La situación en Irán vuelve a poner a prueba la capacidad de la opinión pública para mirar más allá de sus fronteras.

Un reportaje reciente de EDATV, en el que sus periodistas preguntan a ciudadanos de a pie por lo que ocurre en el país persa, revela un desconocimiento que resulta preocupante.

Las respuestas recogidas muestran que para una parte significativa de la población el drama iraní es prácticamente invisible.

Este dato, más allá de la anécdota televisiva, apunta a un problema de fondo en la conversación pública.

La tragedia de Irán apenas ocupa espacio en los debates cotidianos, en las redes sociales o en las prioridades mediáticas.

Mientras en otros conflictos internacionales la movilización social ha sido intensa, en este caso predomina el silencio.

Ese silencio no es neutro, sino que tiene consecuencias morales y políticas.

La falta de información y de interés favorece, de forma indirecta, a quienes ejercen la represión.

Desde el inicio de las protestas contra el régimen islamista de los ayatolás, las cifras de víctimas son estremecedoras.

Organizaciones de derechos humanos han documentado al menos 648 manifestantes asesinados.

Entre esas víctimas hay nueve menores de 18 años, lo que subraya la brutalidad de la represión.

Sin embargo, estos datos apenas encuentran eco en la agenda mediática internacional.

La gravedad de la situación contrasta con la escasa repercusión que tiene en muchos países occidentales.

En un mundo hiperconectado, donde la información circula a gran velocidad, resulta paradójico que un drama de tal magnitud pase casi desapercibido.

La censura impuesta por el régimen iraní agrava todavía más este problema.

Desde el 8 de enero, el apagón de internet y las restricciones informativas dificultan enormemente la verificación independiente de los hechos.

La represión no solo se ejerce en las calles, sino también sobre el flujo de información.

Controlar la narrativa es una de las armas más eficaces de cualquier régimen autoritario.

Cuando la comunidad internacional no puede acceder a datos fiables, la impunidad crece.

Algunos informes no verificados elevan la cifra de asesinados a más de 6.000.

Aunque estas cifras no puedan confirmarse con total certeza, el simple hecho de que circulen muestra la magnitud del horror que se teme.

A ello se suma la estimación de más de 10.000 detenidos, muchos de ellos sometidos a procesos judiciales sin garantías.

Las cárceles iraníes se han convertido en espacios de castigo político donde la tortura y los abusos están ampliamente documentados.

En este contexto, la reacción internacional adquiere una importancia crucial.

La presión diplomática, la movilización social y la denuncia pública son herramientas fundamentales para proteger a las víctimas.

Sin embargo, esa presión parece ausente en muchos espacios.

La comparación con otros conflictos, como el de Gaza, resulta inevitable.

En aquel caso, las calles de numerosas ciudades se llenaron de manifestaciones, pancartas y consignas.

La causa palestina generó una movilización social intensa y sostenida.

Independientemente de la diversidad de opiniones sobre ese conflicto, es innegable que ocupó un lugar central en la conversación pública.

Frente a Irán, en cambio, la reacción es mínima.

No se observan movilizaciones masivas ni campañas constantes de concienciación.

La diferencia de trato resulta llamativa y plantea preguntas incómodas.

¿Por qué algunas tragedias despiertan una solidaridad inmediata y otras quedan relegadas al olvido.

La respuesta no es sencilla y tiene múltiples factores.

Influyen la proximidad cultural, el relato mediático, los intereses geopolíticos y las afinidades ideológicas.

También influye la capacidad de determinados movimientos para organizar y amplificar su mensaje.

En el caso de Irán, uno de los aspectos más destacados es el protagonismo de las mujeres en las protestas.

Miles de mujeres han salido a la calle arriesgando su vida por un gesto tan básico como quitarse el hiyab.

Su lucha simboliza una reivindicación universal de libertad y dignidad.

A pesar de ello, la ausencia de movilización por parte de amplios sectores del movimiento feminista occidental resulta difícil de comprender.

El silencio ante la represión de mujeres que luchan contra un régimen teocrático contrasta con la intensidad con que se defienden otras causas.

Esta doble vara de medir alimenta la percepción de hipocresía en ciertos discursos políticos.

La defensa de los derechos humanos debería ser coherente y no selectiva.

No puede depender de la conveniencia ideológica o de la afinidad cultural.

Cuando la solidaridad se aplica solo a determinadas víctimas, pierde fuerza moral.

Las mujeres iraníes no piden privilegios, sino apoyo para una lucha que encarna valores universales.

Su coraje debería ser motivo de admiración y respaldo global.

Sin embargo, muchas de ellas luchan prácticamente solas frente a un aparato represivo implacable.

La pasividad internacional envía un mensaje desalentador a quienes se juegan la vida por la libertad.

Ese mensaje es que su sufrimiento no es suficientemente relevante para captar la atención del mundo.

La responsabilidad no recae únicamente en los gobiernos o en las organizaciones internacionales.

También recae en los medios de comunicación y en la sociedad civil.

Los medios tienen el poder de visibilizar conflictos y de mantenerlos en la agenda pública.

Cuando deciden relegar una tragedia a un segundo plano, contribuyen a su invisibilización.

La ciudadanía, por su parte, tiene la capacidad de exigir información y de movilizarse.

La indiferencia colectiva se convierte en una forma de complicidad pasiva.

No se trata de competir entre tragedias ni de jerarquizar el dolor humano.

Se trata de reconocer que todas las víctimas merecen atención y solidaridad.

El sufrimiento no debería depender de la geopolítica ni de las modas ideológicas.

La coherencia en la defensa de los derechos humanos es una exigencia ética básica.

La situación en Irán también revela las limitaciones de la cultura de la indignación selectiva.

En las redes sociales, la visibilidad de una causa depende a menudo de tendencias efímeras.

Un conflicto puede convertirse en viral durante unos días y luego desaparecer del radar colectivo.

Este ciclo de atención fragmentada dificulta el compromiso sostenido con problemas complejos.

Las protestas en Irán no son un fenómeno puntual, sino un proceso prolongado y peligroso.

Exigen una atención constante, no un interés pasajero.

La falta de presión internacional puede tener consecuencias dramáticas para los manifestantes.

Los regímenes autoritarios suelen interpretar el silencio externo como una señal de debilidad.

Cuando no hay coste político por la represión, esta tiende a intensificarse.

Por eso, la visibilidad internacional no es solo simbólica, sino potencialmente protectora.

Cada foco mediático puede salvar vidas al limitar el margen de impunidad del régimen.

La denuncia pública obliga a los gobiernos a posicionarse y a adoptar medidas diplomáticas.

La presión económica, las sanciones selectivas y el aislamiento internacional pueden influir en el comportamiento de los regímenes.

Nada de esto es posible si el conflicto permanece fuera del radar de la opinión pública.

La situación iraní debería ser una llamada de atención para las democracias occidentales.

No basta con proclamarse defensoras de los derechos humanos en abstracto.

Es necesario demostrar ese compromiso con hechos concretos y con una solidaridad coherente.

La credibilidad moral de las democracias depende de su capacidad para actuar con principios, no con intereses coyunturales.

La ciudadanía también tiene un papel que desempeñar en este proceso.

Informarse, compartir información verificada y apoyar causas justas son actos políticos de gran valor.

La indiferencia, en cambio, refuerza a los opresores.

Cada persona que ignora el sufrimiento ajeno contribuye, aunque sea de forma involuntaria, a su perpetuación.

El reportaje de EDATV, más allá de su enfoque, pone sobre la mesa una realidad incómoda.

Existe un déficit de conocimiento y de sensibilidad respecto a lo que ocurre en Irán.

Ese déficit no es fruto del azar, sino de una combinación de factores culturales, mediáticos y políticos.

Reconocerlo es el primer paso para corregirlo.

La educación mediática y la promoción de una cultura de derechos humanos son herramientas fundamentales.

No se puede defender la igualdad y la libertad de forma selectiva.

La lucha de las mujeres iraníes debería interpelar a cualquier persona comprometida con el feminismo.

Su valentía encarna precisamente aquello que muchos discursos dicen defender.

Ignorar su causa supone vaciar de contenido esos discursos.

La coherencia ética exige apoyar a quienes se enfrentan a un régimen que las oprime por razón de género.

La situación en Irán no es un conflicto lejano sin conexión con nuestras sociedades.

Es un espejo que refleja nuestras propias contradicciones como comunidad internacional.

Muestra hasta qué punto nuestros valores son firmes o dependen de la conveniencia.

Muestra también la fragilidad de la atención pública en un mundo saturado de información.

Mantener viva la conciencia sobre Irán es un acto de justicia hacia sus víctimas.

Es también una forma de defender principios universales que trascienden fronteras.

La libertad, la dignidad y los derechos humanos no son patrimonio de Occidente ni de ninguna cultura concreta.

Son aspiraciones universales que merecen ser defendidas en cualquier lugar del mundo.

Cada manifestante asesinado, cada joven encarcelado y cada mujer reprimida representa un fracaso colectivo.

Ese fracaso no puede ser ignorado ni normalizado.

La indiferencia es cómoda, pero tiene un coste moral elevado.

El desafío consiste en transformar la conciencia en acción, aunque sea en pequeños gestos cotidianos.

Hablar de Irán, informarse sobre lo que ocurre allí y exigir coherencia a nuestros representantes políticos son pasos necesarios.

La solidaridad no debería ser un recurso retórico, sino una práctica constante.

Solo así será posible construir una cultura de derechos humanos verdaderamente universal.

La tragedia iraní merece ser escuchada, comprendida y acompañada.

Su silencio en la conversación pública no es solo una omisión, sino una injusticia.

Corregir esa injusticia es responsabilidad de todos.