El año 2026 ha comenzado con una intensidad política y social poco habitual en España.

Desde las primeras semanas de enero, la actualidad se ha visto marcada por sucesos graves, debates institucionales y una sucesión de polémicas que han situado nuevamente a la Casa Real en el centro del foco mediático.

En un contexto de tensión social y sensibilidad extrema, cualquier gesto, palabra o imagen adquiere una relevancia multiplicada.

Uno de los episodios más comentados de este inicio de año fue la visita de los reyes Felipe VI y doña Letizia a Córdoba.

El motivo del desplazamiento fue conocer de primera mano la situación tras el grave accidente ferroviario ocurrido el pasado 18 de enero.

Un accidente que dejó heridos, daños materiales de gran magnitud y una profunda conmoción en la opinión pública.

La visita tenía un objetivo claro.

Mostrar cercanía institucional.

Transmitir apoyo a las víctimas.

Respaldar a los equipos de emergencia y a los profesionales que intervinieron en la tragedia.

Sin embargo, lo que pretendía ser un gesto de acompañamiento acabó convirtiéndose en una nueva polémica.

El origen del debate estuvo en una fotografía difundida durante la visita.

En la imagen se observa a don Felipe y doña Letizia junto a varias autoridades políticas.

Al fondo, los restos del tren siniestrado.

La fotografía se viralizó rápidamente en redes sociales.

Muchos usuarios interpretaron la escena como un posado inapropiado.

Se acusó a los monarcas y a los responsables políticos de falta de empatía.

Algunos hablaron de frivolidad.

Otros de oportunismo mediático.

La crítica se centró en la supuesta utilización del escenario del accidente como fondo fotográfico.

En un contexto de dolor, la imagen generó rechazo.

Sin embargo, horas después se difundió el vídeo completo de la secuencia.

El contenido audiovisual ofrecía una perspectiva muy distinta.

En él se observa al ministro Óscar Puente explicando aspectos técnicos del accidente.

Señala detalles concretos de los vagones descarrilados.

Don Felipe y doña Letizia escuchan atentamente.

No miran a cámara.

No adoptan una pose premeditada.

Su atención está centrada en las explicaciones.

Los restos del tren Alvia se encuentran a considerable distancia.

El fotógrafo estaba situado en la dirección opuesta.

El vídeo desmontó parcialmente la acusación de posado.

Pero la polémica ya estaba servida.

Una vez más, la fragmentación de una imagen había condicionado el relato público.

La visita continuó en el Hospital Reina Sofía de Córdoba.

Allí, los reyes se reunieron con los heridos.

Escucharon testimonios.

Conversaron con familiares.

Agradecieron el trabajo del personal sanitario.

Durante ese encuentro, otro momento generó comentarios.

Fue una intervención verbal del rey Felipe VI.

En sus palabras, habló de protección.

De vulnerabilidad.

De cómo nadie sabe cuándo puede verse afectado por una tragedia.

Subrayó la importancia de los servicios públicos.

De las infraestructuras.

De los medios de emergencia.

Un discurso de tono reflexivo.

Pero que fue analizado con lupa.

Cada frase fue interpretada desde múltiples prismas.

La segunda polémica llegó de la mano de la reina Letizia.

Durante una conversación espontánea, realizó una reflexión personal.

Habló de la responsabilidad colectiva.

De no apartar la mirada ante los escombros de una catástrofe.

De asumir la vulnerabilidad compartida.

De reconocer el valor de los profesionales y vecinos.

La frase fue celebrada por algunos.

Criticada por otros.

Se recordó su pasado como periodista.

Se dijo que no podía desprenderse de esa mirada analítica.

La reina volvió a dividir opiniones.

Pero el momento más comentado del día estaba aún por llegar.

Durante una comparecencia ante los medios, el rey Felipe VI se disponía a hablar.

Mientras tanto, María Jesús Montero protagonizó una escena que muchos calificaron de surrealista.

La ministra realizó movimientos ostensibles frente a las cámaras.

Algunos interpretaron el gesto como un intento de acaparar protagonismo.

El momento fue ampliamente difundido en redes sociales.

Las críticas se multiplicaron.

Se habló de falta de respeto institucional.

De desubicación.

De bochorno.

La escena eclipsó el mensaje que se pretendía transmitir.

Y reforzó la percepción de desorden comunicativo.

Días después, una nueva polémica volvió a situar a los reyes en el centro del debate.

Con motivo de la recepción anual al cuerpo diplomático acreditado en España.

Un acto solemne.

Cargado de simbolismo.

Al que asisten representantes de 126 embajadas residentes.

Y cerca de 800 consulados.

Durante el saludo protocolario, se repitió una escena conocida.

El embajador de Irán no dio la mano a la reina Letizia.

Un gesto que ya se ha producido en años anteriores.

Y que responde a códigos culturales y religiosos.

Pese a ello, el episodio volvió a generar debate.

Algunos lo consideraron una falta de respeto.

Otros lo interpretaron como una muestra de tolerancia institucional.

Tras los saludos, los reyes se dirigieron al Salón del Trono.

Allí, Felipe VI pronunció su discurso.

Pero la atención mediática no se centró en sus palabras.

Sino en un detalle escenográfico.

Los reyes no se sentaron en el trono.

En redes sociales surgieron interpretaciones erróneas.

Se afirmó que se habían negado a ocuparlo.

Que habían rechazado el símbolo.

La realidad es muy distinta.

El Salón del Trono es una de las estancias más emblemáticas del Palacio Real.

Conserva su decoración original.

Fue concebido como el espacio más importante del palacio.

Alberga una de las colecciones de artes decorativas más valiosas del Patrimonio Nacional.

Destaca el fresco de la bóveda.

El “Triunfo de la Monarquía Española” de Giambattista Tiepolo.

En su centro se sitúa el trono.

Custodiado por Apolo y Minerva.

Rodeado de alegorías.

La paz.

La justicia.

La virtud.

La abundancia.

La clemencia.

El salón está revestido de terciopelo genovés bordado.

El mobiliario fue diseñado en Nápoles.

El espejo procede de la Real Fábrica de Vidrios de La Granja.

Las consolas.

Los bustos.

Los candelabros.

Los relojes.

Las estatuas flamencas de Mercurio, Júpiter, Saturno y Marte.

Todo forma parte de un conjunto histórico excepcional.

En el centro se encuentra el solio.

Dos sillones rojos.

Flanqueados por las estatuas de la justicia y la templanza.

Virtudes del buen gobernante.

En las gradas, cuatro leones de bronce.

Obra encargada por Velázquez en 1651.

Detrás, el trono con el escudo de Carlos V.

Las columnas de Hércules.

El lema Plus Ultra.

Sin embargo, desde hace casi un siglo, ningún rey se sienta en el trono.

Desde 1931.

Ni siquiera Felipe VI en su discurso de Navidad de 2015.

La razón es profundamente simbólica.

Se remonta a la Cumbre Iberoamericana de 1999 en Cuba.

Fidel Castro invitó al rey Juan Carlos a sentarse en el trono.

Este declinó.

Respondió con una frase que quedó para la historia.

“Ahí solo se sienta el pueblo español.”

Explicó después que no podía hacerlo solo.

Que tendría que haber estado acompañado por todos los españoles.

Una lección de democracia.

Un recordatorio constitucional.

La soberanía nacional reside en el pueblo.

No en el monarca.

Ese es el significado de no ocupar el trono.

Un gesto cargado de pedagogía democrática.

Pese a ello, la polémica volvió a evidenciar el desconocimiento histórico.

Y la rapidez con la que se construyen narrativas en redes sociales.

El inicio de 2026 ha demostrado una vez más la fragilidad del relato público.

La dificultad de comunicar en un entorno hiperfragmentado.

La tensión constante entre institución y opinión pública.

La Casa Real sigue siendo un espejo.

Refleja debates.

Contradicciones.

Expectativas.

Y frustraciones.

En un país donde cada gesto se analiza al milímetro.

Y donde la simbología pesa tanto como los hechos.