones igualmente contundentes.

Esto consolidaría un ciclo de inestabilidad estructural en las relaciones internacionales.

La idea de soberanía nacional, ya debilitada por la globalización, se vería aún más cuestionada.

La intervención en asuntos internos de otros países podría normalizarse como herramienta política.

Este riesgo preocupa especialmente a regiones con menor capacidad de defensa.

Europa, sin una estrategia clara y unificada, quedaría especialmente expuesta a estas dinámicas.

La entrevista con Olga Caballero dibuja, en definitiva, un mundo en transición.

Un mundo donde las certezas del pasado ya no sirven para interpretar el presente.

Un mundo donde el poder se redefine constantemente y las alianzas se vuelven volátiles.

La diplomacia tradicional se enfrenta a desafíos para los que aún no tiene respuestas claras.

Los ciudadanos observan este proceso con inquietud y desconfianza.

La sensación de vivir en un entorno global imprevisible se extiende.

La política internacional deja de ser una cuestión distante para convertirse en una preocupación cotidiana.

Las decisiones tomadas en Washington, Pekín, Moscú o Bruselas afectan directamente al bienestar de millones de personas.

Comprender estas dinámicas se vuelve esencial para interpretar los acontecimientos actuales.

La visión ofrecida por la experta invita a reflexionar sobre la necesidad de repensar el modelo de gobernanza global.

La reconstrucción de un orden internacional más equilibrado parece, hoy por hoy, una tarea pendiente.

Mientras tanto, el mundo avanza entre tensiones, incertidumbre y cambios profundos.