La escalada de tensión internacional ha sumado un nuevo y delicado capítulo con las declaraciones provenientes del Kremlin, que califican la reciente incautación y el uso de la fuerza como un acto de piratería.
Desde Moscú, el lenguaje empleado refleja no solo indignación diplomática, sino también una advertencia implícita sobre los límites que, a su juicio, Estados Unidos estaría cruzando en el actual orden global.
En este contexto, el foco informativo se desplaza inevitablemente hacia Washington y, en particular, hacia la figura de Donald Trump, cuya política exterior vuelve a generar inquietud en sus aliados tradicionales.

Uno de los escenarios que más preocupación está despertando es Groenlandia, un territorio que hasta hace poco parecía marginal en el debate global, pero que hoy se sitúa en el centro de una potencial crisis dentro de la OTAN.
La posibilidad, no descartada explícitamente por Trump, de una intervención militar o una anexión forzada de Groenlandia ha provocado nerviosismo en las capitales europeas.
En el seno de la Alianza Atlántica, el temor no es solo estratégico, sino existencial, ya que una acción de este tipo pondría en cuestión los fundamentos mismos del pacto.
Analistas políticos señalan que las élites europeas atraviesan un momento de desconcierto profundo tras el giro radical de la política estadounidense.
Durante años, Europa se alineó con una visión globalista compartida con la administración Biden, basada en el multilateralismo y en un orden internacional sustentado en normas.
Ese equilibrio se rompe con la llegada de Trump, quien irrumpe en el tablero geopolítico alterando reglas, prioridades y lealtades.
Desde esta óptica, muchos dirigentes europeos se sienten hoy como “viudas de Biden”, huérfanos de un aliado previsible y alineado con sus intereses.

Trump, en cambio, plantea una política centrada exclusivamente en lo que él considera las necesidades estratégicas de Estados Unidos.
Entre esas prioridades figura claramente Groenlandia, un territorio clave desde el punto de vista geográfico, militar y económico.
El propio Trump ya había mencionado Groenlandia antes de regresar a la Casa Blanca, junto a otros objetivos estratégicos como Canadá, el Canal de Panamá y la frontera sur con México.
Su visión responde a una lógica de zonas de influencia en un mundo que, según su diagnóstico, avanza hacia un equilibrio multipolar.
Desde esta perspectiva, asegurar el control del Ártico se convierte en una pieza fundamental del nuevo ajedrez global.
Groenlandia ofrece ventajas estratégicas evidentes en el control de rutas marítimas, trayectorias de misiles intercontinentales y acceso a recursos naturales críticos.
No es casual que Estados Unidos haya mostrado históricamente interés en la isla, desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy.
El simbolismo del emblema de los Marines estadounidenses, con el globo terráqueo centrado en el continente americano, ilustra una ambición imperial de larga data.
Esa doctrina, heredera del pensamiento de la Doctrina Monroe, sigue influyendo en la forma en que Washington concibe su papel en el hemisferio y más allá.
Para muchos analistas, Groenlandia forma parte natural de esa esfera de influencia estadounidense, independientemente de las objeciones europeas.
Desde esta lectura, Dinamarca, la Unión Europea o incluso líderes como Pedro Sánchez tendrían un margen de maniobra muy limitado.
La cuestión ya no sería si Estados Unidos obtendrá Groenlandia, sino cómo lo hará: mediante compra, presión diplomática o uso de la fuerza.
Este planteamiento marca un cambio drástico respecto al discurso clásico de defensa del derecho internacional y la soberanía territorial.
La OTAN, en este escenario, aparece como una estructura cada vez más frágil y cuestionada.
Una anexión de Groenlandia por parte de uno de los miembros fundadores de la Alianza sería, para muchos, una herida mortal para la organización.
Incluso si la OTAN sobreviviera formalmente, su credibilidad quedaría profundamente dañada.
Paradójicamente, algunos ven en este posible colapso una buena noticia para los contribuyentes europeos, cansados de sostener una estructura percibida como obsoleta.
El trasfondo de esta crisis revela una paradoja histórica: Europa decidió, tras la Segunda Guerra Mundial, alinearse con la potencia dominante como socio subordinado.
Hoy, ese “matón del barrio” al que siguieron durante décadas parece volverse contra ellos.
Las bofetadas políticas y estratégicas de Washington dejan a Europa en una posición incómoda y vulnerable.
Desde otro ángulo, la gestión de Trump respecto a Groenlandia también puede interpretarse como parte de su estilo negociador.
Trump suele maximizar la tensión inicial para luego obtener concesiones en una fase posterior.
El interés estratégico de Groenlandia para Estados Unidos es innegable desde el punto de vista militar.
Controlar el acceso al Atlántico desde el Ártico y las rutas de misiles intercontinentales resulta clave en un contexto de alta tensión con Rusia y China.
Visto desde el Polo Norte, Groenlandia ocupa una posición central en los mapas estratégicos.
Las trayectorias potenciales de misiles rusos desde la península de Kola pasan inevitablemente cerca de la isla.
Sin embargo, surge una pregunta clave: ¿requiere realmente Estados Unidos la anexión formal de Groenlandia para proteger sus intereses?
Muchos expertos sostienen que no.
Estados Unidos podría lograr sus objetivos mediante acuerdos bilaterales con Dinamarca para instalar bases militares o explotar recursos minerales.
Este tipo de acuerdos ya existen en otros territorios y no generan crisis existenciales en la OTAN.
La diferencia radica en el método y en el mensaje político que se transmite.
Una ocupación forzada o una anexión “por las malas” sería incompatible con los valores fundacionales de la Alianza Atlántica.
También supondría un precedente peligroso en un mundo ya marcado por la erosión del derecho internacional.
Aun así, no puede descartarse completamente este escenario dada la imprevisibilidad del actual liderazgo estadounidense.
La forma en que Trump gestiona este asunto es llamativa, pero no necesariamente carente de lógica interna.
Muchas de sus decisiones, aparentemente impulsivas, responden a dinámicas profundas del establishment norteamericano.
Mientras tanto, Francia y Alemania ya estudian planes de contingencia ante un posible deterioro mayor de la situación.
La pregunta central es qué puede hacer realmente la OTAN frente a una amenaza que proviene de su propio líder.
Un acto militar contra Groenlandia provocaría, casi con seguridad, la ruptura de facto de la Alianza.
Sería inconcebible que una organización defensiva sobreviva a un ataque entre sus propios miembros.
La mera existencia de un conflicto interno haría que nadie volviera a tomarse en serio el compromiso de defensa colectiva.
Esto abriría la puerta a intentos de crear una alianza militar exclusivamente europea.
Sin embargo, esa alternativa tampoco está exenta de problemas, dadas las divergencias de intereses entre los propios países europeos.
Ejemplos como las tensiones entre España y Marruecos ilustran las asimetrías y fragilidades del sistema actual.
Más allá de los cálculos estratégicos, también está la voz de los propios groenlandeses.
Groenlandia goza de un alto grado de autonomía y mantiene una identidad cultural y ambiental muy marcada.
Una anexión a Estados Unidos podría poner fin a ese equilibrio.
El riesgo de convertirse en un territorio explotado intensivamente, como ocurrió en Hawái, preocupa a muchos habitantes de la isla.
La llegada masiva de población externa transformaría radicalmente su tejido social y ambiental.
Los paisajes árticos y la biodiversidad podrían quedar subordinados a intereses económicos y militares.
La historia ofrece precedentes inquietantes para Dinamarca.
Estados Unidos ya compró las Islas Vírgenes danesas tras la Primera Guerra Mundial.
Durante la Segunda Guerra Mundial, ocupó sin mayores miramientos territorios bajo soberanía danesa.
Islandia, entonces provincia de Dinamarca, fue convertida en pieza clave del dispositivo militar estadounidense en el Atlántico Norte.
Ese patrón histórico alimenta el temor de que Groenlandia sea el tercer gran capítulo de esta relación desigual.
La diplomacia estadounidense suele presentar estas operaciones bajo un discurso de compensación y acuerdos beneficiosos.
Sin embargo, la experiencia demuestra que el desequilibrio de poder limita seriamente la capacidad de negociación del socio más débil.
En el fondo, este conflicto refleja un regreso a lógicas propias del siglo XIX.
La fuerza vuelve a imponerse como criterio último en las relaciones internacionales.
El derecho internacional se adapta, una vez más, a los intereses de los poderosos.
Dinamarca se encuentra atrapada en esa realidad incómoda.
Históricamente, el país no ha destacado por victorias militares, pese al valor de sus soldados.
Pensar que podría cambiar ese destino frente a Estados Unidos resulta poco realista.
La crisis de Groenlandia, por tanto, trasciende el destino de una isla.
Es un síntoma de un cambio profundo en el orden mundial.
Un mundo donde las alianzas tradicionales se erosionan y la ley del más fuerte vuelve a ganar terreno.
El desenlace de esta tensión marcará no solo el futuro de la OTAN, sino también el de la arquitectura de seguridad global.
Y, sobre todo, dejará claro si el sistema internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial está realmente llegando a su fin.
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