La entrevista concedida por Juan Antonio de Castro, exfuncionario de Naciones Unidas, se produce en un momento de máxima tensión internacional.

Las declaraciones del expresidente estadounidense Donald Trump han reavivado el temor a una nueva escalada militar en Oriente Medio.

La amenaza explícita de un posible ataque sobre Teherán vuelve a situar a Irán en el centro del tablero geopolítico.

Según De Castro, la pregunta clave ya no es si existe tensión, sino hasta dónde puede llegar.

El analista advierte que el contexto actual es mucho más complejo de lo que muestran los discursos oficiales.

En su intervención, cuestiona frontalmente el relato dominante sobre la llamada “guerra de los 12 días”.

Una guerra que, según afirma, no fue ni limpia ni concluyente.

Ni para Estados Unidos.

Ni para Israel.

De Castro sostiene que el bombardeo estadounidense no destruyó las capacidades nucleares iraníes como se ha querido hacer creer.

Tampoco acepta la versión israelí que minimiza los daños sufridos durante ese breve pero intenso conflicto.

A su juicio, la reacción iraní fue mucho más contundente de lo que se ha reconocido públicamente.

El alcance real de los ataques contra infraestructuras estratégicas israelíes permanece, en gran medida, oculto.

El analista afirma que, si se conociera toda la verdad, la percepción internacional sobre Irán cambiaría de forma significativa.

Lejos de ser un actor débil o improvisado, Irán ha demostrado una capacidad militar y tecnológica considerable.

De Castro insiste en que subestimar a Teherán constituye un error estratégico grave.

“No es Venezuela”, subraya.

No se trata de un régimen frágil dispuesto a negociar su salida.

Se trata de una nación con una identidad histórica profunda y una estructura estatal sólida.

En este punto, el exfuncionario introduce una distinción fundamental.

Una cosa es el horror humano de las muertes provocadas por el conflicto.

Y otra muy distinta es el futuro de la nación persa.

Irán, como civilización milenaria, merece un porvenir digno y estable.

De Castro lamenta que el debate internacional se centre casi exclusivamente en las amenazas militares.

Mientras se ignora sistemáticamente el impacto humano y social.

Las vehemencias de Donald Trump, según el analista, responden más a objetivos geopolíticos que a una estrategia coherente de seguridad.

La presencia de una poderosa armada estadounidense en la región carece, a su juicio, de un objetivo claro.

Las exigencias planteadas a Irán rozan lo irrealizable.

Prohibir cualquier tipo de enriquecimiento de uranio, incluso con fines civiles, es una demanda que califica de “absolutamente loca”.

Ningún Estado soberano aceptaría semejante imposición.

Menos aún uno con capacidades científicas desarrolladas.

De Castro recuerda conversaciones pasadas con altos cargos de la diplomacia iraní.

Según relata, las negociaciones nucleares nunca fueron una prioridad real para Estados Unidos.

Las delegaciones estadounidenses, afirma, abandonaban rápidamente la mesa.

Eso revela que el problema nuclear es solo una excusa.

Detrás existe una agenda mucho más amplia.

Una agenda vinculada al equilibrio regional de poder.

Israel, en este contexto, desempeña un papel central.

El Estado hebreo es plenamente consciente de la capacidad de respuesta iraní.

Por ello, presiona constantemente a Washington.

Busca forzar una acción definitiva que debilite al régimen de Teherán.

La actual crisis económica iraní es vista por algunos actores como una oportunidad.

Una oportunidad para provocar un colapso interno.

Sin embargo, De Castro advierte que este cálculo es extremadamente peligroso.

Irán no perdió la guerra de los 12 días.

Y eso explica, según él, por qué el conflicto se detuvo de manera abrupta.

La escalada podría haber llegado mucho más lejos.

La amenaza actual no es solo retórica.

Es una amenaza real.

Y profundamente inquietante.

El analista plantea un escenario que hasta hace poco parecía impensable.

La posible utilización de armas nucleares por parte de Israel.

Cuando se habla de “algo novedoso”, afirma, no hay muchas opciones.

Más allá de los misiles ya utilizados, la única novedad sería la bomba atómica.

Esa posibilidad marca una línea roja.

Una línea que, si se cruza, tendría consecuencias irreversibles.

El riesgo no es solo para Oriente Medio.

Es un riesgo global.

De Castro aclara que no existen pruebas de que Irán posea actualmente armas nucleares.

Sin embargo, menciona la inquietante posibilidad de aliados regionales con capacidad nuclear.

Países como Pakistán aparecen en el debate teórico.

Aunque reconoce que ese escenario no resulta creíble en el corto plazo.

Aun así, el simple hecho de plantearlo evidencia la gravedad del momento.

La postura de Arabia Saudí añade un nuevo elemento de complejidad.

Riad ha dejado claro que no permitirá violaciones de su espacio aéreo.

Se trata de un apoyo tácito a Irán.

Pequeño.

Pero simbólicamente relevante.

La región se encuentra en una fase de redefinición.

Las alianzas tradicionales ya no son tan sólidas.

Las certezas se diluyen.

En este contexto, De Castro expresa su mayor temor.

Que Israel se sienta acorralado.

Que perciba una amenaza existencial directa.

Y que, ante esa percepción, opte por medios extremos.

El uso de armas nucleares tácticas sería un punto de no retorno.

El analista subraya que no se trata de alarmismo.

Se trata de evaluar racionalmente los riesgos.

Cuando los conflictos se prolongan sin salida política, las decisiones desesperadas se vuelven más probables.

La comunidad internacional, según De Castro, está fallando en su papel de mediación.

Las instituciones multilaterales aparecen debilitadas.

La ONU carece de capacidad real de intervención.

Las grandes potencias actúan según sus intereses inmediatos.

No según principios universales.

Este vacío institucional incrementa el peligro.

Porque reduce los mecanismos de contención.

El exfuncionario lamenta que la diplomacia haya sido sustituida por la amenaza permanente.

El lenguaje bélico se ha normalizado.

Las advertencias se lanzan como mensajes de campaña.

Sin medir sus consecuencias.

En este escenario, la opinión pública recibe versiones simplificadas.

Relatos binarios.

Buenos contra malos.

Democracias contra dictaduras.

Pero la realidad, insiste De Castro, es mucho más compleja.

Reducirla a consignas impide comprenderla.

Y comprender es el primer paso para evitar el desastre.

La entrevista concluye con una reflexión inquietante.

El mundo se acerca peligrosamente a un punto de inflexión.

Las decisiones que se tomen en los próximos meses serán determinantes.

No solo para Irán o Israel.

Sino para el equilibrio global.

La historia demuestra que los errores de cálculo cuestan millones de vidas.

Ignorar las advertencias no las hace desaparecer.

Solo las vuelve más letales.

Juan Antonio de Castro no ofrece soluciones fáciles.

Ofrece una llamada de atención.

Una invitación a mirar más allá del titular.

A cuestionar los relatos oficiales.

Y a comprender que, en geopolítica, la soberbia suele preceder a la tragedia.