La mañana de hoy se presenta como un punto de inflexión para el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial.
Alrededor de las diez de la mañana, hora de la costa este de Estados Unidos, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se reúne en Nueva York en una sesión que muchos califican ya como histórica.
No se trata de una reunión más, ni de una cumbre protocolaria cargada de discursos vacíos.
Lo que está en juego es algo mucho más profundo: la propia utilidad, legitimidad y supervivencia de Naciones Unidas como institución central del orden mundial.
Desde su creación en 1945, la ONU ha sido presentada como el último gran mecanismo de gobernanza global surgido de las cenizas de la guerra total.

Hoy, sin embargo, ese edificio simbólico parece tambalearse como nunca antes.
La pregunta que flota en el ambiente es incómoda pero inevitable: ¿sirve todavía Naciones Unidas para algo real?
Si la organización no es capaz de imponer normas, frenar conflictos o equilibrar el poder entre Estados, su función queda reducida a una escenografía diplomática.
Reuniones, discursos, fotografías oficiales y comunicados que no alteran el curso de los acontecimientos.
En ese contexto, la reunión del Consejo de Seguridad adquiere un tono casi existencial.
No es exagerado afirmar que podría marcar el principio del fin del sistema multilateral tal y como lo hemos conocido durante casi ocho décadas.
El mundo que emerge ya no parece regirse por consensos, sino por hegemonías abiertas.
Donald Trump lo dijo sin rodeos en su momento: “Si quieren algo, vengan a mí y yo decido”.
Esa frase, que en otro tiempo habría sido considerada una provocación inadmisible, hoy funciona como descripción de la realidad.
La lógica de poder vuelve a ser vertical, directa y sin complejos.
La idea de un orden internacional basado en normas compartidas se diluye frente a la voluntad del actor más fuerte.
Estados Unidos, bajo el liderazgo de Trump en su segundo mandato, parece decidido a recuperar el bastón del mando global.
No se trata de influir, sino de dominar.
No se trata de negociar, sino de imponer.
La metáfora del “anillo único” del Señor de los Anillos, utilizada en el discurso mediático, resume con crudeza esta visión del poder.
Un solo centro de decisión.
Una sola voluntad dominante.
Y un mundo sometido a ella.
En este escenario, la ONU aparece como una reliquia de otro tiempo.
Un organismo diseñado para un mundo bipolar que ya no existe.
Un foro pensado para la contención, no para la imposición unilateral.
Por eso muchos se preguntan si el Consejo de Seguridad de hoy no será poco más que una representación teatral.
Una reunión para “tomar café”, como ironizan algunos comentaristas, mientras el mundo real se decide en otros despachos.
La intervención militar estadounidense en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro han sido el golpe definitivo a cualquier ilusión de equilibrio internacional.
El mensaje ha sido brutalmente claro.
Cuando Estados Unidos decide actuar, actúa.
Sin pedir permiso.
Sin esperar resoluciones.
Sin someterse a votaciones.
Marco Rubio, una de las figuras clave de la política exterior estadounidense, lo dejó meridianamente claro en sus declaraciones recientes.
Maduro tuvo oportunidades, muchas oportunidades, para evitar este desenlace.
Ofertas generosas, salidas negociadas, posibilidades de exilio.
Eligió ignorarlas.
Eligió desafiar.
Eligió jugar.
Y perdió.
El discurso de Rubio no fue solo una explicación de un caso concreto.
Fue una advertencia global.
Un aviso directo a todos aquellos líderes que creen que pueden desafiar a Washington sin consecuencias.
Cuando Trump dice que va a hacer algo, lo hace.
No es un presidente de comunicados.
Es un presidente de acción.
Esa es la idea que Rubio quiso grabar a fuego en la mente del mundo.
El tiempo de las amenazas vacías ha terminado.
El tiempo de la diplomacia lenta ha terminado.
El tiempo de las líneas rojas simbólicas ha terminado.
Ahora hay hechos.
Operaciones.
Resultados.
El caso Maduro se convierte así en un precedente peligroso y clarificador al mismo tiempo.
Peligroso porque rompe los últimos diques del derecho internacional clásico.
Clarificador porque elimina cualquier ambigüedad sobre quién manda realmente.
La reunión del Consejo de Seguridad se celebra bajo esa sombra.
Una sombra que cuestiona la razón misma de su existencia.
¿Para qué debatir si las decisiones ya están tomadas fuera de la sala?
¿Para qué votar resoluciones que nadie está obligado a cumplir?
¿Para qué mantener un sistema que no puede frenar ni sancionar al actor hegemónico?
La imagen del poder actual es reveladora.
Una fotografía compartida por la Casa Blanca muestra a los hombres que hoy deciden el rumbo del mundo.
No hay diversidad.
No hay equilibrio.
No hay representación global real.
Es un círculo cerrado de poder.
Un núcleo duro.
Un mando operativo.
La ausencia de mujeres en esa imagen no pasa desapercibida.
Tampoco la expresión de control absoluto en los rostros de sus protagonistas.
Marco Rubio aparece como el ejecutor político.
Pete Hegseth como el brazo militar.
Trump como el centro de gravedad.
Helicópteros, mapas, objetivos, órdenes.
La guerra moderna no se anuncia.
Se ejecuta.
La operación en Caracas, con decenas de muertos entre la guardia de Maduro, fue un mensaje quirúrgico.
Precisión.
Velocidad.
Superioridad total.
Las imágenes de drones, fuego antiaéreo y vehículos blindados en las calles venezolanas contrastan con los discursos solemnes de la ONU.
Mientras unos hablan, otros actúan.
Ese es el choque de modelos que hoy se hace evidente.
El multilateralismo frente al unilateralismo armado.
La legalidad frente a la fuerza.
La negociación frente a la imposición.
La gran pregunta es si el mundo ha elegido ya su camino.
Si Naciones Unidas se ha convertido en un espectador irrelevante.
O si todavía puede reinventarse para sobrevivir.
Algunos analistas sostienen que esta reunión del Consejo de Seguridad será una prueba definitiva.
Si no sale de ella una posición clara, firme y efectiva, la institución quedará herida de muerte.
Otros creen que la ONU ya está muerta en términos prácticos.
Que solo sobrevive como símbolo.
Como recuerdo de un mundo que creyó posible gobernarse a través de normas compartidas.
Mientras tanto, Estados Unidos avanza sin complejos.
Define enemigos.
Define aliados.
Define castigos.
Define recompensas.
Y lo hace desde una lógica de poder absoluto.
No busca el caos, según Rubio.
Busca el orden.
Pero un orden bajo su control.
Un orden donde quien desafía paga el precio.
Y quien coopera, sobrevive.
El Consejo de Seguridad se reúne hoy con esa realidad sobre la mesa.
No para cambiarla, quizá.
Sino para constatarla.
La sesión de hoy no decidirá el futuro del mundo.
Pero sí puede confirmar que ese futuro ya no se decide en Naciones Unidas.
La historia avanza.
Y las instituciones que no se adaptan, desaparecen.
Hoy, en Nueva York, el mundo observará si la ONU aún respira.
O si estamos asistiendo, en silencio, a su acta de defunción política.
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