Miguel Ángel Moncholi: El Último Vuelo de un Maestro del Periodismo y la Palabra Toreada

El periodismo español, y de manera más profunda el universo de la tauromaquia, se ha sumido en un silencio sepulcral tras conocerse la noticia de la partida de Miguel Ángel Moncholi.

A los 70 años de edad, en la paz del hospital Puerta de Hierro de Majadahonda, el corazón de este comunicador irrepetible dejó de latir, dejando tras de sí un legado de integridad y sabiduría.

No estamos ante la simple pérdida de un cronista; estamos ante el adiós de un intelectual que supo dignificar la información taurina elevándola a la categoría de arte académico.

Nacido en el Madrid de 1955, Moncholi no fue un espectador cualquiera de la realidad, sino un arquitecto de la opinión pública que construyó su carrera sobre los cimientos del rigor.

Su fallecimiento se produce en una fecha cargada de simbolismo, apenas unas horas antes de que la Federación Española de Periodistas y Escritores de Turismo (FEPET) le rindiera tributo en FITUR.

Lo que debía ser un encuentro de alegría y reconocimiento a su labor como vicepresidente de dicha institución, se ha transformado ahora en un altar de respeto y memoria póstuma.

Sus colegas, entre ellos figuras de la talla de Karmen Garrido y Francisco Rivero, se preparaban para aplaudir una trayectoria que abarcó más de cuatro décadas de entrega absoluta.

Sin embargo, el destino ha querido que ese aplauso resuene ahora en la eternidad, consagrando su nombre como una de las firmas más brillantes de la comunicación madrileña.

Miguel Ángel Moncholi entendió desde sus inicios en 1980 que el periodismo no era solo contar lo que sucede, sino interpretar por qué sucede y bajo qué valores se sostiene.

A lo largo de su carrera, su voz se convirtió en la banda sonora de miles de aficionados que sintonizaban Telemadrid para comprender los matices de la lidia.

No se limitaba a describir los pases de un torero; Moncholi explicaba la ética del sacrificio, la estética del valor y la importancia cultural de una tradición milenaria.

Fue, además, un hombre de vanguardia, un pionero que no temió al cambio tecnológico cuando este asomaba tímidamente en el horizonte del nuevo siglo.

Bajo su visión nació “El Burladero TV”, el primer gran portal de información taurina en internet, rompiendo moldes en un sector que a menudo se resistía a la modernidad.

Con esta iniciativa, Moncholi demostró que la tradición y la tecnología no son enemigas, sino aliadas necesarias para la supervivencia de la cultura en la era digital.

Su formación académica fue tan vasta como su pasión, ostentando un doctorado en Periodismo por la Universidad Complutense que avalaba cada una de sus intervenciones.

Para él, el título de Doctor no era un adorno, sino una responsabilidad que lo obligaba a tratar la información con un método científico y un respeto sagrado por la verdad.

En las aulas de la Complutense, Moncholi se transformaba en el maestro generoso que no guardaba secretos para sí, sino que buscaba despertar la chispa del pensamiento crítico en sus alumnos.

Siempre sostuvo que informar es un acto moral, una premisa que defendió en cada conferencia, en cada clase magistral y en cada minuto de televisión.

Incluso en sus últimos días, su compromiso con la enseñanza permaneció intacto, colaborando en los cursos de comunicación taurina en la emblemática plaza de Las Ventas.

Allí, rodeado de jóvenes aspirantes, Moncholi impartió su última lección: que la palabra debe ser toreada con la misma verdad y el mismo temple con que se cita a un toro bravo.

Javier López-Galiacho, en sus recientes y emotivas palabras, definió a Moncholi como parte de una estirpe rara de hombres que convierten su oficio en una estética de vida.

Su paso por la Cadena SER y su consolidación en Telemadrid no fueron meros hitos laborales, sino capítulos de una biografía dedicada a la búsqueda de la excelencia.

Los galardones que acumuló, desde la Antena de Oro hasta los Premios Ondas, son solo el reflejo exterior de un prestigio que se ganaba día a día, minuto a minuto.

El Premio Nacional de Tauromaquia de Radio España, que recibió de manos de Miguel Abellán, fue quizá uno de los momentos que más resumían su peso en la industria.

Sin embargo, Moncholi siempre prefirió el calor de la tertulia, el análisis reposado y la defensa de la fiesta nacional desde la inteligencia y nunca desde el fanatismo.

Él entendía que la tauromaquia es un patrimonio vivo, un residuo de verdad en un mundo de apariencias, y por ello exigía a sus colegas un rigor extremo en el tratamiento de los datos.

Hoy, Madrid se siente un poco más huérfana, y el hospital de Majadahonda se ha convertido en el punto de partida de una leyenda que apenas comienza a escribirse.

Sus análisis, siempre pausados y reflexivos, sirvieron de contrapunto al vértigo informativo de una sociedad que a menudo olvida mirar hacia adentro.

Moncholi no gritaba para ser escuchado; su autoridad emanaba de la profundidad de sus argumentos y de la impecable construcción de su discurso.

Se marcha un hombre que supo ser puente entre la vieja guardia del periodismo y las nuevas plataformas de comunicación masiva.

Su legado no se encuentra únicamente en las hemerotecas o en los archivos de video de la televisión autonómica, sino en el corazón de quienes fueron sus pupilos.

Cada vez que un joven periodista decida investigar antes de publicar, o prefiera la verdad a la rapidez, el espíritu de Moncholi estará presente en esa redacción.

La Comunidad de Madrid pierde a un cronista de fuste, pero gana un referente eterno al que consultar en los momentos de duda profesional.

Las Ventas, ese templo de piedra y arena, guardará para siempre el eco de sus comentarios, cargados de respeto por el toro y por el torero.

La muerte le ha sorprendido trabajando, pensando y enseñando, que es la única forma en que un maestro de su talla podía despedirse del escenario de la vida.

No hay palabras suficientes para llenar el vacío que deja su silla vacía en las tertulias, pero sí hay memoria suficiente para honrar su nombre por décadas.

Miguel Ángel Moncholi ha cruzado la última puerta grande, la de la historia, dejando una estela de luz para quienes aún creemos en la fuerza de la palabra.

Descanse en paz el hombre, el periodista, el doctor y, por encima de todo, el caballero que hizo de la comunicación un acto de belleza constante.

Que su familia y amigos encuentren consuelo en saber que su voz no se ha apagado, sino que se ha convertido en un eco eterno en la cultura española.

El periodismo taurino tiene hoy una nueva estrella en su firmamento, una que brilla con la sobriedad y la elegancia que solo los grandes saben lucir.