A YouTube thumbnail with maxres quality

Cuando la derecha deja de pedir dimisiones y empieza a llamar a jueces, fiscales y periodistas: la operación invisible contra Pedro Sánchez

1. La frase que lo cambió todo

Ignacio Escolar no es un tertuliano cualquiera. Es el director de eldiario.es, uno de los pocos medios que todavía conserva cierta independencia en un ecosistema mediático cada vez más condicionado por grandes grupos empresariales, publicidad institucional y presión política. Cuando Escolar dice en directo que Isabel Díaz Ayuso está pidiendo, en la práctica, un “golpe de Estado” contra Pedro Sánchez, no está lanzando una hipérbole cualquiera: está señalando una línea roja.

Porque una cosa es exigir dimisiones, elecciones anticipadas o comisiones de investigación. Eso forma parte del juego democrático. Otra muy distinta es llamar a jueces, fiscales, funcionarios, periodistas, empresarios y “todo el mundo” a “cortar a tiempo los desmanes” del Gobierno, como si el Ejecutivo fuera una anomalía que debe ser neutralizada por poderes externos al voto popular.

Eso ya no es oposición.
Eso es otra cosa.

Y ese “otra cosa” es lo que cada vez más analistas empiezan a describir como un golpe blando, una estrategia que no necesita tanques en la calle ni militares en los cuarteles, porque utiliza algo mucho más poderoso: la legitimidad institucional, el miedo social y la presión mediática.

2. Ayuso no habla sola

Ayuso cumple 47 años: desde la moda como herramienta política hasta su estilo 'working'

Isabel Díaz Ayuso no es una dirigente aislada, una política excéntrica que se sale del guion. Es la líder de facto de una corriente ideológica dentro del Partido Popular que lleva años empujando al partido hacia una derecha cada vez más radicalizada.

No es casualidad que Ignacio Escolar la defina como “la líder de la extrema derecha española”. No porque lleve la bandera de Vox, sino porque representa la matriz original de donde Vox salió: el PP de Madrid de Esperanza Aguirre, Ignacio González y toda esa cultura política que convirtió la confrontación, la deslegitimación del adversario y la guerra cultural en método de gobierno.

Ayuso no pide una investigación.
No pide responsabilidades administrativas.
No pide transparencia.

Ayuso pide que jueces, fiscales y periodistas “corten a tiempo” al Gobierno.

Eso es un llamamiento a la intervención de poderes no electos para derribar a un Ejecutivo salido de las urnas.

Y eso, en cualquier democracia madura, tiene un nombre muy concreto.

3. El contexto perfecto: miedo, caos y tragedia

Nada de esto ocurre en el vacío. La derecha española ha demostrado una y otra vez que sabe aprovechar los momentos de crisis para acelerar su ofensiva política.

Pasó durante la pandemia.
Pasó con el apagón.
Pasó con la DANA.
Y ahora pasa con los accidentes ferroviarios.

El patrón es siempre el mismo:

Ocurre una tragedia.

Se genera una sensación de caos.

Se lanza la idea de que el Estado no funciona.

Se acusa al Gobierno de ser incompetente, criminal o ilegítimo.

Se pide su caída inmediata, sin esperar a investigaciones ni responsabilidades formales.

La lógica es brutalmente simple: el miedo paraliza el pensamiento crítico. Cuando la ciudadanía está asustada, acepta soluciones autoritarias que jamás aceptaría en condiciones normales.

4. El papel de Vox: el ariete

Vox arrasa en redes sociales al resto de partidos: ¿La clave para su subida entre los jóvenes?

Santiago Abascal no actúa como un actor independiente. Vox funciona como el ariete del sistema. Mientras el PP intenta mantener una fachada institucional, Vox se permite decir lo que el PP piensa pero no se atreve a verbalizar.

Cuando Abascal pide la dimisión de todo el Gobierno, no está improvisando. Está marcando el terreno. Está diciendo: el objetivo no es Óscar Puente. No es un ministro. No es una mala gestión. El objetivo es Pedro Sánchez y todo su Ejecutivo.

Y cuando Almeida, Feijóo y Ayuso repiten el mismo marco, aunque con tonos distintos, el mensaje es claro: la ofensiva es coordinada.

5. Feijóo, el silencioso

Feijóo, en busca de rumbo entre los calores de julio

Alberto Núñez Feijóo juega otro papel: el del político que aparenta moderación mientras deja que los demás incendien el escenario.

No desautoriza a Ayuso.
No frena a Vox.
No rebaja el tono.

Porque sabe que esa tensión le beneficia. Sabe que cuanto más se degrade la legitimidad del Gobierno, más fácil será presentarse como la alternativa “salvadora”.

Feijóo no lidera una oposición democrática clásica. Lidera una estrategia de desgaste institucional.

6. El golpe blando: cómo funciona

Un golpe blando no necesita militares. Necesita cinco cosas:

Un relato de crisis permanente.

Un enemigo interno al que culpar de todo.

Medios de comunicación dispuestos a amplificar el pánico.

Instituciones presionadas para intervenir.

Una ciudadanía cansada, confundida y asustada.

España cumple hoy esos cinco requisitos.

Cuando Ayuso llama a jueces y fiscales, está activando el punto cuatro. Cuando los grandes medios repiten que “el Gobierno ha perdido el control”, se activa el punto tres. Cuando Vox grita “dimisión ya”, se activa el punto dos.

Y cuando la gente empieza a pensar que quizá “esto no puede seguir así”, el golpe blando ya ha empezado.

7. El paralelismo histórico

Nada de esto es nuevo. América Latina lo ha vivido muchas veces. Brasil, Bolivia, Paraguay, Honduras.

No se derroca a un presidente con tanques.
Se le derroca con portadas de periódico, con fiscales, con jueces y con una narrativa constante de ilegitimidad.

Pedro Sánchez no es un santo.
Su Gobierno no es perfecto.
Pero fue elegido en las urnas.

Y eso es precisamente lo que molesta.

8. ¿Por qué ahora?

Porque la derecha sabe que no puede ganar limpiamente en el actual contexto político. Sabe que las mayorías son frágiles. Sabe que el mapa político español ya no es el de hace 20 años.

Así que necesita otra vía.

Y esa vía es convertir la política en una batalla existencial: o ellos o el caos.

9. El peligro real

Cuando Ignacio Escolar habla de golpe de Estado, no está diciendo que mañana vaya a haber tanques en Moncloa. Está diciendo algo mucho más inquietante: que se está normalizando la idea de que un Gobierno legítimo puede y debe ser neutralizado por otros poderes.

Eso rompe la democracia por dentro.

Y cuando se rompe por dentro, no hace ruido.

Solo deja de funcionar.