La entrevista con el general retirado Marín Bello refleja con crudeza el nivel de inquietud que existe en determinados sectores militares e intelectuales europeos ante la evolución del escenario internacional.
Su análisis no se centra únicamente en conflictos concretos como Venezuela o Irán, sino que aborda una cuestión mucho más amplia y profunda: la percepción de que el orden mundial basado en normas está desmoronándose.
Desde su perspectiva, no estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo orden, sino a la oficialización de una realidad que siempre ha existido.
La idea central que atraviesa todo su discurso es que la ley del más fuerte nunca desapareció, pero ahora se ejerce de forma abierta y sin disimulo.
Para el general, organismos como la ONU han perdido progresivamente su capacidad real de influencia.
Su papel simbólico permanece, pero su eficacia práctica es cada vez más cuestionada.
Esa pérdida de autoridad institucional alimenta la sensación de que el sistema internacional ha dejado de funcionar como marco regulador.
En ese contexto, la geopolítica vuelve a parecerse peligrosamente a una jungla.
Marín Bello utiliza deliberadamente la metáfora de los carnívoros, los herbívoros y los carroñeros para describir el equilibrio global.
En su visión, las grandes potencias actúan como depredadores que imponen su voluntad.
Los países más débiles se ven obligados a adaptarse, huir o buscar protección.

Y otros actores viven de los restos, justificando y maquillando las consecuencias de ese sistema.
Esta forma de describir el mundo puede parecer dura, pero refleja un sentimiento cada vez más presente en ciertos análisis estratégicos.
La cuestión de Groenlandia aparece en la conversación como un símbolo de ese nuevo momento histórico.
La posibilidad de que Estados Unidos presione para controlar de forma más directa el territorio danés no se interpreta solo como una disputa puntual.
Se entiende como un precedente que podría alterar profundamente el equilibrio europeo.
Si un territorio europeo puede ser objeto de presiones de ese calibre, la seguridad colectiva queda seriamente cuestionada.
Desde esa óptica, el problema ya no es solo Groenlandia.
El problema es la vulnerabilidad estructural de Europa.
El general expresa abiertamente su pesimismo respecto al liderazgo político europeo actual.
Considera que no existen figuras con la autoridad moral y estratégica suficiente para defender con firmeza los intereses del continente.
Esa falta de liderazgo convierte a Europa en un actor pasivo dentro del tablero global.
En lugar de marcar agenda, Europa reacciona tarde y con debilidad.
Esta percepción se agrava cuando se analiza la situación de la OTAN.
Para Marín Bello, la Alianza Atlántica ha perdido progresivamente su razón de ser original.
La organización dejó de ser un instrumento de defensa claro frente a una amenaza definida.
Con el paso de los años, se amplió sin reforzar verdaderamente su cohesión ni su capacidad estratégica.
El resultado, según su análisis, es una estructura grande pero frágil.
Una estructura que podría desmoronarse si se produce una crisis profunda entre sus principales miembros.
La posibilidad de que la OTAN pierda efectividad o incluso desaparezca genera una inquietud enorme.
Europa ha construido su seguridad durante décadas sobre el paraguas militar estadounidense.
Sin ese respaldo, la realidad estratégica del continente cambiaría radicalmente.
La pregunta ya no es teórica.
La pregunta empieza a ser práctica.
¿Qué haría Europa si Estados Unidos dejara de actuar como garante último de su defensa.
El general plantea que la única respuesta viable es fortalecer la autonomía estratégica europea.
Eso implica inversión militar, coordinación política y voluntad común.
Pero también implica asumir que la seguridad tiene un coste real.
Durante décadas, muchos países europeos disfrutaron de paz sin asumir plenamente sus responsabilidades defensivas.
Ese modelo puede haber llegado a su límite.
La conversación también aborda el debate sobre el servicio militar obligatorio.
Lejos de idealizar el pasado, el general aporta una visión pragmática basada en su experiencia personal.
Ha conocido tanto ejércitos de reemplazo como fuerzas profesionales.
Su conclusión no es nostálgica, sino funcional.
Europa necesita recuperar cultura de defensa.
No solo armamento, sino conciencia social de que la seguridad colectiva exige implicación ciudadana.
La seguridad no puede ser únicamente una cuestión técnica.
Debe ser también una cuestión cultural.
Otro elemento central del análisis es la posición de China y Rusia en este contexto.
Paradójicamente, según se destaca en la entrevista, son estas potencias las que ahora invocan la defensa del derecho internacional.
Esto genera una situación cargada de ironía histórica.
Durante años, Occidente presentó a China y Rusia como amenazas al orden global.
Sin embargo, cuando Estados Unidos adopta posturas más unilaterales, esas mismas potencias reivindican las normas multilaterales.
Para Marín Bello, esta paradoja demuestra hasta qué punto el sistema internacional atraviesa una fase de desorientación.
Nadie quiere que la jungla se imponga completamente.
Incluso los actores más poderosos prefieren reglas estables que limiten la incertidumbre.
El problema surge cuando las reglas solo se respetan mientras benefician a los más fuertes.
Cuando dejan de ser útiles, se ignoran.
Ese es el verdadero riesgo del momento actual.
No se trata únicamente de conflictos concretos.
Se trata de la erosión progresiva de los principios que han sostenido el equilibrio global durante décadas.
La preocupación del general no es ideológica, sino estructural.
No defiende a un bloque contra otro.
Defiende la necesidad de preservar un mínimo de orden internacional.
Sin ese orden, los países medianos y pequeños quedan completamente expuestos.
España aparece también en el análisis como un país especialmente vulnerable.
Su situación geográfica, con territorios en el norte de África y archipiélagos alejados del continente, plantea desafíos estratégicos específicos.
Si el principio de inviolabilidad territorial se debilita, esos territorios adquieren una fragilidad preocupante.
Por eso, la defensa de Groenlandia no es solo una cuestión danesa.
Es una cuestión europea.
Y, en cierto modo, es una cuestión global.
Aceptar que un territorio puede ser presionado o comprado contra la voluntad de su población sienta un precedente extremadamente peligroso.
La entrevista transmite, en última instancia, una sensación profunda de alarma.
No se trata de alarmismo vacío.

Se trata de la inquietud de alguien que ha dedicado su vida al análisis de la seguridad y que percibe señales preocupantes.
Su mensaje no es derrotista, pero sí urgente.
Europa aún puede reaccionar.
Aún puede redefinir su papel.
Aún puede construir una defensa más sólida y una voz más autónoma.
Pero el tiempo juega en su contra.
Cada mes de indecisión debilita su posición.
Cada gesto de dependencia refuerza la percepción de fragilidad.
El futuro orden mundial aún no está completamente definido.
Pero está claro que será más duro, más competitivo y menos idealista que el que muchos imaginaron tras el final de la Guerra Fría.
La etapa de ingenuidad estratégica ha terminado.
La política internacional vuelve a estar marcada por el poder, los intereses y la fuerza.
En ese contexto, solo sobrevivirán con dignidad aquellos actores capaces de comprender la realidad sin autoengaños.
Ese es, en esencia, el mensaje que deja la intervención de Marín Bello.
No es un mensaje cómodo.
No es un mensaje optimista.
Pero es un mensaje que invita a pensar con seriedad sobre el momento histórico que estamos viviendo.
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