LA NOCHE EN QUE SE DETUVO EL TIEMPO: EL SACRIFICIO DE MATÍAS MONTERO
La opinión de Javier García Isac de hoy, lunes 9 de febrero de 2026

El 9 de febrero de 1934 no fue un día cualquiera.
Fue una fecha más en el calendario del odio, una más en la cadena de crímenes políticos cometidos por una izquierda que ya entonces había elegido el camino de la violencia, la pistola y el terror.
Aquel día, con tan solo 21 años, era asesinado en Madrid Matías Montero, militante falangista y del SEU, estudiante, español, y sobre todo víctima del terror socialista mucho antes de que estallara la Guerra Civil.
Matías Montero había nacido en 1913. No murió en un frente. No murió en combate.
Murió asesinado por la espalda, abatido por pistoleros del PSOE, esos mismos pistoleros que hoy el régimen quiere blanquear, justificar o directamente convertir en víctimas.
Los verdugos tenían carné del PSOE
Los asesinos de Matías Montero no eran “jóvenes exaltados” ni “víctimas del contexto”.
Eran militantes socialistas armados, integrantes de una maquinaria de violencia política perfectamente organizada.
Entre ellos figuraba Francisco Tello Tortajada, condenado por el asesinato a 21 años de prisión.
Veintiún años de condena por arrebatar una vida de veintiún años. Justicia poética que nunca llegó a cumplirse.
Porque cuando estalla la Guerra Civil —una guerra provocada por la insurrección socialista, revolucionaria y separatista—, el PSOE no solo no persigue a sus criminales, sino que los libera, los asciende y los integra en sus estructuras armadas.
Francisco Tello Tortajada pasa a formar parte de la Motorizada, campa a sus anchas, participa en más crímenes y termina huyendo tranquilamente a México, donde muere a los 67 años, sin pagar por sus asesinatos, sus crímenes.
Matías Montero no tuvo esa oportunidad. No tuvo exilio. No tuvo vida. No tuvo ni siquiera memoria institucional.
Terror rojo antes, durante y después
El asesinato de Matías Montero no fue un hecho aislado.
Fue parte de un clima de violencia revolucionaria alentada, financiada y justificada por el PSOE durante la Segunda República.
Pistolerismo, checas, atentados, amenazas, asesinatos selectivos. Eso fue el socialismo español cuando vio que no podía imponer su proyecto totalitario por las urnas.
Y sin embargo, hoy, los herederos políticos de aquellos pistoleros se presentan como defensores de la “memoria democrática”.
Una memoria selectiva, sectaria y falsa, que borra a las víctimas del terror rojo y ensalza a los verdugos.
El PSOE actual —el mismo que pacta con herederos de terroristas, que reescribe la historia desde el BOE y que persigue al disidente— ha tergiversado deliberadamente el pasado, convirtiendo a asesinos en demócratas y a jóvenes asesinados en notas al pie que conviene silenciar.
Recordar a Matías Montero es un acto de rebeldía
Recordar a Matías Montero hoy no es un ejercicio académico. Es un acto de justicia.
Es un acto de rebeldía frente a una mentira oficial que quiere imponer el olvido.
Es decir alto y claro que hubo víctimas del terror socialista, que esas víctimas tenían nombre, rostro y edad, y que el PSOE nunca ha pedido perdón por sus crímenes.
Matías Montero tenía 21 años. Su asesino vivió 67.
El primero murió por España.
El segundo fue protegido por el PSOE.
Esa es la verdad que quieren ocultar.
Esa es la memoria que debemos defender.

El 9 de febrero de 1934, Madrid no era una ciudad en paz, sino un tablero de ajedrez donde las ideologías se enfrentaban con una ferocidad inaudita.
Matías Montero y Rodríguez de Trujillo, un joven estudiante de segundo curso de Medicina, caminaba por la calle de Mendizábal tras una jornada dedicada a sus ideales.
A sus 20 años, Matías no era un joven corriente; era un idealista que soñaba con una España distinta, lejos de la polarización que empezaba a devorar las calles.
Sin embargo, aquel joven de mirada limpia y futuro brillante no sabía que sus pasos estaban siendo seguidos por la sombra de la intolerancia.
Al llegar a la esquina con la calle de Juan de Mariana, el silencio de la noche madrileña fue roto por una ráfaga de disparos que cambiaría la historia para siempre.
Matías Montero caía herido de muerte, convirtiéndose en el símbolo de una tragedia que muchos calificaron como el fruto de una hostilidad política descontrolada.
EL PERFIL DEL IDEALISTA: MEDICINA Y PATRIA
Matías Montero era conocido entre sus compañeros de la Facultad de Medicina como un estudiante ejemplar, alguien que amaba la ciencia tanto como a su país.
Había sido uno de los fundadores del Sindicato Español Universitario (SEU), buscando crear un espacio donde los estudiantes pudieran organizarse fuera de las consignas tradicionales.
Sus amigos recordaban que, a pesar de las amenazas constantes que recibía, Matías nunca dejó de caminar solo por las calles de Madrid, negándose a vivir con miedo.
“La vida no vale la pena si no es para quemarla al servicio de una empresa grande”, solía decir, citando las palabras que resonaban en los círculos que frecuentaba.
Su asesinato no fue un hecho fortuito, sino una ejecución fríamente planeada para silenciar una voz que empezaba a cobrar fuerza en el ámbito universitario.
El autor de los disparos, Francisco Tello Tortajada, fue capturado poco después, revelando su vinculación con sectores de las juventudes socialistas de la época.
El juicio y el eco de un adiós multitudinario
El entierro de Matías Montero se convirtió en una manifestación de duelo y protesta que desbordó las previsiones de las autoridades de la Segunda República.
Miles de personas acompañaron el féretro en un silencio sepulcral, roto solo por el grito de “¡Presente!”, que se escuchó por primera vez de forma masiva en honor al joven caído.
José Antonio Primo de Rivera, quien ejerció la acusación privada en el juicio contra el asesino, pronunció un discurso fúnebre que quedó grabado en la memoria de los asistentes.
“Gracias por tu ejemplo, Matías”, clamó Primo de Rivera ante una multitud que veía en aquel estudiante la primera víctima de una guerra no declarada.
El proceso judicial fue rápido, y Tello Tortajada fue condenado a más de 20 años de prisión, aunque el daño moral y social ya era irreversible para la nación.
Para la familia de Matías, el dolor fue una herida que nunca cerró, viendo cómo su hijo de 20 años pasaba de ser un futuro médico a un mártir de la historia española.
LA POLARIZACIÓN COMO ARMA DE DESTRUCCIÓN
El asesinato de Matías Montero es estudiado hoy como el síntoma de una sociedad que había perdido la capacidad de dialogar y había abrazado la violencia como lenguaje.
Aquel 9 de febrero, España perdió no solo a un estudiante de medicina, sino la posibilidad de una convivencia basada en el respeto a la discrepancia.
Los periódicos de la época reflejaron la conmoción de una juventud que se sentía señalada y perseguida por sus convicciones, independientemente del signo político.
La figura de Matías ha sido reivindicada durante décadas como la del “estudiante caído”, un recordatorio de que las ideas nunca deben pagarse con la vida.
Su memoria sigue viva en placas y homenajes que intentan rescatar al ser humano detrás del mito político, al joven que solo quería estudiar y servir a su tierra.
Al igual que Julia Otero reflexiona hoy sobre la ética social o los Javis buscan proteger su libertad, Matías Montero luchó por lo que creía en un tiempo donde la libertad era un lujo peligroso.
Conclusión: Un legado de paz frente a la sombra del pasado
Recordar a Matías Montero 92 años después de su muerte no es solo un acto de memoria histórica, sino una advertencia sobre los peligros del sectarismo.
Su vida fue segada cuando apenas empezaba a florecer, víctima de una intolerancia que no entendía de razones, solo de objetivos políticos.
Hoy, su nombre nos recuerda que ninguna causa es superior a la dignidad humana y que la violencia solo engendra más violencia en un ciclo interminable de dolor.
Matías Montero, el estudiante de 20 años, sigue siendo un espejo donde España debe mirarse para no repetir los errores que llevaron a su sacrificio.
Que su historia sirva para que las nuevas generaciones entiendan que el verdadero progreso se construye con libros y palabras, nunca con disparos en una esquina oscura.
El proceso judicial contra Francisco Tello Tortajada no fue una simple vista técnica, sino un duelo dialéctico que paralizó a la opinión pública española en 1934.
José Antonio Primo de Rivera, asumiendo la acusación privada con la determinación de quien defiende a un hermano, utilizó el estrado para denunciar la “traición” de un sistema que permitía el asesinato de sus jóvenes más brillantes.
Tello, vinculado a las Juventudes Socialistas, se convirtió durante el juicio en el rostro de la intolerancia, admitiendo que su plan era “peligroso” y que estaba dispuesto a asumir las consecuencias.
Los informes forenses fueron demoledores: Matías Montero fue rematado cuando ya estaba en el suelo, lo que acreditaba un ensañamiento que buscaba no solo matar, sino enviar un mensaje de terror al ámbito universitario.
La condena a más de 23 años de prisión para Tello no sirvió para calmar los ánimos, sino que elevó la figura de Matías al altar de los “caídos”, un estatus que marcaría la simbología de las décadas siguientes.

EL NACIMIENTO DE UN RITUAL: ¡PRESENTE!
La muerte de Matías Montero marcó el inicio de una liturgia política que se grabaría en el ADN de una parte de España: el grito de “¡Presente!”.
En su entierro, mientras el féretro del estudiante de medicina era descendido a la tierra de Madrid, miles de voces rompieron el silencio para jurar que su sacrificio no sería en vano.
Primo de Rivera pronunció aquellas palabras que hoy son historia: “Gracias por tu ejemplo, Matías; que nosotros no tengamos descanso hasta ganar la cosecha que siembra tu muerte”.
Desde aquel momento, el 9 de febrero dejó de ser una fecha en el calendario para convertirse en el “Día del Estudiante Caído”, un recordatorio anual del precio que pagaron los idealistas por sus convicciones.
Este ritual buscaba transformar el dolor en acción política, asegurando que la memoria del joven asesinado fuera el combustible para un movimiento que crecía exponencialmente en las facultades.
LA FACULTAD COMO CAMPO DE BATALLA
El asesinato de Matías no fue un hecho aislado, sino el clímax de una guerra por el control de la mente de la juventud española entre el SEU y la FUE.
La Facultad de Medicina, donde Matías era un alumno modelo, se convirtió en un polvorín donde cada examen y cada clase se vivía bajo la sombra de la represalia.
Los estatutos del Sindicato Español Universitario (SEU), redactados en parte por el propio Matías, abogaban por una revolución académica que fue respondida con balas en lugar de argumentos.
Esta polarización extrema en las aulas fue el preludio de lo que años después estallaría en todo el país, demostrando que cuando se asesina a la inteligencia, la barbarie toma el mando.
CONCLUSIÓN: LA MEMORIA FRENTE AL ODIO
A pesar del paso de los años, la figura de Matías Montero, el joven de 20 años que quería curar cuerpos y terminó inmolado por sus ideas, sigue interpelando a la sociedad.
Su historia nos enseña que el odio político es un incendio que, una vez encendido, no distingue entre culpables e inocentes, llevándose por delante el futuro de toda una generación.
Matías no murió por odio, murió por amor a una empresa que consideraba superior a su propia vida, un romanticismo político que hoy resulta difícil de comprender pero imposible de ignorar.
Recordar su nombre es un ejercicio de justicia para el estudiante que nunca llegó a ser médico, pero que curó la ceguera de muchos sobre la gravedad de la situación que vivía España.
Que la tierra le sea leve al estudiante caído, y que su recuerdo sea siempre un muro contra aquellos que pretenden resolver con violencia lo que solo se puede construir con la palabra.
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