El ocaso del sentido común: El choque entre la élite política de Galapagar y la España que madruga

La política española ha alcanzado un nivel de surrealismo que roza lo perverso en el trato hacia el pequeño propietario.

El reciente enfrentamiento dialéctico entre la eurodiputada Irene Montero y las víctimas de la denominada “inquiocupación” es el síntoma definitivo de una desconexión total.

Mientras Montero percibe un sueldo que supera los 130.000 euros anuales, se permite el lujo de dar lecciones de moralidad a quienes apenas llegan a fin de mes.

La figura de la eurodiputada, blindada por su estatus y su patrimonio en Galapagar, se ha convertido en el azote de ciudadanos que solo reclaman lo que es suyo.

La paradoja es sangrienta: una señora que vive en un unifamiliar con piscina y seguridad privada llama “rentistas malvados” a pensionistas con pisos de 400 euros.

La “inquiocupación” no es un término inventado, es la pesadilla real de familias que ven cómo sus inquilinos dejan de pagar amparados por la ley.

En España, se ha instalado una lógica delirante donde robar un microondas te lleva a la cárcel, pero robar el uso de una casa entera te convierte en “vulnerable”.

Irene Montero atacó ferozmente a una mujer que simplemente celebraba el fin de una prórroga que la mantenía secuestrada económicamente.

Para la exministra, cualquier persona que posea una segunda vivienda fruto del ahorro es un “fondo buitre” al que hay que expropiar de facto.

Sin embargo, los datos son tercos y muestran que la mayoría de estos “rentistas” son personas trabajadoras que necesitan ese alquiler para vivir.

El testimonio de Silvia, representante de afectados en Gijón, pone los pelos de punta por la crudeza de la injusticia institucionalizada.

A estas mujeres se les ha confiscado su propiedad privada para que el Gobierno pueda colgarse la medalla de un “escudo social” que no paga el Estado.

Es el ciudadano de a pie quien está financiando, con su salud y su dinero, la falta de inversión en vivienda pública por parte de los políticos.

Irene Montero afirma que 60.000 familias se quedarán sin techo, pero olvida mencionar que muchas de esas familias son “profesionales” de la ocupación.

El “ratio” que la señora víctima de la ocupación le hizo a Montero en redes sociales ha sido una de las humillaciones más épicas de la historia de Twitter.

“La suma de mis dos viviendas no alcanza el valor de tu chalé”, le respondió la afectada, dejando en evidencia la hipocresía de la líder de Podemos.

No se trata de una lucha de clases, sino de una lucha entre la gente real y una casta política que vive en una burbuja de privilegios ideológicos.

La seguridad jurídica en España está herida de muerte porque el incentivo para dejar de pagar es mayor que el riesgo de ser desalojado.

Muchos propietarios han decidido cerrar sus viviendas y sacarlas del mercado por el miedo insoportable a caer en las garras de la ley de vivienda actual.

Esto provoca, irónicamente, que el precio del alquiler suba y que los jóvenes lo tengan más difícil para independizarse por la falta de oferta.

La izquierda radical ha inoculado en una parte de la sociedad el virus del odio hacia el propietario, presentándolo como un enemigo del pueblo.

Se ha llegado al punto de normalizar que un propietario tenga que pagar el agua y la luz de alguien que lleva años sin abonarle la renta.

Pilar, desde Coruña, contaba cómo casi le embargan su propia pensión por las facturas que su inquilina “vulnerable” se negaba a pagar.

¿En qué país del mundo desarrollado se castiga al que ahorra y se premia al que incumple sistemáticamente sus contratos firmados?

La respuesta de Montero es siempre la misma: “O les paramos o nos lo quitarán todo”, proyectando sus propios miedos de casta sobre la clase media.

El feminismo de Montero también es selectivo, ya que ignora por completo el sufrimiento de las mujeres propietarias que son acosadas por sus inquilinos.

Las “charras basadas”, como se les llama en redes, han demostrado que tienen más dignidad y valentía que toda la bancada de eurodiputados junta.

El Estado de Derecho se fundamenta en el respeto a la propiedad, y cuando este pilar cae, la democracia empieza a tambalearse peligrosamente.

Resulta patético ver a youtubers y streamers tener más sentido común sobre la economía doméstica que una persona que ha sido ministra de Igualdad.

La demagogia de Montero se estrella contra la realidad de un piso de 45 metros cuadrados en Vigo que es el único sustento de una anciana.

La “emergencia habitacional” es una responsabilidad del Gobierno, no un impuesto revolucionario que deba pagar el dueño de un inmueble.

Si Irene Montero tuviera un ápice de vergüenza, abriría las puertas de su casa de invitados en Galapagar para alojar a los que ella llama vulnerables.

Pero la solidaridad de la izquierda caviar siempre se ejerce con el dinero y el esfuerzo de los demás, nunca con el propio.

La señora de la asociación de afectados ha ganado esta batalla moral porque habla desde la verdad del que ha perdido la salud en los juzgados.

España necesita una ley que proteja al que cumple y que desaloje de forma exprés al que convierte la vivienda en un objeto de chantaje.

Mientras sigamos permitiendo que políticos con sueldos astronómicos criminalicen a los propietarios, el problema de la vivienda solo irá a peor.

El nivel de “mongolismo” político, como denuncian algunos analistas, ha llegado a cotas que hacen imposible el funcionamiento normal de un país.

No se puede gestionar una nación desde el resentimiento y la mentira constante sobre quiénes son los verdaderos culpables de la crisis.

La libertad empieza por la propiedad, y defender la casa de esa señora de Gijón es defender la libertad de todos los españoles frente al abuso de poder.

La confrontación entre la realidad a pie de calle y los despachos de Bruselas ha quedado retratada en un hilo de mensajes que ya es historia de la sociología española.

Irene Montero, desde su posición de privilegio absoluto, ha intentado convertir una tragedia personal en un eslogan de campaña política para su supervivencia.

El término “rentista” se utiliza hoy como un proyectil ideológico para deshumanizar a quien, tras décadas de esfuerzo, posee un inmueble para su jubilación.

Sin embargo, la realidad que Montero ignora es que el 95% de los propietarios en España son pequeños ahorradores, no fondos de inversión internacionales.

La “inquiocupación” es la forma más perversa de abuso, porque nace de un contrato de confianza que el inquilino rompe sabiendo que la ley le protege.

El caso de los Pérez, que alquilaron su vivienda para pagar el tratamiento médico de su hija, es el ejemplo más desgarrador de esta injusticia.

¿Cómo puede un Gobierno mirar a los ojos a unos padres desesperados mientras protege a quienes les están robando el sustento vital de su hija?

La respuesta de la exministra no es la empatía, sino el ataque preventivo y la criminalización de las víctimas que se atreven a levantar la voz.

La soberbia de cobrar 130.000 euros anuales mientras se llama miserable a una pensionista es un insulto que la sociedad española no debería olvidar.

La señora que plantó cara a Montero no solo defendía su casa, defendía el concepto mismo de justicia que ha sido pisoteado por el populismo más rancio.

“He vivido con miedo y con culpa impuesta”, confesaba la víctima, revelando el daño psicológico que causa un sistema que te señala por ser propietario.

El “escudo social” del que presume el Gobierno es, en realidad, un sistema de expropiación temporal del uso de la vivienda sin pagar un solo euro de indemnización.

Si el Estado decide que una familia es vulnerable, debe ser el Estado quien pague su alquiler en una vivienda pública o mediante ayudas directas.

Lo que es inadmisible es que el Estado decida que la vulnerabilidad de unos se pague con el patrimonio y la salud de otros ciudadanos particulares.

[Image comparing the time to evict a non-paying tenant in Spain vs. other European countries like Germany or France]

Esta inseguridad jurídica ha provocado un fenómeno que los economistas llaman “la parálisis del mercado”, donde nadie se atreve a poner su piso en alquiler.

El resultado es desastroso: menos oferta de vivienda, precios más altos y una barrera infranqueable para los jóvenes que sí quieren cumplir con la ley.

Irene Montero habla de 60.000 familias desahuciadas, pero no dice cuántas de esas familias han convertido la “vulnerabilidad” en un modo de vida fraudulento.

Existen manuales en internet sobre cómo declararse vulnerable para vivir gratis durante años a costa de pequeños propietarios que entran en depresión.

El nivel de degradación institucional es tal que se permite a una señora dar un mitin en el Congreso mientras se silencia a las víctimas reales en el palco.

La izquierda radical ha convertido el derecho a la vivienda en un “derecho al robo” amparado por una burocracia judicial lenta y politizada.

Virginia, desde Málaga, recordaba que le han quitado la salud mental tras cuatro años de lucha para recuperar lo que legalmente es suyo.

Esas mujeres, a las que Montero intenta silenciar, son las que mantienen la economía real del país frente a la economía de subvención de Galapagar.

La hipocresía de mandar a los hijos a colegios privados mientras se destruye la seguridad jurídica del resto es el sello distintivo de esta nueva casta.

El discurso de “o les paramos o nos lo quitarán todo” es una proyección de lo que ellos mismos están haciendo: quitarle la esperanza a la clase media.

No hay feminismo posible cuando una ministra ataca a mujeres trabajadoras que solo piden que se cumpla un contrato de alquiler firmado.

El “virus del mongolismo político”, como se ha mencionado con crudeza, consiste en creer que la inversión en vivienda es un pecado que merece el castigo del robo.

Si toda inversión tiene un riesgo, el riesgo en España no es el mercado, sino el capricho ideológico de políticos que no conocen la realidad del trabajo.

La batalla dialéctica ha dejado claro que la calle ya no compra el relato de los “malvados rentistas” frente a los “pobres ocupas”.

La gente está cansada de pagar impuestos para que luego el Estado les deje desprotegidos ante el primer caradura que decide no pagar la renta.

La humillación de Irene Montero en las redes sociales no es un ataque gratuito, es el grito de rabia de una España que se siente estafada por sus representantes.

Cada vez que Montero tuitea desde su chalé, nace un nuevo opositor a sus políticas porque el contraste entre su vida y sus palabras es insoportable.

La reconstrucción de la paz social en España pasa necesariamente por devolver la propiedad a sus dueños y la responsabilidad de los servicios sociales al Estado.

Mientras tanto, la asociación de víctimas de la inquiocupación seguirá siendo la china en el zapato de una élite que se cree por encima del bien y del mal.

La dignidad no se compra con un sueldo de eurodiputada, se demuestra defendiendo la verdad frente a los poderosos que intentan aplastarte.

España despertará de esta pesadilla cuando la ley vuelva a ser igual para todos y no una herramienta de ingeniería social para colectivos privilegiados.