La decisión de Donald Trump de no atacar directamente a Irán durante su presidencia vuelve a generar debate internacional.

Diversas informaciones recientes apuntan a que el expresidente estadounidense habría considerado seriamente una acción militar.

Sin embargo, esa posibilidad fue finalmente descartada.

Según varias fuentes cercanas al entorno militar y político, la razón principal fue la falta de garantías de victoria.

El ejército de Estados Unidos no habría podido derrotar al régimen iraní de forma rápida ni limpia.

Esta revelación cuestiona uno de los pilares tradicionales de la política exterior estadounidense.

Durante décadas, la superioridad militar de Estados Unidos fue considerada incuestionable.

La idea de que Washington pudiera fracasar frente a Teherán marca un cambio profundo en el equilibrio geopolítico.

El contexto de tensión entre ambos países se remonta a muchos años atrás.

Las relaciones entre Estados Unidos e Irán han sido hostiles desde la Revolución Islámica de 1979.

Desde entonces, ambos gobiernos han mantenido una confrontación constante.

Las sanciones económicas, los ataques indirectos y la guerra diplomática han sido habituales.

Durante el mandato de Trump, esa tensión alcanzó niveles especialmente altos.

La retirada de Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán fue un punto de inflexión.

A partir de ese momento, la presión sobre el régimen iraní se intensificó.

Las sanciones económicas fueron endurecidas.

La economía iraní sufrió un impacto significativo.

Al mismo tiempo, aumentaron las amenazas verbales entre ambos líderes.

Trump llegó a advertir públicamente de una respuesta militar devastadora si Irán atacaba intereses estadounidenses.

Teherán respondió con un discurso igualmente desafiante.

La situación alcanzó su punto más crítico tras el asesinato del general Qasem Soleimani.

El ataque estadounidense en enero de 2020 eliminó a uno de los hombres más poderosos del régimen iraní.

Muchos analistas temieron entonces el estallido de una guerra abierta.

La respuesta iraní llegó en forma de ataques contra bases estadounidenses en Irak.

El mundo contuvo la respiración ante la posibilidad de una escalada mayor.

Sin embargo, el conflicto no derivó en una guerra directa.

Ahora se sugiere que la prudencia de Trump no se debió únicamente a razones diplomáticas.

Las limitaciones militares habrían tenido un peso decisivo.

Expertos en defensa sostienen que un ataque contra Irán habría sido extremadamente complejo.

Irán no es un país comparable a otros escenarios bélicos recientes.

Su tamaño, su geografía y su estructura militar presentan enormes desafíos.

El territorio iraní es vasto y montañoso.

Esa geografía dificulta cualquier operación terrestre.

El régimen cuenta además con una red de milicias aliadas en toda la región.

Hezbolá en Líbano es uno de sus principales apoyos estratégicos.

Las milicias chiíes en Irak también actúan como brazos indirectos de Teherán.

Los hutíes en Yemen forman parte de esa red de influencia.

Un ataque a Irán habría desencadenado probablemente una respuesta regional.

La guerra no se habría limitado a las fronteras iraníes.

Israel habría sido un objetivo inmediato.

Las bases estadounidenses en Oriente Medio también habrían quedado expuestas.

Los analistas militares advierten que Irán ha desarrollado capacidades asimétricas muy sofisticadas.

No depende exclusivamente de su ejército convencional.

Su estrategia se basa en la guerra híbrida.

Utiliza ciberataques, sabotajes, operaciones encubiertas y proxies armados.

Esta forma de combatir complica enormemente la superioridad tecnológica estadounidense.

La doctrina militar tradicional pierde eficacia frente a este tipo de amenazas.

Durante el mandato de Trump, el Pentágono elaboró distintos escenarios de intervención.

Muchos de esos informes alertaban sobre los costes humanos y políticos de una guerra.

Las bajas podrían haber sido elevadas.

El conflicto podría haberse prolongado durante años.

La estabilidad de toda la región habría quedado comprometida.

Además, el impacto económico global habría sido enorme.

El estrecho de Ormuz es clave para el comercio mundial de petróleo.

Irán controla gran parte de esa vía estratégica.

Un conflicto armado habría puesto en peligro el suministro energético mundial.

Los precios del petróleo se habrían disparado.

Las consecuencias económicas habrían afectado a todo el planeta.

Trump, conocido por su retórica beligerante, también era consciente del coste político de una guerra.

En plena campaña electoral, un conflicto prolongado habría sido un riesgo.

Muchos votantes estadounidenses están cansados de las guerras en el extranjero.

La experiencia de Irak y Afganistán dejó una profunda huella en la opinión pública.

Trump había prometido precisamente reducir la implicación militar exterior.

Iniciar una nueva guerra habría contradicho ese mensaje.

Por eso, la opción militar fue siempre una amenaza más que una realidad.

La revelación de que Estados Unidos no tenía garantía de victoria cambia la percepción del poder global.

Durante décadas, la hegemonía estadounidense se sostuvo en su capacidad militar.

Hoy, ese dominio parece más cuestionado.

China y Rusia observan con atención este tipo de informaciones.

Ambas potencias compiten directamente con Washington en el escenario internacional.

La percepción de debilidad puede alterar los equilibrios estratégicos.

Irán, por su parte, puede sentirse fortalecido.

El régimen de los ayatolás ha construido su legitimidad interna sobre la resistencia frente a Occidente.

Saber que Estados Unidos dudó por miedo a no poder vencer refuerza su narrativa.

La propaganda interna iraní podría utilizar este argumento para consolidar su poder.

También puede influir en las protestas internas.

Una parte de la población iraní rechaza al régimen.

Sin embargo, frente a una amenaza externa, el sentimiento nacionalista suele imponerse.

Un ataque estadounidense podría haber unificado a la sociedad en torno al régimen.

Eso habría debilitado a la oposición interna.

Desde una perspectiva estratégica, la contención pudo haber sido más eficaz que la intervención.

Las sanciones, aunque duras, han erosionado la economía iraní.

Las protestas sociales han aumentado en los últimos años.

El régimen enfrenta una presión interna creciente.

Una guerra podría haberle ofrecido una excusa perfecta para endurecer aún más la represión.

Los informes que ahora salen a la luz plantean una reflexión más amplia.

El poder militar ya no garantiza automáticamente la victoria política.

Las guerras modernas son complejas, largas y costosas.

La superioridad tecnológica no siempre se traduce en control del terreno.

Estados Unidos ha aprendido esta lección en conflictos recientes.

Irán representa un desafío distinto.

No se trata de un enemigo convencional.

Se trata de un Estado con una estrategia sofisticada y paciente.

Trump, pese a su estilo impulsivo, habría entendido ese riesgo.

Su decisión de no atacar puede interpretarse ahora como un acto de pragmatismo.

No fue solo miedo político.

Fue también cálculo estratégico.

La historia juzgará si esa contención fue acertada.

Algunos consideran que se perdió una oportunidad de frenar al régimen iraní.

Otros creen que se evitó una catástrofe regional.

Lo cierto es que la posibilidad de una guerra directa entre Estados Unidos e Irán sigue siendo una de las mayores preocupaciones geopolíticas.

La revelación de estas dudas militares aporta una nueva dimensión al análisis.

Demuestra que incluso las grandes potencias tienen límites.

Demuestra también que el mundo actual es mucho más multipolar de lo que era hace décadas.

El futuro de las relaciones entre Washington y Teherán sigue siendo incierto.

Las tensiones persisten.

Las amenazas continúan.

Las negociaciones nucleares avanzan y retroceden constantemente.

La región sigue siendo un polvorín.

Cada decisión, cada declaración y cada movimiento militar puede tener consecuencias globales.

En este contexto, comprender por qué Trump no atacó Irán resulta clave para interpretar el presente.

No fue solo una cuestión de voluntad.

Fue una cuestión de capacidad real.

Y esa realidad obliga a replantear muchas certezas sobre el equilibrio de poder mundial.