Washington ha vuelto a colocar a Groenlandia en el centro del tablero geopolítico mundial con una intensidad que no se veía desde la Guerra Fría.
La filtración de informes internos que valoran el territorio entre 500.000 y 700.000 millones de dólares ha reabierto un debate que combina economía, seguridad, recursos naturales y derecho internacional.
No se trata únicamente de una provocación política o de una ocurrencia pasajera atribuida al estilo personal de Donald Trump.
Detrás de estas cifras existe un análisis estratégico profundo que refleja la creciente preocupación de Estados Unidos por la competencia global con China y Rusia.
Groenlandia, la isla más grande del planeta, ha pasado de ser percibida como una región remota y congelada a convertirse en un activo potencial de primer orden para las grandes potencias.

El interés estadounidense por adquirir Groenlandia no es nuevo y tiene precedentes históricos documentados.
En 1946, Washington ofreció a Dinamarca 100 millones de dólares en oro por la isla, una propuesta que fue rechazada pero que ya evidenciaba su valor estratégico.
La diferencia con aquel momento es que hoy la discusión no gira solo en torno a la ubicación militar, sino también alrededor de los recursos naturales y del futuro económico del Ártico.
La cifra de hasta 700.000 millones de dólares puede parecer desorbitada si se analiza únicamente desde una lógica financiera tradicional.
Sin embargo, Estados Unidos no estaría valorando Groenlandia como un fondo de inversión privado, sino como un activo geoestratégico integral.
El control del territorio implicaría acceso preferente a recursos críticos, ventaja militar en el Ártico y capacidad de influencia sobre rutas comerciales emergentes.
La base espacial de Pituffik, anteriormente conocida como base de Thule, ya proporciona a Washington una presencia militar significativa en la región.
Desde allí operan sistemas de radar de alerta temprana, infraestructuras estratégicas y capacidades logísticas fundamentales para la defensa norteamericana.
Pese a ello, en los círculos de poder de Washington se considera que estos acuerdos con Dinamarca no garantizan un control pleno del futuro de Groenlandia.
La posibilidad de que la isla avance hacia una mayor autonomía o incluso hacia la independencia preocupa profundamente a Estados Unidos.
El temor central es que una Groenlandia independiente pueda abrir la puerta a inversiones masivas de China o a acuerdos estratégicos con Rusia.
Ambos escenarios serían interpretados en Washington como una amenaza directa al equilibrio de poder en el Ártico.
La región ártica se ha transformado en uno de los espacios más codiciados del planeta debido al cambio climático y al deshielo progresivo.
El retroceso de los hielos está abriendo nuevas rutas marítimas que podrían acortar de forma significativa los tiempos de transporte entre Asia, Europa y América.
Quien controle estos corredores logísticos tendrá una ventaja competitiva enorme en el comercio global de las próximas décadas.
Además, el deshielo facilita el acceso a recursos minerales y energéticos que hasta ahora permanecían prácticamente inaccesibles.
Groenlandia posee algunas de las mayores reservas conocidas de tierras raras del mundo.
Las estimaciones sitúan entre 36 y 42 millones de toneladas de óxidos de tierras raras bajo su suelo.
Estos materiales son imprescindibles para la fabricación de tecnologías avanzadas como teléfonos móviles, vehículos eléctricos, turbinas eólicas, sistemas de defensa y equipos electrónicos de última generación.
En la actualidad, China controla la inmensa mayoría del mercado global de tierras raras, lo que le otorga una posición dominante en sectores estratégicos.
Para Estados Unidos, asegurar una fuente alternativa de suministro se ha convertido en una prioridad de seguridad nacional.
La dependencia de un rival geopolítico para acceder a materiales críticos representa una vulnerabilidad que Washington quiere corregir.
A las tierras raras se suman otros recursos minerales de gran valor potencial presentes en Groenlandia.
Entre ellos destacan el uranio, el zinc, el hierro, el níquel, el oro y el tungsteno, todos ellos fundamentales para distintas industrias estratégicas.
Pero el elemento que más peso tiene en las valoraciones económicas filtradas es el potencial energético de la isla.
El U.S. Geological Survey ha estimado que solo en una de las cuencas groenlandesas podría haber hasta 17.500 millones de barriles de petróleo sin descubrir.
Otros modelos geológicos amplían ese potencial hasta un rango de entre 30.000 y 50.000 millones de barriles equivalentes de hidrocarburos.
Aunque estas cifras son todavía hipotéticas y requieren exploraciones más profundas, explican por qué algunos análisis asignan entre 300.000 y 400.000 millones de dólares al valor energético del territorio.
La exploración y explotación de estos recursos no sería sencilla ni rápida.
Las condiciones climáticas extremas, la falta de infraestructuras y la complejidad técnica convierten cualquier proyecto extractivo en un desafío de enorme magnitud.
Aun así, para una superpotencia como Estados Unidos, la perspectiva de asegurar reservas energéticas estratégicas durante décadas resulta altamente atractiva.
Más allá de los minerales y los hidrocarburos, existe un componente adicional en la valoración de Groenlandia que algunos analistas denominan “suelo estratégico”.
Este concepto incluye no solo la tierra en sí misma, sino también el control de puertos, infraestructuras futuras, espacios logísticos y proyección militar en el Ártico.
Varios estudios estiman que este factor podría añadir unos 200.000 millones de dólares adicionales al valor global del territorio.
Si se suman minerales, energía y posición estratégica, no resulta extraño que algunas valoraciones teóricas superen incluso el billón de dólares.
No obstante, en Washington parecen manejar el rango de 500.000 a 700.000 millones como una cifra políticamente más realista.
Estas cantidades, en cualquier caso, serían equivalentes a cerca del 200 por ciento del PIB de Dinamarca, lo que da una idea de la magnitud del debate.
El problema fundamental es que Groenlandia no está preparada para explotar sus recursos a gran escala.
Aproximadamente el 85 por ciento de su superficie está cubierta por hielo permanente.
Las ciudades están aisladas entre sí y no existe una red de carreteras que conecte de forma eficiente el territorio.
La capacidad energética local es muy limitada y no permitiría sostener grandes proyectos mineros o industriales sin inversiones colosales.
Cualquier iniciativa seria de explotación requeriría construir puertos, centrales eléctricas, aeropuertos, carreteras y viviendas desde prácticamente cero.
Incluso con financiación ilimitada, los expertos coinciden en que pasarían entre diez y quince años antes de que los primeros grandes proyectos comenzaran a producir resultados.
Además, el propio gobierno de Groenlandia ha impuesto en los últimos años moratorias y restricciones medioambientales que han frenado proyectos de tierras raras y exploraciones petroleras.
La protección del entorno y el impacto ecológico son cuestiones muy sensibles para la población local.
Por este motivo, algunos análisis económicos más conservadores ofrecen valoraciones muy inferiores a las manejadas por Washington.
The Economist, por ejemplo, ha situado el valor presente neto de Groenlandia en torno a los 50.000 millones de dólares si se aplican criterios estrictos de descuento financiero.
El economista David R. Barker ha propuesto un rango aún más amplio, entre 12.500 y 77.000 millones, dependiendo del escenario considerado.
La diferencia entre estas cifras y las estimaciones estadounidenses se explica por el enfoque utilizado.
Mientras los economistas tradicionales calculan el valor como si se tratara de una inversión privada, Washington incorpora factores estratégicos que no tienen precio de mercado directo.
Seguridad nacional, independencia de recursos críticos, control territorial y ventaja geopolítica son elementos que justifican valoraciones mucho más elevadas.
La historia ofrece ejemplos de adquisiciones territoriales estadounidenses que fueron extremadamente rentables.
La compra de Luisiana, la adquisición de Florida o la incorporación de Alaska resultaron en su momento operaciones baratas con beneficios incalculables a largo plazo.
Groenlandia, sin embargo, no sería una compra económica en términos clásicos, sino una apuesta estratégica de gran escala.
Se trataría de invertir enormes recursos hoy para asegurar una posición dominante en un futuro cada vez más competitivo.
El Ártico se perfila como una de las regiones más decisivas del siglo XXI.
Allí confluyen intereses militares, energéticos, comerciales y científicos de las principales potencias del mundo.
Rusia ha incrementado de forma notable su presencia militar en el Ártico en los últimos años.
China, aunque no es un país ártico, se define a sí misma como una “potencia casi ártica” y ha mostrado un interés creciente en la región.
Estados Unidos observa estos movimientos con preocupación y considera que no puede permitirse quedar rezagado en esta carrera estratégica.
Desde esta perspectiva, Groenlandia representa una pieza clave para asegurar la influencia occidental en el extremo norte del planeta.
Controlar Groenlandia significaría tener una plataforma privilegiada para vigilar rutas marítimas, desplegar sistemas de defensa y proyectar poder en el Ártico.
También implicaría limitar el margen de maniobra de rivales geopolíticos en una región cada vez más disputada.
El debate, no obstante, no es únicamente económico ni estratégico, sino también político y jurídico.
Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca, aunque disfruta de un alto grado de autonomía interna.
Cualquier intento de compra debería respetar el derecho internacional y, sobre todo, la voluntad de la población groenlandesa.
La idea de negociar el futuro de un territorio sin contar con sus habitantes genera un rechazo casi unánime en Europa.
Además, el derecho de autodeterminación y los principios democráticos hacen inviable cualquier operación que no cuente con el consentimiento explícito de la sociedad local.
En Groenlandia existen movimientos que aspiran a una mayor independencia, pero también hay una fuerte preocupación por preservar la identidad cultural y el entorno natural.
Muchos groenlandeses ven con recelo la posibilidad de convertirse en objeto de disputa entre grandes potencias.
Para ellos, el desarrollo económico debe ser compatible con la protección del territorio y con el respeto a su modo de vida tradicional.
Este factor humano suele quedar en segundo plano en los análisis puramente geopolíticos, pero es fundamental para entender la complejidad del asunto.
La valoración de Groenlandia, por tanto, no puede reducirse a una simple suma de recursos minerales y energéticos.
También incluye cuestiones de identidad, soberanía, ética política y equilibrio internacional.
El interés estadounidense refleja una realidad más amplia: el mundo está entrando en una nueva etapa de competencia por recursos y territorios estratégicos.
Las tensiones entre grandes potencias ya no se limitan a los ámbitos militar y tecnológico, sino que se extienden al control de materias primas y espacios geográficos clave.
En este contexto, Groenlandia simboliza el valor del Ártico como frontera económica y estratégica del futuro.
La cifra de 700.000 millones de dólares puede ser discutible desde un punto de vista financiero, pero resulta comprensible si se interpreta como el precio del poder y de la influencia a largo plazo.
Estados Unidos parece haber llegado a la conclusión de que ignorar el valor de Groenlandia sería un error estratégico.
Al mismo tiempo, cualquier movimiento en esa dirección deberá enfrentarse a enormes obstáculos diplomáticos, legales y sociales.
La comunidad internacional observa con atención este debate porque sus implicaciones van mucho más allá de una simple transacción territorial.
Se trata de una cuestión que afecta al equilibrio global, al futuro del Ártico y al modo en que las potencias gestionan sus ambiciones en un mundo interdependiente.
El caso de Groenlandia demuestra que en el siglo XXI la geopolítica vuelve a girar en torno al territorio, los recursos y la influencia estratégica.
También evidencia que el valor real de un espacio no siempre se mide por su PIB actual, sino por su potencial futuro.
Quien controle Groenlandia no solo tendrá acceso a minerales y energía, sino que dispondrá de una posición privilegiada en una de las regiones más decisivas del planeta.
Por eso, poner precio a Groenlandia es extremadamente complejo, pero ignorar su importancia es sencillamente imposible.
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