La Casa Real española vive uno de sus momentos más dolorosos tras confirmarse el fallecimiento de la princesa Irene de Grecia.

La institución comunicó oficialmente la noticia a través de un comunicado difundido en la mañana del 15 de enero.

Irene de Grecia ha fallecido a los 83 años tras una larga enfermedad.

Su muerte supone una pérdida profundamente sentida para toda la Familia Real.

Especialmente devastada se encuentra la reina Sofía, quien ha acompañado a su hermana hasta el último momento.

Durante décadas, ambas mantuvieron una relación inseparable basada en el afecto, la confianza y el apoyo mutuo.

La desaparición de Irene deja un vacío difícil de llenar en el entorno más íntimo de la emérita.

El comunicado oficial emitido por la Casa del Rey fue breve pero solemne.

“Sus Majestades los Reyes y Su Majestad la Reina Doña Sofía lamentan comunicar el fallecimiento de Su Alteza Real la Princesa Irene de Grecia a las 11.40 horas de hoy en el Palacio de la Zarzuela de Madrid”, señalaba el texto.

La institución también informó de que en las próximas horas se detallarán las ceremonias oficiales.

Está previsto que se celebren actos de despedida tanto en España como en Grecia.

Posteriormente, el féretro será trasladado al cementerio de Tatoi para recibir sepultura.

La noticia ha generado una profunda conmoción tanto en España como en Grecia.

Numerosas muestras de condolencia han comenzado a llegar desde diferentes ámbitos institucionales y sociales.

La figura de Irene de Grecia era muy querida por quienes la conocieron.

Su carácter discreto, su sensibilidad y su entrega personal dejaron una huella profunda.

Los reyes Felipe y Letizia se encontraban cumpliendo compromisos oficiales cuando conocieron la noticia.

Ambos han mostrado su pesar por la pérdida de la tía del rey.

La reina Sofía, en cambio, había cancelado su agenda días atrás.

Su prioridad era permanecer junto a su hermana en estos momentos finales.

La decisión refleja la profunda unión que siempre existió entre ambas.

En los últimos años, la salud de Irene se había deteriorado considerablemente.

La princesa padecía una enfermedad neurodegenerativa que afectaba gravemente a su memoria.

El conocido como “mal del olvido” fue avanzando progresivamente.

Llegó un momento en que ya no reconocía a muchos de sus seres queridos.

A pesar de ello, continuó apareciendo en algunos actos públicos junto a la reina Sofía.

Su presencia siempre despertaba respeto y ternura.

Quienes la rodeaban eran plenamente conscientes de su fragilidad.

Su situación exigía cuidados constantes y un entorno de máximo afecto.

La vida de Irene de Grecia estuvo marcada por la discreción.

Nunca buscó protagonismo.

Nunca se situó en el centro del foco mediático.

Eligió voluntariamente un papel secundario.

Consagró su existencia al apoyo incondicional de su hermana Sofía.

Desde que se instaló en el Palacio de la Zarzuela en 1981, tras la muerte de su madre, su presencia fue constante.

Era considerada una figura esencial en el equilibrio emocional de la reina emérita.

Su carácter afable facilitaba el trato con todos.

Su cultura y sensibilidad enriquecían cualquier conversación.

Su vida fue un ejemplo de sobriedad dentro del entorno de la realeza.

A pesar de ostentar el título de princesa, siempre rehuyó los lujos innecesarios.

Nunca mostró interés por la ostentación ni por el protocolo rígido.

Su verdadera vocación era el conocimiento y el servicio a los demás.

Quienes tuvieron ocasión de tratarla coinciden en destacar su humildad.

Muchos la recuerdan como una mujer profundamente sabia.

Otros subrayan su fortaleza silenciosa.

Su entrega personal fue constante y sincera.

Para muchos, su trayectoria demuestra que la nobleza auténtica no reside en los títulos.

Reside en la actitud.

Reside en la coherencia vital.

Reside en la capacidad de vivir para los demás.

La pasión de Irene por la cultura era conocida por su entorno.

La música fue una de sus grandes vocaciones desde la infancia.

El piano ocupó un lugar central en su vida.

La filosofía despertó siempre su curiosidad intelectual.

La arqueología también fue una de sus disciplinas predilectas.

Su formación académica fue sólida y diversa.

Dominaba varios idiomas.

Era una mujer profundamente culta.

Su interés por el mundo espiritual se intensificó durante los años que vivió en la India.

Aquella etapa fue decisiva para su desarrollo personal.

Durante seis años residió en ese país junto a su madre.

Allí entró en contacto con nuevas corrientes de pensamiento.

Allí descubrió el valor del servicio comunitario.

Allí forjó una visión más profunda de la vida.

Durante esa etapa tuvo relación con la familia Gandhi.

Realizó estudios diversos.

Viajó por distintos países.

Ejerció incluso como concertista profesional.

Todo ello lejos del boato propio de la realeza.

Irene nació el 11 de mayo de 1942 en Ciudad del Cabo.

Su nacimiento tuvo lugar durante el exilio de la familia real griega.

Era la hija menor del rey Pablo I de Grecia y de la reina Federica de Hannover.

Fue hermana de Sofía y de Constantino.

Desde pequeña estuvo muy protegida por su familia.

El regreso a Grecia tras la Segunda Guerra Mundial marcó su adolescencia.

Creció rodeada de disciplina, tradición y sentido del deber.

El golpe militar de 1967 forzó un nuevo exilio familiar.

Ese contexto histórico condicionó profundamente su trayectoria vital.

Lejos de buscar una vida pública, Irene optó por un camino más introspectivo.

Su vocación intelectual fue siempre prioritaria.

Su compromiso con causas humanitarias se tradujo en acciones concretas.

En 1985 fundó la organización benéfica “Mundo en Armonía”.

La entidad impulsó proyectos educativos y de desarrollo sostenible en distintos países.

Su trabajo en este ámbito fue constante y discreto.

Nunca buscó reconocimiento público por ello.

Su motivación era puramente altruista.

Incluso en aspectos cotidianos mantenía una actitud sencilla.

Como anécdota, nunca le gustó acudir a la peluquería.

Pequeños detalles que reflejan su personalidad.

Su vida sentimental fue siempre extremadamente reservada.

Nunca contrajo matrimonio.

Mantuvo una relación conocida con Mauricio de Hesse.

Sin embargo, nunca quiso hablar públicamente de sus relaciones personales.

Protegía celosamente su intimidad.

“No me pregunte por mis relaciones amorosas, implican a terceras personas y no deseo perjudicar a nadie”, declaró en una ocasión.

Esa frase resume bien su concepción de la discreción.

Irene fue también un pilar emocional para la reina Sofía.

Fue su confidente.

Fue su apoyo.

Fue su refugio en los momentos más difíciles.

Durante los episodios más dolorosos relacionados con el rey Juan Carlos, Irene estuvo siempre a su lado.

La reina llegó a plantearse la separación.

Fue Irene quien la animó a mantener su posición.

Su consejo fue determinante.

Su influencia fue constante, aunque siempre silenciosa.

La relación con sus sobrinos fue igualmente profunda.

Felipe, Elena y Cristina la consideraban casi una segunda madre.

Cuando la reina viajaba, Irene se ocupaba de ellos.

El apodo cariñoso de “tía Pecu” reflejaba ese vínculo especial.

La propia Irene reconoció el origen de ese sobrenombre.

“Me llaman así porque soy la peculiar de la familia”, explicó con humor.

Su fallecimiento ha afectado profundamente a todos ellos.

La tristeza es evidente en el entorno familiar.

Durante los últimos años, sus sobrinos se volcaron especialmente en su cuidado.

Las imágenes junto a la infanta Cristina o junto al rey Felipe eran habituales en Mallorca.

La reina Letizia también mostró siempre una actitud de cercanía y respeto hacia ella.

Todos esos gestos evidencian la importancia que Irene tenía dentro de la familia.

“Mis éxitos se los debo a mi familia, pero mis errores son solo míos”, afirmó en una ocasión.

Esa frase define su carácter con precisión.

Humildad.

Responsabilidad.

Conciencia.

Su muerte marca el final de una vida dedicada al servicio silencioso.

Una vida construida lejos del ruido mediático.

Una vida guiada por principios sólidos.

Una vida centrada en el amor familiar y la entrega personal.

La Casa Real pierde a una figura fundamental.

La reina Sofía pierde a su compañera inseparable.

España despide a una princesa diferente.

Grecia llora a una hija que nunca olvidó sus raíces.

Su legado no se mide en títulos ni en protagonismo.

Se mide en ejemplo.

Se mide en coherencia.

Se mide en humanidad.

Y ese legado permanecerá.