La tensión en el Congreso de los Diputados ha alcanzado un punto de ebullición tras la intervención de Gabriel Rufián, quien ha lanzado un ultimátum que resuena como un trueno en los pasillos de la cámara.
El portavoz de ERC, conocido por su capacidad de síntesis y su tono directo, ha dejado de lado las sutilezas para dirigirse a sus socios de coalición y a toda la amalgama de fuerzas progresistas con una frase que ya es el titular de la jornada: “O hablamos o nos vamos al carajo”.
Este mensaje llega en un momento crítico, justo después de que el anuncio de Pedro Sánchez sobre el subsidio universal de 200 euros y los escándalos de transparencia hayan dejado a la izquierda en una posición de extrema fragilidad frente al avance imparable de la derecha.
Mejor te cuento que Rufián no ha usado estas palabras por azar; su advertencia señala la fractura interna que amenaza con dinamitar la legislatura.
El líder republicano ha criticado la falta de coordinación entre el PSOE, Sumar y las fuerzas independentistas, acusándolos de estar más preocupados por sus propias cuotas de poder que por articular un frente común contra el auge de Vox y el PP tras el terremoto de Aragón.
La intervención ha sido una radiografía del miedo que recorre la bancada de la izquierda.
Rufián ha subrayado que la política de “parches” y de anuncios estrella ya no es suficiente para contener la desafección de una ciudadanía que percibe un Gobierno dividido y agotado.
Al igual que Ana Rosa Quintana exigía orden en su mesa o el juez Peinado resaltaba los comportamientos inusuales de Begoña Gómez, Rufián ha puesto el foco en la incapacidad de la izquierda para sentarse a negociar una hoja de ruta clara y realista para lo que queda de mandato.
Mejor te cuento que el término “irse al carajo” ha sido interpretado por los cronistas parlamentarios como una referencia directa al riesgo de un adelanto electoral que, según todas las encuestas actuales, supondría una derrota histórica para el bloque de la investidura.
La respuesta de los socios no se ha hecho esperar: mientras algunos sectores de Sumar asienten ante la crudeza del diagnóstico, desde la Moncloa se intenta suavizar el tono, calificando la advertencia como “parte de la dialéctica parlamentaria habitual”.
Sin embargo, el rostro de los ministros presentes reflejaba que el mensaje de Rufián ha calado hondo.
La sombra de la filtración del video sobre las saunas y el desplome de España en los índices de corrupción han creado un caldo de cultivo donde la unidad de la izquierda es más una necesidad de supervivencia que una elección ideológica.
Rufián ha terminado su intervención recordando que la aritmética parlamentaria es “cruel y matemática”, y que sin un diálogo real que incluya las demandas de Cataluña y el País Vasco, el edificio de la coalición se vendrá abajo antes de que acabe la primavera.
El mensaje es un “ahora o nunca”. El portavoz de ERC ha dejado claro que su formación no será el “balón de oxígeno” gratuito de un Gobierno que se niega a mirar de frente sus propias contradicciones y debilidades.
Gemini said
El ultimátum de Gabriel Rufián en el Congreso ha sido el clavo ardiente al que se agarra una izquierda que, en este febrero de 2026, se siente más cerca del precipicio que de la Moncloa.
Su mensaje no ha sido solo una frase efectista para las redes sociales, sino una maniobra de interconexión política que busca salvar los muebles tras un mes donde el “sanchismo” ha recibido impactos en todos sus flancos.
Para entender la profundidad de este mensaje, hay que analizar cómo Rufián ha sabido conectar los tres grandes incendios que asolan al Gobierno: la debacle electoral, la sombra de la corrupción y la asfixia económica de las familias.

Mejor te cuento que el portavoz de ERC ha vinculado directamente los resultados de Aragón con la parálisis del Congreso.
Para Rufián, la victoria de Vox y el PP en territorio aragonés no es un hecho aislado, sino la prueba de que el electorado está castigando la “desconexión” de la izquierda.
Su análisis es demoledor: mientras el PSOE y Sumar se pelean por quién sale más en la foto de los nuevos subsidios de 200 euros, la derecha está construyendo un bloque de poder real que ya no se frena con “eslóganes vacíos”.
Rufián ha conectado también la crisis de confianza generada por los índices de corrupción y el caso de las saunas con la falta de valentía legislativa.
Su mensaje de “hablamos o nos vamos al carajo” es un dardo directo a la estrategia de Sánchez de intentar tapar los escándalos judiciales con anuncios de talonario público.
Para ERC, de nada sirve prometer cheques mensuales si el sistema institucional está bajo sospecha de “corrupción moral”, porque eso es precisamente lo que alimenta el discurso de la “reconquista” de Abascal.
Mejor te cuento que la conexión más sutil pero letal que ha hecho Rufián tiene que ver con la financiación singular para Cataluña.
Al advertir que la izquierda se va “al carajo”, está recordando a Sánchez que su supervivencia depende exclusivamente de cumplir los acuerdos con los independentistas antes de que el incendio de Aragón se extienda a otras comunidades.
Rufián sabe que el Gobierno está en su momento de mayor debilidad y ha decidido que es el momento de cobrar las facturas pendientes, utilizando el miedo al avance de la derecha como la herramienta de presión definitiva.
La advertencia de Rufián funciona como un espejo para la izquierda: o se articula un frente común que acepte las demandas soberanistas y reforme la justicia desde la raíz, o el bloque de la investidura será devorado por una marea conservadora que ya no pide permiso.
Al igual que Ana Rosa Quintana señalaba el sabotaje en su mesa, Rufián señala el sabotaje interno de una coalición que prefiere morir matando antes que sentarse a negociar una estrategia de supervivencia realista.
El “carajo” al que se refiere Rufián es una España gobernada por una mayoría absoluta de PP y Vox que, según las encuestas que maneja ERC, ya es una posibilidad real si no hay un golpe de timón inmediato.
Este mensaje cierra el círculo de una semana negra para el Ejecutivo: un presidente cuestionado por la justicia, una televisión pública en crisis técnica y una coalición que, tras el toque de atención de su socio más fiel, se enfrenta a la cruda realidad de que el tiempo se les ha acabado.
Gemini said
El ambiente en la Carrera de San Jerónimo es el de un final de acto donde los actores principales han dejado de seguir el guion oficial para empezar a improvisar sobre las cenizas de su propia obra.
La advertencia de Gabriel Rufián no ha sido un disparo al aire, sino un proyectil trazador que ha iluminado las tres grandes fracturas que amenazan con hundir el barco de la coalición de forma inminente.
Mejor te cuento que la conexión más explosiva que ha hecho el portavoz de ERC es la que une la parálisis legislativa con la crisis de RTVE y el escándalo judicial de Begoña Gómez.

Rufián ha dejado caer que la izquierda no puede pretender dar lecciones de moralidad ni anunciar subsidios de 200 euros mientras el aparato del Estado muestra signos de una “gangrena de transparencia” que la derecha está utilizando para alimentar su relato de reconquista.
Para el líder republicano, el sabotaje técnico en el Benidorm Fest o la indignación de Ana Rosa Quintana en su plató son solo síntomas superficiales de un problema mucho más profundo: la pérdida de control del Gobierno sobre el relato nacional.
El análisis de Rufián conecta el “sentimiento de derrota” que se respira tras las elecciones de Aragón con la incapacidad de Sánchez para ofrecer algo más que parches económicos frente a problemas que son, en esencia, de confianza institucional.
Mejor te cuento que la verdadera bomba de profundidad ha sido su alusión indirecta a las saunas y los videos filtrados, sugiriendo que la izquierda se irá “al carajo” si permite que el debate público se ensucie con el pasado personal de los líderes en lugar de centrarse en la agenda política de fondo.
Rufián sabe que si el bloque de la investidura se rompe por el flanco independentista, Pedro Sánchez no llegará al verano habitando la Moncloa, y ha decidido utilizar ese miedo como moneda de cambio para exigir la ejecución inmediata de los acuerdos de financiación para Cataluña.
La conexión es cínica pero brillante: utiliza el auge de Vox y la sombra de Irene Montero como el “coco” con el que asustar a un PSOE que, tras los datos de corrupción, se encuentra en su momento de menor resistencia política.
El mensaje final de Rufián es una invitación al “suicidio asistido” o a la “resurrección pactada”; o el Gobierno acepta que ya no tiene la mayoría moral y se pliega a las exigencias de sus socios, o la derecha arrasará con todo el tablero en un adelanto electoral que parece cada vez más inevitable.
Mejor te cuento que el Congreso ha quedado sumido en un silencio gélido tras su intervención, consciente de que cuando el socio más pragmático empieza a hablar de “irse al carajo”, es porque el barco ya tiene más agua dentro que fuera.
La batalla por la supervivencia ha entrado en una fase donde la lealtad ha sido sustituida por el instinto primario de conservación, y Rufián ha dejado claro que ERC no se hundirá con un capitán que se niega a cambiar el rumbo a pesar de ver el iceberg a pocos metros de la proa.
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